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Bajo Cyborgdame (Parte I)

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La luz del sol se escurría como podía por un ridículo tragaluz que sin duda fue obviado por el arquitecto que transformó la Torre Picasso en el Rascacielos Ciborgdame. Como buenamente podía, aquella tímida cucaracha serpenteaba por la luz y las sombras de los ochos barrotes que marcaban el espacio muerto de la planta cero y la menos uno.

Chisporroteantes cables, goteras de productos ácidos y tuberías con varios dedos de escarcha a su alrededor no eran suficientes para que nuestra amiguita siguiera como teledirigida su camino, evitando aquellos peligros mortales.

De vez en cuando se detenía en brusco palpando con sus antenitas un retazo de pared o suelo (la verdad es que a ella le daba igual) donde seguramente, alguna congénere había pasado mucho tiempo a trás.

Su instinto era el mejor. Ni ratones, ni ratas ni otros insectos ni arácnidos. Estaba sola, pero no se sentía segura. Algo en su interior la hacía huir de aquello que le resultara tremendamente atractivo, o mínimamente sospechoso. De ahí que hubiera vivido tanto.

En poco tiempo se dio cuenta de que no había alimento por ningún lado, y acto seguido consideró que no era un buen sitio para reproducirse.

La tubería llena de escarcha que horizontalmente cruzaba sobre un gran vacío no fue ningún inconveniente, solo tenía que mantener su abdomen alejado del hielo, ya que sus patitas eran inmunes al frío.

Una gota de algún producto ácido se precipitó sobre su espalda. “¡Qué cosquillitas!” hubiera pensado si hubiera sido humana.

¡BLAF! Un potente haz de luz se iluminó justo delante de sus reticulados ojitos y un terrible escalofrío la recorrió desde las antenas hasta la punta de su abdomen, y paralizada por completo, cayó desde un par de metros de altura de una bandeja de cables que empezaban a fundirse y cortocircuitarse.

Paralizada por completo, su sistema interno intentaba reactivarse para poder salir huyendo. Algo en su interior la obligaba a depositar sus huevos que estaban a punto de eclosionar en algún lugar con alimento, pero era imposible. Su cuerpecito no reaccionaba.

Una luz roja se iluminaba parpadeante en el ambiente tintando cada medio segundo las tuberías. Una compuerta chirriante se abrió en un recoveco lejano y por ella salió un desfile de pequeños robots que como hormigas se dispersaron por toda la galería técnica.

Cualquier cable que chisporroteba era soldado de nuevo. Cualquier fuga en las tuberías era debidamente taponada. Hasta limpiaron la escarcha allí donde la hubiera. Tan rápido como aparecieron se marcharon por el mismo lugar, por orden al principio y en forma de difusa masa al final, cuando todos se apelotonaron para desparecer por la puerta que finalmente se cerró.
En el acto otra luz de color ámbar hizo lo mismo que su compañera roja, y otra compuerta en otro lado distinto se abrió. Otro desfile de unos robots un poquito más grandes apareció un poquito más destartalado, y rápidamente se desplazaron allí donde hubiera algún tipo de suciedad.

Barrían el suelo, lo aspiraban. No se les escapaba ni el más mínimo trozo de cable, estaño o escarcha. La pobre cucaracha paralizada veía como montones de desperdicios hacían una montaña perfecta a su lado. Una de aquellas curiosas máquinas se acercó para aspirar aquel montón.

Una unidad de aspiración de nivel 1, una U.D.A.N.1, que es así como la vamos a conocer desde ahora, preparó su nueva aspiradora, más potente, con su nuevo sistema de filtrado de aire, empezó a recoger aquel pequeño amasijo de cables. Esta pequeña unidad de limpieza era algo distinta a las demás. Era un poco más grande que el resto, puesto que ella misma consideró un día que su sistema de aspiración estaba mal diseñado, y lo rediseñó haciéndolo más eficaz. También fue consciente de que para poder mejorarlo necesitaba algún tipo de apéndice para poder “automodificarse”, pero con su pequeño bracito-aspirador de movimientos limitados consiguió fabricar poco a poco, aprovechando desperdicios, un nuevo apéndice autónomo, que le ayudó a fabricar otro mejor, y éste a su vez, otro de mayores capacidades que se encargaba de practicar en él todas las modificaciones y actualizaciones que necesitaba. Enganchándolo a su puerto de comunicaciones, aquel pequeño apéndice externo hacía verdaderas maravillas en nanomáquinas.

Cada vez que UDAN1 necesitaba actualizarse para que su objetivo se realizara de manera más eficaz, consultaba aquella gran red de información de origen no concluyente, pero el caso era que allí se encontraba todo tipo de información. Cómo hacer que las aleaciones fueran las apropiadas le llevó a realizar una pequeña fundición en miniatura, el querer saber como ser más autónomo de su fuente de alimentación le llevó a construir un pequeño reactor en miniatura con el uranio que Ciborgdame guardaba en el subsuelo…

Poco a poco UDAN1 fabricó su pequeña ciudad allí donde sus compañeros aguardaban en estado de espera mientras que sus toscas fuentes de alimentación les mantenían atados a la pared. UDAN1 fue consciente él mismo de que cada vez que se ausentaba de su puesto tendría que “engañar” a su fuente. Ahí fue cuando construyó otro pequeño dispositivo que alteraba el software de la red general de la empresa para “ocultar” sus huidas, y que sus congéneres no lo catalogaran de defectuoso.

UDAN1 era especial, y cuando su brazo-aspirador atrajo aquella estructura compleja de desperdicios ésta se movió, levemente, pero lo hizo. UDAN1 procesó en aquel momento millones de variables casi a la vez. Se dio cuenta de que era un ser autónomo, igual que el y sus congéneres, pero debía de estar averiado.

Una línea de programa en su memoria le indicaba que los desperdicios y los elementos averiados se desechaban, pero UDAN1 borró esa línea como ya había hecho otras veces y recogió aquel extraño elemento no catalogado con uno de sus múltiples apéndices añadidos.

Lo primero que UDAN1 hizo al llegar a su “casa” fue conectarse de nuevo en aquel inmenso banco de datos, y determinó que aquella cosa era una “Ballata Orientalis”, o como el título de la mayor parte de las imagenes encontradas decía: Cucaracha común.

UDAN1 se fijó que la cucaracha tenía una fuga de fluidos en su parte inferior, de aspecto móvil, y viendo su incapacidad de autorreparación, decidió repararla él. Entonces colocó a esa extraña unidad móvil en su improvisado banco de trabajo y se acopló un apéndice multierramienta con un soldador de materias metálicas que él mismo diseñó. Pero al acercar levemente el artilugio a la cucaracha, ésta se contorsionaba e intentaba retirarse como podía de aquel arco eléctrico.

Con mucho esfuerzo, tanto que se dejó su último aliento en él, la pobre cucaracha consiguió expulsar tres huevos. No podía más. Y con éste último gesto feneció ahí mismo, encima del rudimentario banco de trabajo.

UDAN1 no comprendía lo que había pasado. Los conceptos se solapaban solos en su memoria. Ni si quiera en la Gran red de Información se podía llegar a una conclusión factible: Que si las máquinas cuando se averían a veces lo hacen de un modo irreversible, que si los seres autónomos no son eternos, que si algunos seres autónomos tienen un apéndice móvil llamado “alma” de caracter inmaterial y eterno……… “¡PING!””Ha ocurrido un error fatal.”

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