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El murciélago dorado (versión definitiva).

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Relato de Javier Novoa:
Lo más parecido a una aventura fantástica que me ha sucedido en mi vida tuvo lugar hace ya bastantes años, cuando mi novia, Laura, y yo todavía éramos unos chavales y estábamos haciendo 4º de la ESO en el instituto de nuestra villa. Entonces nosotros, teóricamente, aún no éramos más que “buenos amigos”, pero ya quedábamos con frecuencia para hacer los deberes entre los dos… normalmente en la casa de ella, porque así yo no tenía que aguantar las bromas de Ana, mi hermana mayor, que siempre que nos veía juntos empezaba a hacer insinuaciones que me cambiaban de color la cara.
Todo empezó precisamente una tarde que nos encontrábamos en el desván de la casa de Laura, buscando periódicos viejos para hacer un trabajo de Historia. Entonces Laura vivía con sus padres en una casa grande y vieja, que parecía poco menos que una mansión (después de todo, su familia siempre había sido una de las más ricas de la villa) y que tenía el desván lleno de cosas viejas. Allí, si estabas dispuesto a enfrentarte al caos que imperaba en aquella parte de la casa, podías encontrar desde revistas de los tiempos de Franco hasta objetos curiosos procedentes de todas las partes del mundo. Estos, en su inmensa mayoría, habían sido adquiridos por don Ramón, el difunto abuelo paterno de Laura, que había sido en su juventud un viajero incansable, además de un hombre muy culto y de un impenitente coleccionista de cosas raras.
Como ya dije, estábamos Laura y yo buscando periódicos antiguos en aquella especie de museo cuando encontramos, por pura casualidad, una hoja de papel amarillento, que debía de llevar muchos años allí, olvidada entre dos montones de revistas antediluvianas. Laura, que había heredado en parte los gustos excéntricos de su abuelo, cogió la hoja y empezó a examinarla, con una mezcla de duda e interés en sus ojos. En realidad, la hoja era bastante extraña. Una de sus caras estaba totalmente en blanco (o en amarillo, para ser más exactos), pero en la otra se distinguía un dibujo. Y debajo del dibujo alguien (seguramente el propio don Ramón) había escrito varias líneas, con una caligrafía elegante y anticuada. Para mí ni el dibujo ni las palabras tenían el menor sentido. El primero representaba una especie de monstruo, algo así como un hombre deforme, con cabeza y alas de murciélago. En cuanto a las palabras escritas bajo la ilustración, las primeras correspondían a una cita bíblica: “el demonio llamará a su compañero” (Isaías, XXXIV, 14), y luego venían varios versos divididos en dos estrofas (hasta varios años después no sabría que aquellos versos pertenecían a un poema de Poe titulado Ulalume: la traducción es de dominio público y puede encontrarse en la Wikipedia). Aquellos versos decían el siguiente:
A solas con mi alma, recorría
avenida titánica y obscura
de fúnebres cipreses… con mi alma,
con Psiquis, alma que al misterio turba…
Y yo dije a mi alma: «Más que Diana
ardiente, aquella misteriosa Luna
rueda al través de un éter de suspiros;
lágrimas de su faz una por una
caen donde el gusano nunca muere.
Para mostrarnos lana celeste ruta
y el alma imperio de la paz Letea
atrás dejó al león en las alturas,
del león las estrellas traspasando…

Ya he dicho que todo eso carecía completamente de sentido para mí, pero la ansiedad que se reflejaba en el rostro de Laura mostraba que ella sí había encontrado (o estaba cerca de encontrar) un significado importante en aquel conglomerado de cosas extrañas.
