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El Vampiro Dorado (1ª parte).

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El protagonista de esta historia se llama Brais González y es un muchacho gallego de apenas quince años. Brais podría pasar por un chico normal, aunque un tanto tímido e introvertido, si no fuera por su exagerada afición a los misterios detectivescos, que él busca con ansia inagotable, tal como Don Quijote buscaba aventuras caballerescas. Y, del mismo modo que Don Quijote, de tanto que buscó tales aventuras, ciertamente acabó encontrándolas.

Brais algunas veces (si bien no tantas como a él le gustaría) se ha visto involucrado en situaciones bastante misteriosas. Sus compañeros del instituto, especialmente su amiga Helena, aún recuerdan cómo su instinto de sabueso contribuyó decisivamente a hallar a una niña raptada (véase “Historia de Helena”). Claro que Brais tiene en la vida otros intereses, además de la investigación detectivesca. Me refiero especialmente a ese ente casi inevitable en la mente de un adolescente fantasioso: la “chica de sus sueños”; en su caso, Isabel Castaño White.

Isabel (Isa para sus amigos, Isa la Bombón para sus admiradores, que no son pocos) es, desde luego, una Dulcinea más que adorable. Imaginaos a una preciosa adolescente, que podría pasar por la típica niña mona americana (pelo rubio, ojos azules, cuerpo perfecto) si las típicas niñas monas americanas tuvieran más inteligencia y educación, y os habréis imaginado un ser muy semejante a Isa. Su único defecto es que ella también es algo tímida, y, como su timidez muchas veces adquiere las apariencias de la frialdad o incluso de la arrogancia, los mismos chicos que sueñan con ella por las noches fingen ignorarla durante el día, diciendo que es un témpano de hielo, que con ella no hay manera y que es mejor buscar otras “presas” más fáciles, “aunque no estén tan buenas como ella”.

Brais, por su parte, es tan patológicamente tímido que ni en sueños ni de día se atreve a acercarse a ella, aunque, eso sí, tiene las paredes de su cuarto tapizadas con fotos de su princesa, ampliadas a tamaño póster: si entráramos allí veríamos fotos de Isa en la playa, luciendo bikini, en los partidos de voleibol, con unos pantalones muy cortos, en el último Carnaval, disfrazada de animadora… Pero en ese santuario hasta ahora sólo ha podido penetrar, familiares aparte, Helena, la mejor amiga de Brais desde la infancia y su confidente oficiosa en lo tocante a los gustos, deseos y pensamientos de Isa.

Aquella tarde lluviosa de Semana Santa, Brais estaba precisamente en su cuarto, escribiendo en su ordenador un poema de amor al estilo de Gustavo Adolfo Bécquer, que, cuando se reanudaran las clases, debería aparecer, sin firma, en el pupitre de Isa.

Ya estaba a punto de imprimir el poema cuando Sara, la hermana de Brais, se plantó sonriente en la puerta del cuarto y le dijo, con una mirada pícara y un sospechoso guiño de ojos:

-Brais, hermanito, una chica preciosa pregunta por ti.

Brais refunfuñó y respondió:

-¡Será otra vez la pelma de Iria Nocedal, para que la ayude con las Mates! ¡Esa tía no perdona ni las vacaciones! ¿Por qué no le dijiste que no estaba?

Sara acentuó su sonrisa y dijo:

-Pues porque no es la pelma de Iria, sino esa chica bombón de tus fotos.

-¿Cómo? ¡Isa! ¡Isa Castaño!!!

-¡Ay, hijo, no sé, tú la conocerás mejor que yo! La he dejado en la salita… pero si quieres enseñarle tu cuarto, puedo decirle que suba.

-¡Haz eso y te fusilo! Dile que ya bajo ahora.

-Si ya bajas ahora, entonces excuso decirle nada. Anda, apura, que la nena te está esperando. Si me necesitáis para algo, estaré en mi cuarto. ¡Duro con ella, tigre!

