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Al límite: Capítulo 2º: Los Stack…

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A la mañana siguiente, a las 09:00 en la Comisaría de Policía…

-Inspector. Alguien quiere hablar con usted…

-¿De qué se trata? Ahora no puedo, estoy hasta arriba de trabajo con de la última víctima del Degollador.

-De eso se trata precisamente –el agente hace un gesto con la cabeza, señalando a dos personas, un hombre y una mujer, impecablemente vestidos, que esperan en una de las salas de espera de la Comisaría.

-¿Es quién creo que es?

-Nathan Stack y esposa, Señor. Llevan media hora pidiendo que alguien les explique algo sobre su sobrina.

-Ah, ¿ya han confirmado la identidad de la víctima?

-Sí, y al parecer alguien llamó a casa de los Stack para darles la noticia. Están que echan chispas.

-De acuerdo, yo me encargo –el Inspector Myers sale de su despacho y se acerca a la pareja, dejando solo al agente.

Nathan Stack, al verlo acercarse, le tiende una mano enorme y callosa, una mano que uno no relaciona con las de un hombre que, según las malas lenguas, se ha pasado la vida encerrado en su despacho y en su torre de marfil.

-Señor Stack, señora…

-¿Es usted el que encontró a mi sobrina? ¿Dónde está? ¡Exijo verla de inmediato!

-Señor Stack, su sobrina está muerta.

-¡Ya sé que está muerta! Eso fue lo que nos dijo la persona que nos llamó esta mañana a las siete y media. Hemos venido lo antes posible.

-¿E-estan seguros de que se trata de Sophie? –Balbucea la mujer, mientras se aferra al brazo de su marido. Su aspecto es deplorable, se ve a la legua que ha estado llorando.

-Acompáñenme, por favor –un agente vestido de paisano se acerca a la pareja y les hace un leve gesto. John los sigue a corta distancia hasta el depósito de cadáveres ubicado en la planta baja del edificio.

La señora Stack, al ver el cuerpo, se abalanza sobre el mismo, gritando y llorando sin consuelo. Su marido, por su parte, se limita a mirar a la joven muerta con cierta indiferencia mal disimulada, que no pasa desadvertida para Myers.

-¿Qué saben acerca del asesino de mi sobrina? –Nathan Stack parece muy tranquilo, demasiado quizás, pero intenta aparentar preocupación, quizás por su esposa.

-Nada. Aún no sabemos nada del asesino de su sobrina, ni del asesino de las seis restantes víctimas.

-No me importan seis miserables indigentes o putas, o lo que fueran. Me importa Sophie, y que el bastardo que le hizo esto sea debidamente castigado.

-Pues, señor Stack, tiene que saber que el mismo que mató a su sobrina, hizo lo mismo con las otras seis chicas. ¿O acaso pensaba que por ser un hombre importante íbamos a dar preferencia a su caso?

Stack aprieta los puños con fuerza.

-¡Usted no sabe con quién está tratando, inspectorcillo de segunda! ¡Puedo hacer que lo sustituyan por hablarme así!

-Nathan, por favor –su menuda mujer, le toma del brazo, y pugna por apartarlo del Inspector Myers-. Recuerda que estás delicado del corazón, no te conviene excitarte –se vuelve hacia Myers, y le sonríe como buscando algo, consuelo quizás.

-Señora, le prometo que haremos lo posible por atrapar al que hizo esto a su sobrina. Pero comprenderá que si tratamos de manera preferente su caso, la prensa se nos tirará al cuello y, después de lo ocurrido con el Jefe Anderson…

-Yo lo entiendo, Inspector –la mujer baja la mirada con aire comprensivo. Finalmente ha logrado calmar a su marido y ambos se dirigen hacia la puerta del depósito mortuorio, dejando al Inspector apoyado en la mesa donde reposa el cadáver diseccionado de Sophie Stack.

Una vez de nuevo en la planta superior del edificio…

-¿Qué, Jefe, qué le han parecido?

-No le entiendo, Rogers. ¿Qué me han parecido quién, los Stack?

-Sí. ¿Sabía que hace un par de meses sus acciones cayeron en picado y que casi se arruinan, y que esta misma mañana han vuelto a subir y han recuperado más de la mitad del capital invertido?

-Ella es agradable. El no tanto. Pero tampoco lo culpo, dadas las circunstancias –Myers hace una pausa para encender un cigarro-. Si aún no han hablado con la Doctora Hadock, este sería un buen momento para hacerlo.

-Sí, Señor –el llamado Rogers asiente con la cabeza, y luego se dirige a la pareja de desconsolados tíos de la víctima para proponerles la charla con la psicóloga forense.

Por su parte, John, mira por un largo instante el cigarrillo, y luego lo arroja a medio fumar al cenicero de bronce situado en la esquina norte de su escritorio.

Media hora más tarde, su ex esposa entreabre la puerta de su despacho…

-¿John?

-¿Sí?

-Tenemos que hablar…

-¿Sobre el caso?

-Y sobre nosotros. Esta noche cena en mi casa, así puedes ver también a tu hijo –antes de que pueda replicar algo, la guapa mujer cierra tras de sí la puerta de la oficina, dejando al Inspector sumido en un mar de dudas.

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