Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

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Me despierto, como cada día, en mi casa.
Es de noche, como siempre, asi que me acerco al frigorífico y lo abro, pero al final no tengo hambre asi que lo cierro, como siempre.
Me visto y me pongo mi gabardina, porque fuera hace frío, eso es una constante inamovible. Asi que, con todo preparado, salgo a la calle y camino hasta ese bar de los muelles que tanto me agrada.

No se si es por la intimidad del lugar, o porque nadie hace preguntas, pero definitivamente me gusta. Así que allí estoy, me tomo unas cuantas copas y las disfruto. Entonces escucho fuera un sonido, uno inconfundible, como siempre me ocurre: Unos tacones en la calle solitaria. Pienso que ha llegado el momento, otra noche… Y otra víctima.

Así que salgo y miro furtivamente. Allí va, una chica sola, posiblemente se ha perdido, o quizás solo acorta camino. Tanto me da, esta noche no es su noche, es la mía.

Aprieto el paso tras de ella, silenciosamente, como siempre que hago
esto. Entonces la chica dobla una calle y se mete en un callejón.
Y yo la sigo, por supuesto. Ella parece darse cuenta y decide apretar el paso,
pero es demasido tarde, ya casi estoy sobre ella. Y de hecho, caigo sobre ella.

Esta noche, es mi noche, y pienso emplearme a fondo con esta muchacha.
Ella intenta gritar, pero la inmovilizo con mis manos y la golpeo para que se calle. Entonces me dispongo a violarla. Porque ésta es mi noche. Repentinamente ella se revuelve, y supongo que llevo
dos copas de más. Trastabillo, tropiezo, y me caigo.

Pero no caigo sobre el suelo, no. Caigo sobre un trozo de tubería roto
que sobresale del suelo junto a la pared del edificio del callejón, la cual
me atraviesa el pecho de lado a lado. Intento decir algo, pero solo sale sangre de mi boca, mientras la muchacha, con expresión horrorizada, huye del lugar como alma que lleva el diablo.

Intento levantarme, pero no puedo, me fallan las fuerzas y me cuesta mantener
abiertos los ojos. Y así es como muero, porque ésta, al final, ha resultado ser
de verdad mi noche, mi última noche. Los ojos se me cierran solos, mientras
me pregunto de quién ha sido la culpa:¿De ella?¿Mía?¿Del alcohol? Definitivamente, tiene que haber sido mía, porque sino, no pasaría lo que siempre pasa.

Y entonces me despierto, como cada día, en mi casa.

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