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El retorno de Max.

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(Esta historia es una secuela de “Sangre de lobo” y “Max Langer”. Resumen de los hechos narrados anteriormente: antes de su misteriosa desaparición, el profesor de Secundaria Armando Estrada le confió a su alumna Bea Dapía una valiosa cruz de plata. Meses después, Bea y su hermana Carla fueron raptadas por los sicarios de una siniestra organización criminal, que tenían órdenes de apoderarse de la cruz de plata a cualquier precio. Afortunadamente, ambas muchachas serían rescatadas gracias a la providencial intervención de Dani, el novio de Bea, y de un amigo de este, el enigmático Max Langer. Durante la refriega Max recibió una herida de bala en la cabeza y, mientras se hallaba inconsciente, un sueño le reveló una sorprendente verdad sobre su pasado.)
Una tranquila y calurosa mañana estival, varias semanas después de los hechos narrados anteriormente, Isa, la madre de Bea, se hallaba sola en casa, preparando la comida del mediodía. Su marido había tenido que viajar a Madrid por razones laborales, Bea había salido a dar un paseo con Dani y Carla se había ido con sus amigas a la playa, de donde no volvería hasta la noche, así que no tendría compañía hasta que Bea volviera de su paseo. Y seguramente se lo tomaría con calma, aunque solo fuera para no tener que ayudarla a pelar patatas. Así estaban las cosas cuando unos timbrazos llamaron la atención de Isa. No podía ser Bea, pues esta tenía su propia llave. Algo intrigada, pues el cartero ya había pasado y no se esperaban más visitas a aquella hora, Isa abandonó la cocina y se dirigió al vestíbulo para ver quién había llamado.
Mientras tanto, Bea y Dani caminaban cogidos de la mano por las calles del barrio, dirigiéndose (sin apurar demasiado) a la casa de la muchacha. Cuando no se decían palabras cariñosas, su principal tema de conversación era Max Langer. Este, siempre extraño, había abandonado el país tras recuperarse de la herida sufrida en su lucha contra los sicarios, sin dar explicaciones coherentes al respecto. Le había dicho a Dani que tenía que irse a la ciudad de Baltimore (Maryland, EE. UU.) para realizar ciertas investigaciones sobre su pasado, pero se había negado a aclarar qué debía hacer allí realmente. Y la cosa no carecía de misterio, pues a Dani le constaba que ni Max ni nadie de su familia había estado jamás en dicha ciudad norteamericana. Bea le dijo a Dani:
-Ya hace bastante tiempo que se marchó. ¿No has sabido nada de él desde entonces?
-¡Uf, nada en absoluto! He intentado ponerme en contacto con él, pero no hay manera. Max, desde luego, sabe mucho de ciencias naturales y de literatura… pero de teléfonos móviles y ordenadores entiende tanto como mi hámster.
-¡Caray, Dani! Max es tu mejor amigo, y yo le estoy muy agradecida por lo que hizo por Carla y por mí, pero… la verdad es que es un poco raro.
-Bueno, no estoy de acuerdo con eso: yo diría más bien que es MUY raro. Pero también es el tío más inteligente que he conocido jamás, así que seguramente tendrá una buena razón para hacer lo que hace… aunque no tengo ni idea de cuál puede ser.
-En fin, él sabrá. ¡Vaya, ya está ahí mi casa, creo que mientras hablábamos de Max hemos andado más deprisa de lo que pensábamos! Tengo que entrar, que seguro que mi madre me ha reservado unas cuantas patatas para que yo las pele. ¡Chao, Dani, nos vemos esta tarde!
-Vale, esta tarde a las siete en el centro comercial. ¡Hasta entonces y disfruta de las patatas!
