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Al Límite, Capítulo 1º: Un día cualquiera

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Llueve sobre White City. Lleva lloviendo varios días sin cesar, y las calles están desiertas de gente y de coches, todos los habitantes de la ciudad se han refugiado en sus casas, y tan sólo las malas personas y los delincuentes se atreven a salir a la calle. Ellos y la Policía, claro está.

-¿Cuántas hace con ésta? –John F. Myers, Inspector Jefe de Policía se lleva el cigarro a la boca y lo enciende. La lluvia empapa sus rojizos cabellos, en los que ya pueden verse algunas canas-. He perdido la cuenta, maldita sea.

-Es la séptima víctima, Señor –el agente del CSI toma las huellas al cadáver y se aparta-. Seguramente se trate de otra prostituta o de una chica descarriada, como las otras.

-Las prostitutas también son personas, agente. Muestre un poco más de respeto por ella.

-Sí, Señor –el CSI se aparta del cadáver para dejar que sus compañeros se hagan cargo del mismo, mientras refunfuña por lo bajo.
Más tarde, en el laboratorio del forense…

-Y bien, Doctor… ¿Qué tenemos?

-Básicamente lo mismo que en las otras seis víctimas, Jefe… -El forense aparta la sábana que cubre el cuerpo desnudo de la joven fallecida-. La muerte se produjo hace al menos siete horas, por pérdida masiva de sangre debido a herida lacerante en el cuello, a la altura de la yugular. No presenta signos de agresión sexual ni heridas defensivas, lo que indica que fue tomada por sorpresa. La herida mortal no presenta rastros de ningún tipo; ya sé que hoy por hoy tenemos aleaciones metálicas que no dejan prácticamente ningún rastro, pero esto es…

-¿La han identificado ya?

-Sí. Al parecer se llamaba Sophie Stack. Desapareció de su casa hace cuatro días.

-¿Stack? ¿Sabe si tiene algo que ver con la familia Stack? Ya sabe, los multimillonarios dueños de la mayor parte de White City…

-No tenemos muestras de ADN para comparar, pero, ahora que lo dice, sí que tiene alguno de sus rasgos característicos; mandíbula fuerte, nariz ligeramente respingona…

-Gracias, Doctor. Me encargaré de que avisen a la familia –Myers se encamina hacia la puerta de la sala de autopsias, va encendiendo un cigarrillo mientras camina.

-Inspector.

-¿Sí, Doctor?

-¿Desde cuándo ha vuelto a fumar?

-Cuando encontraron a la primera víctima.

Esa noche, en su pequeño apartamento de setenta metros cuadrados con vistas al río…

-Bien. Otro día más en la agitada vida de John F. Myers. El mayor bastardo que haya parido madre alguna –con gesto mecánico después de tantas y tantas veces repetirlo, el Inspector Jefe de la Policía de White City abre el armario de las medicinas y saca tres frasquitos, va tarareando una vieja melodía mientras lo hace, ya no recuerda ni quién cantaba la canción, pero, por algún motivo que se le escapa, siempre le ha parecido tranquilizadora.

Afuera, tras los cristales de la ventana, sigue lloviendo. Y el hombre del tiempo dijo que seguiría así al menos durante todo el día siguiente.

Con gesto maquinal se lleva las cuatro píldoras a la boca, y las traga rápido, para no notar el regusto amargo de la medicina en el paladar.
Después, enciende un último cigarrillo, y sale del cuarto de baño.

Suena el teléfono…

-¿Sí?

-¿John? –Es Barbara, su ex mujer y madre de su hijo-. Me he enterado de que ha aparecido una nueva chica muerta… ¿Cómo estás?

– Estoy bastante entero. Gracias por preguntar. –exhala una bocanada de humo del pitillo y piensa que por qué demonios no viene a verle, si tan preocupada está, luego recuerda que fue él quien la cagó, y decide no mandarla al Infierno-. ¿Cómo estás tú, cómo está Junior?

-Bien, preguntando cuándo vendrás a verlo. Si lo vieras, está guapísimo y muy alto. Está hecho todo un hombrecito, y el pelo se le ha empezado a poner rojito.

-Mañana iré a verlo, te lo prometo. Díselo. Mañana, sin falta.

-De acuerdo –hace una pausa y pregunta, aunque ya conoce la respuesta, conoce muy bien la rutina del que durante diez años fue su marido-. ¿Te vas a dormir ya?

-Pensaba hacerlo en cinco o diez minutos. Hoy ha sido un día agotador, y llevo en pie desde las siete de la mañana. Me acabo de tomar las pastillas, creo que beberé algo para ver si me entra sueño.

-De acuerdo, pero no abuses del alcohol, sabes cómo te afecta.

-Barbara…

-¿Qué, John?

-¿Qué nos pasó, cómo fui capaz de joderla tanto y tan mal?

-Hasta mañana, John. Duerme –sin saber qué responder, pero, al mismo tiempo, conociendo la respuesta a la pregunta de su ex marido, Barbara Spencer cuelga el teléfono.

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