Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

El vampiro dorado (nueva versión).

Publicado por
|

El protagonista de esta historia se llama Brais González y es un muchacho gallego de apenas quince años. Brais podría pasar por un chico normal, aunque un tanto tímido e introvertido, si no fuera por su exagerada afición a los misterios detectivescos, que él busca con ansia inagotable, tal como Don Quijote buscaba aventuras caballerescas. Y, del mismo modo que Don Quijote, de tanto que buscó tales aventuras, ciertamente acabó encontrándolas, Brais algunas veces (si bien no tantas como a él le gustaría) se ha visto involucrado en situaciones bastante misteriosas. Sus compañeros del instituto, especialmente su amiga Helena, aún recuerdan cómo su instinto de sabueso contribuyó decisivamente a hallar a una niña raptada (véase “Historia de Helena”). Claro que Brais tiene en la vida otros intereses, además de la investigación detectivesca. Me refiero especialmente a ese ente casi inevitable en la mente de un adolescente fantasioso: la “chica de sus sueños”, Isabel Castaño White. Isabel (Isa para sus amigos, Isa la Bombón para sus admiradores, que no son pocos) es, desde luego, una Dulcinea más que adorable.

Imaginaos a una preciosa adolescente, que podría pasar por la típica niña mona americana (pelo rubio, ojos azules, cuerpo perfecto) si las típicas niñas monas americanas tuvieran más inteligencia y educación, y os habréis imaginado un ser muy semejante a Isa. Su único defecto es que ella también es algo tímida, y, como su timidez muchas veces adquiere las apariencias de la frialdad o incluso de la arrogancia, los mismos chicos que sueñan con ella por las noches fingen ignorarla durante el día, diciendo que es un témpano de hielo, que con ella no hay manera y que es mejor buscar otras “presas” más fáciles, “aunque no estén tan buenas como ella”. Brais, por su parte, es tan patológicamente tímido que ni en sueños ni de día se atreve a acercarse a ella, aunque, eso sí, tiene las paredes de su cuarto tapizadas con fotos de su princesa, ampliadas a tamaño póster: si entráramos allí veríamos fotos de Isa en la playa, luciendo bikini, en los partidos de voleibol, con unos pantalones muy cortos, en el último Carnaval, disfrazada de animadora… Pero en ese santuario hasta ahora sólo ha podido penetrar, familiares aparte, Helena, la mejor amiga de Brais desde la infancia y su confidente oficiosa en lo tocante a los gustos, deseos y pensamientos de Isa.

Aquella tarde lluviosa de Semana Santa, Brais estaba precisamente en su cuarto, escribiendo en su ordenador un poema de amor al estilo de Gustavo Adolfo Bécquer, que, cuando se reanudaran las clases, debería aparecer, sin firma, en el pupitre de Isa.

Ya estaba a punto de imprimir el poema cuando Sara, la hermana de Brais, se plantó sonriente en la puerta del cuarto y le dijo, con una mirada pícara y un sospechoso guiño de ojos:

-Brais, hermanito, una chica preciosa pregunta por ti.

Brais refunfuñó y respondió:

-¡Será otra vez la pelma de Iria Nocedal, para que la ayude con las Mates!
¡Esa tía no perdona ni las vacaciones! ¿Por qué no le dijiste que no estaba?

Sara acentuó su sonrisa y dijo:

-Pues porque no es la pelma de Iria, sino esa chica bombón de tus fotos.

-¿Cómo? ¡Isa! ¡Isa Castaño!!!

-¡Ay, hijo, no sé, tú la conocerás mejor que yo! La he dejado en la salita… pero si quieres enseñarle tu cuarto, puedo decirle que suba.

-¡Haz eso y te fusilo! Dile que ya bajo ahora.

-Si ya bajas ahora, entonces excuso decirle nada. Anda, apura, que la nena te está esperando. Si me necesitáis para algo, estaré en mi cuarto. ¡Duro con ella, tigre!

Medio minuto después, un Brais coloradísimo se encontraba con Isa en la salita de su casa. Tras varios besos en las mejillas y unos saludos entrecortados, ella, que parecía preocupada, le confesó, no sin ciertas vacilaciones:

-Brais, siento muchísimo molestarte, pero es que… Ya sé que no nos conocemos mucho, y supongo que no tengo derecho a pedirte que me ayudes… ¡Pero en estos momentos tú eres el único que puede ayudarme! ¡Por favor…!

Brais hubiera dado décadas de vida por escuchar semejantes palabras en la boca de su amada. Apenas pudo balbucir una frase semejante a “para mí será un placer ayudarte”, sílaba más, sílaba menos, y se aprestó a escuchar lo que Isa tenía que decirle:

-Supongo que ya sabrás que mi madre murió cuando yo era pequeña y que mi padre, además de profesor, es arqueólogo, por lo que pasa mucho tiempo en el extranjero. Cuando se va fuera, yo me quedo en la casa de mis abuelos y me comunico con él sobre todo por Internet. Pronto hará un mes que se fue a México. Hace unos pocos días me envió un E-mail, para anunciarme que pronto me iba a llegar un envío suyo, un paquete o un sobre. Insistía en que era algo muy importante y que no debía hablar del tema con nadie, ni siquiera con mis abuelos, salvo que fuera necesario, pero no aclaraba absolutamente nada más. Fue la última vez que pude ponerme en contacto con él. Desde entonces no ha contestado a mis mensajes ni ha cogido el teléfono cuando lo he llamado al móvil. Hasta he gastado casi todo el saldo de mi móvil llamando varias veces al hotel donde debía estar alojado, y allí siempre me han dicho que se encontraba ausente y que no sabían nada de él desde hacía bastante tiempo. Pues bien, esta misma mañana me ha llegado un sobre certificado que me había enviado mi padre desde México. Dentro había un papel con un dibujo, una especie de pájaro verde, pero ni una sola indicación sobre su significado o sobre lo que debía hacer con él. Bueno, al menos eso era lo que me parecía a simple vista, hasta que recordé una película de policías que habíamos visto mi padre y yo en el cine antes de que se fuera, y se me ocurrió mirar debajo del sello, como hacían en la película para encontrar un mensaje secreto. Allí, con letras muy pequeñas y sin separar las palabras, mi padre (era su letra, de eso estoy segura) había escrito: “devolverpronto/ atravesarcreal”. Entendí que me pedía que devolviera pronto algo, supongo que el dibujo, pero no sé a quién debo entregárselo ni dónde debo hacerlo. La segunda línea creo que me manda atravesar la Calle Real, esa que va desde mi casa hasta el centro comercial, pero no sé qué debo hacer allí ni si debo encontrarme con alguien. Y empiezo a tener miedo de que esto pueda ser algo muy serio, pues no es normal que mi padre pase tanto tiempo sin dar señales de vida. En clase dicen que tú eres un crack resolviendo misterios. ¡Ay, Brais, si pudieras ayudarme con este asunto, te quedaría agradecida para siempre!

Aunque un observador hubiera podido pensar que durante todo este tiempo Brais había estado más pendiente del dulce rostro de Isa y de sus preciosos ojos azules que de sus palabras, en realidad el detective aficionado no había perdido detalle. Se le ofrecía una oportunidad única, y seguramente irrepetible, de unir sus dos aficiones predilectas -la investigación e Isa- y pensaba aprovecharla todo lo que el Destino y sus propias capacidades le permitieran. Ya se le había ocurrido una idea. Hizo la siguiente pregunta:

-¿Tu padre tiene relación con alguien que viva en esa calle?

-Pues creo que sí, es bastante amigo de un bibliotecario que vive allí, un tal Antón o Antonio…

-¿Antonio? ¡Genial! ¿Y sabes cómo se apellida ese señor?

-Sí, Nocedal. Es el padre de Iria, la de clase, esa que siempre está pidiendo que le soplen en los exámenes.

-¡Ay, pues entonces ya no me sirve la teoría (jo, y al final tenía que aparecer de algún modo la pelma esa para fastidiarlo todo, ufff)! Si el señor se apellidara Ruiz, Rodríguez o Rojas, todo iría viento en popa, pero Nocedal no me sirve.

-No entiendo lo que quieres decir.

-Es que creo que el mensaje de tu padre no es “atravesar la Calle Real”, que no tiene demasiado sentido, sino devolver el dibujo, o lo que sea, “a través (de) A. R., (de la) Calle Real”. Si el bibliotecario de marras se llamara, por ejemplo, Antonio Ruiz, podría ser muy bien el A. R. de las iniciales, si es que de verdad son iniciales.