Bea le dirigió una última sonrisa a su novio y entró en su casa, mientras Dani se aprestaba a volver a la suya, donde también tendría que contribuir a la preparación de la comida. Pero entonces se fijó en un señor mayor que rondaba el jardín de Bea, manifestando una actitud un tanto sospechosa. Dani conocía bien a todos los vecinos, pero aquel anciano le resultaba completamente desconocido. Ciertamente no parecía un ladrón, ni mucho menos un espía de la organización criminal que tantos problemas le había causado a su amiga en los últimos tiempos, pero el muchacho decidió que convenía seguirlo para asegurarse de que era “trigo limpio”. Sin embargo, cuando Dani se estaba encaminando hacia aquel enigmático individuo llamó su atención un ruido extraño procedente del garaje donde los padres de Bea guardaban sus coches. Como la puerta estaba abierta, Dani decidió entrar allí para echar un vistazo.
Al mismo tiempo, Bea, que ya había entrado en su casa, se sentía sorprendida y algo inquieta, pues su madre parecía haber desaparecido. No estaba en ningún sitio ni contestaba a sus llamadas, tampoco le había dejado ninguna nota ni nada por el estilo. Finalmente, la muchacha decidió subir las escaleras para ver si la encontraba en el desván o en alguno de los cuartos de la segunda planta. Y, efectivamente, la encontró en uno de esos cuartos… pero Isa se hallaba tendida boca abajo, inmóvil y silenciosa, aparentemente inconsciente… o quizás algo peor. Realmente asustada, Bea se agachó junto al cuerpo inerte de su madre e intentó reanimarla, mientras le decía, con la voz trémula de angustia:
-Pero mami, ¿qué te ha pasado? ¡Por favor, contesta o…!
Bea no pudo terminar la frase. Sintió primero un doloroso pinchazo en su muñeca derecha y luego una sensación de mareo realmente fulminante. Lo último que pudo distinguir borrosamente antes de sumergirse en la inconsciencia fue que aquella mujer que tenía a su lado no era realmente su madre.
Mientras tanto, Dani había entrado en el garaje y, para su sorpresa, había encontrado allí a Isa, la madre de Bea. Esta se hallaba acurrucada en un rincón, entre su propio coche y la pared, atada de pies y manos, amordazada y casi desnuda: le habían arrebatado toda su ropa, salvo sus prendas más íntimas. De hecho, el ruido que había llamado la atención de Dani no había sido otra cosa que un grito de socorro, que la mordaza había ahogado hasta convertirlo en un patético gemido. Tras sobreponerse al pasmo que se había apoderado de él, Dani se acercó a Isa, que parecía sumamente aterrorizada, con la intención de liberarla, al mismo tiempo que le decía:
-Tranquila, Isa, ahora mismo te desato. Luego llamamos a la policía y…
Pero Dani tampoco pudo terminar su última frase. Una mano grande y fuerte, cubierta por un guante de látex, se posó sobre sus labios, ahogando sus palabras y arrastrándolo irresistiblemente hacia el lugar más oscuro del garaje.
Pocos minutos después, la mujer que había anestesiado a Bea haciéndose pasar por su madre (ayudándose para ello de las ropas que le había arrebatado a la verdadera Isa y de una convincente peluca) se reunió en el garaje con su cómplice, el hombre que había capturado a Dani: un individuo de aspecto patibulario y robusto como un gorila. Entre los dos introdujeron a la inconsciente Bea y a los amordazados Dani e Isa en el coche de esta, a continuación ocuparon ellos mismos los asientos delanteros y, tras abandonar el garaje, se pusieron en marcha hacia el puerto marítimo.
En aquel mismo momento, Rocío, una de las vecinas del barrio, salía de su casa para coger su coche y dirigirse al centro urbano, donde tenía que hacer varias compras. Pero, cuando ya estaba a punto de entrar en su vehículo, la abordó amablemente el mismo anciano desconocido que poco antes había llamado la atención de Dani. Con un tono de voz y un lenguaje sumamente corteses, el extraño le dijo a Rocío:
-Disculpe, señorita, pero mucho me temo que voy a necesitar su coche… bueno, y también a usted para que lleve el volante. Lamento confesar que no sé conducir.
