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Al interior del granero

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La tarde del lunes en que Astrid vivió el suceso más inusitado de su vida, era el día de la semana en que su padre y su hermano salían de cacería. Por ese motivo, al mediodía, en el hogar de campo abierto a los cuatro vientos, almorzó sola. Astrid, de dieciséis años, no podía disimular que le hacía falta la compañía acostumbrada, pero no lo tomaba demasiado en cuenta. “Mi familia y sus tontos hábitos”, suspiraba.
Tras comer, Astrid permaneció en la mesa, mientras el sosegado aire acariciaba sus brazos. Bebió su zumo de naranja, mirando a través de la ventana al horizonte, donde el sol era un disco brillante. Desde la sala podía oír el tictac del reloj que recorría las habitaciones, y la invadía el deseo de tenderse a reposar. De pronto sintió un ladrido de su perro, Clarín. Esa tarde esperaba una visita. Llamaron a la puerta, y al abrir comprobó su presentimiento. Roger, un amigo, la saludó. Escondía torpemente algo en las manos.
—Astrid, te traigo tu regalo de cumpleaños atrasado. El 14 de diciembre no pude hacerlo, estuve algo ocupado…
—No importa.
A Roger se le iluminó el rostro al quitarle la cobertura al regalo:
—Te traje peyote —dijo con un ligero tono de asombro.
Astrid no pudo evitar su sorpresa y se dio unos segundos para contemplar el regalo. Aquella planta alucinógena era empleada por los indígenas americanos en sus rituales y la consideraban como el vínculo con sus dioses. Astrid se lo había pedido un par de veces a Roger, por curiosidad, pero su amigo tardó hasta entonces en traérselo.
—¿Dónde lo conseguiste? —preguntó un poco alarmada.
—Te conté que tengo un huerto en casa.
—Bueno —dijo, convencida, llevando la vista al horizonte. Por la posición del sol coligió que eran las cuatro de la tarde—. Gracias por el regalo —añadió—. Tengo que hacer unas cosas…
Antes de retirarse, Roger le advirtió:
—Si vas a consumir el peyote, te recomiendo que no lo comas entero, porque tendrás alucinaciones poderosas…
—Lo tendré bajo control —respondió ella, asomada por la puerta, con una sonrisa. Roger, confiado en su palabra, se retiró, acompañado por Clarín hasta el portón de madera. Astrid, viéndolo ya lejos, cerró la puerta del hogar.
El atardecer llenaba la casa con su luz. No había rastro de sus familiares, algunas veces llegaban al anochecer, con un sartal de conejos que cocinaban al fuego en el patio. Pero siempre volvían cuando la tarde decaía, cuando los colores oscuros reinaban en el horizonte.
Con mezcla de tristeza y rabia, Astrid se alejó de la ventana y apretó el peyote en su mano. Luego lo miró con atención, sintiendo que el tiempo se congelaba alrededor. “Esto será mi salvación”, dijo. ¿Salvación contra qué? Quizá contra la desolación que la rodeaba, contra esas horas muertas, pensó. Enojada, dando firmes pasos, salió, dejando su hogar completamente abierto. No le preocupaba, ya que nadie vivía en kilómetros a la redonda.
Se dirigió a un lugar apartado, pues, aunque no rondaba un alma por el perímetro, quería cerciorarse de estar sola, y se sentó entre los matorrales, de espaldas al sol, que iluminaba el contorno de su cuerpo otorgándole una refulgencia. Sentía un poco de frío, una brisa recorría sus brazos y se paseaba por su busto. Sacó el peyote mientras el susurro del cielo anunciaba la tarde. El ocaso efímero iba desapareciendo. Astrid suspiró para relajarse, y le dio una mordida. “Qué asco”, se dijo, al sentir amargura en su lengua, pero se contuvo de escupir. Miró compasiva a la planta, como pidiéndole perdón. “Más vale que me des los efectos pronto, quiero olvidar todo”, pensó. “Ojalá esto valga la pena”, añadió, y le dio tres mordidas, con bastante fuerza de voluntad. Tras eso lo dejó a un lado, a medio comer, no podía más. Bostezó y se tendió apoyada sobre el codo. Le había bajado un sueño repentino. El aire inminentemente nocturno contribuía a que aquella porción de tierra inhóspita le pareciera un buen lugar para dormir. Fue cerrando los ojos lentamente, sonriendo, mientras miraba los montes alumbrados por el atardecer que se resistía a marchar.