Tan pasmada estaba que tardó un buen rato en responder a mis preguntas y explicarme cuál podía ser el sentido que se escondía tanto en el dibujo como nos textos. Entonces empezó a contarme una historia referida a su abuelo, que ella conocía a través de su padre, pues don Ramón había fallecido cuando Laura todavía era muy pequeña. Según me contó, su abuelo había hecho de joven un largo viaje por tierras americanas y al volver había traído una pequeña pero valiosa reliquia, que había encontrado en un rincón de la selva mexicana. Pero, poco después de volver a casa, y tras la misteriosa muerte de un amigo que lo había acompañado en su viaje, don Ramón (que, con toda su cultura, tenía mucho de supersticioso) había llegado a la conclusión de que la reliquia estaba maldita y que tenerla en la casa supondría un peligro muy real, tanto para él mismo como para su familia. Entonces, el asustado explorador se deshizo rápidamente de aquel misterioso objeto, aunque nunca le quiso contar a nadie, ni siquiera a los miembros de su propia familia, qué había hecho exactamente con él.Lo que sí les contó fue que el objeto en cuestión era el Murciélago Dorado: una pequeña estatua de oro, con la forma de un ser siniestro, mitad hombre y mitad murciélago… es decir, el mismo ser del dibujo.
Antes de que mi cerebro hubiera acabado de procesar aquella revelación, Laura (que no era supersticiosa, pero sí bastante fantasiosa) ya había llegado a la conclusión de que finalmente su abuelo no había querido deshacerse del Murciélago Dorado de una manera definitiva, sino que lo había escondido en algún sitio, seguramente fuera de la propiedad familiar. Y además había escrito aquel texto, que, debidamente interpretado, debía de ser una especie de “mapa del tesoro”, con indicaciones para encontrar la reliquia. Por qué y para quién había dejado don Ramón aquellas indicaciones crípticas eran misterios irresolubles, pues el difunto había llevado el secreto a la tumba, y no tenía sentido especular sobre eso tantos años después de su muerte. En realidad, si la joya pertenecía a alguien era a los padres de Laura, herederos directos de don Ramón, y, por tanto, ella se sentía dispuesta a encontrar el Murciélago Dorado para entregárselo a su padre. Yo, por mi parte, no veía la cosa muy clara, pero, tras una breve discusión, me dejé convencer por los argumentos de Laura. Además, deseaba sinceramente ayudarla en su “caza del tesoro”, no porque esperara recibir nada a cambio, sino simplemente por lo emocionante que se estaba poniendo el asunto (hay que tener en cuenta que entonces nosotros apenas éramos unos adolescentes y, para colmo, bastante aficionados a las películas de aventuras). Total, que no tardamos mucho en llegar a estas conclusiones:
1-Teníamos que encontrar el Murciélago Dorado según las indicaciones que se ocultaban en los versos de Poe.
2- Sería mejor que lo hiciéramos solos, sin ayuda ni conocimiento de nadie, ni siquiera de nuestros padres. Así, si la cosa salía mal, ahorrábamos el ridículo público y, si salía bien, podríamos darles una sorpresa maravillosa.
Entonces, empezamos a examinar con atención los versos, buscando sus posibles sentidos ocultos. Y lo cierto es que, con la ayuda de un horóscopo que encontramos en una de las viejas revistas del desván, y después de varias consultas a Google que hicimos por medio de mi Smartphone nuevo, apenas tardamos unos minutos en encontrarles una interpretación bastante Verosímil.
En primer lugar, estaba clarísimo que aquellos versos sugerían el ambiente de un cementerio: a pesar de desconocer el tema del poema original, las referencias fúnebres (los cipreses, los gusanos, el Leteo -que, según leímos en Internet, era uno de los ríos del Infierno en la mitología clásica-) eran tantas y tan claras que sobra hacer más comentarios al respecto. Por lo visto, el viejo don Ramón había guardado el Murciélago Dorado en un cementerio, quizás pensando que su presunta maldición sería menos peligrosa mientras la joya estuviera en terreno sagrado. En todo caso, tampoco adelantábamos mucho con eso: aun dando por hecho que el Murciélago se hallara en un cementerio de nuestra comarca, sería muy difícil encontrarlo sin más datos. En estas tierras lo que sobran son cementerios: no hay parroquia, por muy pequeña que sea, que no tenga su cementerio al lado de la iglesia. Por tanto, era preciso afinar más.
