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El Vampiro Dorado, 2ª parte.

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Sería muy largo explicar todos los subterfugios (o sea, mentiras) a los que tuvo que recurrir Brais para que sus padres le permitieran acompañar a Isa y Ana en su viaje a México. Recordemos que dicho viaje tenía como objeto entregarle una misteriosa estatuilla con forma de hombre-murciélago al profesor Felipe Castaño, arqueólogo de renombre y padre de Isa (véase: “El Vampiro Dorado, inicio”). Al final, los padres de Brais aceptaron que su hijo se dedicara a recorrer mundo durante las “minivacaciones” del puente del 1 de Mayo (y quizás durante algunos días más, pero en fin, era un muchacho estudioso y no le afectaría demasiado perder dos o tres días de clase). Claro que Brais en ningún momento les dijo a sus preocupados progenitores que el destino de su viaje era el lejano México, sino el relativamente cercano Londres, donde, según sus palabras, se alojaría en la casa de los abuelos maternos de Isa, que eran británicos de pura cepa y le ayudarían a mejorar su inglés. También les dejó claro que no se les ocurriera llamarlo al móvil, con lo costosas que eran las llamadas internacionales, y que ya se las arreglaría él para enviarles mensajes tranquilizadores al correo electrónico cuando las circunstancias se lo permitieran.

Efectivamente, Ana, Isa y Brais cogieron el avión de Londres, aunque ya habían reservado vía Internet tres plazas en otro avión que los llevaría desde la capital británica hasta México DF. Sin duda estos rodeos alargaban y encarecían el viaje, pero eran rentables en el sentido de que no sólo servían para tranquilizar a la familia de Brais, sino también, y sobre todo, para despistar a los espías de Delors que pudieran estar siguiendo sus pasos. Los tres amigos llegaron a la capital mexicana bastante cansados, pero en buen estado de ánimo. Pese a su cansancio, apenas se detuvieron en la capital para comer algo y buscar un medio de transporte que los llevara a su aún lejano destino, la selva de Chiapas. Primero compraron tres billetes para el avión de Veracruz, pero luego lo perdieron deliberadamente, con el fin, una vez más, de despistar a la banda de Delors. Luego, Ana alquiló en una empresa de confianza, que ella ya conocía por sus anteriores visitas a México con el equipo de arqueólogos de la universidad, un vehículo todo terreno especialmente equipado para viajes difíciles: entre otros accesorios de última tecnología, contaba con GPS, cambio de marchas automático y carrocería blindada. Nada más alquilar el coche, y aunque ya faltaba poco para el anochecer, Ana se puso al volante, los muchachos se acomodaron en los asientos traseros y se pusieron en marcha hacia el sur. Nada más salir de la zona urbana, abandonaron las carreteras transitadas y continuaron por vías secundarias, algunas mal asfaltadas y de apariencia poco segura, pero ideales para esquivar posibles perseguidores. Con todo, Brais no tardó en percatarse de que otro vehículo todo terreno llevaba un buen rato siguiéndolos a poca distancia, lo cual le pareció sospechoso. Prudentemente, se lo indicó a Ana, quien le echó una fugaz ojeada al espejo retrovisor para ver cómo era el vehículo que había inquietado a Brais. A continuación, la muchacha sonrió y dijo tranquilamente:

-No te preocupes, Brais. Conozco a los dueños de ese Land Rover. Son amigos.

Oído esto, Brais se relajó, sintiendo en su cuerpo la agradable sensación de estar viviendo una aventura intensamente emocionante, pero sin verdadero peligro. Con todo, aún había un pensamiento que lo atormentaba, algo que no tenía que ver tanto con su situación actual como con sus antecedentes.

Cuando anocheció, se detuvieron en un pueblo que les pareció relativamente seguro y se dirigieron al único establecimiento hotelero de la localidad, donde tomaron una cena más bien ligera y alquilaron tres habitaciones para pasar la noche. Isa, que estaba agotada, no tardó en encerrarse en su cuarto, pero Ana no pudo resistir la tentación de fumar un pitillo antes de acostarse y salió al exterior para gozar de su vicio predilecto. Allí la abordó Brais, que se dirigió a ella con un tono susurrante, como si quisiera decirle algo importante y reservado únicamente a sus oídos:

-Ana, tengo que hacerte… unas preguntas. No sé si te parecerá mal, quizás me esté comportando como un tonto, pero… es que… yo…

Ana sonrió y le dirigió una mirada pícara a su joven interlocutor:

-Pregúntame lo que quieras, Brais, pero te advierto que, si quieres usarme para darle celos a Isa, vas por el mal camino, que yo ya tengo novio.