Medio minuto después, un Brais coloradísimo se encontraba con Isa en la salita de su casa. Tras varios besos en las mejillas y unos saludos entrecortados, ella, que parecía preocupada, le confesó, no sin ciertas vacilaciones:

-Brais, siento muchísimo molestarte, pero es que… Ya sé que no nos conocemos mucho, y supongo que no tengo derecho a pedirte que me ayudes… ¡Pero en estos momentos tú eres el único que puede ayudarme! ¡Por favor…!

Brais hubiera dado décadas de vida por escuchar semejantes palabras en la boca de su amada. Apenas pudo balbucir una frase semejante a “para mí será un placer ayudarte”, sílaba más, sílaba menos, y se aprestó a escuchar lo que Isa tenía que decirle:

-Supongo que ya sabrás que mi madre murió cuando yo era pequeña y que mi padre, además de profesor, es arqueólogo, por lo que pasa mucho tiempo en el extranjero. Cuando se va fuera, yo me quedo en la casa de mis abuelos y me comunico con él sobre todo por Internet. Pronto hará un mes que se fue a México. Hace unos pocos días me envió un E-mail, para anunciarme que pronto me iba a llegar un envío suyo, un paquete o un sobre. Insistía en que era algo muy importante y que no debía hablar del tema con nadie, ni siquiera con mis abuelos, salvo que fuera necesario, pero no aclaraba absolutamente nada más. Fue la última vez que pude ponerme en contacto con él. Desde entonces no ha contestado a mis mensajes ni ha cogido el teléfono cuando lo he llamado al móvil. Hasta he gastado casi todo el saldo de mi móvil llamando varias veces al hotel donde debía estar alojado, y allí siempre me han dicho que se encontraba ausente y que no sabían nada de él desde hacía bastante tiempo. Pues bien, esta misma mañana me ha llegado un sobre certificado que me había enviado mi padre desde México. Dentro había un papel con un dibujo, una especie de pájaro verde, pero ni una sola indicación sobre su significado o sobre lo que debía hacer con él. Bueno, al menos eso era lo que me parecía a simple vista, hasta que recordé una película de policías que habíamos visto mi padre y yo en el cine antes de que se fuera, y se me ocurrió mirar debajo del sello, como hacían en la película para encontrar un mensaje secreto. Allí, con letras muy pequeñas y sin separar las palabras, mi padre (era su letra, de eso estoy segura) había escrito: “devolverpronto/ atravesarcreal”. Entendí que me pedía que devolviera pronto algo, supongo que el dibujo, pero no sé a quién debo entregárselo ni dónde debo hacerlo. La segunda línea creo que me manda atravesar la Calle Real, esa que va desde mi casa hasta el centro comercial, pero no sé qué debo hacer allí ni si debo encontrarme con alguien. Y empiezo a tener miedo de que esto pueda ser algo muy serio, pues no es normal que mi padre pase tanto tiempo sin dar señales de vida. En clase dicen que tú eres un crack resolviendo misterios. ¡Ay, Brais, si pudieras ayudarme con este asunto, te quedaría agradecida para siempre!

Aunque un observador hubiera podido pensar que durante todo este tiempo Brais había estado más pendiente del dulce rostro de Isa y de sus preciosos ojos azules que de sus palabras, en realidad el detective aficionado no había perdido detalle. Se le ofrecía una oportunidad única, y seguramente irrepetible, de unir sus dos aficiones predilectas -la investigación e Isa- y pensaba aprovecharla todo lo que el Destino y sus propias capacidades le permitieran. Ya se le había ocurrido una idea. Hizo la siguiente pregunta:

-¿Tu padre tiene relación con alguien que viva en esa calle?

-Pues creo que sí, es bastante amigo de un bibliotecario que vive allí, un tal Antón o Antonio…

-¿Antonio? ¡Genial! ¿Y sabes cómo se apellida ese señor?

-Sí, Nocedal. Es el padre de Iria, la de clase, esa que siempre está pidiendo que le soplen en los exámenes.

-¡Ay, pues entonces ya no me sirve la teoría (jo, y al final tenía que aparecer de algún modo la pelma esa para fastidiarlo todo, ufff)! Si el señor se apellidara Ruiz, Rodríguez o Rojas, todo iría viento en popa, pero Nocedal no me sirve.