Segundo pensamos, el León de las estrellas sólo podía ser la constelación de Leo. Fue entonces cuando le echamos un vistazo al horóscopo para saber qué constelación venía después: esta no era otra que la de Virgo, es decir, la Virgen. Bien, era normal que en un cementerio católico hubiera una imagen de la Virgen María. Pero seguía siendo una referencia muy vaga, era preciso algo más.¿ Y cómo interpretar lo que decía el poema sobre unas lágrimas de la Luna, o algo por el estilo?
Tras un rato de duda, Laura propuso una interpretación que a mí me pareció perfecta: en un rincón del cementerio parroquial de Santa Marta de Tamaguelos crecen, desde hace muchos años, unos rosales que dan unas rosas blanquísimas. Y, siendo poéticos, podríamos comparar esas rosas con las lágrimas de la Luna. Además, sobre el muro que rodea ese cementerio, muy cerca de los rosales, habían colocado una pequeña hornacina de piedra con una imagen de la Virgen María, con lo cual el puzzle quedaba completamente resuelto. Bien, quedaba la cita bíblica y lo cierto es que a esa sí que no le encontramos el menor sentido (y aún hoy ignoramos completamente a qué venían esas palabras). De todas formas, como ya teníamos claro que el Murciélago Dorado estaba oculto entre los rosales de Santa Marta, no le prestamos mayor atención a ese detalle.
La aldea de Santa Marta de Tamaguelos se encuentra en la sierra, a unos cinco kilómetros de nuestra villa. Es un pueblo más bien pequeño, pero tiene una iglesia muy bonita y todos los veranos se reúne allí mucha gente, que va a la romería de Santa Marta. Nosotros conocemos bastante bien el lugar porque todos los años vamos a la romería con nuestros padres (no es que seamos muy devotos de la santa, pero siempre es una buena excusa para ir a tomar unas tapitas de pulpo al campo de la feria y, de paso, comprar unas rosquillas). Lo único malo de la romería es aguantar la misa, porque es muy larga. Y, además, como la iglesia es demasiado pequeña para toda la gente que va, los que no somos de la aldea llegamos demasiado tarde para coger sitio en los bancos y tenemos que seguir la misa desde fuera, desparramados alrededor del templo… que es precisamente donde está el cementerio parroquial, y por eso sabemos tanto de él.
Entonces, Laura y yo llegamos a dos nuevas conclusiones:
1-Había que ir al cementerio de Santa Marta para buscar el Murciélago Dorado entre los rosales. Y sería mejor hacerlo por la noche, para que ningún cura o feligrés de la iglesia metiera la nariz en nuestros asuntos.
2-Debíamos ir una noche que no estuvieran nuestros padres en casa, para no tener que darles explicaciones engorrosas. Para eso era ideal la noche del próximo sábado: mis padres tenían una cena con compañeros de la empresa y no volverían hasta las tantas. En cuanto a los padres de Laura, habían pensado pasar el sábado y el domingo en Ferrol, visitando a unos parientes. En principio, Laura debía ir con ellos, pero no le resultaría difícil escaquearse, con la excusa (no totalmente falsa) de que necesitaba quedarse en casa para preparar los exámenes de la semana siguiente.
El problema era cómo ir a la aldea: estaba demasiado lejos para ir a pie y, de todas formas, caminar por el monte en plena noche no resulta una idea atractiva. Por otra parte, era demasiado tarde para coger un bus y no podíamos gastar nuestros escasos ahorros llamando un taxi, así que necesitábamos alguien que nos llevara. A falta de mejores alternativas, pensé en mi hermana Ana, que ya había sacado el carné de conducir y no tenía inconveniente en coger el coche de papá siempre que podía. Claro que primero habría que convencerla, no sólo para que nos llevara, sino también para que mantuviera la boca cerrada hasta entonces, pero yo sabía cómo hacerlo. Así, la tarde del viernes, aprovechando que nuestros padres habían salido, la abordé en el salón de la casa y le hablé del asunto, sin entrar mucho en detalles. Por supuesto, ella en un principio se puso en plan tonto e intentó mandarme a freír espárragos. Dijo que ella no era la taxista de ningún niñato de la ESO y que un sábado por la noche tenía mejores cosas que hacer que conducir por el monte. Ante mi insistencia, llegó a ponerse amenazante y me dijo:
-¿Sabes qué diría papá si voy y le cuento algo de lo que me estás diciendo?