Brais permaneció serio, y Ana, comprendiendo que el asunto que lo desvelaba era demasiado serio para mezclarlo con bromas, atenuó su sonrisa, tiró su pitillo al suelo y con un gesto lo animó a hablar. Tras algunas vacilaciones, Brais dijo:

-Sé que… que… Perdona si te hablo de esto, porque para ti no será un tema agradable, pero… pero… Isa me dijo que tus padres murieron en un accidente de coche. Lo siento mucho por recordarte esto, pero…

-Tranquilo, Brais. Lo de mis padres fue una desgracia, pero he aprendido a vivir con esos recuerdos. Aunque no comprendo a qué viene esto ahora.

-Bueno… ¿nunca has pensado que la muerte de tus padres fuera… pues, quiero decir… otra cosa, en vez de un accidente fortuito?

Ana permaneció seria y en silencio durante un buen rato, manifestando en su expresión, que Brais podía ver gracias a la luz mortecina de un farol, que sus palabras habían removido algo en el corazón o en la mente de su amiga. Al final, esta habló:

-Lo he pensado muchas veces. Fue un accidente muy extraño, mi padre era un buen conductor y no fue normal lo que sucedió aquel día… No, no lo fue. Pero no creo que Delors tuviera que ver con eso. Recuerda lo que nos dijo en mi piso, cuando nos intentó robar el murciélago. Él no habría llegado a saber que lo tenía yo si no os hubiera seguido a Isa y a ti. Además, la muerte de mis padres no supuso ningún beneficio para él. Delors podrá ser un cabrón, pero matar por matar no es el estilo de esa gente… creo.

-Ya, supongo que tienes razón. Por cierto, también sé que la madre de Isa murió cuando ella era muy pequeña. Tú conoces a su familia desde siempre. ¿Qué le pasó?

-Fue una enfermedad del corazón, pero también hubo algo extraño en el asunto. Ella era una mujer sana y fuerte, nadie se lo esperaba… pero pasó. Sin embargo, Delors apenas sería un crío en aquella época, por lo cual tampoco podemos echarle la culpa de eso. Por otra parte, si alguien quería apoderarse del murciélago, en todo caso hubiera atacado al profesor Castaño, no a su familia, o al menos eso supongo.

-Ya, creo que me he dejado llevar por mi imaginación. Buenas noches, Ana.

-Buenas noches, Brais. Pronto todo esto habrá terminado, y terminará bien.

Brais se separó de Ana y se retiró a su lecho. Al día siguiente tocaba madrugar.