Un estruendo, que se sintió como en cámara lenta, por poco la hizo despertar de golpe. Aunque seguía dominada por el sopor, sus sentidos estaban alerta. Abrió los ojos y vio una fosforescencia verde, fluctuante, que cubría su mirada. Se tornó púrpura, luego roja, hasta dividirse en muchos colores que reinaron en el paisaje. Las formas se distorsionaban, en su oído percibía un constante timbre agudo con voces indescifrables, aparte de un mareo general que le iba despertando náuseas. Hasta que, de pronto, todo cesó. El paisaje fue normal, sin anomalías, salvo en el cielo, donde caía con lentitud un objeto resplandeciente. Ante la extrañeza de Astrid, tenía un temblor irregular, además parecía superpuesto en el firmamento, como si no pareciera realmente estar ahí. Sin quitar la vista un instante, lo vio colisionar contra la tierra. Comprendió: el estruendo del principio había sido el despegue. Ahora el objeto volvía al suelo atraído por la fuerza gravitatoria. Era un cohete, de gran tamaño, aunque no colosal como uno real, éste era de unos tres metros. Tras quedar deshecho, humeante, calcinado en la parte superior, desde sus entrañas emergió un hombre de blanco, un astronauta, que se movió con pausado ritmo. El último rayo de sol reverberó intensamente en el visor de su casco. En su hombro no figuraba bandera alguna. Astrid quiso hablar, pero no le salió la voz. Lo vio distanciarse, hasta detenerse ante las puertas del granero. Allí, el hombre espacial extendió los brazos, y las puertas se desplazaron como impulsadas por un mecanismo secreto que Astrid ignoraba. Entró al granero y las éstas se cerraron. Astrid, después de vacilar bastante, llegó al lugar pero no encontró forma de abrirlo. Rato después despertó en su cama.
Al incorporarse se llevó la mano a la frente. Tenía fiebre y se sentía confundida. El peyote estaba a su lado, en el velador. Tuvo la impresión de despertar de un sueño anormal, pero la presencia de la planta mordida, le indicaba que lo sucedido fue real. Aun así, nunca se había visto más desorientada frente a la delgada línea que separa la fantasía de la realidad, nunca se sintió más llena de dudas.
—De acuerdo —se dijo—, todo lo que he visto lo produjo esta planta… Lo siento, —agregó—, pero te vas al cesto de basura.
Sin embargo, a un paso de deshacerse de ella, decidió no hacerlo.
—Después de todo, eres un regalo de cumpleaños. Te conservaré en mi habitación.
Aquella noche se durmió de golpe, estaba extenuada. Aunque antes pensó cómo había llegado a la casa. Se aterró al imaginar que su familia, al regresar, la hubiera visto tendida fuera, con aquella planta alucinógena junto a ella. Pero luego, dando un suspiro, descartó la idea, porque se recordó caminando al hogar, algo mareada y soñolienta, tras la inusitada experiencia. “Así que regresé yo sola”, pensó, más calmada, y se entregó pesadamente a la almohada.
Al mediodía siguiente, cuando caminaba bostezando al comedor, tras un aletargado sueño, encontró a su hermano a la mesa, limpiando el rifle y de tanto en tanto haciendo puntería.
De forma breve le contó su visión de la tarde anterior, sin omitir detalles, con un tono que revelaba mucha ingenuidad. Su hermano, mientras le sacaba brillo al arma con un paño, la escuchó, atónito, sin interrumpirla ni apartar la mirada de su tarea. Astrid concluyó pidiéndole que fueran a revisar el granero.
El joven depositó con cuidado el rifle sobre la mesa, dejó el paño a un lado, volteó la silla para quedar frente a ella y le dijo:
—Astrid, ¿es en serio? Creo que estás viendo demasiada ciencia ficción.
—No, es verdad lo que te digo —insistió Astrid.
El padre preparaba el desayuno. Al oír que sus hijos iniciaban una discusión, pues el muchacho reprochaba a su hermana por ser demasiado crédula, acudió a la mesa para mediar.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
—Mira con lo que nos ha salido Astrid. Dice que vio un astronauta entrar al granero. Seguramente tiene su nave espacial allí —respondió el hermano, agraz.
