Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

Al límite: Capítulo 3º…:

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BARBARA Y JOHN JR.
Son las 20:00 horas, el Inspector Jefe de la Policía de White City pulsa por tercera vez consecutiva el timbre del número 129 de la calle Camden, y espera no sin cierta impaciencia a que la dueña de la pequeña pero lujosa casita salga a abrir.
Lleva una botella de Oporto en su mano derecha, el favorito de ella, y una caja de bombones suizos en la izquierda.
Se siente como un adolescente en su primera cita.
-Ya voy, ya voy –ruido de pisadas al otro lado de la puerta acristalada-. ¡Junior! ¿Cuántas veces te tengo que decir que recojas los juguetes? Papá viene a cenar y no quiero que piense que eres un niño malcriado –abre la puerta y sonríe.
-H-hola –él nota como sus rodillas tiemblan, y a punto está de tropezar con su propios pies cuando ella le invita a pasar.
-Hola, John. Pasa y siéntate –le besa en la mejilla. Un beso casto, de amigos sin derecho a nada-. Sabes que ceno algo más tarde. Ni tan siquiera me he vestido.
-Estás preciosa –John también sonríe-; toma, te traje algo que sé que te gusta.
-Oporto, cosecha del 2100. y bombones suizos, mis preferidos –toma los dos obsequios y se encamina hacia la pequeña cocina.
-¿Papá? –La voz suena justo debajo de Myers, y él se agacha y toma al niño en brazos.
-¡Hola, campeón! –Lo alza sobre su cabeza, y comienza a correr llevándolo de un lado a otro del saloncito, para gozo y diversión del pequeño.
-Se ha pasado la tarde preguntando por ti –ella los mira desde la puerta de la cocina y también sonríe.
-Pues ahora, mientras preparas la cena, jugaremos un rato –suavemente, lo deja sobre el sofá, y se sienta a su lado-. ¿Verdad que sí, campeón?
-¡Sí, papi, sí! –El niño ríe feliz-. ¡Vuélveme a volar como antes, papito!
-John, no todo son juegos en esta vida, deberías saberlo –ella los mira, y no puede evitar una punzada de celos.
-Hey, ¿eso va por mí o por él?
-Por los dos… Por ti… Oh, mierda, no lo sé –y entonces ocurre. Barbara comienza a sollozar.
-¿Qué pasa ahora, Barbara?
-¿Qué qué pasa? Pasa que no es fácil criar a un niño de tres años yo sola. Pasa que te echo de menos con toda mi alma. Pasa que fui una tonta al casarme contigo; pero aún más tonta al divorciarme de ti.
-Bien… No sé qué decirte, Barbara, en serio. Pero tranquila, no voy a decirte que ya te lo dije ni nada por el estilo –John deja al niño sentado en el sofá y se acerca a su ex esposa.
-Gracias, John –ella se enjuga las lágrimas con un kleenex, e intenta sonréir. Después añade-: Será mejor que me ponga a hacer la cena, o nos darán las doce.
-¿Qué tenemos de cenar esta noche?
-¡Asado! –Responde el niño, para, seguidamente, estallar en sonoras carcajadas, para regocijo de sus padres.
Después, durante la cena, la conversación va cambiando de tema a medida que transcurre la noche, y uno de esos temas es el caso que John está llevando en estos momentos…
-¿Qué te parecieron los Stack?
-No sé. Tengo la impresión de que él oculta algo. Pero no sabría decirte qué es –Barbara dirige una tierna mirada al bebé, que se ha quedado dormido en el sofá.
-¿Puedo acostarlo yo?
-Sí, claro –ella sonríe, mientras él toma al niño en brazos-. Su habitación está al fondo del pasillo. La reconocerás enseguida.
Cinco minutos después, ambos se sientan en el cómodo sofá con una copa de Oporto en la mano, y la caja de bombones en medio.
-Como te iba diciendo. Durante la entrevista a los Stack tuve la impresión de que él ocultaba algo; ella simplemente me pareció una pobre mujer asustada y angustiada.
-Sí, esa fue la impresión que tuve del poderoso señor Stack. Parecía más preocupado por su negocio que por reconocer el cadáver de su sobrina. Pero quizás sólo sean suposiciones nuestras.
Barbara queda un momento mirando algún punto más allá de su ex marido antes de preguntar de forma directa y sin concesiones…
-¿Qué hay sobre tú y la agente Smith?
-¿¡Quién te ha dicho que haya algo entre Lyla y yo!? –Pillado con la guardia baja, John escupe el vino que tiene en la boca, manchando el sencillo vestido de ella.
-¿La llamas por su nombre de pila? –Barbara lanza una sonora carcajada, antes de añadir, fingiendo falsos celos-: A mi me llamabas Doctora Hadock…
-Hey, vamos. Entre la agente Smith y yo no hay nada, salvo sana camaradería y amistad.
-No es eso lo que se dice por los pasillos de la Comisaría.
-Pues te juro que no…
-Chist, John –ella le pone los dedos sobre los labios-. Es tu vida. Sólo intentaba divertirme un poco.
-Vale, eso está mejor. Porque que sabes que si yo rehiciera mi vida con otra mujer, tú serías la primera en enterarte.
-Así lo espero.
-¿Y tú, qué hay de tu vida amorosa?
-Poco que contar, la verdad –ella vuelve la mirada hacia otro lado.
-Vamos, no me lo creo. Seguro que has tenido algo por ahí estos tres años que no has estado conmigo.
-¿Acaso crees que es fácil compaginar una relación con la educación de un hijo?
-No he dicho eso. Sólo digo que todavía eres una mujer joven y atractiva, y que no me creo que nadie haya intentado ligar contigo.
-¡Hey! ¿Quién te ha dicho eso? –Ella, lanza un puñetazo al brazo derecho de John-. Claro que lo han intentado unos cuantos tipos, entre ellos Rogers hace unos días.
-¿Ah, sí?
-Sí. Me invitó a tomar algo la semana pasada. Nos emborrachamos y acabamos aquí en mi casa –Barbara hace una pausa y sonríe al notar la punzada de los celos en los verdes ojos de John-. No te pongas celoso, no hicimos nada raro.
-No he dicho nada, eres muy libre de hacer lo que te plazca con tu vida.
-Por eso mismo, no pienso hacer nada hasta que no lo tenga claro –mira el reloj de pared y se levanta.
-Creo que ya es hora de que me vaya a casa.
-Ahá –ella sonríe y besa la mejilla de él con ternura.
-¿Nos vemos mañana en la Comisaría?
-Allí nos vemos. Gracias por la visita. Si puedes, aprovecha la oportunidad que te brinda la vida con Lyla.
-Barbara… ¿Qué nos pasó? –Pero no obtiene respuesta, ya que ella le cierra la puerta, dejándolo en la calle, mientras queda apoyada en la puerta cristalera, sumida en un mar de sentimientos encontrados.

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