Durante varios días, los tres amigos recorrieron la geografía mexicana, siempre seguidos por su escolta y dando numerosos rodeos para evitar una hipotética persecución por los agentes de Delors. Atravesaron sierras, páramos, pequeñas aldeas, campos de cultivo, colinas áridas y, finalmente, llegaron a las zonas selváticas del sur, que sólo pudieron atravesar, lentamente y con grandes dificultades, por angostos caminos de tierra, generalmente medio devorados por la maleza, y a veces casi intransitables incluso para un vehículo como el suyo. Por suerte, tanto Ana como los ocupantes del Land Rover que los escoltaba (fueran quienes fueran) debían de ser conductores sumamente hábiles y con experiencia en terrenos difíciles, pues al final pudieron llegar sin excesivos contratiempos a la aldea que, teóricamente, constituía el punto final de su viaje. Como ya esperaban, el padre de Isa no se hallaba en el pueblo, pero sí los aguardaba allí un indio llamado Chan Kin Torres, a quien Ana conocía bastante bien y que se ofreció a guiarlos por la selva a cambio de una suma razonable. Como aún faltaba bastante para el anochecer, los tres amigos, aunque bastante cansados por tantas horas de coche, optaron por seguir las recomendaciones del indio y ponerse en marcha inmediatamente después de tomar un almuerzo bastante frugal. En cuanto al Land Rover que los había escoltado desde México DF hasta la aldea, no había rastro de él ni de sus ocupantes. Al parecer, habían dado la vuelta nada más llegar al pueblo, pues no era probable que hubiera gente de Delors en aquella región apartada y sus servicios ya no se consideraban necesarios. Por otra parte, Chan Kin iba armado con un rifle y un machete. Además, Ana, que sabía disparar, había comprado un revólver en la tienda del pueblo. Brais e Isa, sobreponiéndose al cansancio físico y mental que habían acumulado durante un viaje tan largo, se pusieron en marcha, sumidos en un absoluto silencio, no tanto por la emoción del momento como para no desperdiciar hablando las escasas energías que aún conservaban. Brais se acordó entonces de que había incumplido su promesa de comunicarse con sus padres mediante el correo electrónico, pero la cosa ya no tenía remedio y se olvidó del asunto nada más empezar la caminata. A fin de cuentas, seguro que sus padres ya habían contado con eso en todo momento y que podrían estar, en todo caso, enfadados, pero no preocupados, por la ausencia de noticias.

Los cuatro viajeros se internaron por una senda todavía más angosta que las que habían recorrido con el coche, e iniciaron su arduo paseo por la selva, que debían realizar con relativa celeridad, para alcanzar su destino antes de que anocheciera. Al fin, sacando fuerzas de flaqueza y apurando la marcha todo lo que permitían la maleza y las dificultades del camino, pudieron llegar antes de la puesta del sol a un claro de la selva, en el que se habían instalado varias tiendas de campaña alrededor de lo que parecían las ruinas de un viejo templo indio. Tres o cuatro indios estaban desbrozando a machetazos el terreno que rodeaba aquellas ruinas medio desmoronadas, bajo las órdenes de un hombre blanco, un individuo de mediana edad, alto y apuesto, cuya piel tostada por el sol y su rostro enflaquecido hablaban de duras privaciones, pero también de una poderosa fuerza de voluntad. Nada más ver a aquel individuo, Isa, pese a estar extenuada, empezó a correr hacia él, gritando “¡papá, papá!” mientras una alegría incontenible iluminaba su hermoso rostro de hada. Pronto la muchacha, que no estaba lejos de ponerse a llorar de pura alegría, se fundió en un emotivo abrazo con aquel hombre, que no era otro que su padre, el profesor Felipe Castaño, a quien ella amaba más que a nadie en el mundo y por quien era correspondida en la misma medida. A continuación vinieron varios minutos de expresiones de sorpresa y alegría, presentaciones (recordemos que el profesor no conocía a Brais) y agradecimientos, cuya culminación llegó con la entrega del Vampiro Dorado, que Ana extrajo de su mochila para dárselo al profesor, quien lo recibió con las manos trémulas y los ojos chispeantes de pura emoción.

Poco después, tras el breve crepúsculo tropical, todos los presentes –blancos e indios, recién llegados y miembros de la expedición arqueológica- se sentaron en torno a la hoguera central del campamento y empezaron a degustar una buena barbacoa, mientras se contaban sus últimas aventuras. Primero Isa le contó a su padre todo lo que les había sucedido a sus amigos y a ella misma desde la recepción del pájaro verde hasta su llegada a México, y luego el profesor tomó la palabra para desvelar de una vez por todas el misterio del Vampiro Dorado:

-Hace ya bastante tiempo, mientras realizaba unas excavaciones ordinarias en una vieja ciudad maya de Guatemala, hallé accidentalmente la estatuilla del murciélago dorado, cuya historia ya conocía previamente gracias a las leyendas indígenas que llevaba años recogiendo. Según la leyenda, hace mucho, mucho tiempo, siglos antes de que florecieran las civilizaciones maya y azteca, esta tierra había sido dominada por una tribu hoy desaparecida, y de la cual ya no pervive ni el recuerdo de un nombre. Aquellos hombres, de los que se dice que descollaban por su sabiduría, adoraban a un dios con forma de murciélago en un altar subterráneo, situado bajo los cimientos de un templo perdido en medio de la selva. Finalmente, aquella civilización antigua y misteriosa entró en decadencia a causa de las malas cosechas y las guerras civiles, de forma que los mayas pudieron acabar con ellos fácilmente. Los guerreros mayas arrasaron el templo, mataron a todos los sacerdotes y se llevaron la estatuilla del dios-murciélago como trofeo. Y por eso pude encontrar dicha estatuilla en las ruinas de una ciudad maya. Efectuado este hallazgo, me decidí a buscar el templo perdido del que dicha estatuilla había sido sustraída con ansia indomable, tal como otros antes que yo buscaron El Dorado o las fuentes del Nilo. Me guiaba en parte el puro afán del descubridor, pero también cierta versión de la leyenda, según la cual los viejos dioses recompensarían con la Suprema Sabiduría a quien restituyese la estatuilla a su santuario original. Fue un trabajo muy difícil, que me llevó largos años de esfuerzos y decepciones, hallar las ruinas del templo, esas mismas ruinas que ahora se alzan a escasos metros de nosotros. También fueron años de continuos peligros. De algún modo, se filtró la noticia de que el murciélago dorado se hallaba en mi poder, y desde entonces muchos maleantes han intentado arrebatármelo, usando la fuerza o la astucia. Delors no ha sido, ni mucho menos, el único ni el peor de los criminales a los que he tenido que enfrentarme. He conocido la angustia del peligro inminente y el terror, aún más cruel, del peligro incierto, mis venas han vertido su sangre en innumerables ocasiones y más de una vez he tenido que saborear el amargo jugo de la traición. Pero todo eso se acabó. Mañana mismo, cuando amanezca, penetraré –o, mejor dicho, penetraremos- en los cimientos del templo y la estatuilla volverá, tras un largo exilio, al lugar que le corresponde.

Brais, que hasta entonces había permanecido en silencio, se atrevió a decir:

-¿Pero qué espera obtener a cambio, profesor?

-No estoy seguro, Brais. La leyenda habla de sabiduría, y yo siempre he sido un incansable buscador de sabiduría, del mismo modo que otros buscan la riqueza o el amor (cuando el profesor pronunció esta última palabra, sus ojos se clavaron en Brais de una forma un tanto extraña, que turbó ligeramente al muchacho). En todo caso, creo que ciertos deberes deben cumplirse aun sin necesidad de obtener nada concreto a cambio, y yo me he jurado, hace ya mucho tiempo, que mi deber, por encima de cualquier otra obligación profesional o ética, sería satisfacer los deseos del dios-murciélago, cuya efigie el Destino había depositado en mis manos. Supongo que a algunos todo esto os resultará difícil de entender, pero yo no creo en las casualidades, y estoy seguro de que el hallazgo de la estatuilla tiene algún significado, que, de algún modo, me involucra. Ella le ha dado un sentido a mi vida, una misión que cumplir en el esquema de las cosas. Algo sin lo cual me resultaría muy duro vivir. Sea como sea, ahora debo culminar mi tarea, que tantos sacrificios me ha costado. En fin, será mejor que nos retiremos, pues supongo que estaréis agotados tras un viaje tan duro, y mañana me gustaría veros frescos y animosos, pues creo que va a ser un día muy especial para todos.

Así pues, todos se retiraron a las tiendas que les habían sido asignadas para pasar la noche, salvo un indio que se quedó en vela para vigilar el campamento. Brais se sentía vagamente inquieto, pero el cansancio pudo más que sus inciertos temores y no tardó en quedarse profundamente dormido.

