Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

Encuentros en un parque.

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Me llamo Daniel Soutelo, tengo quince años, estoy haciendo 4º de la ESO en el IES María Dapía de Medeiros (Ourense) y esta tarde me ha pasado la cosa más rara de mi vida.

Iba yo a mi casa, después de jugar una pachanga con mis colegas del equipo de fútbol, y estaba atravesando el parque de la villa cuando oí que cómo me llamaba una dulce voz femenina. Volví la cabeza y sentí un escalofrío en el corazón cuando vi que se trataba de Sabela Castaño, la chica de mis sueños.

Ante todo, debo confesar que Sabela es mi amor platónico desde 2º de la ESO (por cierto, no sé por qué la gente llama así a estos amores secretos: el otro día la profe de Ética nos habló de la filosofía de Platón y yo no le encontré la menor relación con lo que siento por Sabela, pero en fin, será que tampoco atendí mucho). Dicen que cuando estamos enamorados vemos a las personas de una manera especial, exageramos sus virtudes y pasamos por alto sus defectos, pero yo no soy el único que piensa que Sabela es prácticamente perfecta. Y si no es perfecta, por lo menos tiene las tres eses de la chica ideal: Sexy, Simpática y Soltera (esto último quiere decir que no se le conoce novio formal, por lo que en teoría está perfectamente disponible). Lo malo es que yo soy bastante tímido con las chicas (especialmente con las guapas) y por me cuesta mucho relacionarme con Sabela, ya no digo para declararme, sino simplemente para mantener una conversación normal con ella fuera del instituto. Pero esta vez tuve la suerte de que fue ella misma quien me llamó y me invitó a sentarme a su lado, con una preciosa sonrisa dibujada sobre su mágico rostro de ninfa griega (esta metáfora se la debo al profe de Castellano, quien en los recreos suele piropear así a la encargada de la cafetería).

Así, puse cara de tonto (digo yo, por lo menos estoy seguro de que se me quedó la cara roja como un tomate) y me senté con Sabela en un banco del parque. Este se encontraba casi desierto a aquellas horas de la tarde. Sólo había otro banco ocupado, donde estaba sentado un hombre mal vestido y con pinta de vagabundo, que parecía muy concentrado en la lectura de un periódico atrasado (desde luego, aquel hombre no era un vecino del pueblo, pues Medeiros es una villa pequeña, donde, más o menos, todos nos conocemos). Pero yo no me fijé apenas en aquel desconocido, cosa bastante comprensible cuando uno tiene los ojos más lindos del universo a escasos centímetros de los suyos.
Sin dejar de mostrarme la más dulce de sus sonrisas, Sabela me enseñó una vieja revista que tenía en las manos y me dijo:

-Mira, Dani, creo que tú eres aficionado a los misterios policíacos y en esta revista hay un juego que consiste precisamente en intentar resolver varios casos imaginarios. ¿Quieres ayudarme a resolverlos?
Por supuesto, yo dije que sí. ES cierto que soy amante de las historias de misterio (Sabela lo sabía porque cuando tocaba hora de lectura en el instituto yo solía llevar novelas de Agatha Christie), pero lo que más me interesaba era estar cerca de mi amada, y más si aquel juego me daba una oportunidad de quedar bien delante de ella.
Entonces empezamos con los casos. Sabela leía lo que ponía en la revista y yo procuraba prestarles a sus palabras toda mi capacidad de atención (aparte, por supuesto, de la que invertía en la contemplación de su belleza). Por suerte, aquellos casos presuntamente enigmáticos eran en realidad bastante sencillos, de modo que entre los dos apenas tardamos unos minutos en resolverlos. Cuando ya sólo quedaba uno, Sabela, que parecía divertirse mucho con aquellas chorradas, dijo:
-Genial, Dani, con tu ayuda cualquier cosa parece fácil. ¡Eres un crack! Ahora vamos con el último caso. Lo voy a leer:

“La policía sospecha que un millonario de la ciudad está enviando importantes cantidades de dinero a un grupo terrorista a través de cartas dirigidas a cierta dirección de los suburbios. En una operación secreta en colaboración con los servicios de inteligencia, los agentes de la ley interceptan varias de sus cartas, pero, tras abrirlas, no encuentran nada importante en su interior, ni billetes ni cheques, sólo mensajes sin importancia, sin significados ocultos que pudieran ser descifrados por los criptógrafos ni nada por el estilo. Pero entonces el inspector Fulano propuso su teoría:

-Quizás el dinero está en las cartas, pero no precisamente dentro de ellas.
¿Qué quería decir el inspector?”