La extrañada Rocío estaba a punto de abrir la boca para mandar a aquel entrometido a freír espárragos, pero entonces el anciano extrajo un pequeño revólver de su bolsillo, que hizo callar y palidecer a la pobre muchacha. El hombre, siempre cortés, le dijo:
-Lamento tener que amenazarla, pero este es un caso de vida o muerte. La vida de su joven vecina Bea Dapía corre grave peligro y, aunque la muerte de una hermosa doncella siempre me ha parecido algo muy sugerente estéticamente hablando, moralmente me resulta simplemente repugnante. Por eso es mi deber impedirlo y, como este es un caso en el cual la policía no resulta de fiar, debo tomar mis propias medidas al respecto.
Aunque no entendía nada, Rocío, asustada por la pistola de aquel extraño individuo, se avino a razones. Mientras ella conducía rumbo al puerto, su raptor, sentado en el asiento trasero, se pasó las manos sobre el rostro para quitarse el maquillaje que había empleado para disimular sus facciones y se convirtió en el joven Max Langer, el amigo de Dani, que siempre había sido un gran experto en el arte de disfrazarse y de aparecer cuando menos se le esperaba. Su misteriosa misión en Baltimore había dado los resultados apetecidos y ahora debía afrontar una nueva misión, harto más peligrosa: rescatar a sus amigos de las manos de sus raptores. Sabía que si llamaba a la policía, donde sus enemigos tenían muchos agentes infiltrados, sólo conseguiría empeorar las cosas y, por tanto, debía actuar él solo, aunque ello supusiera realizar algunos actos desagradables.
Cuando llegaron al puerto, concretamente al embarcadero privado donde se hallaba aparcado el coche de Isa, Max pudo distinguir a lo lejos una lancha motora, que se dirigía velozmente hacia un impresionante yate, situado en medio de la ría. Max le agradeció amablemente a Rocío su involuntaria colaboración, mientras la ataba y amordazaba cuidadosamente para que no tuviera la tentación de arruinar sus planes con una prematura llamada a la policía. Luego salió del coche, tiró su revólver (que era de juguete) a una papelera y “tomó prestada” la lancha de un pescador para acercarse al yate, que, afortunadamente, seguí inmóvil sobre las azules aguas de la ría. Curiosamente, Max no sabía conducir, pero sí navegar. Cuando se vio cerca del yate, detuvo la lancha y se arrojó al agua, para continuar el trayecto a nado. Esta era la única forma que tenía de acercarse más al barco sin llamar la atención y, además, él era un nadador excelente: en otros tiempos había sorprendido a mucha gente con sus proezas natatorias, aunque en realidad esas hazañas pertenecían a una época que él mismo apenas podía recordar con claridad. Una escalerilla que comunicaba el puente del yate con el mar, y que en aquel momento no parecía vigilada, le sería muy útil para sus propósitos. Luego todo dependería del azar, pero, en fin… nadie había dicho que aquello fuera a ser fácil.
Mientras tanto, Bea (ya despierta), su madre y Dani se hallaban en el lujoso salón del yate, sentados los tres juntos sobre un cómodo sofá, todos ellos concienzudamente atados y amordazados. El mobiliario y la decoración del salón eran realmente espectaculares, pero en aquel momento lo único que llamó la atención de los prisioneros fue un impresionante retrato de Adolf Hitler que colgaba de una pared enfrente de ellos. Troppeo y Liddia, que así se llamaban entre ellos los sicarios que los habían traído allí, se habían marchado tras depositarlos sobre el sofá, pero en su lugar había aparecido un caballero elegantemente vestido, que los observaba con una mirada irónica. Aquel personaje era un hombre ya maduro, pero aún apuesto, y su tez, exageradamente bronceada, no hacía juego con su pelo color platino ni con sus fríos ojos azules. No dejaba de sonreír y sostenía en una de sus manos la cruz de plata que Bea solía llevar en el bolsillo y en la otra una lupa que había empleado para examinarla con el fin de verificar su autenticidad. En un momento dado, y como respondiendo a las miradas angustiadas de sus prisioneros, el hombre sonrió y les dijo amablemente, en un castellano correcto pero teñido de cierto acento extranjero:
-Bien, mis queridos huéspedes, creo que, llegados a este punto, os debo una pequeña explicación. Mi nombre no viene al caso, pero, si no estuvierais amordazados, podríais llamarme X. Como ya habréis conjeturado, soy la principal cabeza visible de una organización especializada en la busca de objetos que podríamos llamar “especiales”. Desde los gloriosos tiempos del III Reich hemos recorrido el planeta entero tras la pista de todas aquellas reliquias sagradas o mágicas que puedan ayudarnos en nuestro modesto empeño de dominar el mundo… como, por ejemplo, esta hermosa cruz bizantina, que nuestra querida Fraunlein Dapía llevaba en el bolsillo y cuya importancia mística resulta imposible exagerar. En cuanto a vuestro destino, aún no puedo deciros nada definitivo, pues esos poderosos caballeros a los que llamamos las “Cabezas Invisibles” aún no han tomado ninguna decisión al respecto. Por tanto, os ruego un poco de paciencia… y también de resignación, pues, teniendo en cuenta los precedentes, lo más probable es que en cualquier momento nos ordenen arrojaros al fondo del mar.