Yo estaba esperando por eso. Le respondí, con toda la calma del mundo:
-¿Y tú sabes qué diría el vecino si voy y le cuento quien le fastidió el retrovisor del Audi la semana pasada?
Entonces la pobre se quedó blanca como una muerta y me echó una mirada llena de cólera:
-Pero tú… ¿cómo puedes ser tan cabrón? ¡No me digas que estás pensando realmente en hacerle esa putada a tu propia hermana!
-¿Y tú no eres capaz de hacerle un pequeño favor a tu propio hermano? Unos minutitos para ir, otros para volver y luego ya tendrás toda la noche para ir de cubatas con tus colegas. ¡Menudo sacrificio!
-Bueno, supongo que estoy en tus manos. ¡Pero no olvidaré esto, te lo juro!
Y así quedó concertada nuestra visita al cementerio parroquial de Santa Marta, que tuvo lugar el día siguiente a las diez de la noche.
Debo decir que, por lo menos para mí, nuestra visita nocturna al cementerio no tuvo nada de siniestro ni de macabro. Hacía muy buena noche, la luna brillaba tanto que casi parecía de día y no fue nada difícil entrar en el recinto, pues, aunque las puertas estaban cerradas, el muro era tan bajo que saltamos sobre él sin problemas. Se veía volar por allí a muchos murciélagos (no de oro, claro, sino de carne y hueso) y yo, que siento cierta simpatía por esos animales, tomé su presencia por un buen augurio. Pero apenas tuve tiempo para fijarme en nuestros amigos voladores, porque había otro murciélago esperando por nosotros y debíamos encontrarlo lo antes posible, no fuera que las luces de nuestros focos llamaran la atención de algún noctámbulo (cosa improbable, por otra parte: en aquella aldea sólo vivían viejos campesinos, gente que normalmente no sale de casa los sábados para hacer botellón). Lo cierto es que tuvimos mucha suerte: apenas tuvimos que escarbar un poco entre las raíces de los rosales para encontrar un pequeño objeto envuelto en varias capas de tela impermeable. Una vez retirados los envoltorios, el Murciélago Dorado nos mostró su siniestra belleza. A pesar de su forma monstruosa, aquella estatua era una verdadera obra de arte, cuidadosamente cincelada según las convenciones del arte precolombino, y debía de valer muchísimo dinero. Por lo demás, era bastante pequeñita (podía caber perfectamente en la palma de la mano de un niño), pero eso no les restaba valor a su cuerpo de oro puro ni a las piedras preciosas que tenía en los ojos. Laura y yo estábamos tan contentos después de encontrarlo que sólo la necesidad de mantener silencio para no llamar la atención nos impidió gritar de alegría. Y Ana, que había estado refunfuñando durante todo el viaje y que hasta entonces había pensado que toda la historia del Murciélago Dorado era un invento nuestro, se quedó tan atónita que no fue capaz de abrir la boca durante varios minutos.
En fin, había que volver a la villa lo antes posible. Entramos en el coche e iniciamos el viaje de retorno. Aunque la distancia entre la aldea y la villa no era muy grande, la carretera que las comunicaba era muy mala y, además, Ana no estaba acostumbrada a conducir de noche, por lo que todavía nos llevaría un tiempo. Pero eso tampoco nos preocupaba mucho, pues ya teníamos el Murciélago Dorado en nuestras manos. Bien, para ser exactos, no estaba en nuestras manos, sino en el bolso de Ana, pues pensamos que era el sitio más seguro para guardarlo.