Tras leer el relato, Sabela puso cara seria y me echó una mirada desvalida, que era una petición de ayuda muy elocuente. ¡Pero ay, yo también estaba completamente pillado! A pesar de que había puesto los cinco sentidos en la historia, no era capaz de encontrar la menor lógica en las palabras del inspector y a Sabela le pasaba lo mismo. Yo pensé que quizás las cartas tendrían un doble fondo para esconder el dinero, pero sería demasiado cantoso y no les pasaría desapercibido a los polis. Además, en ese caso el dinero también estaría dentro de las cartas, con lo cual las palabras del inspector carecerían de sentido. Por mucho que cavilábamos, no podíamos encontrar la solución. Tan mala cara debí poner que Sabela me dijo que no me preocupara, que total aquello sólo era un juego estúpido y no recuerdo qué más, pero yo, realmente picado en mi autoestima y temiendo quedar como un tonto delante de mi Dulcinea, rechacé la rendición y seguí pensando con todas mis fuerzas cerebrales en aquel extraño asunto. Pero nada, no se me ocurría dónde podían estar el maldito dinero. Y para colmo, cuando más necesitaba una concentración absoluta, el hombre del otro banco se acercó a nosotros para preguntarnos, muy educadamente pero con un fuerte acento extranjero, si había algún estanco por los alrededores. Yo estaba tan nervioso por culpa del enigma que no fui capaz de responderle adecuadamente y fue Sabela quien le dijo que había un estanco en la plaza del Ayuntamiento, entre una tienda de ropa y una zapatería. El desconocido le dio las gracias, siempre con mucha cortesía, pero a continuación, en vez de ir al estanco o a cualquier otro sitio, volvió a su banco y retomó tranquilamente la lectura del viejo periódico que tenía en las manos.

Entonces yo di con la solución del caso, precisamente gracias a la pregunta del desconocido. En los estancos venden, entre otras cosas, sellos de correos. Y, como los sellos raros pueden valer mucho dinero, el verdadero valor de las cartas no estaría en su contenido, sino precisamente en sus sellos, que seguramente serían ejemplares de coleccionista.

Cuando le propuse esta posible solución del enigma a Sabela, esta puso cara de duda y dijo:
-Bien, Dani, lo que dices de los sellos está bien pensado, pero no acaba de convencerme. Los policías que interceptaron las cartas tenían los sellos delante de la nariz, para verlos ni siquiera tenían que abrir los sobres. ¿Cómo no se enteraron entonces de que no eran sellos normales?
-Pues… yo no sé si será cierto o no, pero dijo un autor de novelas policíacas (ahora no recuerdo quién, quizás fue Edgar Allan Poe) que muchas veces las cosas más evidentes también son las que pasan más desapercibidas. Y entonces…

Sabela decidió echarle un vistazo al solucionario, que se encontraba en otra página de la misma revista, y entonces me dijo, con su mejor sonrisa y un guiño de sus mágicos ojos azules:

-¡Definitivamente eres un crack, Dani, acertaste la solución! Jolín, yo no me considero tonta, pero la verdad es que nunca habría pensado en los sellos. Se nota que tú sí que eres un chaval inteligente, no como los otros, que sólo piensan en chorradas. Y además eres un tío guay, por si no lo sabías.

Creo que excuso describir lo que sentí en aquel momento e indicar de qué color se volvieron entonces mis mejillas. Visto de lejos, todo esto puede parecer algo de poca importancia, pero para mí un piropo de Sabela valía tanto que, si hiciera falta, hubiera resuelto todos los enigmas del mundo para conseguirlo. Pero lo cierto es que quizás no habría resuelto el problema de las cartas de no ser por la pregunta que nos había hecho el desconocido, y mediante la cual me había sugerido la idea de los sellos (sin duda de una manera deliberada, pues, como ya he dicho, después de eso el hombre se había desentendido completamente de las indicaciones que le había Dado Sabela).

Durante un rato estuve en el Cielo, pero entonces Sabela recordó que tenía que llevarle unos apuntes a una amiga y se marchó del parque, no sin antes pedirme que esperara allí, pues luego volvería y entonces podríamos ir al bar Galaxy, a tomar unos refrescos. En realidad, yo habría ido de buena gana con ella, pero pensándolo mejor decidí que sería mejor esperarla en el parque, porque la amiga vivía algo lejos y yo, entre la resaca del partido y las últimas emociones, necesitaba urgentemente un pequeño descanso. Además, le debía un agradecimiento al hombre del otro banco, que tan generosamente me había ayudado a descifrar el enigma de las cartas. Por tanto, me acerqué a su asiento y, atendiendo a una invitación que me hizo con un gesto, me senté a su lado. Yo normalmente soy tímido, especialmente con las chicas guapas y con los desconocidos, pero en aquel momento estaba tan contento que olvidé mi timidez y empecé a charlar con aquel forastero, que además era un hombre muy educado.