Dichas estas últimas palabras, aquel hombre perverso que se hacía llamar X empezó a reírse sádicamente, gozando con la angustia que se había dibujado en los pálidos rostros de Bea y los demás.
Mientras tanto, la situación en la cabina de mando del yate también era bastante angustiosa: el comandante del barco y sus oficiales se hallaban en tensión, amenazados por Max, que los estaba encañonando con una pistola automática (esta vez se trataba de un arma de verdad, que le había arrebatado al sicario Troppeo tras noquearlo a puñetazos y encerrarlo en la bodega). Max le dijo al comandante:
-Bien, patrón, si sabe lo que le conviene, ahora mismo va a poner en movimiento este montón de chatarra y va a dirigirse hacia el rompeolas a toda máquina.
El aludido, olvidándose durante un instante de la pistola, respondió furioso:
-¿Pero es que usted pretende que nos estrellemos contra las rocas? ¡Si es así, es que está completamente loco!
Max, siempre tranquilo, dijo sin alzar la voz:
-Puede que yo esté loco, de hecho no es usted el primero que me lo dice. Pero precisamente por eso no conviene contradecirme mientras tenga una pistola en la mano. ¡Venga, haga lo que le digo de una vez!
El comandante puso mala cara, pero decidió obedecer y el yate empezó a moverse, con creciente velocidad, rumbo al largo rompeolas que protegía el puerto.
Pocos minutos después, el choque del yate contra el rompeolas hizo que toda la nave se estremeciera y cogió por sorpresa a todos sus ocupantes, salvo a quienes se hallaban en la cabina de mando. La mayoría de los muebles y cuadros del salón cayeron al suelo, incluyendo el retrato de Hitler y una mesilla de caoba situada al lado del sofá, sobre la cual había un valioso jarrón chino que se hizo añicos al impactar contra las baldosas. X estuvo a punto de perder el equilibrio y Bea, que se hallaba sentada en un extremo del sofá, junto a donde estaba la mesilla de caoba, fue a parar al suelo, haciéndose algunas magulladuras de poca importancia en la cara y en una rodilla. Tras unos segundos de confusión y angustia, Liddia, la mujer que trabajaba para X apareció en el salón, aparentando frialdad profesional pese a que la palidez de su rostro denunciaba que ella también se había llevado un buen susto. Antes de que su jefe tuviera tiempo de preguntarle nada, ella dijo:
-No sé qué ha hecho el comandante, pero hemos chocado contra el rompeolas. Según el contramaestre, hemos sufrido daños de importancia en la sala de máquinas y tenemos varios boquetes en el casco. Ahora mismo la mayor parte de nuestros hombres están intentando achicar el agua con las bombas. Parece ser que podremos mantenernos a flote, pero por el momento resulta imposible salir de aquí.
El furioso X masculló unas cuantas blasfemias en algún idioma extranjero y dijo, temblando de rabia:
-¡Ese maldito marinero de agua dulce me las va a pagar con creces! ¡Ahora mismo voy a la cabina de mando a cantarle las cuarenta! Mientras tanto, tú quédate aquí y vigila a nuestros invitados.