-Ya, pero eso tampoco me tiene mucho sentido. Si hay que devolver el dibujo a través de un intermediario, ¿por qué mi padre no le envió el dibujo directamente al responsable de devolverlo?

-¿Y por qué anda con tantos rollos de mensajes secretos e indicaciones oscuras en vez de decir las cosas claras? Se ve que teme que alguien pueda interceptar su correspondencia. Si te envía a ti una carta, eso puede parecer normal y pasar desapercibido, pero si se la enviase directamente al intermediario, podría resultar demasiado comprometedor. No me preguntes para quién ni por qué, pero me parece que ese dibujo es más importante de lo que parece.

-¡Ay, Brais! Creo que se me ha ocurrido una variante de tu teoría. Me estoy acordando ahora de Ana Rosa Colinas Real, una de las becarias que trabajan con mi padre en la Universidad.

-¿Y él tiene, o tenía, mucho trato con ella?

-Sí, todos en la familia la tratamos bastante, pues es hija de un viejo amigo de mi padre, el profesor Luis Colinas, que murió el año pasado, junto con su mujer, en un accidente de coche. Hasta me parece que papá y Colinas colaboraron en ciertas expediciones arqueológicas cuando eran jóvenes. ¿Quién sabe? ¡Quizás ella tenga la clave de todo este asunto!

-¿Sabes dónde vive?

-Sí, sigue viviendo en el piso de sus padres, cerca de aquí. Voy a ir a verla ahora mismo.

-¿Llevas encima el dibujo?

-Sí, en un bolsillo de la chaqueta, bien doblado.

-¿Te importa que te acompañe? Me gustaría saber cómo acaba todo esto.

-¡Cómo me va a importar! Al contrario, te agradezco muchísimo todo lo que estás haciendo por mí. Si no me llegas a sugerir lo de las iniciales, ya podría pasarme toda la vida paseando por la Calle Real como una tonta, y mientras tanto mi padre puede estar en dificultades. ¡Vayamos ahora mismo, si te parece bien!

-¡De acuerdo! Subo un momentito a mi habitación, para coger la chaqueta, y ya me pongo en marcha. Por cierto, ¿te apetece tomar algo antes de salir (seguro que a la tonta de Sara no se le ha ocurrido ofrecerte nada, ¡uf, qué paciencia!)? Tengo Fanta y Coca-cola en mi cuarto. Si quieres subir conmigo…

-Gracias, Brais, pero prefiero esperar aquí. Así le echo un nuevo vistazo al dibujo mientras tú te cambias.

-Vale, como prefieras. ¡Hasta ahora!

(Brais suspiró aliviado tras escuchar la respuesta de su amiga, al darse cuenta de que, llevado por la excitación del momento y por su ansia de no separarse de Isa ni un solo instante, había cometido la locura de invitarla a entrar en su cuarto, cuyas paredes estaban llenas de fotos donde aparecía la muchacha bastante ligerita de ropa.)

Un cuarto de hora después, Isa y Brais llamaban a la puerta del piso donde vivía Ana Rosa Colinas, quien afortunadamente se encontraba en casa y no tardó en responder a sus timbrazos. Era Ana Rosa una joven de unos veintipocos años, alta y atractiva, de largo cabello castaño y piel pálida, que recibió con muchas expresiones de cariño a Isa, a quien conocía desde que esta no era más que un bebé. A Brais Ana le pareció una chica simpática, de buen carácter. Sin embargo, ella se puso repentinamente seria cuando supo por sus jóvenes visitantes que el motivo de la visita tenía que ver con el dibujo de un pájaro verde. Desde luego, Brais e Isa habían interpretado bien las indicaciones del profesor Felipe Castaño, pues ciertamente Ana Rosa Colinas podía decirles algo al respecto, aunque, a juzgar por su aspecto preocupado, lo que debía contarles no sería del todo agradable. Todos se sentaron en los cómodos sillones del salón y Ana, tras escuchar atentamente la historia de Isa y echarle una rápida mirada al dibujo del pájaro verde, vaciló durante unos instantes y luego les dijo, sin relajar su expresión:

-Creo que entiendo qué me quiere decir tu padre con este envío. El dibujo, tal como yo entiendo este asunto, no es el objeto que debo devolver, sino una clave que alude a lo que realmente importa. Este pájaro del dibujo es un quetzal, un ave que vive en la selva centroamericana y que es el símbolo de Guatemala. Pues bien, estoy convencida de que el objeto que debo devolver tiene que ver con Guatemala.

Oído esto, Isa no tardó en preguntar, mientras Brais permanecía callado, como sumido en sus pensamientos:

-¿Pero qué objeto puede ser ese?

Ana no vaciló ni un segundo antes de darle una respuesta:

-Hace varios años (tú aún serías muy pequeña), tu padre vino aquí una noche y le entregó algo al mío, diciéndole que era un objeto muy importante, y rogándole que lo guardara con el mayor cuidado posible, pues él, con sus continuos viajes por todo el mundo, no se sentía la persona adecuada para custodiarlo. Mi padre aceptó su petición sin hacerle demasiadas preguntas, así que ni mis padres ni yo hemos sabido nunca por qué aquel objeto le importaba tanto, ni siquiera cómo había llegado a sus manos, aunque sí supimos que lo había encontrado en Guatemala, pues eso sí nos lo dijo.

-¿Pero qué objeto es ese? ¿Puedo… podemos verlo (perdona, Brais, estás tan callado que casi me olvido de ti)?

Ana se levantó sin decir nada y, tras rebuscar durante algunos segundos en los cajones del mueble sobre el cual estaba instalado el televisor, volvió a su asiento llevando en las manos un pequeño objeto cuidadosamente envuelto en tela blanca. Tras retirar el envoltorio, Ana les mostró el objeto en cuestión a los dos amigos. Era una pequeña estatuilla de bronce sobredorado, finamente modelada y que representaba, siguiendo las convenciones del arte precolombino, una figura monstruosa, semejante a un hombre con cabeza y alas de murciélago. Ciertamente debía de poseer un gran valor arqueológico, y también económico, aunque de todas formas a Isa le pareció extraño que su padre se preocupara tanto por aquella estatuilla en concreto, pues en su casa había muchas reliquias igualmente valiosas. Tras unos instantes de silencio, Ana dijo:

-Supongo que, fallecidos mis padres, me corresponde a mí entregarle esto al profesor Castaño. Pero… ¿cómo voy a hacerlo, si no sabemos dónde se encuentra en estos momentos?

Entonces Brais, que apenas había hablado durante el tiempo que llevaba en el piso de Ana, intervino súbitamente, con el rostro iluminado, como si se le hubiera encendido de repente la bombilla cerebral:

-Aquí hay algo que no encaja. No me parece normal que el padre de Isa se haya tomado tantas molestias sólo para pedirte que le devuelvas esa estatuilla. Un simple E-mail hubiera sido muchísimo más rápido y seguro que un envío postal, e igual de eficaz. Eso al principio no se me ocurrió, porque pensaba que el papel del dibujo era un objeto importante en sí mismo, y ahora parece que es un simple mensaje. Pero no, eso no me convence. Creo que el papel contiene más información de la que le hemos extraído hasta ahora, una información que el profesor Castaño no pudo haberos enviado por correo electrónico, y que quizás nos dé la clave de su paradero. ¿Dónde está el papel?

Isa se lo entregó a Brais, quien, tras examinar atentamente el dibujo del quetzal, le dio la vuelta al folio y acercó la carilla posterior, que estaba totalmente en blanco, a sus fosas nasales. Tras olerla, sonrió y dijo, con mal disimulada autosatisfacción:

-Creo que ya he resuelto el último misterio de esta dichosa hoja. ¿Alguna de las dos tiene un mechero?

Ana respondió en seguida:

-Sí, yo. Siempre llevo un mechero en el bolsillo. Me temo que soy una fumadora empedernida. ¿No estarás insinuando que…?

-Sí, y no sólo lo insinúo, sino que lo afirmo. Mientras que la carilla del dibujo no desprende ningún olor particular, la otra huele de una forma extraña, como si hubieran vertido algún producto químico sobre ella. Es un truco tan viejo que no hace falta explicarlo. Realmente, esta ha sido la parte más fácil del asunto.

