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El Libro Oscuro.

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Ni yo mismo podría explicar qué me llevó a interesarme por el caso del profesor Hernando, aquel apacible erudito que un buen día (es un decir) salió a la calle con una pistola automática en la mano y empezó a disparar indiscriminadamente contra todos los viandantes que se ponían a su alcance. A pesar del tiempo transcurrido, los testigos aún palidecen al recordar cómo dos personas murieron y otras cuatro resultaron gravemente heridas antes de que el profesor fuera reducido por la policía. Seguramente, el número de víctimas mortales hubiera sido mucho mayor de no ser por la deficiente puntería de Hernando, pues no hay duda de que en todo momento disparó a matar. Teniendo en cuenta la naturaleza del agresor, que hasta entonces había sido un hombre de vida pacífica y retraída, se da por hecho que sufrió un súbito ataque de locura, aunque no todos los expertos que han examinado el caso concuerden con tal hipótesis. También contribuyeron a sembrar dudas sobre su salud mental las extrañas e incoherentes palabras que escribió antes de suicidarse en su celda, pocos días después de la masacre: “Engañado por las falsas seducciones del Libro Oscuro, permití que la maldad entrara en mi alma, pensando que ella me abriría las puertas del Poder y del Conocimiento supremos. Pero nadie más volverá a caer en la trampa que me ha arrojado al Infierno: ahora el Libro reposa en el lugar que le corresponde: lugar de tinieblas y olvido, donde, como dice el profeta Isaías de la condenada Babilonia, los vampiros hallarán su refugio”.
Según creo, solo yo he intentado darles una interpretación coherente a esas enigmáticas líneas y lo cierto es que lo he conseguido sin demasiado esfuerzo. Por lo menos para mí, resultaba patente que se referían a cierto libro, que el profesor Hernando consideraba directamente relacionado con sus crímenes y que se hallaba oculto en algún lugar siniestro “donde los vampiros hallarán su refugio” (Isaías XXXIV, 14). Sin duda, los vampiros son criaturas mitológicas, pero es normal asociarlos a los murciélagos, aunque tal relación se deba más a las películas de terror que a una tradición legendaria genuina. Entonces pensé en cierta caverna, situada en la ladera de una de las abruptas montañas que rodean la localidad donde vivía Hernando. Dicha caverna es famosa entre los naturalistas porque en su interior se halla una de las principales colonias de murciélagos de toda Europa… lo cual me pareció desde el principio un dato muy interesante. También me pareció revelador el hecho de que la cueva, pese a hallarse relativamente cerca de la villa, casi nunca reciba visitas, pues, además de ser un lugar realmente siniestro y de difícil acceso, los gases producidos por las deyecciones de los murciélagos hacen el ambiente casi irrespirable. Un buen lugar, sin duda, para ocultar algo.
Así, dispuesto a probar la veracidad de mis conjeturas, me hice con el equipo adecuado para una expedición espeleológica, me encaminé hacia la montaña donde se halla la caverna y penetré en aquel reino de tinieblas, donde, tras una larga y ardua búsqueda, encontré un paquete envuelto en tela impermeable. Tras asegurarme de que aquel paquete contenía el objeto de mi búsqueda, retorné al mundo exterior y, tras un breve descanso, examiné con suma atención aquel viejo volumen de tapas negras y páginas amarillentas, que Hernando había llamado “el Libro Oscuro”. Al reconocer la verdadera identidad del libro, recibí una sorpresa tan grata como turbadora, pues, aunque había oído hablar de él en numerosas ocasiones, hasta entonces había considerado su existencia una mera leyenda: se trataba de un ejemplar íntegro (quizás el único que quedaba en el mundo) de la edición francesa del Al-azif, financiada por el conocido ocultista Collin de Plancy e impresa clandestinamente en París a mediados del siglo XIX. Como domino la lengua francesa, no tardé en sumergirme con verdadera pasión de bibliófilo en las enrevesadas líneas de aquel libro diabólico: acaso el tratado de magia negra más temido de todos los tiempos, cuya versión original había sido redactada en árabe durante la Edad Media, y que durante siglos había circulado en secreto entre los magos del Oriente y los hechiceros de la Europa medieval, pese a que su lectura había sido terminantemente prohibida por las autoridades religiosas de cristianos y musulmanes.