Sin embargo, aún era noche cerrada cuando unos pasos furtivos en el interior de su tienda lo despertaron. Pero ya era demasiado tarde para reaccionar. Una mano fuerte le tapó la boca, reduciéndolo al silencio, mientras otras manos, igualmente poderosas, lo arrancaban de su lecho y lo arrastraban al exterior. Poco después, Brais, fuertemente sujetado por dos de los obreros indios del campamento, además de atado y amordazado, se hallaba ante dos personas a las que ya conocía, y que lo observaban fijamente, con miradas inquietantes. Pero aquellas dos personas no eran Santiago Delors y Julius, sino el profesor Felipe Castaño y Ana Rosa Colinas. Sin embargo, la sorpresa de Brais era más desagradable que intensa, pues una parte de su alma llevaba tiempo sospechando que la historia del Vampiro Dorado no era un cuento de buenos y malos, sino de malos y peores, y que él, creyendo colaborar con los buenos, había terminado entre los peores. Aunque lo de Ana era bastante sorprendente. Brais había empezado a recelar del profesor Castaño hacía tiempo, pero hubiera confiado en la joven hasta el final. Ella misma, con astucia diabólica, había sabido fortalecer sutilmente sus sospechas hacia el profesor, para así ganarse su entera confianza, con el fin de traicionarla en el momento oportuno. El único consuelo de Brais era que su amada Isa no estaba allí, pues, de lo contrario, todo su mundo moral se habría derrumbado estrepitosamente, hasta el punto de que el peligro físico hubiera pasado a ser el menor de sus problemas. Claro que el menor de tus problemas no deja de ser un problema, especialmente cuando puede costarte la vida. Incapaz de hablar, Brais se limitó a escuchar las frías palabras del profesor Castaño:

-No habría pasado nada si Ana no me hubiera hablado de la conversación que tuviste con ella la otra noche. Pero todo parece indicar que eres un chico listo, quizás demasiado listo, y has llegado tan cerca de la verdad que no habrías tardado en dar el siguiente paso, si es que no lo has dado ya. Tu único error fue fiarte de Ana. Sí, yo envenené a mi mujer, y también provoqué el accidente que mató a Colinas y a su esposa. No creas que me arrepiento de nada. Ellos intentaron traicionarme y yo, simplemente, me adelanté a ellos. En otras ocasiones confié demasiado en personas de mi entorno y hube de lamentarlo, pero no he vuelto a cometer tal error. Fue duro, pero ya he dicho que el Vampiro Dorado me había costado sacrificios. Ahora sólo mi hija, mi Isabel, me importa realmente. Todo esto lo hago por ella, y sólo por ella, y si quiero ganarme el favor de los dioses, adquirir sabiduría más allá de los límites impuestos a nuestra miserable naturaleza y escribir mi nombre con letras de fuego inmortal en los archivos de las estrellas… todo esto, te lo aseguro, es porque deseo que ella esté orgullosa de mí. Y tú eres el último obstáculo que se interpone en mi camino. No sólo podrías acabar denunciándome, sino que además pretendes arrebatarme el amor de mi hija: ese amor que, tras tantas decepciones, es lo único que aún me ata a la especie humana y casi lo único que me anima a seguir viviendo. Pero no será así. Lo siento, pues no te odio personalmente, pero debes morir. Si te sirve de consuelo, creo que Isa llorará por ti, pero yo sabré consolarla. ¡Que los dioses de la selva tengan piedad de tu alma, pues yo no la tendré! Yo no sé disparar y los indios no se atreven a matarte, pero sé quién lo hará con gusto. ¡Ana, llévatelo a la espesura y acaba con él! Si mañana Isa pregunta por él, le diremos que este imbécil fue a dar un paseo y se perdió en la selva. Y si oye el disparo, le diremos que el guardia tuvo que espantar a un animal. Al final, en esta puta vida todo tiene una buena explicación, salvo la verdad, ¿no te parece, chaval?

Ana sonrió, agarró al indefenso Brais por un brazo y lo arrastró hacia la selva, mientras con su mano libre sostenía su revólver. La sonrisa de Ana, que hasta aquel momento siempre le había parecido a Brais sumamente dulce (tan dulce que alguna noche aquella atractiva joven había llegado a disputarle a Isa un puesto de honor en las fantasías amorosas del pobre muchacho) se había convertido en algo diabólico, perfecto reflejo de un alma degenerada, capaz de colaborar con el mismo hombre que había matado a sus padres. Tras un corto paseo, ambos llegaron a un punto que se mantenía relativamente despejado de maleza, pues las sombras de los grandes árboles impedían que la luz solar llegase al suelo, de modo que ninguna otra planta podía germinar fácilmente en aquel lugar eternamente tenebroso. Sólo los rayos de luna que se colaban tímidamente por los resquicios del ramaje ofrecían una claridad tenue, casi espectral, más siniestra que la misma oscuridad. Sin dejar de sonreír, Ana le quitó la mordaza a Brais y le dijo, con total serenidad y un matiz de ironía en la voz:

-¿Quieres decir unas últimas palabritas, un mensaje de amor para Isa o algo así? ¿O prefieres darme un beso en los labios, el primero y el último de tu vida? Muchas veces me has mirado como si yo fuera un pastel, sé que te gusto casi tanto como la muñequita rubia. ¡Vamos, no te cortes, que dentro de un segundo estarás muerto!

