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El secretario.

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Recién terminados sus estudios, el joven ingeniero de minas Fermín Vázquez decidió abandonar su Galicia natal y viajar a la Argentina, para trabajar a las órdenes de su tío Eduardo, que dirigía una de las principales compañías mineras de Catamarca. O al menos esa era su intención, porque una vez allí lo que sucedió fue que Fermín dejó su puesto en la empresa para casarse con una muchacha de buena familia llamada Lucía Elisa Marconi. Debemos dejar claro que el amor de Fermín hacia la señorita Marconi era completamente sincero y desinteresado, aunque lo cierto es que supuso un importante ascenso social para el joven ingeniero, quien pocos años después era el copropietario de una próspera hacienda situada cerca de la frontera paraguaya. En aquellos tiempos lo único que enturbiaba la felicidad del matrimonio era la incapacidad de doña Lucía para darle descendencia a su marido. Por este motivo decidieron adoptar a una huerfanita de pocos meses llamada Helena María (siendo hija de padres desconocidos, este nombre había sido elegido por la directora del orfanato y se debía a que la pequeña había llegado al hospicio un 18 de agosto). Todo fue bien hasta que la niña murió antes de cumplir los cuatro años de edad, a causa de la mordedura que le propinó una víbora mientras jugaba en el jardín de la hacienda. Sumidos en el dolor, don Fermín y doña Lucía optaron por adoptar a otra niña, a la que hallaron en el mismo orfanato donde habían encontrado a la primera, y que, por una casualidad que les pareció sumamente agradable, también se llamaba Helena María.

Dos décadas después, don Fermín, que se había quedado viudo, seguía viviendo en su hacienda, mientras que Helena estudiaba Medicina en Buenos Aires y pasaba la mayor parte del año en su piso de la capital, aunque durante las vacaciones estivales viajaba al norte para reunirse con su padre adoptivo.

Una tórrida tarde de enero (nos hallamos en el hemisferio sur), don Fermín decidió coger su vieja escopeta e ir al monte en busca de caza menor. O al menos esa era su intención, porque allí hacía tanto calor que el hacendado decidió renunciar a la cacería antes de haber encontrado un solo animal y refugiarse en una arboleda particularmente sombría hasta que empezase a refrescar. Pero su tranquilo reposo a la sombra de los árboles no tardaría en ser interrumpido por el súbito estampido de un disparo. Inmediatamente después, el sorprendido don Fermín oyó un gruñido procedente de los arbustos que había a su espalda y al volverse vio cómo un enorme puma, asustado por el disparo, huía velozmente hacia las profundidades del bosque. Alguien había salvado la vida del desprevenido hacendado, disparando al aire para espantar al felino antes de que este hubiera tenido tiempo de iniciar su ataque. Y don Fermín, todavía pálido de emoción, no tardó en darle las gracias a su misterioso salvador: este era un forastero completamente desconocido, que vestía ropas bastante viejas, cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha y sólo llevaba en las manos la escopeta de caza con la cual había espantado al puma. El forastero, que dijo llamarse David Estrada, era un hombre ya maduro, de piel blanca, aunque en algunos puntos muy tostada por el sol, constitución delgada, cuerpo fibroso y expresión enigmática, aunque no desagradable. Don Fermín, bien dispuesto de antemano hacia un hombre que acababa de salvarle la vida, no pudo dejar de alegrarse cuando supo que el señor Estrada también era de origen gallego, lo cual, por otra parte, se reflejaba claramente en su acento. Según sus propias palabras, David Estrada había sido en otro tiempo un hombre de buena posición económica (en todo caso, bastaba con oírle hablar para advertir que no carecía de cultura) y un feliz padre de familia, pero ciertos reveses de fortuna lo habían condenado a la ruina y a la ruptura de su matrimonio, además de obligarlo a cruzar el Atlántico en busca de fortuna. Una vez en Sudamérica, las cosas no le habían ido mucho mejor y, no teniendo ni un trabajo fijo ni dinero para volver a España, recorría el campo argentino en busca de alguien que quisiera darle algún empleo, por humilde que fuera. Tras oír esto, el agradecido don Fermín lo invitó a acompañarlo a su hacienda, donde podría quedarse todo el tiempo que quisiera, primero en calidad de huésped y luego, cumplidas ciertas formalidades, como su secretario particular (en realidad, don Fermín nunca había necesitado la ayuda de nadie para administrar sus bienes, pero decidió que ofrecerle un puesto de trabajo era lo menos que podía hacer por Estrada). Por supuesto, el vagabundo aceptó su ofrecimiento sin disimular su alegría y, poco después, los dos hombres se encaminaron hacia la hacienda como buenos amigos.