Dicho esto, X le entregó a Liddia la cruz de plata para que la custodiara mientras él le decía al comandante lo que opinaba sobre su forma de pilotar el barco. Una vez que X hubo abandonado el salón, bufando de rabia, Liddia no les dirigió ni una sola mirada a Bea y compañía (a fin de cuentas, estaban bien atados) y se dedicó a examinar la reliquia que su jefe le había entregado, quizás deslumbrada por su belleza o, más probablemente, tentada por la idea de traicionar a la organización y llevarse la cruz para venderla en el mercado negro. Absorta como estaba, no tuvo tiempo de reaccionar cuando Bea se arrojó sobre ella y la golpeó repetidas veces, con una rabia nacida del miedo más bien que del odio, hasta dejarla inconsciente. Cuando la muchacha había caído al suelo, después de que el yate embarrancara, había cogido discretamente un pequeño trozo, especialmente fino y puntiagudo, de aquel jarrón chino que se había hecho añicos por culpa del choque. Mientras X y Liddia hablaban, ella había usado aquel trozo para cortar los cordones con los que le habían atado las muñecas y así había conseguido liberarse. Luego, aprovechando que su guardiana no le prestaba atención, se había levantado sin hacer ruido y la había atacado, usando una pequeña lámpara que había sobre la mesa del salón como arma contundente. Una vez que Liddia perdió la conciencia, Bea la ató con el cable de la misma lámpara que había usado para golpearla, le selló los labios con su propia mordaza y, tras meterse la cruz de plata en el bolsillo, desató rápidamente a Dani y a su madre. Una vez que los tres estuvieron libres, se fundieron en un fuerte abrazo para darse ánimos y a continuación Isa dijo:
-¿Y ahora cómo salimos de aquí? Si tuviéramos nuestros móviles podríamos pedir ayuda (ella, por supuesto, ignoraba que aquella diabólica organización tenía cómplices en todos los cuerpos policiales), pero los tiraron al mar. La única opción que tenemos es escapar, aprovechando que el barco, según dijeron, está embarrancado junto al rompeolas, pero ¿y si nos ven? Me he fijado en que la mayoría de ellos van armados.
Bea, que se sentía agotada tras la explosión de rabia que le había permitido tumbar a Liddia, se sentía agotada y no fue capaz de responder, pero Dani dijo:
-¡También dijeron que la mayoría de los marineros están ocupados con las bombas! Quizás no haya nadie por los pasillos y podamos salir sin que nos vean. Luego, como supongo que después del choque el rompeolas se habrá llenado de curiosos, nos esconderemos entre la gente y no se atreverán a dispararnos. ¡Pero tenemos que irnos ya o si no será demasiado tarde!
No era necesario que Dani demostrase la veracidad de sus últimas palabras, así que los tres salieron rápidamente del salón. Así, cuando Max llegó allí pocos segundos después, siguiendo las indicaciones que le había arrancado al comandante, no los encontró. Paradójicamente, él, que pretendía liberarlos, se llevó un chasco al ver que ya se habían liberado por sí mismos. Aquello más bien que facilitarle las cosas se las complicaba, pues su plan era huir con ellos a través de un camarote desde el cual se podía alcanzar la escalerilla y salir del yate sin arriesgarse a pasar por cubierta, pero ahora tenía que ir a buscarlos antes de que los encontraran sus enemigos. “En fin”, se dijo Max, “la sabiduría siempre debería tener en cuenta lo imprevisto.”