-No entiendo lo que quieres decir.

-Es que creo que el mensaje de tu padre no es “atravesar la Calle Real”, que no tiene demasiado sentido, sino devolver el dibujo, o lo que sea, “a través (de) A. R., (de la) Calle Real”. Si el bibliotecario de marras se llamara, por ejemplo, Antonio Ruiz, podría ser muy bien el A. R. de las iniciales, si es que de verdad son iniciales.

-Ya, pero eso tampoco me tiene mucho sentido. Si hay que devolver el dibujo a través de un intermediario, ¿por qué mi padre no le envió el dibujo directamente al responsable de devolverlo?

-¿Y por qué anda con tantos rollos de mensajes secretos e indicaciones oscuras en vez de decir las cosas claras? Se ve que teme que alguien pueda interceptar su correspondencia. Si te envía a ti una carta, eso puede parecer normal y pasar desapercibido, pero si se la enviase directamente al intermediario, podría resultar demasiado comprometedor. No me preguntes para quién ni por qué, pero me parece que ese dibujo es más importante de lo que parece.

-¡Ay, Brais! Creo que se me ha ocurrido una variante de tu teoría. Me estoy acordando ahora de Ana Rosa Colinas Real, una de las becarias que trabajan con mi padre en la Universidad.

-¿Y él tiene, o tenía, mucho trato con ella?

-Sí, todos en la familia la tratamos bastante, pues es hija de un viejo amigo de mi padre, el profesor Luis Colinas, que murió el año pasado, junto con su mujer, en un accidente de coche. Hasta me parece que papá y Colinas colaboraron en ciertas expediciones arqueológicas cuando eran jóvenes. ¿Quién sabe? ¡Quizás ella tenga la clave de todo este asunto!

-¿Sabes dónde vive?

-Sí, sigue viviendo en el piso de sus padres, cerca de aquí. Voy a ir a verla ahora mismo.

-¿Llevas encima el dibujo?

-Sí, en un bolsillo de la chaqueta, bien doblado.

-¿Te importa que te acompañe? Me gustaría saber cómo acaba todo esto.

-¡Cómo me va a importar! Al contrario, te agradezco muchísimo todo lo que estás haciendo por mí. Si no me llegas a sugerir lo de las iniciales, ya podría pasarme toda la vida paseando por la Calle Real como una tonta, y mientras tanto mi padre puede estar en dificultades. ¡Vayamos ahora mismo, si te parece bien!

-¡De acuerdo! Subo un momentito a mi habitación, para coger la chaqueta, y ya me pongo en marcha. Por cierto, ¿te apetece tomar algo antes de salir (seguro que a la tonta de Sara no se le ha ocurrido ofrecerte nada, ¡uf, qué paciencia!)? Tengo Fanta y Coca-cola en mi cuarto. Si quieres subir conmigo…

-Gracias, Brais, pero prefiero esperar aquí. Así le echo un nuevo vistazo al dibujo mientras tú te cambias.

-Vale, como prefieras. ¡Hasta ahora!

(Brais suspiró aliviado tras escuchar la respuesta de su amiga, al darse cuenta de que, llevado por la excitación del momento y por su ansia de no separarse de Isa ni un solo instante, había cometido la locura de invitarla a entrar en su cuarto, cuyas paredes estaban llenas de fotos donde aparecía la muchacha bastante ligerita de ropa.)

Un cuarto de hora después, Isa y Brais llamaban a la puerta del piso donde vivía Ana Rosa Colinas, quien afortunadamente se encontraba en casa y no tardó en responder a sus timbrazos. Era Ana Rosa una joven de unos veintipocos años, alta y atractiva, de largo cabello castaño y piel pálida, que recibió con muchas expresiones de cariño a Isa, a quien conocía desde que esta no era más que un bebé. A Brais Ana le pareció una chica simpática, de buen carácter. Sin embargo, ella se puso repentinamente seria cuando supo por sus jóvenes visitantes que el motivo de la visita tenía que ver con el dibujo de un pájaro verde. Desde luego, Brais e Isa habían interpretado bien las indicaciones del profesor Felipe Castaño, pues ciertamente Ana Rosa Colinas podía decirles algo al respecto, aunque, a juzgar por su aspecto preocupado, lo que debía contarles no sería del todo agradable. Todos se sentaron en los cómodos sillones del salón y Ana, tras escuchar atentamente la historia de Isa y echarle una rápida mirada al dibujo del pájaro verde, vaciló durante unos instantes y luego les dijo, sin relajar su expresión:

-Creo que entiendo qué me quiere decir tu padre con este envío. El dibujo, tal como yo entiendo este asunto, no es el objeto que debo devolver, sino una clave que alude a lo que realmente importa. Este pájaro del dibujo es un quetzal, un ave que vive en la selva centroamericana y que es el símbolo de Guatemala. Pues bien, estoy convencida de que el objeto que debo devolver tiene que ver con Guatemala.

Oído esto, Isa no tardó en preguntar, mientras Brais permanecía callado, como sumido en sus pensamientos:

-¿Pero qué objeto puede ser ese?

Ana no vaciló ni un segundo antes de darle una respuesta:

-Hace varios años (tú aún serías muy pequeña), tu padre vino aquí una noche y le entregó algo al mío, diciéndole que era un objeto muy importante, y rogándole que lo guardara con el mayor cuidado posible, pues él, con sus continuos viajes por todo el mundo, no se sentía la persona adecuada para custodiarlo. Mi padre aceptó su petición sin hacerle demasiadas preguntas, así que ni mis padres ni yo hemos sabido nunca por qué aquel objeto le importaba tanto, ni siquiera cómo había llegado a sus manos, aunque sí supimos que lo había encontrado en Guatemala, pues eso sí nos lo dijo.

-¿Pero qué objeto es ese? ¿Puedo… podemos verlo (perdona, Brais, estás tan callado que casi me olvido de ti)?

Ana se levantó sin decir nada y, tras rebuscar durante algunos segundos en los cajones del mueble sobre el cual estaba instalado el televisor, volvió a su asiento llevando en las manos un pequeño objeto cuidadosamente envuelto en tela blanca. Tras retirar el envoltorio, Ana les mostró el objeto en cuestión a los dos amigos. Era una pequeña estatuilla de bronce sobredorado, finamente modelada y que representaba, siguiendo las convenciones del arte precolombino, una figura monstruosa, semejante a un hombre con cabeza y alas de murciélago. Ciertamente debía de poseer un gran valor arqueológico, y también económico, aunque de todas formas a Isa le pareció extraño que su padre se preocupara tanto por aquella estatuilla en concreto, pues en su casa había muchas reliquias igualmente valiosas. Tras unos instantes de silencio, Ana dijo:

-Supongo que, fallecidos mis padres, me corresponde a mí entregarle esto al profesor Castaño. Pero… ¿cómo voy a hacerlo, si no sabemos dónde se encuentra en estos momentos?

Entonces Brais, que apenas había hablado durante el tiempo que llevaba en el piso de Ana, intervino súbitamente, con el rostro iluminado, como si se le hubiera encendido de repente la bombilla cerebral:

-Aquí hay algo que no encaja. No me parece normal que el padre de Isa se haya tomado tantas molestias sólo para pedirte que le devuelvas esa estatuilla. Un simple E-mail hubiera sido muchísimo más rápido y seguro que un envío postal, e igual de eficaz. Eso al principio no se me ocurrió, porque pensaba que el papel del dibujo era un objeto importante en sí mismo, y ahora parece que es un simple mensaje. Pero no, eso no me convence. Creo que el papel contiene más información de la que le hemos extraído hasta ahora, una información que el profesor Castaño no pudo haberos enviado por correo electrónico, y que quizás nos dé la clave de su paradero. ¿Dónde está el papel?

Isa se lo entregó a Brais, quien, tras examinar atentamente el dibujo del quetzal, le dio la vuelta al folio y acercó la carilla posterior, que estaba totalmente en blanco, a sus fosas nasales. Tras olerla, sonrió y dijo, con mal disimulada autosatisfacción:

-Creo que ya he resuelto el último misterio de esta dichosa hoja. ¿Alguna de las dos tiene un mechero?