Brais acercó la mecha encendida a la carilla en blanco, teniendo cuidado de aproximarla lo suficiente para calentar el papel, pero no tanto como para quemarlo, y pronto aparecieron varias letras rojas, escritas con alguna tinta invisible (posiblemente régulo de cobalto disuelto en nitro) y legibles únicamente bajo la acción de un calor anormal. Hay que decir que el olor que había percibido Brais no tenía nada que ver con el de las sustancias empleadas para fabricar la tinta, sino que era el de un aroma convencional, cuya única misión era llamar la atención de una persona avispada sobre la carilla trasera. El texto resultante tampoco era muy amplio: unas coordenadas, unos pocos nombres propios (seguramente topónimos, es decir, nombres geográficos) y unos trazos que, aparentemente, pretendían constituir una especie de mapa burdamente elaborado. Todas aquellas indicaciones apuntaban a un punto del sur de México, próximo a la frontera con Guatemala: una zona salvaje, cubierta en su mayor parte de selva tropical y habitada únicamente por indios lacandones, descendientes de los antiguos mayas. Sin duda, un buen lugar para esconderse, y también para que Ana le devolviera la estatuilla al profesor Castaño sin que nadie se enterase. Aunque no había en el papel ningún dato que lo corroborase de forma inequívoca, todos llegaron a la conclusión de que el padre de Isa, por el motivo que fuera, se había refugiado en aquel lugar selvático y que estaba aguardando allí la devolución del murciélago dorado.

Ana se levantó de nuevo con el fin de coger un atlas donde localizar el punto exacto señalizado por el mapa, pero entonces se oyó un sonido brusco procedente del vestíbulo y, antes de que nadie pudiera reaccionar, dos individuos de aspecto siniestro penetraron en el salón de la casa, tan serenos y sonrientes como si estuviesen paseando por el parque. Uno de ellos era un hombretón de piel bronceada, pelo rapado al uno y gafas oscuras, el típico matón con el que nunca querríamos encontrarnos en un callejón oscuro. El otro era un jovencito pálido y de aspecto frágil, incluso un poco afeminado, que, por el contrario, parecía un dandi, con sus ropas elegantes y su expresión delicada. Sin embargo, fue este último el que hizo gritar de terror a Ana, pues la muchacha había reconocido en él a Santiago Delors, uno de los criminales más peligrosos de Europa. El grito hubiera podido alertar a todos los vecinos del inmueble si este no se hallara entonces prácticamente vacío. Por desgracia, casi todo el mundo había aprovechado las vacaciones de Semana Santa para abandonar aquella lluviosa ciudad en busca de ambientes más agradables, y, además de la propia Ana, sólo se habían quedado allí dos ancianos medio sordos, que vivían tres plantas más arriba y que no se enteraron de nada. Fuera del piso, sólo una persona oyó el chillido de Ana: Iria Nocedal.

Antes de nada, debemos señalar que Iria Nocedal era una persona más agradable y digna de aprecio de lo que podría pensar quien sólo la conociera a través de la idea, poco favorecedora, que Brais tenía de ella. Sin ser una belleza como Isa, no era en absoluto fea, e incluso hubiera podido pasar por guapa si hubiera tenido la piel un poco menos lechosa y una expresión un poco más inteligente. Por lo demás, Iria era una chica agradable, alegre y de buen carácter, sólo el excesivamente intelectual Brais la despreciaba un poco por su desvalimiento académico, mientras que todos los demás parecían satisfechos de prestarle sus favores siempre que ella se los pidiese.

Claro que en raras ocasiones Iria también tenía que hacerles favores a los demás. Por ejemplo, aquella tarde su amiga Helena tenía la gripe (la segunda del curso) y, no pudiendo salir de casa sin grave riesgo de empeoramiento, le había pedido a Iria que fuese ella quien llevase de paseo a su perro, un pastor alemán llamado Batman (ver “Historia de Helena”). Así pues, estaban paseando Iria y Batman por las húmedas y frías calles de la ciudad cuando la muchacha vio a Brais, que en aquel momento se estaba dirigiendo a la casa de Ana, acompañando a Isa. A Iria le extrañó que Brais saliera con Isa, pero no sintió celos, pues si ella se fijaba en Brais era por interés académico (nadie sabía tanto de matemáticas en la clase como él) y no por razones románticas. Precisamente Iria había suspendido Mates en la segunda evaluación y estaba esperando la ocasión oportuna para abordar a Brais y suplicarle que le explicara el tema de las ecuaciones de segundo grado. La cosa no era fácil, pues Brais apenas salía de casa y, sin embargo, cuando Iria llamaba a su puerta, siempre le decían que en aquel preciso momento “no estaba”. Como aquella ocasión la pintaban calva, Iria decidió seguirlos, acortando paso a paso la distancia que los separaba. Por desgracia, Brais e Isa entraron en el edificio donde vivía Ana (la puerta del portal siempre estaba abierta) e Iria los perdió de vista. Pero, cansada de pasear y no teniendo otra cosa mejor que hacer, Iria decidió entrar en el portal de dicho edificio con su canino acompañante, dispuesta a esperar la salida de Brais todo el tiempo que fuera necesario. Además, allí no llovía ni hacía demasiado frío. Sí temía la posibilidad de que apareciera algún vecino y le reprochara haber entrado en una propiedad ajena sin ser invitada, y para más inri acompañada por un chucho con las patas sucias de barro, pero nadie pasó por el portal durante todo aquel tiempo, salvo dos tipos un tanto raros que no se fijaron en ella.

Ya estaba la muchacha empezando a aburrirse de tanto esperar, cuando oyó primero un golpe sordo, como si un cuerpo grande y pesado impactara contra una superficie de madera, y casi inmediatamente después el grito de Ana. Más por la curiosidad morbosa propia de la adolescencia que por otra cosa, Iria decidió subir a echar un vistazo, pero antes le dijo varias cosas a Batman, tan seriamente como si de veras pensara que el perro podría entender sus palabras:

-Escucha bien, Batman. Vas a quedarte aquí solito un rato. Hay tres cosas que puedes hacer y tres cosas que no. Puedes respirar, puedes sentarte y puedes tumbarte. No puedes salir de aquí, no puedes ladrar y no puedes mancharle la ropa a nadie con las patas, ¿vale? Pórtate bien, que no tardo nada.

Dicho esto, Iria subió a la primera planta, donde Ana tenía su piso. A Iria le sorprendió que la puerta del 1º A estuviera entreabierta y desencajada, como si alguien la hubiera abierto usando la fuerza bruta. Claro que eso encajaba bien con el golpe que había oído hacía poco. La muchacha, aún más curiosa que asustada, se acercó cautelosamente a la puerta, con la esperanza de poder observar lo que sucedía en el interior del piso sin que nadie se enterase. Pero entonces una enorme mano oscura salió disparada del interior y, tras agarrarla fuertemente por un brazo, la empujó hacia dentro con ímpetu irresistible. Iria tuvo tiempo de gritar, pero nadie escuchó su grito.

Un minuto después, Ana, Brais e Iria estaban sentados sobre el sofá del salón, atados y amordazados con fragmentos de cinta aislante. Isa, también maniatada, pero aún con los labios libres, mostraba un valor admirable ante sus raptores, más furiosa que asustada por la irrupción de aquellos individuos patibularios:

-Si vosotros le habéis hecho algo a mi padre, ¡os juro que…!

El joven Delors respondió sonriendo y sin alzar la voz, mientras el hombre moreno, al que su compañero llamaba Julius, contemplaba la escena con cara de risa:

-SSS, no jures, nena, que las niñas buenas deben ser más moderadas en sus expresiones. Nosotros aún –subrayo aún- no le hemos hecho nada a tu papá, ni siquiera sabemos dónde está, aunque pronto lo encontraremos. Ahora ya tenemos la estatuilla del murciélago, que es lo que habíamos venido a buscar… y tú has sido tan maja que nos has guiado hacia ella. Bueno, preciosa, ya está bien de conversación. Ahora veamos de cerca esta carita tan bonita y esta boquita tan linda…

Mientras decía esto, Delors amordazó a Isa, tal como él mismo y Julius habían amordazado antes a los demás, sin hacer caso de sus protestas ni de sus forcejeos. Julius acarició la cabeza del indefenso Brais con su enorme y oscura mano derecha (la misma que había agarrado a Iria), revolviéndole el pelo y zarandeándolo como si estuviera hecho de paja, mientras le decía:

-No te quejes, enano, que te vas a quedar aquí tú solito con estas tres preciosidades. Ya verás qué bien te lo vas a pasar. Creo que yo también voy a probar.