Cuando salimos de la aldea, Ana, que ya parecía más relajada, encendió la radio del coche. Además de los resultados de la Liga, la noticia más llamativa era un atraco que había tenido lugar aquella misma tarde en una conocida joyería de la ciudad de Ourense. Un individuo no identificado, que llevaba la cara cubierta con un pasamontañas, había atracado el establecimiento a punta de pistola y había huido de la ciudad en un Renault Megane negro, llevándose consigo un cuantioso botín en joyas y dinero. La locutora terminó la narración de la noticia indicando que la Guardia Civil había establecido varios controles en distintas carreteras de la provincia, con la esperanza de capturar al atracador antes de que cambiara de coche. Y, por casualidades de la vida, precisamente entonces apareció en el arcén de la carretera un agente de la Benemérita, cuando apenas nos quedaba un kilómetro para llegar a las primeras casas de la villa. El agente le ordenó a Ana detener el coche, haciéndole señales con una especie de linterna, y luego le pidió, con mucha cortesía, que apagara el motor y que bajara para abrirle la puerta del maletero. A nosotros esas precauciones nos parecieron exageradas, pues después de todo las autoridades estaban buscando a un hombre solitario en un coche muy distinto del nuestro, pero no había más remedio que obedecer a la autoridad. Así, Ana salió del coche, llevando su bolso en la mano, por si el agente también le pedía su documentación.
Lo que pasó en los minutos siguientes fue muy desagradable para todos nosotros, así que me limitaré a narrar los hechos, sin hablar de las sensaciones que estos me produjeron (sensaciones que, por lo demás, cualquier lector podrá adivinar fácilmente). Resulta que aquel hombre no era un guardia civil buscando al atracador de la joyería, sino el mismísimo atracador, quien se había disfrazado de guardia con la intención de engañar a alguien para robarle el coche. Y a nosotros nos tocó la peor parte en el asunto: una vez que tuvo a Ana a su alcance, el individuo sacó la pistola (esta, al contrario que su uniforme, era totalmente auténtica), agarró a mi hermana antes de que pudiera reaccionar y nos amenazó con matarla si Laura y yo no salíamos del coche inmediatamente. Por supuesto, no teníamos otra alternativa que seguir sus órdenes y eso fue lo que hicimos.
A continuación, el hombre soltó a Ana, pero no dejó de apuntarnos con la pistola. Nos obligó a entregarle no sólo las llaves del coche, sino también nuestros teléfonos móviles y todas las cosas de valor que lleváramos con nosotros, incluyendo el bolso de Ana (donde, como recordaréis, estaba el Murciélago Dorado). Luego, y tras obligarnos a ir con él a un pequeño bosque que se extendía al lado de la carretera, sacó del bolsillo un rollo de cinta adhesiva, que usó para atarnos y taparnos la boca. Finalmente, cogió nuestro coche y se marchó a toda prisa con su botín, dejándonos a los tres atados y amordazados en medio del bosque. Como en aquel sitio no había nadie que pudiera ayudarnos (cosa lógica, puesto que ya era noche cerrada), tuvimos que hacer grandes esfuerzos para liberarnos de nuestras ataduras, cosa que no logramos hasta bastante después de la medianoche. Y luego, como no pasó ni un solo coche por aquella maldita carretera, tuvimos que caminar hasta llegar a la villa, de modo que finalmente mis padres llegaron a casa antes que nosotros.
No sé si el Murciélago Dorado estaba maldito, pero realmente no nos había traído suerte. Además de llevar un buen susto, todos habíamos perdido algo aquella noche: Laura había perdido el Murciélago y la oportunidad de darles una grata sorpresa a sus padres, yo había perdido mi Smartphone nuevo, que el atracador se había llevado consigo, y Ana perdió el coche de nuestros padres (que ella contaba con heredar en breves, cuando ellos se animaran a comprar un nuevo vehículo). Por otra parte, ya podéis imaginar cómo se pusieron nuestros progenitores al saber que habíamos aprovechado su ausencia para salir de la villa sin decirles nada y cogiendo el coche sin su permiso. Tanto Ana como yo mismo nos llevamos unas buenas broncas y supongo que Laura (quien, finalmente, optó por no decirles a sus padres nada sobre el Murciélago Dorado) también se llevó lo suyo (de hecho, durante varios días no pude verla ni hablar con ella fuera del instituto, pues los dos estuvimos castigados hasta que a nuestras familias se les pasó el enfado).