Era un hombre de mediana edad, no muy alto y bastante delgado, pero de cuerpo bien proporcionado. Tenía los cabellos y el bigote oscuros, los ojos grises y un rostro muy pálido, de facciones nobles e incluso hermosas, aunque algo estropeadas, quizás por culpa de su evidente pobreza o quizás por malas experiencias que no me atreví a conjeturar. A pesar de ir vestido casi como un indigente, se notaba en su habla que era un hombre culto y educado, aunque, como ya dije antes, su acento era claramente extranjero, quizás británico o norteamericano. Para facilitarle las cosas, me ofrecí a hablar en inglés (yo estuve varios veranos de campamento en Inglaterra e Irlanda, por lo que controlo bastante), cosa que él aceptó sin disimular su alegría, pues, según su propia confesión, le costaba mucho mantener una conversación coherente en castellano o gallego. Me preguntó si me gustaban las historias de misterio y yo le confesé que sí. Él sonrió y dijo:

-Hace tiempo (mucho tiempo, en realidad) yo no sólo leía, sino que además escribía historias de ese tipo.
-¿Y ahora está escribiendo algo, señor…?
-¡Nada de señor! Puedes llamarme Eddy, que es como siempre me llamaron mis amigos. Y ahora sí estoy escribiendo algo, pero no es exactamente una historia de misterio, sino más bien una de terror. ¿Te gustan los cuentos de miedo?
-Sí,lol cierto es que yo leo de todo. Bien, en realidad los únicos libros que no me gustan son los que me mandan leer en el instituto,¡ los profes no aciertan nunca! ¿Y puedo saber de qué va esa historia que está escribiendo, señor… Eddy?
-Claro que puedes, pero lo cierto es que, como todavía la estoy escribiendo, aún no he tenido tiempo de idear el final. Hubo un tiempo en el que empezaba a escribir mis historias precisamente por el desenlace, pero útimamente he cambiado de técnica. En fin, te voy a hacer un resumen de lo que ya tengo escrito: La historia comienza en un viejo cementerio de los Estados Unidos, durante una fría y oscura noche de invierno. Un malvado nigromante, conocedor de muchos hechizos diabólicos, visita ese cementerio y usa sus satánicos rituales para despertar a los muertos que yacen bajo las tumbas. No sólo consigue resucitar a varios cadáveres elegidos al azar, incluyendo a algunos que ya llevaban varios siglos pudriéndose en sus ataúdes, sino que además les devuelve el aspecto que tenían en vida, para que puedan confundirse con las personas realmente vivas. Su intención era crear un ejército de muertos reanimados, sometidos enteramente a su voluntad, con la intención de emplearlos para dominar el mundo, pero algo falla: uno de los resucitados había sido en vida un hombre especial, dotado de un espíritu fuerte y conocedor de muchos misterios, tanto del mundo material como del espiritual. Sus cualidades especiales no lo habían salvado de llevar en otros tiempos una vida muy pobre y desgraciada, pero sí le permitieron resistir la magia negra del hechicero y frustrar sus perversos propósitos. El nigromante consigue huir y entonces el muerto resucitado decide centrar todos los sus esfuerzos en perseguirlo a través del mundo entero, para que no vuelva a amenazar la paz de vivos y muertos con sus infames brujerías. Pero hasta ahora aún no ha sido capaz de atraparlo, por lo que la historia está sin terminar.

Yo tenía la idea de hacerle nuevas preguntas a aquel curioso señor Eddy, pero entonces recibí una llamada de Sabela, quien me dijo que, si no me importaba, en vez de ir al Galaxy podíamos quedar en otro bar que quedaba cerca de la casa de su amiga, donde los batidos estaban muy buenos y además eran bastante baratos. Tras escuchar sus indicaciones, le dije que me esperara allí y que no iba a tardar ni un minuto en llegar. Cuando terminó la conversación, guardé el móvil en el bolsillo y sólo entonces me di cuenta de que el señor Eddy había desaparecido discretamente mientras yo estaba hablando con Sabela. El único rastro que había quedado en su estancia en el parque era el periódico que había estado leyendo pocos minutos antes y que él había dejado sobre el banco, abierto en una página donde la noticia más notable era un caso de profanación de tumbas, que había tenido lugar varios días antes, en un cementerio rural de mi comarca, atribuido por la Guardia Civil a una secta satánica no identificada. Entonces me fijé en que en el margen superior de la página, justo encima de los titulares, alguien había escrito con un bolígrafo las siguientes palabras:

“Siento no tener tiempo para despedirme de una manera más convencional, pero debo terminar lo antes posible mi historia. ¡Y suerte con la hermosa chica de los ojos azules (no es necesario ser Augusto Dupin para adivinar que estás completamente enamorado de ella)! Recibe los mejores deseos de tu seguro servidor, Edgar Allan Poe”.

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