Dicho esto, Julius, sonriendo lascivamente, empezó a manosear las piernas de Iria, que era de las tres chicas la que tenía más a su alcance. La pobre muchacha sólo pudo protestar con un gemido ahogado, que aún enardeció más la lujuria de Julius y lo motivó a insistir en su acoso. Mientras, Delors, tras amordazar a Isa, se había apoderado del murciélago de bronce y había dado unos pasos hacia el vestíbulo, con el fin de abandonar el piso, pero entonces algo lo había dejado paralizado. Julius, alertado por una interjección de su jefe y por el eco de un gruñido, se volvió y observó con una mezcla de sorpresa y disgusto el inesperado obstáculo que estaba entre ellos y la puerta. Batman, desobedeciendo oportunamente las instrucciones recibidas, había subido las escaleras y entrado en el piso adonde lo había guiado el olor de Iria, y se hallaba frente a los dos rufianes, gruñendo amenazante y mostrándoles los colmillos. Llevaba allí un rato, sin saber si su amiga humana estaba en peligro (para él la mordaza no significaba nada), pero al final había interpretado el acoso sexual de Julius como un conato de agresión y se había decidido a intervenir a todos los efectos.

Julius sacó una navaja del bolsillo e inició un tímido avance hacia el animal que lo amenazaba, pero Delors, que ya había recuperado su flema habitual, lo detuvo con un gesto y le dijo, casi susurrando:

-Tranquilo, Julius, no merece la pena correr riesgos. Podemos solucionar este asunto de una forma mucho más segura.

Dicho esto, Delors colocó la estatuilla sobre un mueble cercano y extrajo de su bolsillo una pequeña pistola automática, así como un objeto cilíndrico, que muy bien podría tratarse de un dispositivo silenciador. A continuación, sin prisa pero sin pausa, comenzó a colocar cuidadosamente el dispositivo alrededor del cañón de su pistola. Mientras, Batman, completamente ajeno al peligro mortal que se cernía sobre él, no le prestaba la menor atención a Delors, limitándose a vigilar atentamente a Julius, sin dejar de gruñir. En aquel momento crítico, Isa se decidió a intervenir cuando nadie, quizás ni ella misma, lo esperaba. Se levantó velozmente y dirigió un certero codazo contra la boca del estómago de Delors, que fue inmediatamente seguido por un rodillazo en los testículos, no menos certero. El joven delincuente, que no era un hombre fuerte ni estaba prevenido para enfrentarse a un ataque tan inesperado, se dobló de dolor y dejó caer su arma. La pistola, cuyo silenciador aún no estaba bien colocado, se disparó al impactar contra el suelo y, aunque la bala no alcanzó a nadie, todos se quedaron paralizados durante un instante tras oír el estampido. Bueno, casi todos, porque Batman aprovechó la confusión del momento para lanzarse sobre Julius, con una agilidad digna del superhéroe que le prestaba su nombre. Los terribles dientes del lobo doméstico se cerraron cruelmente sobre la gruesa muñeca del matón, que gritó de dolor y dejó caer su navaja cuando aquel dolor lacerante se expandió por sus nervios. Además, los dientes de Batman debieron de desgarrarle algún vaso sanguíneo, pues la sangre comenzó a manar copiosamente. De no haber sido Julius un hombre fuerte como un gorila, acaso aquella atroz dentellada hubiera sido el principio del fin para su turbia existencia, pero, mediante una brusca sacudida, logró liberarse del perro y salió corriendo del piso, seguido de cerca por un tambaleante Delors. Fuera del piso nadie había oído el disparo, pero quiso la casualidad que en aquel momento pasara una ambulancia por la calle próxima, con las sirenas encendidas, y los dos delincuentes, pensando que alguien había alertado a la policía, no se atrevieron a volver y abandonaron el lugar lo más deprisa que pudieron, renunciando provisionalmente a su ansiado botín, que se quedó donde Delors lo había puesto antes de sacar la pistola.

Batman los siguió durante un rato, pero no tardó en volver al piso, donde entró lentamente, relajado tras su explosión de furia animal. Si no tuviera el hocico manchado de sangre, se diría que no había roto un plato en su vida. Mientras tanto, Brais y sus amigas habían conseguido desatarse y se habían quitado las mordazas. Poco después, mientras Ana llamaba a la Policía Nacional para denunciar un intento de robo en su piso, Brais, todavía pálido y nervioso por sus últimas experiencias, se repartía, de una forma un tanto caótica, entre Isa e Iria. Isa, que era con diferencia la que más tranquila se mostraba, recibió toda clase de halagos y felicitaciones por su valentía, que ella acogió con una media sonrisa forzada y un tenue sonrojo en su hermoso rostro, como es de rigor en las personas tímidas cuando empiezan a llover los piropos sobre ellas. Iria, por el contrario, era la que peor había llevado aquella inesperada y desagradable experiencia, pues siendo una niña mimada, que hasta entonces no había sido verdaderamente maltratada por nadie, padecía un serio déficit de experiencia vital y fortaleza anímica. Hay que decir, sin embargo, que Brais tuvo la suficiente inteligencia emocional como para consolarla lo mejor que pudo, mostrando la sensibilidad y la empatía de un verdadero amigo. Así, mediante buenas palabras, caricias y ciertas promesas relativas a las ecuaciones de segundo grado, finalmente, logró que apareciera una tímida sonrisa en el rostro enrojecido y lloroso de la pobre muchacha. Al final, las cuatro víctimas de aquel intento de robo se fundieron en un cálido abrazo, mientras las sirenas de la policía se acercaban velozmente al edificio.

Mientras tanto, Batman, el gran olvidado, se había acurrucado sobre la alfombra del salón, ajeno a aquella explosión afectiva que él no podía entender y pensando en lo bien que le vendría una buena cena tras una tarde tan movida. En un momento dado torció la cabeza y sus ojos se posaron casualmente sobre el murciélago dorado, que seguía donde lo había dejado Delors. Entonces, Batman dirigió un feroz gruñido a aquel pequeño objeto, cuya mera visión había sugerido algo terrible a su oscura mente animal. Pero nadie le hizo caso.

Nadie podía esperar demasiado de la denuncia por intento de robo, allanamiento de morada y retención forzosa que puso Ana Rosa Colinas contra Santiago Delors, pues este nunca intervenía directamente en un asunto criminal sin tener las espaldas bien cubiertas. En efecto, apenas se hizo pública la denuncia, no menos de diez personas –todas ellas de reputación intachable- se presentaron en la comisaría para declarar que Delors había pasado la tarde de los hechos jugando al golf en un selecto club de las afueras. En cuanto a la pistola hallada en la casa de Rosa, el propio Delors reconoció que el arma era de su propiedad y que las huellas digitales de la culata también eran suyas, pero les recordó a las autoridades que él mismo había denunciado el robo del arma varios días antes. Sin duda, el verdadero criminal había conservado aquellas huellas deliberadamente, con la intención de incriminar a un inocente en sus fechorías, y sin duda se habría puesto unos guantes para que sus propias huellas no quedaran impresas en el arma. Si las víctimas no recordaban que su agresor llevara guantes, sería porque, con los lógicos nervios de la ocasión, no se habrían fijado en ese detalle. En cuanto a Julius, el presunto guardaespaldas y cómplice de de Delors, ni siquiera existían pruebas de su existencia. Finalmente, Ana retiró la denuncia contra Delors, reconociendo que lo había confundido con otra persona que se la parecía vagamente, y hasta le ofreció unas disculpas por escrito, que fueron generosamente aceptadas. Todo parecía indicar que aquel astuto criminal no tardaría en volver a las andadas, pero entonces tuvieron lugar los inesperados hechos que lo condujeron a su trágica muerte (véase “Raptadas”), de modo que la amenazante figura de Santiago Delors desapareció de la escena tan súbitamente como había aparecido. Como un criminal muerto no es lo mismo que uno vivo, las mismas autoridades que tanto lo habían protegido, e incluso temido, durante su existencia terrena no tardaron en aprovechar su desaparición sacar a la luz sus negocios sucios, provocando de ese modo una rápida diáspora entre sus numerosos cómplices, que por primera vez en muchos años se veían cerca del arresto.