Rieron. Astrid abandonó la mesa, exasperada ante esas figuras masculinas, que tomaban a la ligera lo que para ella era real, porque al menos tenía la seguridad de que no fue un sueño. Sí comprendía, en cambio, y no le cabía duda, que no podía confiar en su familia, presentía que la consideraban loca e ingenua, características que con su tosco machismo le atribuían, además de dejarla sola en la casa seguido. “Nunca me toman en serio”, les dijo, disgustada. “A la tarde iré a revisar el granero, no necesito que me crean”, determinó para sí y se fue a su habitación. Padre e hijo desayunaron con normalidad, después salieron a dar un paseo.
En la noche apartó las frazadas, se levantó y se asomó al pasillo para verificar que su padre y su hermano no estuvieran. No se encontraban, Astrid tenía una intuición que le permitía distinguir si éstos yacían en casa o no, ya fuera por el ronquido casi imperceptible de su padre, o porque simplemente notaba la ausencia en el aire. No necesitaba pruebas para adivinar que seguramente se hallaban donde algún amigo, comiendo carne al fuego, como hacían una vez a la semana.
Al salir de casa, Clarín, que dormía cerca, la asustó con un ladrido. “¡Silencio!”, Eran las tres de la madrugada. Quiso dejar a Clarín allí, pero el perro porfió en acompañarla. “Eres macho, no hay caso contigo”, suspiró. Con cuidado, velando que el perro no hiciera ruido y abrigándose los hombros, caminó al granero.
Se aproximó con sigilo por el lado del granero, tensa, como si hiciera algo prohibido, y además con la constante sensación de que el granero estaba ocupado. A medida que avanzaba a las puertas, Clarín, en un rincón del granero marcó territorio. El golpeteo del líquido dorado contra la madera la alertó. Otra vez debió reprender a su perro. “¡Deja de jadear tanto, tonto”, pero era imposible que Clarín la obedeciera. Pronto, un silbido a lo lejos lo hizo levantar las orejas y salir disparado en su dirección. Astrid lo reconoció, su padre silbaba así, venían llegando. Agitada, decidió no irse sin hallar una evidencia de que en el granero se refugiaba un hombre espacial, de que la experiencia de la otra tarde no había sido un fraude. Una gota de nerviosismo cayó por su sien: “vamos a ver”, titubeó. Advirtió que las puertas, pese a no estar con candado, no había manera de abrirlas. Herméticamente cerradas, era como si una fuerza extraña les impidiera separarse. A continuación escuchó un zumbido despacio, luego intenso, hasta volverse molesto y hacer vibrar la tierra. ¿De dónde provenía esa energía intimidante?, pensaba. Cada vez más tensa, guiada por la intuición buscó el origen de aquel sonido, que la llevó hasta el resquicio de la puerta. Al mirar a través, se encontró una luz celeste, destellante, a medida que el zumbido crecía. Espantada por lo desconocido, pero con un disimulado entusiasmo, tras probarse a sí misma que no había delirado, no supo cómo reaccionar. Allí debía estar la nave espacial, el astronauta la necesitaba para irse. “Ahora no me volverán a decir loca”, dijo, satisfecha. A la cercanía oyó voces conocidas, acompañadas por el ligero trote de Clarín. Habían vuelto. Astrid entró a su hogar por la puerta trasera y se fingió dormida en su cama. Pero no fue necesario preocuparse. Su padre venía borracho y los dos hombres se durmieron al instante, mientras que ella pasó la noche en vigilia, pensando en lo que había visto.
Al otro día le dio tantas vueltas al asunto, que no pudo quitárselo de la cabeza hasta volver. Quizá podía acontecer que en un descuido, el astronauta dejara abierta las puertas del granero y ella pudiera ver su nave. Quizá ya había llegado la hora de su despegue. ¿Realmente había un astronauta refugiado en el granero? ¿Podía algo así suceder en la realidad? Eran las cuatro, el sol estaba fuerte pero pronto decaería, a Astrid se le reflejaba el cansancio en la iris de sus ojos. Se detuvo a unos metros del granero. Las puertas estaban abiertas. Vio la silueta del astronauta, y tras él, un objeto gigante, con luces coloridas, se preparaba a abordar. Se quedó paralizada mientras lo vio subir la escalera. Escuchó un remoto ladrido de Clarín. El brazo del hombre le hizo adiós y cerró la puerta, el fuego del despegue tornó borroso el aire y la gran nave se elevó. Astrid sintió que el miedo hacía un nido en su pecho. Miró su mano y vio el peyote. Varios mordiscos lo habían consumido casi por completo.

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