Ana respondió en seguida:

-Sí, yo. Siempre llevo un mechero en el bolsillo. Me temo que soy una fumadora empedernida. ¿No estarás insinuando que…?

-Sí, y no sólo lo insinúo, sino que lo afirmo. Mientras que la carilla del dibujo no desprende ningún olor particular, la otra huele de una forma extraña, como si hubieran vertido algún producto químico sobre ella. Es un truco tan viejo que no hace falta explicarlo. Realmente, esta ha sido la parte más fácil del asunto.

Brais acercó la mecha encendida a la carilla en blanco, teniendo cuidado de aproximarla lo suficiente para calentar el papel, pero no tanto como para quemarlo, y pronto aparecieron varias letras rojas, escritas con alguna tinta invisible (posiblemente régulo de cobalto disuelto en nitro) y legibles únicamente bajo la acción de un calor anormal. Hay que decir que el olor que había percibido Brais no tenía nada que ver con el de las sustancias empleadas para fabricar la tinta, sino que era el de un aroma convencional, cuya única misión era llamar la atención de una persona avispada sobre la carilla trasera. El texto resultante tampoco era muy amplio: unas coordenadas, unos pocos nombres propios (seguramente topónimos, es decir, nombres geográficos) y unos trazos que, aparentemente, pretendían constituir una especie de mapa burdamente elaborado. Todas aquellas indicaciones apuntaban a un punto del sur de México, próximo a la frontera con Guatemala: una zona salvaje, cubierta en su mayor parte de selva tropical y habitada únicamente por indios lacandones, descendientes de los antiguos mayas. Sin duda, un buen lugar para esconderse, y también para que Ana le devolviera la estatuilla al profesor Castaño sin que nadie se enterase. Aunque no había en el papel ningún dato que lo corroborase de forma inequívoca, todos llegaron a la conclusión de que el padre de Isa, por el motivo que fuera, se había refugiado en aquel lugar selvático y que estaba aguardando allí la devolución del murciélago dorado.

Ana se levantó de nuevo con el fin de coger un atlas donde localizar el punto exacto señalizado por el mapa, pero entonces se oyó un sonido brusco procedente del vestíbulo y, antes de que nadie pudiera reaccionar, dos individuos de aspecto siniestro penetraron en el salón de la casa, tan serenos y sonrientes como si estuviesen paseando por el parque. Uno de ellos era un hombretón de piel bronceada, pelo rapado al uno y gafas oscuras, el típico matón con el que nunca querríamos encontrarnos en un callejón oscuro. El otro era un jovencito pálido y de aspecto frágil, incluso un poco afeminado, que, por el contrario, parecía un dandi, con sus ropas elegantes y su expresión delicada. Sin embargo, fue este último el que hizo gritar de terror a Ana, pues la muchacha había reconocido en él a Santiago Delors, uno de los criminales más peligrosos de Europa. El grito hubiera podido alertar a todos los vecinos del inmueble si este no se hallara entonces prácticamente vacío. Por desgracia, casi todo el mundo había aprovechado las vacaciones de Semana Santa para abandonar aquella lluviosa ciudad en busca de ambientes más agradables, y, además de la propia Ana, sólo se habían quedado allí dos ancianos medio sordos, que vivían tres plantas más arriba y que no se enteraron de nada. Fuera del piso, sólo una persona oyó el chillido de Ana: Iria Nocedal.