Ana e Isa, por su parte, también decidieron aprovechar la dispersión de aquella temible banda para hacer un viaje a México en busca del padre de la segunda, con el fin de entregarle de una vez el dichoso y enigmático Vampiro Dorado. Brais, no sin numerosas protestas y algunas mentiras, consiguió que sus padres le permitieran viajar a México con sus amigas, bajo la responsabilidad de Ana, que era la única mayor de edad del grupo. Por supuesto, no les dijo que su viaje terminaría en las profundidades de la selva de Chiapas, sino que les juró y les perjuró que todo se quedaría en una apacible excursión cultural por las ciudades mayas del Yucatán, guiada por un gran experto en la materia como el profesor Felipe Castaño, padre de Isa y persona en la cual los progenitores del muchacho confiaban plenamente.

Así, tras un viaje largo y pesado, pero desprovisto de mayores incidencias, Ana, Isa y Brais llegaron a un pueblo del estado de Chiapas, el último lugar civilizado que visitarían antes de internarse en la selva. Hasta entonces, habían utilizado un coche alquilado, pero a partir de allí sería necesario continuar a pie, atravesando los angostos senderos que atravesaban la espesura y guiándose por el mapa que el propio profesor Castaño les había hecho llegar junto con un mensaje en clave.
Los tres amigos pasaron la noche en el único hotel del pueblo, para recobrar fuerzas antes de iniciar aquella incierta caminata hacia lo desconocido. Pero Ana, que no resistía la tentación de fumar, madrugó bastante y abandonó el hotel poco después del amanecer, aprovechando aquellas horas de temperatura relativamente fresca para dar un paseo por la selva cercana mientras se fumaba unos cigarrillos. Para su sorpresa, Brais, que tampoco debía de ser capaz de conciliar el sueño, apareció allí, tranquilo y sonriente, y abordó a Ana con estas palabras desenfadadas, no demasiado propias de un muchacho tan tímido como él:

-¿Qué tal, Ana? ¡Hay ganas de fumar, por lo que veo!

Ana, aunque sorprendida por su presencia, también sonrió y le dijo:

-Pues sí, ya os he dicho que soy una adicta incurable a la nicotina. Claro que gracias a eso siempre llevo un mechero conmigo, como el que nos ayudó a encontrar el mapa. Y tú pareces ansioso por empezar la aventura, que has madrugado mucho.

-Ya, no podía dormir y he decidido aprovechar para charlar un poco contigo.

-¿Charlar? ¡Vaya, ten cuidado, a ver si Isa se va a poner celosa! ¡Y te advierto que tengo novio y que practica culturismo, así que tú verás lo que me dices!

-Tranqui, guapetona. Eres una chica preciosa y me caes genial, te loa seguro, pero la verdad… es que casi preferiría hablar del Vampiro Dorado.

-¿Sí? Pues creo que de eso ya sabes tú tanto como yo.

-¿De verdad? Pues a mí me parece que no. ¡Venga, Ana! Tú tienes que saber de esa estatuilla mucho más de lo que nos has dicho hasta ahora. No te reprocho que al principio hayas sido discreta, pero, ahora que ya estamos embarcados en la misma aventura, creo que deberías compartir información con nosotros.

-Bueno, supongo que es difícil esconderte nada, eres un detective nato. Sé lo siguiente, lo que me contó mi padre antes de morir, que tampoco fue demasiado: Felipe –o sea, el padre de Isa- descubrió esa estatuilla mientras realizaba unas excavaciones arqueológicas en las ciudades mayas del norte de Guatemala, no muy lejos de aquí. Desde el primer momento le llamó la atención, pues su factura no respondía a los cánones habituales de la orfebrería maya. Tras ciertas investigaciones, descubrió en una obra marginal de Fray Diego de Landa una alusión al Vampiro Dorado y a las leyendas que corrían sobre él entre los indios de sangre maya, como los lacandones o los quichés. Se decía que el Vampiro Dorado era la única reliquia que se conservaba de una civilización india muy antigua y tan misteriosa que de ella no quedaba ni el nombre. Aquella tribu habría florecido en las selvas de Chiapas, cuando el pueblo maya aún era joven, y el Vampiro Dorado sería una efigie de su único dios, un monstruo con forma de murciélago que simbolizaba la Muerte y la Oscuridad, a las cuales ellos consideraban las fuerzas más poderosas y sagradas del universo. Ese dios habría sido adorado mediante ritos sangrientos y misteriosos en las cámaras secretas de un templo subterráneo, a las cuales sólo los grandes sacerdotes podían acceder. Pues bien, aquel pueblo se debilitó a causa de las sequías y las malas cosechas, de modo que no pudo resistir el ataque de los ejércitos mayas, los cuales un buen día (es un decir) arrasaron el templo, diezmaron a los sacerdotes y se llevaron consigo el Vampiro Dorado como trofeo de guerra, junto con varios prisioneros destinados al ara de los sacrificios. Sin embargo, no pudieron hallar los grandes tesoros que, según se decía, se hallaban ocultos en las criptas inferiores del templo, pues sólo los sacerdotes asesinados durante la masacre sabían cómo acceder a ellos. En fin, la leyenda (recuerda que todo esto es únicamente una leyenda) dice que, si alguien devuelve el Vampiro Dorado a su hogar en las ruinas del templo, el dios de la Muerte lo recompensará mostrándole el camino hacia los tesoros sagrados. Y por eso hay ahora tanta gente interesada en hacerse con él.

-¡Caray, menuda película! ¿Y tú te crees esa fantasmada?

-Pues… no sé que te diga. Cuando tienes diez años, has visto muchas películas y te lo crees casi todo. A los veinte, has leído muchos libros y ya no crees en casi nada. Y después han tenido muchas experiencias extrañas y tu visión del mundo se ha vuelto tan flexible que ya no te atreves a creer ni a dejar de creer en absolutamente nada. Yo creo que Felipe, con razón o sin ella, cree en la leyenda. Sin duda, mi padre también creía en ella. Y yo, si tuviera que contestarte con un sí o un no, me vería en un apuro, la verdad.

-Pues a mí me parece que no estás siendo del todo sincera conmigo. Tú crees al cien por cien en la leyenda del tesoro, y por eso te habías aliado con Delors para hacerte con el Vampiro Dorado.

-¿Qué dices, Brais? Primero, yo soy amiga del profesor Castaño y nunca hubiera traicionado su confianza. Segundo, recordarás que aquella vez Delors me amordazó a mí de la misma manera que a ti y a tus amigas para robarme la estatuilla. Y, por último, ¿para qué habría de hacerme con algo que llevaba años en mi poder?

-Pues porque si el Vampiro Dorado simplemente hubiera desaparecido, precisamente una vez que el templo había sido descubierto (porque todos sabemos que el mapa del profesor Castaño indica la localización de ese dichoso templo), habrías quedado en una posición muy sospechosa ante Isa y su padre, mientras que a ti te interesaba conservar su confianza para aprovecharte de ella en otras ocasiones. Por eso Delors y tú montasteis la comedia en tu piso. Todo era muy creíble, claro, pero Delors metió la pata y dijo algo que, aunque entonces no lo pillé, ahora me parece sospechoso.

-¿De qué hablas? Te advierto, Brais, que, aunque te aprecio mucho, estas bromas no me están haciendo ninguna gracia.

-Es que no son bromas, guapa. Delors dijo que había llegado a tu piso siguiendo a Isa, con la esperanza de que ella lo condujera a la persona que custodiaba el Vampiro Dorado. Pero se le pasó un detalle. Antes de ir a tu hogar, Isa se pasó por mi casa para que la ayudara a descifrar el mensaje secreto de su padre. Entonces, ¿por qué Delors y Julius no irrumpieron en mi casa como sí lo hicieron en la tuya? Si ellos no te conocían, y sólo estaban espiando los movimientos de Isa, mi casa podría ser un escondrijo tan bueno como la tuya para ocultar la estatuilla. Si entraron en tu casa, “casualmente” un instante después de que hubiéramos encontrado el mapa, fue porque ya sabían que allí encontrarían el Vampiro Dorado. A ti te interesaba que te lo robaran, o fingieran robártelo, delante de testigos (esto es, Isa y yo) para que parecieras una víctima inocente del robo. Luego, y con la ayuda del mapa, Delors y tú encontraríais el templo, devolveríais el Vampiro a su lugar de culto y encontraríais el tesoro, que luego os repartiríais como buenos amigos, sin despertar las sospechas de nadie. Eso explica también que ellos no le prestaran atención al mapa, que tenían delante de sus narices, y aun así estuvieran seguros de encontrar al profesor y su templo.