Brais, pese a la tensión, fue capaz de balbucir:

-¿Qué clase de persona eres, que colaboras con el asesino de tus padres?

-Soy alguien que quiere sobrevivir a toda costa. Odio a Castaño, pero si no fuera buena y dulce con él, no tardaría en correr la misma suerte que mis padres. Por tanto, pienso seguirle la corriente hasta el final, incluso seducirlo si puedo, y, cuando me haya ganado su confianza, entonces podré vengar a mis padres. Pero eso a ti ya no te importa. ¡Adiós, Brais, has sido un gran amigo y te recordaré como tal!

Ana se separó unos pasos de Brais y apuntó a su cabeza con el revólver. El muchacho cerró los ojos, esperando que todo aquello fuera una pesadilla y que se estuviese acercando el momento de su despertar… en este mundo o en otro.

Él no lo vio, pero sí oyó el golpe. Ana estaba a punto de disparar cuando oyó que alguien pronunciaba fríamente su nombre a sus espaldas, hizo un ademán de volverse… y entonces una certera patada de taekwondo impactó contra su cuello y su mandíbula, arrojándola al suelo, adonde llegó ya sumida en la inconsciencia. Tal como ya había comprobado Santiago Delors pocas semanas antes, Isa podía ser bella y dulce como una princesa… pero también era una temible luchadora, ágil y valiente como una amazona de los tiempos antiguos. Tras desatar a Brais, Isa le ordenó que se callase mediante un gesto autoritario y no quiso escuchar sus palabras hasta que Ana, que todavía no había recuperado el sentido, estuvo, a su vez, convenientemente atada y amordazada. Sólo entonces Isa suspiró y le dijo a su amigo, primero con cierta serenidad y finalmente con la voz casi ronca por la emoción que le desbordaba las entrañas:

-Cuando me acosté, oí a mi padre hablar con Ana fuera de mi tienda. Eso no me hizo gracia, pues no me pareció bien que él le contase a ella cosas que me ocultaba a mí, y puse la oreja para escuchar lo que decían. Lo oí todo, supe lo que pensaban hacer contigo y por qué querían hacerlo. Y yo no podía permitirlo. Ahora ya está, te he salvado… ¡pero debes irte ahora mismo! ¡Brais, por favor,vete, vete de aquí! ¡Vete lejos y no vuelvas atrás… nunca!

Brais no dio ni un paso y le dijo a su amada, quien, bajo aquella iluminación espectral, le pareció más sobrenaturalmente hermosa que nunca:

-¿Y tú? ¿Crees que te dejaré aquí, entre estos asesinos? ¡Debes venir conmigo o si no seré yo el que me quede hasta el final!

-¡Te matarán si te quedas!

-¡Pues ven conmigo!

-¡No! Yo debo quedarme con mi padre… aunque sea en el infierno, yo no lo abandonaré nunca.

-Pero… ¿no comprendes que ese hombre es un asesino y está loco?

-Comprendo que él es mi padre y eso me basta. Yo lo quiero y él me quiere, eso es todo y nada más me importa. Los demás que lo juzguen como quieran, yo ya lo he juzgado todo, lo he juzgado a él y también me he juzgado a mí misma… para siempre.

-No puedes hablar en serio. ¡Él mató a tu madre!

-Yo no conocí a mi madre. A él sí lo conozco.

-¡Te hará daño!

-¡No! ¡No me lo hará jamás! ¡Él me quiere!

-¡Vale, puede ser! Pero es el amor de un loco, tan peligroso quizás como su odio.