Antes de nada, debemos señalar que Iria Nocedal era una persona más agradable y digna de aprecio de lo que podría pensar quien sólo la conociera a través de la idea, poco favorecedora, que Brais tenía de ella. Sin ser una belleza como Isa, no era en absoluto fea, e incluso hubiera podido pasar por guapa si hubiera tenido la piel un poco menos lechosa y una expresión un poco más inteligente. Tampoco era tonta por naturaleza, sino que su inteligencia, por falta de uso, no había tenido ocasión de desarrollarse. Siendo muy pequeña, Iria se había dado cuenta de que tenía el inmenso privilegio de vivir rodeada de buenas personas, tanto en su familia como en el colegio, y había llegado a la conclusión de que, en tal caso, la estupidez, real o aparente, podía resultarle más rentable que la inteligencia, pues siempre habría a su lado alguien que le sacaría las castañas del fuego: desde padres enrollados que ordenarían lo que ella desordenara hasta compañeros generosos que la ayudarían a hacer los deberes y le permitirían copiar en los exámenes. Como, por lo demás, Iria era una chica agradable, alegre y de buen carácter, sólo el excesivamente intelectual Brais la despreciaba un poco por su desvalimiento, mientras que todos los demás parecían satisfechos de prestarle sus favores siempre que ella se los pidiese.

Claro que en raras ocasiones Iria también tenía que hacerles favores a los demás. Por ejemplo, aquella tarde su amiga Helena tenía la gripe (la segunda del curso) y, no pudiendo salir de casa sin grave riesgo de empeoramiento, le había pedido a Iria que fuese ella quien llevase de paseo a su perro, un pastor alemán llamado Batman (ver “Historia de Helena”). Así pues, estaban paseando Iria y Batman por las húmedas y frías calles de la ciudad cuando la muchacha vio a Brais, que en aquel momento se estaba dirigiendo a la casa de Ana, acompañando a Isa. A Iria le extrañó que Brais saliera con Isa, pero no sintió celos, pues si ella se fijaba en Brais era por interés académico (nadie sabía tanto de matemáticas en la clase como él) y no por razones románticas. Precisamente Iria había suspendido Mates en la segunda evaluación y estaba esperando la ocasión oportuna para abordar a Brais y suplicarle que le explicara el tema de las ecuaciones de segundo grado. La cosa no era fácil, pues Brais apenas salía de casa y, sin embargo, cuando Iria llamaba a su puerta, siempre le decían que en aquel preciso momento “no estaba”. Como aquella ocasión la pintaban calva, Iria decidió seguirlos, acortando paso a paso la distancia que los separaba. Por desgracia, Brais e Isa entraron en el edificio donde vivía Ana (la puerta del portal siempre estaba abierta) e Iria los perdió de vista. Pero, cansada de pasear y no teniendo otra cosa mejor que hacer, Iria decidió entrar en el portal de dicho edificio con su canino acompañante, dispuesta a esperar la salida de Brais todo el tiempo que fuera necesario. Además, allí no llovía ni hacía demasiado frío. Sí temía la posibilidad de que apareciera algún vecino y le reprochara haber entrado en una propiedad ajena sin ser invitada, y para más inri acompañada por un chucho con las patas sucias de barro, pero nadie pasó por el portal durante todo aquel tiempo, salvo dos tipos un tanto raros que no se fijaron en ella.

Ya estaba la muchacha empezando a aburrirse de tanto esperar, cuando oyó primero un golpe sordo, como si un cuerpo grande y pesado impactara contra una superficie de madera, y casi inmediatamente después el grito de Ana. Más por la curiosidad morbosa propia de la adolescencia que por otra cosa, Iria decidió subir a echar un vistazo, pero antes le dijo varias cosas a Batman, tan seriamente como si de veras pensara que el perro podría entender sus palabras:

-Escucha bien, Batman. Vas a quedarte aquí solito un rato. Hay tres cosas que puedes hacer y tres cosas que no. Puedes respirar, puedes sentarte y puedes tumbarte. No puedes salir de aquí, no puedes ladrar y no puedes mancharle la ropa a nadie con las patas, ¿vale? Pórtate bien, que no tardo nada.

Dicho esto, Iria subió a la primera planta, donde Ana tenía su piso. A Iria le sorprendió que la puerta del 1º A estuviera entreabierta y desencajada, como si alguien la hubiera abierto usando la fuerza bruta. Claro que eso encajaba bien con el golpe que había oído hacía poco. La muchacha, aún más curiosa que asustada, se acercó cautelosamente a la puerta, con la esperanza de poder observar lo que sucedía en el interior del piso sin que nadie se enterase. Pero entonces una enorme mano oscura salió disparada del interior y, tras agarrarla fuertemente por un brazo, la empujó hacia dentro con ímpetu irresistible. Iria tuvo tiempo de gritar, pero nadie escuchó su grito.