Mientras tanto, Dani, Bea e Isa habían tenido tiempo de atravesar el pasillo que comunicaba el salón con la escalera de cubierta y de subir esta a toda prisa. Pero en el peldaño superior se toparon con X. Este, al entrar en la cabina de mando, había encontrado a todos los oficiales, incluido el comandante, fuertemente atados y. temiendo alguna nueva jugarreta de quien había hecho aquello, había decidido volver al salón, sin molestarse ni siquiera en liberarlos. Cuando descubrió que sus prisioneros estaban intentando huir del yate, quiso agarrar a Bea, que era la que tenía más cerca, pero esta, que ya había recuperado los ánimos, consiguió zafarse y propinarle un rodillazo en los testículos, que lo dejó doblado de dolor. Pero X no tardó en recuperarse y extrajo del bolsillo una pequeña pero letal pistola automática. Hizo fuego y, sin duda, el disparo hubiera herido mortalmente a alguno de los fugitivos si alguien no hubiera aparecido de repente para interceptar la bala con su propio cuerpo. Al mismo tiempo que sentía cómo el balazo desgarraba sus entrañas, Max Langer disparó a su vez, con una serenidad envidiable dadas las circunstancias. Su disparo alcanzó a X en el hombro derecho y le hizo tirar al suelo su pistola, mientras gritaba de dolor como un energúmeno, pese a que su herida no era, ni mucho menos, tan grave como la de su adversario. Temeroso de un nuevo disparo, X huyó escaleras abajo en busca de ayuda y sólo entonces Max se dejó caer al suelo, con el pecho ensangrentado y el rostro pálido como la cera. Bea y su madre se quedaron paralizadas de horror, pero Dani se arrodilló junto a su amigo e intentó, en vano, ayudarle a levantarse, mientras le decía, con la voz alterada por el miedo a perder a su único amigo:
-¡Max, por el amor de Dios, levántate de una vez! ¡Venga, seguro que esto es sólo un arañazo… como la otra vez! En un par de horas estarás como nuevo, pero tenemos que irnos de aquí o nos cogerán. ¡Por favor, Max, lucha por vivir!
Max sonrió, mientras un hilo de sangre empezaba a fluir por su barbilla, y dijo, con una voz dulce y pausada que sólo Dani pudo oír:
-No, Dani, esta vez la bala ha hecho bien su trabajo. Ahora lo único que puedes hacer por mí es marcharte de aquí y ponerlas a ellas a salvo. Si sé que salís bien de esta… me marcharé feliz.
-¡No, Max, no digas eso, tú no puedes morir!
-Eso es cierto, Dani, no puedo morir, sólo marcharme… porque yo ya estoy muerto desde hace mucho tiempo. Y, sin embargo, sé que una parte de mi espíritu no perecerá jamás. Alguien escribió una vez: “el hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.” Y mi voluntad está predestinada (¿acaso debería decir “condenada”?) a vivir para siempre, más allá de los cuándos, los dóndes y los cómos que constituyen la superficie de nuestra existencia mundana.
-¡No entiendo lo que dices, estás delirando! ¡Todo eso no tiene ninguna lógica!
-Quizás no, pero, ¿qué más da? La lógica es a la mente lo mismo que la casa al cuerpo: es necesaria para vivir, pero te equivocas si crees que no existe nada más allá de sus muros. No quiero que… cuando me haya ido… llores por mí, porque una parte de mí estará siempre a tu lado. Y, además, quién sabe si no volveremos a encontrarnos… en esta vida o en otra. ¿Qué me dirías si te contara que hace poco tiempo… cuando estuve en Baltimore… puse un ramo de flores… sobre mi propia tumba? Fui allí sólo para eso. Porque antes de llamarme Max Langer yo fui…
Una incontenible vomitona de sangre interrumpió la última revelación de Max y segundos después este exhaló su último aliento entre los brazos de Dani. El pobre muchacho no pudo contener las lágrimas cuando sintió que su amigo dejaba de respirar, pero ni siquiera pudo quedarse allí para llorar por él. X se acercaba rápidamente, al mando de un grupo de hombres armados, por lo que Bea y su madre cogieron entre las dos a Dani y se lo llevaron de allí casi a la fuerza. Atraída por el choque del yate y por los disparos, sobre el rompeolas se había congregado una nutrida multitud de pescadores y curiosos, de modo que si conseguían llegar a la escalerilla y huir del barco, podrían considerarse a salvo. Pero antes tendrían que esquivar a sus perseguidores, quienes estaban dispuestos a atraparlos, e incluso a acribillarlos a tiros, antes de que pudieran escapar. Ansiosos por capturarlos, no le prestaron la menor atención al cadáver de Max y aquellos que no pudieron rodearlo se limitaron a pisotearlo con despiadada indiferencia, pues no veían en él otra cosa que un pobre amasijo de carne muerta.