-¡Él es mi padre! ¡Y yo soy su hija! ¡Su hija, su-hi-ja! ¿Te enteras, Brais? ¿Te enteras? ¡Y los dos nos queremos, siempre nos hemos querido y siempre nos querremos, aunque el mundo entero nos condene por ello! ¿Por qué no puedes entenderlo?

-Sí, lo entiendo. Pero dime una cosa, sólo una… ese gran amor que os tenéis… ¿crees realmente que es el que debe existir entre un padre y su hija… o es otra cosa?

Isa se quedó muda. Brais había alcanzado un punto sensible en su alma y la herida estaba sangrando. Ella era, en general, una muchacha sensible y bondadosa. ¿Cómo se explicaba, pues, que el recuerdo de su madre muerta no le inspirara ninguna emoción positiva? ¿Y era su timidez la única causa de que nunca hubiera mostrado ningún interés por los chicos del instituto… quienes la habían apodado “bombón” por su belleza, pero también “témpano de hielo” por su frialdad? En realidad, ambos, padre e hija, se habían traicionado aquella noche: “pretendes arrebatarme el amor de mi hija”, “no me pareció bien que él le contase a ella cosas que me ocultaba a mí”…Y ahora viejos recuerdos medio olvidados de la infancia estaban asaltando sin piedad aquella pobre mente, que se sentía al borde del estallido final. Isa quería luchar contra la verdad, pero la verdad era más fuerte que ella y le estaba ganando la partida.

Entonces sonó el grito. Fue un grito humano de agonía, que sólo podía proceder de alguien que se hallara en el trance del último dolor. Podría haber sido el grito de cualquiera de los hombres que se hallaban en el campamento. Pero Isa supo, de un modo terrible e inequívoco, que aquel había sido el grito de muerte de su padre, el ser que más le importaba en el mundo. A la pálida luz de la luna, Brais adivinó, más que vio, cómo una palidez aún más intensa marchitaba las mejillas de Isa, cómo toda ella, desde sus piernas hasta sus labios, temblaba como una hoja agitada por el viento, cómo lágrimas ardientes empezaban a apiñarse bajo sus ojos, cómo le flaqueaban las fuerzas. Ella intentó dar un paso hacia el campamento de su padre, pero no pudo. Ni siquiera pudo expresar su angustia mediante u gemido audible. Estaba totalmente anulada por la certeza, paralizada por el dolor, herida por el castigo de un Destino que no comprendía… Brais apenas tuvo tiempo de agarrarla antes de que se desvaneciera. Aquella fue la primera vez que él la tuvo realmente entre sus brazos.

Unos minutos antes, el profesor Felipe Castaño se estaba paseando nervioso en torno a la hoguera del campamento. Ana estaba tardando mucho en volver, ni siquiera había oído el disparo, y aquella demora estaba alterando sus nervios. Como no podía sospechar que su hija había salvado a Brais, el profesor, que no se fiaba completamente de Ana, había llegado a la conclusión de que la hija de Colinas, siguiendo la estela de sus padres, había optado también por traicionarlo. Realmente, ni su propia esposa ni su amigo Colinas habían pensado nunca realmente en traicionarlo, pero él lo había pensado así y eso había sido suficiente, pues un elegido de los dioses no puede cometer errores… y si los comete, debe solucionarlos antes de que tengan consecuencias irreparables. Su primera idea había sido introducirse en la selva para buscar a Ana y a Brais para matarlos a los dos de una vez, pero al final no le pareció prudente ni necesario internarse en las tinieblas de la selva, donde ella podía estar aguardándolo, preparada para disparar contra él y arrebatarle su tesoro, el Vampiro Dorado. Lo que debía hacer era acelerar la restitución, ya no se sentía con fuerzas ni con valor para esperar a que amaneciera. Una vez que el murciélago sagrado hubiera retornado al lugar que le correspondía, la sabiduría de los dioses inundaría su mente y entonces ya nada podría dañarlo. Pero antes tenía que entrar en aquellas ruinas, para buscar aquel altar subterráneo donde extraños sacerdotes habían rendido pleitesía a la efigie del Señor de la Vida y de la Muerte, en lejanos siglos, cuando las piedras de las pirámides mayas aún no habían sido arrancadas de sus canteras. Pero no parecía muy prudente internarse en aquellos subterráneos desconocidos cuando las tinieblas nocturnas aún dominaban el mundo. Castaño les preguntó a los cinco indios que lo acompañaban si alguno se ofrecía voluntario para acompañarlo. Estas fueron sus respuestas:

-Yo estoy aquí para ganarme el pan de mis hijos y el mío propio con mi trabajo. Mándeme cortar todos los arbustos de la selva si quiere, pero eso no es cosa mía.