Un minuto después, Ana, Brais e Iria estaban sentados sobre el sofá del salón, atados y amordazados con fragmentos de cinta aislante. Isa, también maniatada, pero aún con los labios libres, mostraba un valor admirable ante sus raptores, más furiosa que asustada por la irrupción de aquellos individuos patibularios:

-Si vosotros le habéis hecho algo a mi padre, ¡os juro que…!

El joven Delors respondió sonriendo y sin alzar la voz, mientras el hombre moreno, al que su compañero llamaba Julius, contemplaba la escena con cara de risa:

-SSS, no jures, nena, que las niñas buenas deben ser más moderadas en sus expresiones. Nosotros aún –subrayo aún- no le hemos hecho nada a tu papá, ni siquiera sabemos dónde está, y tampoco nos importa demasiado. Reconozco que hace varios días me jodió mucho que mis amigos de México me llamaran diciéndome que le habían perdido la pista en Chiapas, pero eso ya da igual. Sabía que si te seguíamos a ti acabarías llevándonos al Vampiro Dorado, que es lo único que nos importa. Bueno, preciosa, ya está bien de tanta conversación. Ahora veamos de cerca esta carita tan bonita y esta boquita tan linda…

Mientras decía esto, Delors amordazó a Isa, tal como él mismo y Julius habían amordazado antes a los demás, sin hacer caso de sus protestas ni de sus forcejeos. Julius acarició la cabeza del indefenso Brais con su enorme y oscura mano derecha (la misma que había agarrado a Iria), revolviéndole el pelo y zarandeándolo como si estuviera hecho de paja, mientras le decía:

-No te quejes, enano, que te vas a quedar aquí tú solito con estas tres preciosidades. Ya verás qué bien te lo vas a pasar. Creo que yo también voy a probar.

Dicho esto, Julius, sonriendo lascivamente, empezó a manosear las piernas de Iria, que era de las tres chicas la que tenía más a su alcance. La pobre muchacha sólo pudo protestar con un gemido ahogado, que aún enardeció más la lujuria de Julius y lo motivó a insistir en su acoso. Mientras, Delors, tras amordazar a Isa, se había apoderado del murciélago de bronce y había dado unos pasos hacia el vestíbulo, con el fin de abandonar el piso, pero entonces algo lo había dejado paralizado. Julius, alertado por una interjección de su jefe y por el eco de un gruñido, se volvió y observó con una mezcla de sorpresa y disgusto el inesperado obstáculo que estaba entre ellos y la puerta. Batman, desobedeciendo oportunamente las instrucciones recibidas, había subido las escaleras y entrado en el piso adonde lo había guiado el olor de Iria, y se hallaba frente a los dos rufianes, gruñendo amenazante y mostrándoles los colmillos. Llevaba allí un rato, sin saber si su amiga humana estaba en peligro (para él la mordaza no significaba nada), pero al final había interpretado el acoso sexual de Julius como un conato de agresión y se había decidido a intervenir a todos los efectos.

Julius sacó una navaja del bolsillo e inició un tímido avance hacia el animal que lo amenazaba, pero Delors, que ya había recuperado su flema habitual, lo detuvo con un gesto y le dijo, casi susurrando:

-Tranquilo, Julius, no merece la pena correr riesgos. Podemos solucionar este asunto de una forma mucho más segura.