Pero entonces sucedió aquello: el espíritu que había animado aquel cuerpo usó todo su poder para prestarles un último y valioso favor a sus amigos. Mientras pasaban sobre el cuerpo de Max, aquellos individuos envilecidos sintieron que una fuerza extraña e incorpórea penetraba en sus almas y les llenaba los ojos de visiones tan terroríficas que ni uno solo de ellos fue capaz de resistirlas. Todos ellos cayeron al suelo, prisioneros del delirio que sólo el más supremo y absoluto de los terrores puede provocar, y empezaron a retorcerse como serpientes heridas, mientras babeaban enloquecidos y proferían entre gritos atroces palabras incoherentes que ni ellos mismos comprendían. Aquellas imágenes de pesadilla quedarían grabadas en sus mentes para siempre y atormentarían sus noches hasta el fin de sus días: gatos negros que miraban con un único ojo llameante de odio, vísceras sangrantes que seguían latiendo más allá de la muerte, sombras que volvían de la tumba para unirse en una impía comunión con quienes las habían amado en vida y cadáveres ensangrentados que rompían sus propios ataúdes en busca de venganza serían apenas unos pocos ejemplos, no precisamente los más terribles, de los horrores que convirtieron a aquellos hombres fuertes y audaces en las más abyectas de las criaturas. Ni uno solo de ellos había conseguido recuperarse cuando llegaron la policía y los sanitarios que se ocuparían de atenderlos… aunque en un primer momento lo único que pudieron hacer fue suministrarles ingentes dosis de poderosos narcóticos, para darles al menos un pobre simulacro de paz.
La organización criminal a la que pertenecían quedó desarticulada para siempre y, aunque aquellos misteriosos individuos a los que X llamaba “Cabezas Invisibles” nunca serían identificados, su poder se desvaneció como un sueño.
Varios días después, Dani y Bea acudieron al cementerio de la ciudad, para depositar un ramo de flores oscuras sobre la solitaria tumba de Max Langer. Alguien, ellos ignoraban quién y por qué, había ordenado grabar sobre la lápida una de las extrañas frases que Max había pronunciado antes de morir: “el hombre no se doblega a los ángeles, ni cede por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.” Debajo no ponía ninguna referencia, pero Dani, gracias a Internet, había descubierto su origen: era una cita de un cuento de Edgar Allan Poe titulado “Ligeia”, según la traducción de Julio Cortázar. Bea contempló con dulce tristeza cómo Dani depositaba su ramo sobre aquella piedra fría, humedecida por las primeras lloviznas del otoño, y, al ver que él no podía contener el llanto, ella lo abrazó cariñosamente, secando con sus besos las lágrimas que fluían sobre sus mejillas. Luego, ya algo más tranquilos, se sentaron en un banco cercano y Bea le dijo a Dani:
-Estoy seguro de que todo eso que te dijo antes de morir era verdad: él estará siempre con nosotros.
Dani esbozó una triste sonrisa en su rostro y dijo a su vez:
-¡Por supuesto que siempre estará con nosotros! Siempre nos acompañarán sus recuerdos, las palabras que nos dijo… y también las que escribió en una vida anterior, cuando aún no se llamaba Max Langer… sino Edgar Allan Poe.
(NOTA DEL AUTOR A LOS LECTORES: Con este cariñoso homenaje al maestro Poe pongo punto final a mi estancia como autor en esta página web. Han sido varios años, muchos textos y también varios seudónimos -primero mi nombre real (Javier Fontenla), luego Ikki y finalmente Friki-, pero ahora creo que ya he contado todo lo que quería contar. Por cierto que ya me despedí una vez, pero aquella vez lo hice sólo para cambiar de seudónimo, mientras que esta vez es de verdad. Independientemente de que os hayan gustado o no mis historias, os animo a seguir leyendo a los demás autores de Escalofrío y, sobre todo, a disfrutar de los clásicos del género, empezando por Poe. Hasta siempre.)

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