Aquella misma noche don Fermín, tras regalarle a Estrada uno de sus mejores trajes, lo invitó a cenar con él y con su hija Helena en el suntuoso salón de la hacienda, como si fuera un verdadero amigo en vez de un simple empleado. El buen hacendado, que era un hombre agradecido, ya había decidido en su fuero interno que su paisano cenaría siempre en el salón y no con los demás trabajadores de la hacienda. O al menos esa era su intención, pero durante la cena hubo algo que le causó inquietud y enfrió, hasta cierto punto, su sentimiento de gratitud hacia Estrada. Lo cierto es que no le gustó cómo miraba el forastero a su hija Helena, quien se había convertido en una muchacha sumamente atractiva. Don Fermín, con una benevolencia un tanto forzada, se dijo a sí mismo que era normal que los hombres miraran con ojos ardientes a las jóvenes hermosas, pero lo cierto es que Estrada nunca volvió a ser invitado a la mesa de su patrón. Hay que decir que este siempre lo trató con suma amabilidad y le ofreció un buen sueldo, pero lo cierto es que no le dio más oportunidades para intimar con su hija, quien, por su parte, no parecía especialmente interesada por el nuevo habitante de la casa. Después de todo, este, aunque era un hombre atractivo, para ella no dejaba de ser un desconocido que por edad hubiera podido ser su padre.

Durante algunas semanas todo fue bien: David Estrada se mostró muy competente en su nuevo oficio y los negocios de don Fermín iban viento en popa. Pero cuando ya faltaba poco para que terminase el verano y Helena volviera a Buenos Aires, empezaron los problemas. El ganado de la hacienda empezó a sufrir continuos ataques por parte de un puma, quizás el mismo animal que había amenazado la vida de don Fermín y que, aparentemente, buscaba resarcirse devorando a sus animales. No era aquella la primera ni la segunda vez que el hacendado tenía problemas con pumas o gatos monteses, pero, mientras que en otras ocasiones la cuestión había sido solucionada rápidamente de un balazo, aquella fiera parecía sumamente astuta y sabía cómo burlar la vigilancia de los guardias más avezados. Siempre atacaba de noche, pero nunca a la misma hora, y sabía elegir los puntos peor vigilados del rancho: si los guardias se concentraban en el corral donde dormían las ovejas, entraba en el gallinero, o viceversa, y cuando no podía llevarse un cerdo se llevaba un potrillo. Realmente parecía que aquel puma actuaba guiado por una inteligencia humana y entre los peones de sangre india empezaron a circular extrañas supersticiones al respecto. Finalmente, don Fermín, furioso ante lo que consideraba el resultado de una negligencia por parte de sus hombres, reunió a todos sus empleados (salvo a Estrada, cuya labor nada tenía que ver con el cuidado del ganado) y les ordenó pasar la noche siguiente en vela, así como todas las noches que fuera necesario, hasta que cazaran al maldito puma. Además les dejó claro que si la fiera moría todos ellos, y especialmente el hombre que la matara, recibirían una generosa recompensa, pero añadió que si volvía a arrebatarle una sola cabeza de ganado, o simplemente si volvía a escaparse, los responsables se lo pagarían con creces. Don Fermín era un buen hombre y un patrón comprensivo, pero aquella vez se hallaba verdaderamente enfadado y así lo comprendieron sus peones, que se armaron con escopetas y se resignaron a pasar por lo menos una noche al aire libre.

Al llegar la noche, todos los habitantes de la hacienda, salvo el patrón, su hija y el secretario, se hallaban apostados en los alrededores del rancho, aguardando la llegada del felino. Como se trataba de cazarlo y no de espantarlo, todos los perros habían sido encerrados para que no lo asustaran con sus ladridos y las puertas de los corrales habían sido abiertas a propósito para tentar al merodeador nocturno. Sin embargo, pasaban las horas y el puma no hacía acto de presencia, lo cual suponía un alivio para los timoratos y un motivo de desesperación para los más ambiciosos. Ya faltaba poco para el alba cuando Juan Moreno, un mestizo paraguayo que ejercía de capataz, creyó distinguir un gemido procedente del interior del rancho. Ninguno de sus compañeros había notado nada, pero Juan, como todos los hombres habituados a la vida en el monte, se jactaba de tener un oído muy fino y, cuanto más lo pensaba, más seguro se sentía de que algo no iba bien en el interior del edificio.