Dicho esto, Delors colocó la estatuilla sobre un mueble cercano y extrajo de su bolsillo una pequeña pistola automática, así como un objeto cilíndrico, que muy bien podría tratarse de un dispositivo silenciador. A continuación, sin prisa pero sin pausa, comenzó a colocar cuidadosamente el dispositivo alrededor del cañón de su pistola. Mientras, Batman, completamente ajeno al peligro mortal que se cernía sobre él, no le prestaba la menor atención a Delors, limitándose a vigilar atentamente a Julius, sin dejar de gruñir. En aquel momento crítico, Isa se decidió a intervenir cuando nadie, quizás ni ella misma, lo esperaba. Se levantó velozmente y dirigió un certero codazo contra la boca del estómago de Delors, que fue inmediatamente seguido por un rodillazo en los testículos, no menos certero. El joven delincuente, que no era un hombre fuerte ni estaba prevenido para enfrentarse a un ataque tan inesperado, se dobló de dolor y dejó caer su arma. La pistola, cuyo silenciador aún no estaba bien colocado, se disparó al impactar contra el suelo y, aunque la bala no alcanzó a nadie, todos se quedaron paralizados durante un instante tras oír el estampido. Bueno, casi todos, porque Batman aprovechó la confusión del momento para lanzarse sobre Julius, con una agilidad digna del superhéroe que le prestaba su nombre. Los terribles dientes del lobo doméstico se cerraron cruelmente sobre la gruesa muñeca del matón, que gritó de dolor y dejó caer su navaja cuando aquel dolor lacerante se expandió por sus nervios. Además, los dientes de Batman debieron de desgarrarle algún vaso sanguíneo, pues la sangre comenzó a manar copiosamente. De no haber sido Julius un hombre fuerte como un gorila, acaso aquella atroz dentellada hubiera sido el principio del fin para su turbia existencia, pero, mediante una brusca sacudida, logró liberarse del perro y salió corriendo del piso, seguido de cerca por un tambaleante Delors. Fuera del piso nadie había oído el disparo, pero quiso la casualidad que en aquel momento pasara una ambulancia por la calle próxima, con las sirenas encendidas, y los dos delincuentes, pensando que alguien había alertado a la policía, no se atrevieron a volver y abandonaron el lugar lo más deprisa que pudieron, renunciando provisionalmente a su ansiado botín, que se quedó donde Delors lo había puesto antes de sacar la pistola.

Batman los siguió durante un rato, pero no tardó en volver al piso, donde entró lentamente, relajado tras su explosión de furia animal. Si no tuviera el hocico manchado de sangre, se diría que no había roto un plato en su vida. Mientras tanto, Brais y sus amigas habían conseguido desatarse y se habían quitado las mordazas. Poco después, mientras Ana llamaba a la Policía Nacional para denunciar un intento de robo en su piso, Brais, todavía pálido y nervioso por sus últimas experiencias, se repartía, de una forma un tanto caótica, entre Isa e Iria. Isa, que era con diferencia la que más tranquila se mostraba, recibió toda clase de halagos y felicitaciones por su valentía, que ella acogió con una media sonrisa forzada y un tenue sonrojo en su hermoso rostro, como es de rigor en las personas tímidas cuando empiezan a llover los piropos sobre ellas. Iria, por el contrario, era la que peor había llevado aquella inesperada y desagradable experiencia, pues siendo una niña mimada, que hasta entonces no había sido verdaderamente maltratada por nadie, padecía un serio déficit de experiencia vital y fortaleza anímica. Hay que decir, sin embargo, que Brais tuvo la suficiente inteligencia emocional como para consolarla lo mejor que pudo, mostrando la sensibilidad y la empatía de un verdadero amigo. Así, mediante buenas palabras, caricias y ciertas promesas relativas a las ecuaciones de segundo grado, finalmente, logró que apareciera una tímida sonrisa en el rostro enrojecido y lloroso de la pobre muchacha. Al final, las cuatro víctimas de aquel intento de robo se fundieron en un cálido abrazo, mientras las sirenas de la policía se acercaban velozmente al edificio.

Mientras tanto, Batman, el gran olvidado, se había acurrucado sobre la alfombra del salón, ajeno a aquella explosión afectiva que él no podía entender y pensando en lo bien que le vendría una buena cena tras una tarde tan movida. En un momento dado torció la cabeza y sus ojos se posaron casualmente sobre el murciélago dorado, que seguía donde lo había dejado Delors. Entonces, Batman dirigió un feroz gruñido a aquel pequeño objeto, cuya mera visión había sugerido algo terrible a su oscura mente animal. Pero nadie le hizo caso.

(CONTINUARÁ)

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