Ana, que hasta hacía un momento había escuchado a Brais con una sonrisa irónica, no pudo disimular su turbación ni su rabia al darse cuenta de que aquel mocoso había adivinado su plan. Tras unos instantes de parálisis, la muchacha se encaminó hacia Brais, mirándolo con ojos amenazantes. Pero apenas había dado un par de pasos cuando el sonido inconfundible de un cascabel asaltó sus oídos, paralizándola de terror. No necesitó mirar a sus pies para darse cuenta de que tenía una enorme víbora de cascabel enroscada a escasos centímetros de ella, y dispuesta a morder ante la menor señal de amenaza. Brais sonrió y le dijo a la asustada joven, que se había quedado muda y pálida como un cadáver:

-Es por eso por lo que he escogido este momento para contarte mis sospechas. Vine aquí sólo para hablar del Vampiro Dorado, pero cuando vi que tenías cerca de tu nueva amiga, consideré que era el momento oportuno para decirte lo que pensaba de ti. Ahora tú misma te has delatado con tu actitud, así que no me pidas que te ayude. Te recomiendo que te quedes ahí un rato, quietecita y calladita para no molestar a la serpiente, porque de lo contrario podrías llevarte un mordisco muy desagradable.

Ana, cada vez más pálida (ya no tanto por el miedo a la víbora como por la rabia que sentía contra aquel niñato entrometido), siguió los prudentes consejos de Brais, quedándose quieta y silenciosa como una estatua, aunque dirigiéndole miradas sobradamente amenazantes mientras él volvía hacia el hotel, sabiendo que ella, dada su peligrosa situación, aún tardaría un buen rato en verse capacitada para perseguirlo.

Brais, una vez en el hotel, entró en el cuarto de Isa, tras llamar a su puerta mediante un código acordado entre ambos la noche anterior, cuando él la había hecho partícipe de sus sospechas. Isa no sólo no estaba dormida, sino que se hallaba completamente dispuesta para emprender la marcha. Cuando Brais entró, ella le dijo:

-¡Ya estaba preocupada por ti, Brais! Al final, ¿qué ha pasado con Ana?

-La he dejado en buena compañía. Ella es lista y no le pasará nada, pero creo que tardará bastante en causarnos problemas. ¿Estás preparada para la marcha?

-Sí, ¡desde hace horas! Llevo en la mochila la estatuilla y el mapa, además de todo lo que necesitaremos para el viaje. Creo que, si salimos ahora mismo, llegaremos al templo antes de que anochezca.

-Vale, no me gustaría tener que pasar una noche en medio de la selva, pero de día, y sabiendo adónde vamos, no creo que haya demasiado peligro. Habrá cocodrilos, serpientes de cascabel y pumas, claro, pero también en Galicia hay víboras, jabalíes y lobos… y no por eso dejamos de pasear por el monte cuando nos apetece.

-De acuerdo, pues vamos allá.

Sin más preámbulos, Isa y Brais, con sus mochilas a la espalda, y tras pagar la cuenta de las tres habitaciones, se perdieron rápidamente en la selva, guiándose por el mapa y aprovechando los pobres caminos hacia la espesura: estrechos y arduos senderos medio devorados por la maleza, empleados únicamente, y sólo de forma esporádica, por los cazadores indios, pero bastante aceptables cuando no se podía optar por nada mejor.

En cuanto a Ana, permaneció un rato silenciosa y sumida en una inmovilidad absoluta, temerosa de las iras de la víbora, que parecía haberle cogido gusto a aquel lugar y no manifestaba el menor deseo de abandonarlo. Quizás el ambiente matutino aún era demasiado fresco para que su primitivo organismo entrara en su fase de plena actividad, o quizás aquel era un buen sitio para acechar a los apetitosos roedores de la selva, pero la verdad era que se la veía con tan pocas ganas de movimiento como a la propia Ana. Sin embargo, esta recordó, de pronto, que las serpientes eran sordas, por lo cual, aunque ciertamente le convenía permanecer inmóvil, nada le impedía gritar pidiendo ayuda. En efecto, Ana dio un par de gritos en demanda de socorro y no tardaron en acudir unos campesinos indios que se dirigían a sus maizales por una senda cercana. Uno de los indios, un hombre hábil y valiente, mató a la serpiente de un certero machetazo y Ana, tras un suspiro de alivio, acertó a decir:

-Muchas gracias, señor. Esto me pasa por meterme en la selva sin protección alguna. ¿No podrían indicarme ustedes si hay en este lugar un sitio donde vendan armas de fuego? Les agradecería mucho que me informasen…

Bastantes horas después de estos hechos, y tras una caminata realmente dura, pero relativamente apacible teniendo en cuenta el carácter salvaje y primitivo de aquella región inhóspita, Brais e Isa llegaban a un calvero de la selva, cuya localización coincidía plenamente con el punto indicado por el mapa del profesor Castaño. Los dos amigos, sacando fuerzas de flaqueza, habían hecho el trayecto en menos tiempo del esperado, gracias a lo cual habían conseguido llegar a su destino bastante antes de que empezara el breve crepúsculo tropical, y, aunque el día ya estaba bastante avanzado, la luz solar, allí donde no la detenía el espeso ramaje de la selva, aún era intensa y ardiente. Allí se levantaban unas pobres ruinas medio devoradas por la maleza, así como una modesta tienda de campaña, y además se veía en las cercanías de las ruinas una especie de pozo, que (según sabrían después) conducía a los misteriosos recovecos subterráneos del templo. Cerca del pozo, se hallaba de pie un hombre blanco de mediana edad, alto y apuesto, con el cual Isa no tardó en fundirse en un cálido abrazo, dando intensas muestras de alegría y cariño, pese a lo agotada que se sentía. Aquel hombre era su padre, el profesor Felipe Castaño, y, aunque algo deteriorado por las últimas semanas en la selva, parecía hallarse en perfectas condiciones de salud. El profesor respondió a la alegría de su hija con un cariño más sosegado, pero no por ello menos sincero, y no dejó de sorprenderse al ver que había llegado con ella Brais, a quien él conocía bastante, pero cuya presencia, en principio, no era esperada. En cambio, Ana brillaba por su ausencia, lo cual no dejó de causarle al buen profesor una honda turbación, hasta que su hija y Brais le explicaron, con palabras un tanto confusas, lo que había pasado con ella. Al principio, El profesor Castaño tuvo grandes dificultades para asumir que aquella muchacha hermosa e inteligente, hija de uno de sus mejores amigos, había sido capaz de traicionar su confianza, pero tuvo que rendirse ante las razones de Brais. Luego, Isa le preguntó:

-Pero, papá… ¿Cómo has podido estar tanto tiempo solo en un sitio como este?

El profesor suspiró y contestó:

-No he estado solo. Hasta esta misma mañana han estado conmigo varios indios, que me han ayudado a desbrozar el terreno y a despejar la entrada del pozo. Pero hoy, al despertarse, me han pedido permiso para volver a sus aldeas, pues, según me confesar, llevaban teniendo pesadillas horrorosas desde que descubrimos el acceso a los subterráneos del templo. Yo no he tenido tales pesadillas, pero no puedo reprocharles sus miedos ancestrales. Lo cierto es que yo también he notado algo inquietante, quizás hostil, en la atmósfera de este lugar olvidado, y, como ellos son descendientes de los mayas que profanaron el templo, supongo que el espíritu que rige esta zona no los habrá visto con buenos ojos. Pero creo que con nosotros será más comprensivo, siempre y cuando devolvamos la estatuilla al lugar que le corresponde lo antes posible.

Isa, más escéptica que su padre, dijo, usando un tono un tanto desdeñoso:

-¡Bah, papá, ni que esto fuera una película de miedo! Puede que aquí haya cosas peligrosas, pero no son las supersticiones de los indios las que me dan miedo.
-Claro que no, cariño. Soy yo la que debería darte miedo, ¿sabes?
Isa, su padre y Brais se volvieron estupefactos, tras haber oído aquellas inesperadas palabras, pronunciados en un tono a la vez hipócritamente dulce y amenazante. Allí, en el mismo borde del calvero, se hallaba Ana, que los estaba apuntando con una pequeña pero más que respetable pistola automática. A ellos les pareció, al principio, un milagro que Ana hubiera podido encontrar el calvero del templo sin el mapa, pero esta tuvo la cortesía de despejar sus dudas antes de que nadie hubiera reunido ánimos suficientes para hacerle una sola pregunta:
-Eres muy listo, Brais, pero no lo suficiente. Ni se te ocurrió pensar que, en todo este tiempo, había tenido tiempo más que suficiente para quitarle el mapa a Isa, sin que ella se diera cuenta, y hacerle una copia para mi uso particular antes de devolvérselo.