Arriesgándose a recibir una reprimenda del patrón por abandonar su puesto antes de tiempo, Juan les ordenó a los peones que siguieran en sus puestos y se dirigió a la puerta principal. Para su sorpresa, esta había sido cerrada por dentro y además nadie respondió a sus llamadas, por lo que su inquietud instintiva no tardó en convertirse en verdadero temor. Resignándose de antemano a lo que pudiera pasarle, Juan, que era un hombre recio y valiente, derribó la puerta y penetró rápidamente en el amplio y oscuro vestíbulo del edificio, con su escopeta preparada para disparar. Intentó encender la luz, pero esta había sido cortada, sin duda deliberadamente. “Mejor”, se dijo Juan, “ya he hecho bastante ruido al derribar la puerta y, si alguien me está esperando para dispararme, quizás la oscuridad me salve la vida”. Por suerte, Juan estaba acostumbrado a cazar de noche en las tinieblas de la selva y además sabía moverse sin hacer ruido. Llegó sin problemas al salón y, una vez allí, la luz lunar que se colaba por las ventanas abiertas le ofreció un espectáculo horrendo. Una vez más, Juan se alegró de que la visibilidad fuera reducida, pues, pese a ser un hombre duro, nunca le había gustado contemplar de cerca el rostro de los muertos. Dos cuerpos humanos vestidos con ropa de cama yacían allí sobre sendos charcos de sangre. Eran el patrón y su secretario, y ambos parecían haber sido apuñalados hasta la muerte. Al parecer, y teniendo en cuenta la doble estela de sangre que se distinguía sobre los peldaños de la escalera que llevaba al piso superior, las víctimas no había muerto allí, sino que habían sido acuchilladas en sus habitaciones y luego su asesino (suponiendo que fuera uno solo) había arrastrado los cadáveres hacia el salón, por algún motivo que Juan no acertó a comprender.

Como Juan no podía creer que la señorita Helena pudiera ser la autora del doble crimen, decidió que este sólo podía ser un intruso, que había conseguido colarse dentro del edificio sin ser advertido, y que aún podía estar allí, probablemente oculto en alguna de las habitaciones del segundo piso… quizás en el dormitorio de Helena.
Fuera como fuera, Juan se dijo que su deber más inmediato era ir en busca de la señorita Helena, que quizás se hallara en grave peligro, por lo cual se dirigió a su cuarto, sin detenerse para examinar los cadáveres ni acordarse de llamar a sus hombres. A pesar de los nervios, subió las escaleras con cuidado, no sólo para no delatar sus movimientos con el ruido de unas pisadas demasiado fuertes, sino por miedo a resbalar en la sangre que cubría los peldaños.

Una vez alcanzada la segunda planta, el valeroso capataz entró en la alcoba de la muchacha, cuya puerta estaba entreabierta. La luz lunar le permitió ver que Helena yacía boca arriba sobre su cama, inconsciente y pálida como una muerta, pero viva y relativamente ilesa. Tenía los miembros fláccidos y respiraba con dificultad, pero a simple vista su cuerpo no había sufrido daños físicos, dejando aparte algunos rasguños de poca importancia. En cambio, su camisón había sido desgarrado en torno a sus pechos y su cintura, como si alguien la hubiera forzado después de drogarla (el extraño olor que emanaba de un vaso vacío que se hallaba sobre la mesilla de noche, al lado de un pequeño objeto brillante, le sugirió a Juan la idea de la droga). Tan nervioso se sentía Juan que en aquel momento cometió su único error fatal: ansioso por atender a Helena, dejó su escopeta en un rincón del cuarto, cerca de la puerta. Apenas se hubo separado unos metros del arma, se percató de su imprudencia y se dio la vuelta para cogerla de nuevo, pero ya era demasiado tarde: en la puerta del cuarto, borroso y casi espectral en la penumbra imperante, se hallaba David Estrada, vivo y sonriente, con la escopeta del capataz bien sujeta en sus manos ensangrentadas. Juan comprendió rápidamente que Estrada era el asesino y que lo había engañado, manchando sus ropas con la sangre de don Fermín para hacerse el muerto, pero también comprendió que se hallaba en sus manos: el secretario sólo tendría que apretar el gatillo de la escopeta para acabar con su vida y lo único que le extrañaba era que estuviese tardando tanto en hacerlo.
Estrada, adivinando el pasmo y la ansiedad del mestizo, le dijo tranquilamente:

-Bien, Juan, en breves vas a morir, por lo que no tengo inconveniente en satisfacer tu curiosidad antes de enviarte a la tumba. Dejando aparte que mi verdadero nombre no es David Estrada, la historia que le conté a don Fermín no estaba muy lejos de la realidad: hace algunos años, yo vivía feliz en mi Galicia natal, con una esposa a la que quería y dos niños pequeños a los que adoraba. Pero, del mismo modo que la luz del Sol apaga la de las estrellas, todo eso se desvaneció de mi alma cuando un capricho del Destino puso en mis manos cierto libro, que me reveló cuáles son la verdadera esencia del Universo y el único camino hacia la sabiduría. Debes saber, pobre ignorante, que la esencia del Universo es el Mal, al que tú llamarías Diablo, y que si un hombre ansía el Poder y el Conocimiento debe abrir su alma a la Maldad Suprema, pasando por encima de cualquier otro interés que pueda estorbar sus propósitos. Tan bien lo comprendí que desde entonces he teñido mi vida con la negrura del pecado y la rojez de la sangre, incluida la de mis propios hijos, y a cambio he adquirido poderes y conocimientos que tú ni siquiera podrías imaginar. Pero me faltaba un pecado para alcanzar la cúspide del Mal y el don supremo que este concede a sus acólitos más avezados, es decir, la inmortalidad. El pecado que me faltaba era el incesto. Por eso he venido aquí y por eso he hecho todo esto, con la ayuda de un puma controlado por mi magia negra, que primero me permitió ganar la confianza de don Fermín y luego apartar de la casa a los peones mientras realizaba mis planes. Esa desdichada que yace sobre la cama no es hija carnal de Fermín Vázquez, sino mía: yo la concebí deliberadamente para poseerla cuando hubiera alcanzado la mayoría de edad, yo rapté y violé a su madre para asesinarla después de que hubiera dado a luz, yo la abandoné a las puertas del orfanato donde la halló su padre adoptivo hace más de veinte años… y yo he gozado esta noche de su carne. ¡Y ahora por fin soy uno con el Mal Supremo, diabólicamente perfecto e indestructible por los siglos de los siglos! ¡Ahora ya siento cómo mi nuevo poder se difunde por mis entrañas y ni siquiera todos vosotros juntos podréis detenerme!

Mientras aquel monstruo terminaba su perorata con una carcajada sardónica, Juan, que sólo comprendía a medias aquellas palabras preñadas de pecado y locura, se había ido acercando lentamente a la mesilla y había agarrado discretamente el abrecartas que había visto brillar débilmente sobre aquel mueble al entrar en el cuarto. Aparentemente, el asesino, que debía sentirse muy seguro de sí mismo, fuera por el arma que sostenían sus manos o porque realmente se creyera inmortal, no se había percatado de sus movimientos. En un arrebato de audacia, Juan se arrojó sobre el presunto David Estrada y le clavó el abrecartas en el ojo derecho con todas sus fuerzas, antes de que su enemigo pudiera disparar o hacer cualquier otra cosa para impedirlo. Una expresión, no tanto de dolor o de miedo como de sorpresa, se dibujó en el rostro del asesino al mismo tiempo que la punta del abrecartas alcanzaba su cerebro y arrojaba su alma al Olvido. ¿Había sido su presunción de inmortalidad un mero delirio de su mente perturbada? ¿Acaso ignoraba que la muchacha a la que había violado no era su hija y que esta había muerto muchos años antes, en plena infancia y mordida por una víbora? Juan nunca lo supo y, en realidad, ni siquiera se lo planteó. Aquel brujo y asesino había pagado por todos sus crímenes, su alma había alcanzado el Infierno que tanto anhelaba, aunque no precisamente de la forma que a él le hubiera gustado, y no volvería a dañar a nadie nunca más.

En cuanto al puma, no acudió al rancho aquella noche ni volvió a saberse de él en la región: al parecer, una vez desaparecida la inteligencia diabólica que lo controlaba, volvió a ser un animal inocente y perdió todo interés por el ganado de la hacienda.
Helena recuperó pronto la conciencia, pero necesitó ayuda psicológica para superar el shock traumático provocado por la muerte de su querido padre adoptivo y por el cruel ultraje que ella misma había padecido. Se hizo llegar a las autoridades una versión incompleta de los hechos, de la cual se habían eliminado los elementos más extraños y rocambolescos, y la policía argentina, en colaboración con la española, no tardó en descubrir la verdadera identidad de David Estrada: un erudito aficionada a las ciencias ocultas que, tras muchos años de vida pacífica y laboriosa, había desaparecido, dejando tras él un rastro de cadáveres… sin duda un caso de locura, aunque algunos se nieguen a reconocerlo.

Tras una larga y penosa meditación, Helena decidió abandonar para siempre la hacienda, que vendió a Juan Moreno por un precio muy inferior al real (y aun esto porque el capataz se negó a aceptarla como regalo), se marchó a España y se estableció en Galicia, la tierra natal de su padre adoptivo, para dedicarse a la medicina, buscando en el trabajo la paz y el olvido. O, al menos, tal era su intención, porque una vez allí descubrió que la violación no sólo había tenido consecuencias para su mente, sino también para su cuerpo: Helena estaba embarazada.

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