-Yo desciendo de los mismos mayas que una vez arrasaron este templo y robaron la efigie. Si ahí vive realmente algún dios, seguro que no se alegrará de verme.

-Yo soy católico y nada quiero saber de esas supersticiones paganas.

-Si el plan era entrar ahí cuando amaneciera, no creo que sea juicioso cambiarlo sólo porque la señorita Ana se entretenga un poco en la selva.

-Yo simplemente tengo miedo. Esa es toda la explicación que usted necesita. Y usted también lo tiene, señor, lo veo en sus ojos.

Sí, Felipe Castaño tenía miedo. Pero su pasión (o su locura) por apoderarse de los secretos del santuario, aunque fuera a la fuerza, como un ladrón en la noche, pudo más que su miedo, y, tras dirigir una mirada despectiva a sus hombres, se adentró en el santuario, con su potente linterna en una mano y el Vampiro Dorado en la otra. Durante interminables minutos, alargados por el miedo a lo desconocido y también por un profundo agotamiento de sus facultades, el profesor erró por los tenebrosos conductos subterráneos que se extendían bajo el templo, largos y caóticos en su disposición como si aquel santuario subterráneo hubiera sido diseñado por hormigas y no por hombres cuerdos. Pero al final, tras un infierno de miedos silenciosos e incertidumbres, llegó al final del último conducto. Y allí la luz de su linterna iluminó una piedra baja y oblonga, apenas un pequeño bloque de granito, ya muy desgastado por el tiempo y la humedad, pero que aún conservaba en algunos puntos los borrosos signos místicos que lo acreditaban como el legendario altar del Vampiro Dorado. Con las manos trémulas por la emoción, el profesor Castaño, enloquecido por la culminación de sus sueños, colocó la estatuilla sobre el altar. Pero no la soltó, sino que se quedó mirándola, como si una fuerza irresistible le impidiera separarse de aquel viejo dios al que le había regalado su alma. Y a él le pareció que el dios, de algún modo indescriptible, le estaba devolviendo la mirada, y que aquellos labios de bronce sonreían ante su ansiedad. Durante un tiempo indefinido, Felipe Castaño se olvidó de todo lo demás para centrarse en la contemplación de aquel extraño dios que le dedicaba su mirada y su sonrisa. Cuando se dio cuenta de que no estaba solo en aquel reino de tinieblas, ya era demasiado tarde.

Kab-Koh, el viejo león de las montañas, había buscado refugio en los túneles subterráneos del templo, asustado por la intromisión de aquellos seres humanos que, por primera vez en muchos años, habían invadido su territorio. En condiciones normales, jamás se hubiera atrevido a atacar a un hombre. Pero el aura maligna del Vampiro Dorado, aquella misma aura que en Galicia había hecho gruñir a un perro, se había desarrollado enormemente al penetrar la estatuilla en terreno sagrado, y su fuerza había trastornado la mente del inocente animal, convirtiéndolo de pronto en un monstruo sediento de sangre. Nada pudo hacer Felipe Castaño frente a la terrible bestia que se abalanzó sobre él y le clavó los colmillos en la garganta. Sólo pudo expresar su terror mediante un único grito desesperado, cuyos ecos más lejanos provocarían el desmayo de su hija. Y mientras Kab-Koh acababa con su vida, Felipe sintió, entre estertores de agonía y vómitos de sangre, cómo los oscuros dioses de la noche y de la selva le susurraban la más profunda y terrible de todas las sabidurías: la Ciencia de la Muerte, aquella sabiduría infernal que los moribundos se llevan a la tumba y cuyo secreto jamás desvelan. El Vampiro Dorado y los viejos dioses habían cumplido su promesa.

NOTA: Kab-Koh significa león de las montañas o puma en lengua maya.

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