Me bastó con leer un par de páginas para comprender por qué el profesor Hernando había disparado contra personas inocentes a las que ni siquiera conocía… y qué esperaba obtener a cambio. El Libro Oscuro demostraba, con argumentos irrefutables, que la verdadera esencia del universo es el Mal y que los sostenes de toda realidad, en especial de la naturaleza humana, son el Pecado y la Destrucción. Por el contrario, aquellas cosas que nosotros consideramos fuente de vida, como el amor o la felicidad, apenas tienen importancia en el verdadero esquema de las cosas. De hecho, apenas existen, sólo son finísimas películas de grasa flotando sobre un océano de profundidad inconmensurable, o efímeros chispazos de luz que alteran durante un instante la negrura de una noche eterna y luego se desvanecen para siempre. Como consecuencia de todo ello, el hombre sabio es aquel que renuncia a esas falsas ilusiones y une su alma a la Fuerza Primordial del universo, es decir, la Maldad, que a cambio le otorgará poderes y conocimientos más allá de los límites ordinarios. Pero, si ello es así, ¿por qué el profesor Hernando no había recibido su recompensa por haber llevado el horror y la muerte a sus estúpidos vecinos?
Entonces reflexioné y hallé la respuesta: como ya he dicho antes, el difunto profesor había disparado contra personas inocentes a las que ni siquiera conocía. Aquel fue su error, el error fatal que deslegitimó su apuesta por el Mal y le impidió acceder a la suprema sabiduría del Infierno. Dice Jesús en el Evangelio de San Mateo: “Amad a vuestros enemigos. (…) Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? (…) Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más?” Y del mismo modo el Mal, que, siendo más real que el Bien, no puede ser menos exigente, dice: “Dañad a vuestros amigos. Pues si dañáis a los que os ignoran, ¿qué recompensa tendréis? Y si herís sólo a vuestros enemigos, ¿qué hacéis de más?” Por tanto, llevar el miedo y la muerte a personas desconocidas, como hizo el difunto Hernando, carece de todo mérito. Lo que hay que hacer es llevar el miedo y la muerte a quienes nos aman, nuestros amigos o, mejor aún, nuestros padres, hijos o hermanos, pues sólo así se alcanzarán las verdaderas cumbres del Pecado y el Premio correspondiente.
Así pues, yo, que no me he limitado a leer el Libro Oscuro con los ojos, sino que también he sabido interpretarlo con mi inteligencia, triunfaré donde el necio profesor Hernando fracasó miserablemente. El verdadero horror empezará pronto y yo seré su emisario. Pero antes, y por mucho que le pese a mi corazón de bibliófilo, debo deshacerme del Libro Oscuro para siempre, pues yo ya le he extraído toda su sustancia y no deseo que otros ojos se posen sobre él en el futuro…
NOTA DEL EDITOR: Aquí terminan las notas que escribió X, director de la Biblioteca Municipal de O…, antes de asesinar brutalmente a toda su familia (esposa, padres e hijos). El psiquiatra forense se empeña en relacionar los crímenes con un claro caso de perturbación mental, aunque es posible que la historia del Libro Negro sea cierta (se ha comprobado que el asesino había estado en la cueva de los murciélagos unas cuantas horas antes de la masacre y además se ha hallado en la chimenea del salón de su casa un amasijo de cenizas, que podría ser el resultado de la cremación del libro). El resto de la historia es bien conocido por el público, pese a que aún hay muchos puntos oscuros al respecto: pocos días después de haber sido arrestado, X fue trasladado al hospital provincial, a raíz de unas anomalías orgánicas que habían empezado a manifestarse inmediatamente después de su detención y que exigían un examen médico imposible de realizar en la cárcel. Pero X nunca llegó al hospital, sino que desapareció para siempre, dejando tras él los cadáveres horrorosamente mutilados de los dos agentes que lo custodiaban. Aún hoy resulta imposible explicar cómo un hombre de constitución física más bien débil, y que debía estar esposado, pudo eliminar de tal manera a dos guardias jóvenes, fuertes y bien armados, pero los hechos están ahí y, aunque no podemos explicarlos, tampoco podemos ignorarlos. Lo único claro es que desde entonces no hemos vuelto a tener noticias de X, pese a los esfuerzos de la policía y la Guardia Civil para hallar su paradero. Un amigo mío, bibliófilo y amante del ocultismo, lamenta la pérdida del Al-azif, suponiendo que realmente tal volumen hubiera sido hallado y posteriormente quemado por el asesino, pues afirma que la presunta destrucción del Libro Negro ha sido una verdadera pérdida para la Humanidad. Yo, en cambio, opino que ha sido, más bien, una suerte.

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