El aludido agachó la cabeza, avergonzado de su imperdonable despiste, aunque, en realidad, Isa había tenido tanta culpa como él en ese sentido. Ana prosiguió:
-No deseo hacerle daño a nadie, pero, ahora que me habéis descubierto, no me queda otra que jugar todas mis cartas hasta el final. Cuando tenga el tesoro, os dejaré tranquilos, pero antes debéis entregarme el Vampiro Dorado. ¡Isa, sé que lo llevas en tu mochila! Dámelo si no quieres que le pegue un tiro a tu amigo… o a tu padre.
Isa, muy pálida y con cara de circunstancias, extrajo la reliquia de la mochila, tiró esta última al suelo, y se encaminó hacia Ana con pasos lentos pero firmes, sumida en un silencio tan lóbrego como su expresión. Los demás se limitaron a mirar, callados e impotentes, pues nada podían hacer contra el arma de su enemiga. Esta, cuando Isa ya estaba a pocos pasos de ella, le ordenó detenerse con un gesto imperioso y le dijo:

-No avances más, Isa. Ya tuve ocasión de comprobar la otra vez, en mi piso, que eres una chica demasiado temeraria como para confiar demasiado en tus reacciones. Pero a mí no me atacarás por sorpresa, como a Delors. Deja el murciélago en el suelo, ahí donde estás, y da media vuelta sin hacer tonterías.
Isa no respondió ni con una sola sílaba, pero cumplió las instrucciones de Ana al pie de la letra. Esta, una vez que Isa hubo vuelto con los demás, se agachó para coger la estatuilla, la examinó fugazmente y se la guardó en un bolsillo de sus tejanos, mientras decía, con su rostro animado por la conciencia de la victoria:

-¡Por fin es mío y sólo mío!

-Perdona, nena, pero yo diría que, más bien, es mío.
Esta vez le tocó a Ana volverse estupefacta ante unas palabras inesperadas. A escasos metros de sus espaldas, varios hombres armados con fusiles automáticos emergieron del círculo de maleza que rodeaba el calvero, donde hasta entonces habían permanecido completamente invisibles. Uno de ellos, el que había hablado y parecía el jefe de la banda, no era otro que el robusto Julius Mendes, el guardaespaldas de Delors, al cual todos ellos, salvo el profesor Castaño, ya conocían demasiado bien. Él le dijo a Ana, que, pasado su efímero momento de triunfo, se sentía tan aterrorizada e indefensa como Brais y sus amigos:

-Llevamos varios días siguiéndoos, de forma discreta pero eficaz, tal como el pobre Delors nos enseñó a hacer las cosas. Muerto el jefe, me tocaba buscarme la vida por mi propia cuenta, así que reuní a varios colegas y decidí que sería una buena idea buscar el templo del murciélago dorado ese, con lustra involuntaria pero impagable colaboración. Sé que habías hecho un trato con Delors, pero ahora, preciosa, las cosas han cambiado mucho y yo, que no soy tan rico como lo era él, quiero el tesoro para mí solito… bueno, y para mis amigos, aquí presentes. Por cierto que ellos tienen el gatillo fácil, así que yo de ti iría tirando la pistola y entregando el estatuilla, muñeca.

Ana comprendió que no seguir aquellas órdenes supondría la muerte instantánea para ella y para todos los demás. Arrojó su arma al suelo y, con las manos temblorosas, le entregó la estatuilla a Julius, que la agarró con toda la fuerza de sus poderosas manos. Los otros hombres, media docena de desesperados, agarraron, a su vez, a Ana y a los demás para reducirlos a la impotencia.

Poco después, Ana, Brais, Isa y el profesor Castaño se hallaban dentro de la tienda de campaña, todos ellos bien atados. Uno de sus captores, el que parecía ser el lugarteniente de Julius, se acercó a este y le dijo:

-Ya están a buen recaudo, Mendes. Pero, ¿qué vamos a hacer con ellos?

-Por ahora sólo vigilarlos, Mendoza. El profesor sabe mucho y puede resultarnos útil si las cosas se complican. A las chicas las quiero para mí (porque esto habrá que celebrarlo con un par de polvos, cuando el tesoro esté en nuestras manos) y el chaval es de buena familia, así que podremos conseguir un buen rescate por él. Luego ya se verá. Ahora los chicos y yo vamos a explorar ese pozo, a ver dónde debemos colocar la estatuilla. Tú cuida de nuestros amigos de la tienda y procura no pasarte con las nenas, que te conozco, bribón.

Dicho esto, Julius y cinco de sus cómplices se internaron en las tenebrosas profundidades del templo subterráneo, dejando al tal Mendoza como único guardián del campamento. Esta, aburrido, decidió que Julius, cuando volviera a la superficie con el tesoro, se hallaría de buen humor y no le reprocharía demasiado que, incumpliendo sus recomendaciones, realizara una visita a la tienda para pasarlo bien con alguna de las chicas. Ana le gustaba especialmente, mientras que Isa, pese a su belleza, le parecía un poco demasiado cría para él. Pero convendría hacer las cosas discretamente, para que Julius no se enterase antes de que los hechos estuvieran consumados, así que se dejó su fusil en el suelo y cogió, en su lugar, un buen rollo de cinta adhesiva y unas tijeras. Entró en la tienda sonriente y ya excitado por al anticipación del placer. Antes de que los prisioneros comprendieran sus intenciones, Mendoza ya había cortado cuatro tiras de cinta, que usaría para silenciarlos a todos mientras forzaba a Ana. Sin dejar de sonreír cínicamente, el maleante empezó a amordazar a sus indefensas víctimas, mientras les dedicaba estos susurros malévolos:

-Primero usted, profesor, a ver esta boquita… ¡Ay, cuánto me hubiera gustado, de pequeño, amordazar a unos cuantos profesores! Ahora tú, chaval, que ahora toca estar calladitos… A ver esta carita tan linda, nena… Y mira bien cómo se hace, porque luego a lo mejor te toca a ti… Y ahora tú, preciosa, que no me gustan las chicas que se ponen a hablar y hablar mientras las follo. Ya verás qué bien nos lo pasamos…

Dicho esto, Mendoza tumbó a Ana boca arriba, sobre un saco de dormir del profesor Castaño, y empezó a manosearla con lujuriosa voracidad, mientras le desabrochaba la camisa y los tejanos, indiferente a sus gemidos ahogados y a las protestas amordazadas de los demás prisioneros, que no podían hacer otra cosa que asistir impotentes a aquella violación infame. Ya se había llevado Mendoza las manos a su sexo, con el fin de frotárselo durante un rato para endurecerlo y prepararlo para la violación, cuando un pandemonio de gritos horribles, procedentes del pozo donde se habían internado sus cómplices, rasgó bruscamente el silencio de la selva.
Mendoza se incorporó asustado y salió de la tienda lo más rápido que pudo. En aquel momento el pozo estaba vomitando un ejército aparentemente infinito de grandes murciélagos, que chillaban furiosos y de cuyas pequeñas bocas caían al suelo gotas de sangre fresca. Medio ahogados por los estridentes chillidos de los quirópteros, también se oían, procedentes del mismo pozo, gritos humanos, al principio desgarradores, pero luego cada vez más débiles, hasta quedar convertidos en pobres gemidos agonizantes. Mendoza, incapaz de reaccionar ante una situación tan horrible e inusitada, permaneció clavado en el suelo durante un rato, incapaz de moverse aunque sólo fuera para recoger su fusil, y entonces vio cómo del pozo salía también un enorme amasijo de carne ensangrentada, en cuyas facciones, medio devoradas por los dientes de los vampiros, aún se podían reconocer, horriblemente, las facciones de Julius Mendes. Este, aunque su lengua no había corrido una suerte mucho mejor que la carne de su rostro, aún pudo articular torpemente unas últimas palabras, que Mendoza pudo oír gracias a que, por fin, la atroz barahúnda de los vampiros estaba empezando a decrecer:

-Fue… un horror, el infierno… Mendoza… Huye si quieres vivir… si te dejan vivir… Yo… nosotros entramos en el templo, con las linternas… Caminamos por el pasadizo… Encontramos la piedra-altar… la de la leyenda… donde se dice que los indios adoraban al Vampiro Dorado… Y lo colocamos allí, esperando a que nos revelase dónde estaba… el mal… maldito tesoro. ¡Ay, Dios mío! Aparecieron vampiros de verdad, miles y miles de ellos… Primero en silencio, luego empezaron a chillar como almas condenadas… Todos están muertos, no es que les hayan chupado toda la sangre… No, aunque, bueno… también… ¡los despedazaron a todos antes de que pudieran usar sus armas! Aunque de nada nos hubieran servido… Huye, Mendoza… Yo ya no puedo huir, ni quiero… Sólo quiero morir ya, este puto dolor… ¡Dios, perdóname! Men… do… za… hu… ye… o…

Julius cayó al suelo, aún vivo, pero ya sin esperanzas de sobrevivir a aquellas heridas atroces, de las cuales aún manaba la poca sangre que le restaba en el cuerpo, en brutales borbotones, que amenazaban con teñir de rojo toda la hierba del calvero. El aterrorizado Mendoza pudo reaccionar por fin y, tras emitir un gemido de terror más propio de un niño que de un hombre, corrió hacia su fusil, temeroso de que los murciélagos volvieran y lo despedazaran. Pero a sus espaldas, al lado de sitio donde había dejado el arma, se hallaba un enorme puma, que lo estaba mirando con ojos golosos. Mendoza intentó escapar, pero ya era demasiado tarde. El puma se arrojó sobre él y le clavó los dientes en la yugular, matándolo casi en el acto. Luego se lo llevó a la selva para devorarlo tranquilamente. Su muerte, después de todo, había sido más piadosa que las de sus amigos, quizás porque él no había llegado a profanar el templo, sólo había tenido intención de hacerlo. Julius, por su parte, no tardó en morir desangrado. En cuanto a Brais y a sus amigos (contamos entre ellos a Ana, a pesar de todo), seguían en la tienda, confusos y aterrorizados, pero totalmente ilesos.

Cuando hubo pasado un buen rato desde la extinción total de la barahúnda provocada por hombres y murciélagos, Brais, aprovechando las últimas luces del día, se acercó a Isa y, no sin esfuerzo, consiguió desatarle las muñecas. Luego, Isa se quitó ella misma la mordaza y las ligaduras de los tobillos, para, a continuación, desatar a los demás: a su padre, a Brais y a Ana, en este orden. Ya era casi de noche cuando los cuatro pudieron salir y contemplar, lívidos de horror, cómo la roja luz del crepúsculo iluminaba un espectáculo más rojo todavía. Lo único que pudieron hacer fue cubrir los despojos mortales del desdichado Julius con una manta, para protegerlos de las alimañas nocturnas, y rezar en silencio, tanto por las almas de los muertos como por su propia seguridad. Por suerte, los vampiros no volvieron, o, si lo hicieron, nadie se dio cuenta.

Siendo ya noche cerrada, la luz de la luna llena contempló a Felipe Castaño, Ana, Isa y Brais sentados en torno a una hoguera que habían improvisado junto a la tienda, para cocinar una cena frugal que, en definitiva, ninguno de ellos se atrevería a probar. Purgados de sus propias debilidades por el horror de las últimas horas, el profesor castaño, su hija y Brais habían perdonado a Ana su traición y la trataban con cariño, como si nada malo hubiera pasado entre ellos, e incluso procuraban animarla para hacerle olvidar el intento de violación que había sufrido por parte del desgraciado Mendoza. Ella, a su vez, que, aun siendo una persona ambiciosa y taimada, no carecía de cierta nobleza en el fondo de su ser, correspondió a su generosidad mostrándose sincera y revelándoles la verdad. Extrajo del bolsillo de sus pantalones tejanos un pequeño objeto dorado, que brilló tenuemente a la luz mortecina de la hoguera y que resultó ser la verdadera estatuilla del Vampiro Dorado. Ana suspiró y dijo:

-La estatuilla que le di a Julius era una copia que había mandado hacer en España. Mi intención era aprovechar la primera oportunidad que se me presentara para hacerme discretamente con la verdadera estatuilla, tal como me había hecho con el mapa, y darle el cambiazo a Isa. Al final, la astucia de Brais arruinó mi plan y conservé la copia casi sin querer, pues ya no pensaba que pudiera llegar a serme útil. De hecho, cuando se la di a Julius ni siquiera sabía si era la estatuilla legítima o la copia, de lo nerviosa que estaba, y durante mucho tiempo no me acordé de eso para nada. Claro que, aunque me hubiera acordado, jamás se me habría ocurrido pensar que llevar un Vampiro Dorado falso al templo del dios-murciélago pudiera tener unas consecuencias tan horrorosas. Puedo juraros por la memoria de mis padres que nunca se me habría pasado por la cabeza daros el cambiazo ni a vosotros ni a nadie a sabiendas de que eso podría causaros la muerte.

El profesor Castaño dijo, a su vez:

-Supongo que a ningún dios le agrada que unos simples mortales intenten engatusarlo. Lo de esta tarde ha sido un poco como la historia bíblica de Ananías y Safira en versión pagana. La diferencia radia en que ni Julius ni sus hombres eran conscientes del engaño, pero supongo que a los viejos dioses esas pequeñas diferencias no les importan demasiado. O quizás los espíritus sólo deseaban una excusa para satisfacer su sed de sangre, la justicia del motivo e incluso la devolución de la reliquia serían elementos secundarios.

Isa dijo, a su vez:

-Pero, papá, esto no tiene sentido. Si esos espíritus pueden castigar a quien entra en el templo con una reliquia falsa, ¿por qué no pudieron proteger a sus adoradores de los mayas?

El profesor suspiró y dijo, sin mucha seguridad:

-Es difícil hallar responder a eso. Claro que los mayas también tendrían sus propios dioses, más poderosos que los de la tribu desconocida, o mejor alimentados con la sangre de cientos de sacrificios rituales, y quizás esa fue la razón de su victoria. Pero nosotros hoy en día sólo creemos en el Dios Dinero, que, pese a los numerosísimos sacrificios humanos que ha recibido a lo largo de los siglos, sigue siendo un dios muy débil, que apenas tiene poder más allá de los límites de nuestra mezquina civilización. Aquí los dioses que mandan son otros.

Brais, el único que no había hablado últimamente, tomó por fin la palabra y dijo, a su vez, venciendo con algún esfuerzo su timidez habitual:

-Pero ahora que tenemos en nuestro poder la verdadera reliquia… ¿qué nos impide entrar en el templo –ahora no, claro, pero cuando amanezca- y devolverla a su altar, para ver si de realmente existe un tesoro?

El profesor lo miró con una expresión de cariñoso reproche, valga la expresión, y le dijo, con dulzura pero no sin cierta recriminación bajo el fondo de sus palabras:

-¿De verdad deseas Brais, después de lo que hemos visto hoy, bajar a ese pozo oscuro? ¿Crees que un tesoro, quizás imaginario, merece la pena? La estatuilla es auténtica, sí, pero acaso no esté lo bastante limpia o no la hayamos tratado con suficiente reverencia durante el viaje. Si el dios de la selva que vive en ese templo tiene sed de sangre, buscará un motivo para saciarse. ¿Qué opinas tú, Isa?

-A mí el tesoro no me importa, sólo quiero volver a casa contigo y con los abuelos… y que tardes mucho en volver a marcharte.

-¿Y tú, Ana?

-Yo no merezco ni que me pregunten mi opinión. Pero si me la piden, os aseguro que no quiero olvidarme de este asunto para siempre.

-¿Y tú, Brais? ¿Bajarías mañana a buscar el tesoro?

-¡Ni loco! Sólo era una curiosidad, no una propuesta. Yo ya tengo mi tesoro.
Brais miró a Isa y acarició suavemente sus hermosas mejillas. Ella sonrió con dulce timidez y respondió a sus caricias con un beso.

Al día siguiente, poco después del amanecer, los cuatro abandonaron definitivamente el campamento, dejando tras de sí la estatuilla del Vampiro Dorado tirada sobre la hierba, esperando que una mano temeraria se hiciera con él… con mejores o peores consecuencias.

Publicar un comentario

Usted debe estar conectado para publicar un comentario.

Relatos de Terror

Todos los relatos que publicamos han sido enviados por nuestros usuarios, en muchos casos no podemos verificar que sean de su autoría por lo que te rogamos que si alguno de los escritos que aquí aparecen vulnera tu propiedad intelectual nos lo hagas saber por medio de este formulario.
Síguenos: Twitter | Facebook
Escalofrio.com - El portal del miedo y el terror Copyright © 2015 Escalofrio.com All rights reserved.