En fin, de este modo tan poco grato terminó la historia del Murciélago Dorado, que tan cerca estuvo de ser la mayor aventura de nuestras vidas y finalmentese quedó en una decepción histórica. Quiero decir que terminó para nosotros, porque no sé qué sería del Murciélago después de que aquel tipo nos lo robara… y, para ser franco, casi prefiero no saberlo. Y vosotros, ¿realmente queréis saber más?
(fin de la narración de Javier Novoa)
Ya era casi medianoche cuando Fermín llegó al chalet de su novia, Vero, una chica de buena familia que solía salir con “malotes” como él. En aquel momento la joven no estaba en la casa, pero eso a Fermín no le importaba, pues tenía su propia llave. De hecho, incluso le gustaba que ella no estuviera presente, pues así él podría examinar tranquilamente su botín antes de acostarse (Vero sabía que su novio era un macarra de marca mayor, pero ignoraba que también era un peligroso atracador).
Tras tomar una cerveza para celebrar su éxito en el golpe de la joyería, Fermín se sentó en el sofá del salón y sacó las joyas del bolso donde las había guardado (que era el de Ana). La que más le llamó la atención fue un pequeño objeto dorado, que representaba un bicho espantoso, una especie de hombre con cabeza de animal o algo por el estilo. Curiosamente, Fermín no recordaba haber visto aquella cosa en la joyería, pero eso no le extrañó, porque allí todo había pasado muy rápido y él apenas había tenido tiempo para fijarse en lo que cogía.
Todavía estaba Fermín examinando el Murciélago Dorado cuando, coincidiendo exactamente con la llegada de la medianoche, oyó unos ruidos extraños, como si algún animal estuviera arañando con fuerza la puerta de la casa. Seguramente sería Tarzán, el mastín de Vero, que tendría ganas de entrar. Pues iba a quedarse con las ganas, pensó Fermín, porque él estaba muy cansado después de un día tan movido y no tenía ganas de aguantar los caprichos del perro. Así, no hizo caso de los arañazos y siguió sentado en el sofá. Por hacer algo, cogió su móvil y le mandó un mensaje a Vero, para preguntarle por dónde andaba y cuándo pensaba volver a casa. La respuesta apenas tardó unos segundos en llegar y era la siguiente:
-Estoy en el parque, paseando con Tarzán. Ya volveré dentro de poco, ¿vale? Besos.
Fermín se quedó de piedra al leer el mensaje. Aunque este, en sí mismo, era de lo más inocente, implicaba algo bastante extraño: si Tarzán estaba en el parque, ¿cuál era el animal que estaba arañando la puerta? Ningún perro vagabundo podría entrar en la propiedad de Vero, que estaba protegido por un muro muy alto.
Entonces la estupefacción dio paso al horror: la puerta del vestíbulo cayó al suelo, derribada por una fuerza imparable, y segundos después una abominación sin nombre hizo su aparición en el salón de la casa. Fermín aún tuvo ánimos suficientes para sacar la pistola del bolsillo, pero, cuando ya estaba a punto de disparar un fuerte dolor en la mano le hizo soltar su arma. Aquello parecíaa una pesadilla: de pronto, la pequeña estatua del Vampiro Dorado había cobrado vida y se había echado sobre su mano para morderla con saña.
Pero Fermín apenas tuvo tiempo de sorprenderse. La cosa que había entrado en el salón aprovechó aquel instante de estupefacción para echarse sobre él y darle otro mordisco, esta vez en la garganta.
Cuando Vero llegó a casa, pocos minutos después, no encontró allí la cosa que se había echado sobre Fermín ni tampoco la estatua del Vampiro Dorado. Pero sí encontró el cadáver desangrado de su novio, lo cual fue suficiente para que la pobre muchacha sufriera el mayor susto de su vida.
Tal como había escrito el difunto abuelo de Laura, “el demonio había llamado por su compañero”, pero su nieta y Javier nunca llegarían a saber que habían tenido la inmensa suerte de no estar presentes en el momento de la reunión.

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