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Hybrid Nature – Capítulo 7 “Memorias”

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Capítulo 7 – “Memorias”

Sombra estaba tendido sobre el liso colchón, cubierto por claras sábanas, reposando, tras haber quedado desfallecido y adolorido por la ardorosa herida en su espalda, con el símbolo del sendero trazado sobre su carne. Vacilaba entre la inconsciencia y la lucidez, mientras sus ojos comenzaban a entrecerrarse débilmente.
Pilar hizo ingreso a la habitación. Pasaba frente al cristal de la ventana y los matutinos rayos del sol tornaban rojizos sus cabellos. Se dirigió hacia él, y lo contempló, con fuerzas idas.
-Vaya, estás agotado. El ritual te ha dolido fuertemente… Pero ya te has acostumbrado. Puedes resistirlo –sonrió. Sombra le dirigió una mirada, pensativo.
Pilar se detuvo ante la ventana, y se quedó mirando el horizonte y los prados, donde aparecía un calmado paisaje. Observaba en detalle, perdiéndose entre los colores del cielo, las nubes y las lejanías. Finalmente, en el tranquilo momento se dirigió hacia Sombra, reponiéndose.
Hizo un intento por alzarse, pero un intenso dolor que lo estremeció entero, procedente de su espalda, lo hizo caer de nuevo contra el colchón, amargamente. Pilar lo había retenido, y comprendió que aún no estaba libre del dolor.
Ella se acercó a él entonces, escondiendo algo que sostenía tras su vistosa cintura. Develó un extraño colgante que se lo extendió sobre sus manos, sonriendo con misterio.
-Te he traído este presente, tenlo.
Sombra recibió el colgante, examinándolo. Estaba unido por ligas de cuero, ciñendo un objeto con forma de unas alas de murciélago, mostrando en el centro una piedra reluciente y pulida, de un color amarillo apagado, en la cual se reflejaron sus ojos cuando la observó. Se ajustó el colgante al cuello, tras haberlo sostenido entre sus manos y haber comprobado el peso que poseía. Parecía haber sido confeccionado con esmero, y se le hacía extraño, desconocido, cualquier fin que aquel collar podía llegar a tener, del cual ahora no sabía.
Pilar sonreía complacida, al verlo observándolo y que sus pupilas se reflejasen en la reluciente piedra del colgante. Dejándole el sentimiento de extrañeza, le dijo:
-Su propósito todavía te es desconocido, pero te puede ser de gran ayuda, este, el Colgante Amargor. A mí me lo hubieron regalado cuando era más joven, a manos de mi padre, y ahora te lo entrego a ti, pues realmente este singular colgante ha esperado estos años para llegar a tu posesión. No creo que sus fuerzas se ajusten a nadie más.
Sombra con el colgante amargor rodeado a su cuello, sentía una extraña calidez que le irradiaba el objeto, sobre su piel que lo tocaba.
Pilar se inclinó sobre él, para besarle la frente afectuosamente. Sombra sintió la intensa fragancia del lápiz labial de ella, y se le ruborizó el rostro cuando vio el abundante busto escotado de Pilar a escasa cercanía suya. Ella se irguió entonces, y dejando a la vista su cabellera pelirroja, se retiró vistiendo su blanca bata de científica. Una vez solo, Sombra observaba su collar, y reflexionaba.
-¿Qué me está sucediendo? Es muy difícil evitar no inmutarse ante tan atractiva mujer… -pensaba- Pero creía que había perdido todo sentimiento. La frialdad es una parte de mí, pero creo que después de todo, quizá sí soy un humano y no lo he reconocido… ¿Es posible que haya sido una decisión segura por parte del sendero buscarme a mí? –se preguntaba. Sabía que escondía algo en su interior, pero una desconocida inseguridad lo arremetía. Luchar con sus sentimientos le era habitual, pero así como su carne había sido abierta en el ritual, le surgían nuevos pensamientos. Se sentía acechado, expuesto. Quizá indefenso por el débil estado en que estaba. Sin embargo, se sentía motivado y decidido a dejar todo sentimiento de calidez humana atrás. La frialdad era realmente lo que teñía sus días, y parte esencial en su forma de ser.
-Después de todo, los sentimientos son insignificantes… -se aclaraba. Aun así, estaba confundido sobre el hecho de que si realmente alguna vez llegaban a despertar sentimientos en él.
Pilar recorría los pasillos interiores del sendero, y se detuvo para oír sutiles pasos caminar por los suelos. Volteó entonces, y Lenorio había aparecido. A su lado, con lóbrega expresión. Le dijo:
-Ella ya ha llegado. Ve a recibirla.
-Bien –contestaba Lenorio, y se dirigía a atender su orden. Pilar volvió en su recorrido, y por los escasamente iluminados pasillos, continuó hasta sus dominios. Sus gruesas gafas de científica sobre su cabellera rojiza parecían ser ojos adicionales que observaban en la oscuridad.
Lenorio avanzó por los brumosos pasillos, oyendo unos pasos sigilosos. Se encontró entonces, frente a quien había estado recorriendo los solitarios corredores en la penumbra. Entrecerró los ojos con dificultad, y en la oscuridad difícilmente contemplaba una joven figura femenina, desnuda, pero cubierta en las sombras. Se acercó a ella, y sosteniendo una sonrisa, le dijo:
-Muy bien, adéntrate conmigo. Tras un tiempo, finalmente has llegado.
La chica de la figura desnuda, aparecida de la playa y con el cabello que alternaba del rojizo al dorado, asintió, y con una sonrisa misteriosa, siguió a Lenorio.
Avanzaron por el pasillo, siempre oscuro. Como su desnudez se hacía evidente, Lenorio la proveyó de unos trapos por el momento, para cubrir su natural figura. También le indicó que llevaría a cabo con ella una entrevista. Iba hablándole, mientras recorrían, cuando se detuvo ante una puerta, con un letrero que indicaba que aquella era la habitación destinada, entonces, entraron.
Tomaron asiento sobre unas finas sillas negras en las cuales se acomodaron, quedando frente el uno con el otro. Lenorio extrajo una vieja libreta, y tomó lápiz. Entonces, se dispuso a interrogar. Mientras una delgada ampolleta se mecía colgada del techo, en la oscuridad abundante de la habitación.
-Entonces… -murmuró- dime tu nombre
-Lucía.
-Bien, chica surgida de las aguas… ¿Dónde fue el lugar en el que apareciste?
-La Costa de Miel –contestó ella. Lenorio le dirigió una mirada pensativa.
-Suficiente… Basta de rodeos para matar la tensión –concluyó Lenorio dejando la libreta de lado-. Ambos sabemos por qué estás aquí.
Lucía asintió, con una sonrisa, con ojos de tinte naranja, intensos como un océano. Lenorio se inclinó hacia ella, observándola fijamente, acrecentando la tensión. Aclaró entonces:
-Han hecho bien en enviarte, y has llegado a tiempo. Tras todos aquellos sucesos, eres parte fundamental en el proceso… Menos mal, tenían todo previsto y resguardado… -murmuró extendiéndole un sobre blanco. Lucía lo recibió, descubriendo la carta.
-Ahora quizás esto se te hará familiar, ¿Recuerdas? La Antártida negra, y todos aquellos sucesos… -Murmuró, instándola a leer. Ella posó sus fuertes ojos naranja entonces, sobre las primeras líneas:

Como el mismo cuello del cisne negro, así estaban los cielos, en el territorio donde la temperatura descendía más abajo del cero, en la Antártida. Donde comenzó lo que se tornó nefasto…
Estábamos con el grupo de científicos; yo rezando a Agrión y a todos los dioses de la naturaleza oscura, que intervinieran en nuestro favor, nuestros propósitos y experimentos. Fueron pasando los días, y el cielo no abandonaba la negrura. La helada y la falta de provisiones nos estaban acercando a la muerte, allí, en la expedición al continente más frío del mundo.
Los días se tornaron más adversos aún, desafiando los límites de lo posible… El frío se volvió hasta entumecer, los alimentos escasearon, muchos compañeros científicos comenzaron a morir allí, en aquel infierno de fría oscuridad, por causas de enfermedades extrañas, y por la hambruna, que abundaba.
Sin embargo, lo que estuvo más cercano a arrebatar mi cordura, fue una noche donde siempre los cielos estaban cegados en el estremecedor continente, salía de la carpa y la visión me horrorizó. Pero creo que aquello fue acabando lentamente con mis sentidos…
Había una hilera de punzantes lanzas de madera sobre la nieve, y ensartadas en ellas, cadáver por cadáver, en fila estaban mis fallecidos colegas. Las lágrimas parecían querer escapar de mis ojos en aquel momento.
El motivo de la expedición, había sido dar principio al desplome, mezclando ciencia con lo paranormal, y con la intervención de seres sobrenaturales durmiendo en el continente frío de muerte, con cielos de gasolina.
Pero, las cosas habían tomado mal rumbo, y nos habíamos visto sobrepasados. La visión de un mundo de criaturas híbridas y oscuridad, parecía tan lejana y tan cercana a la vez… Comprendí entonces, que nuestra emprendida iba a la vez, por un lado demoníaco…
Rogué a Agrión que me favoreciera.
El insensato de mi hermano, Ernesto Colley, no era alguien de fiar. Lo observé arrepentido muchas veces. Finalmente, él había partido, para intentar detener el desplome. Quiso crear una medicina, desaparecer las coloridas esporas que habíamos desarrollado a costa de las muertes, en la Antártida negra… pero con su máquina, sus planes se le fueron de las manos; aceleró el proceso, matando el organismo de su propia esposa, Isidora, y propagando las esporas por las tierras…
En el transcurso del tiempo, al final mis planes marchaban bien. Pero muchos sacrificios habían sido hechos. En la Antártida, también se llevó a cabo otro proyecto: Lucía, la clave para el funcionamiento de la máquina. Pronto enviaré a ella a las instalaciones y laboratorios escondidos que sirven de refugio. Entonces, se realizarán los experimentos para nuestros fines, según el tiempo transcurra.
Me encomiendo con todo el corazón a Agrión, morador del mundo oscuro del otro lado, y pongo todas mis fuerzas y esperanzas en el sendero de la palma oscura.
Que los demonios estén a nuestro lado, junto a nuestra siniestra ciencia.
Doctor Nicolás Murden”.
Lucía terminó de leer la carta, resguardándola en el sobre blanco. Lenorio añadió:
-Como puedes comprender, esta es la razón por la que fuiste concebida. Naciste de las entrañas de la Antártida negra, y eres parte fundamental en nuestros deseos… Ahora contamos con tu ayuda. Los días que develarán el motivo por el cual fuiste creada, se están acercando…
Lucía sonrió. Lenorio tomó la carta entre sus manos y la guardó entre su chaqueta.
-La investigación… ¿está lista? ¿Tienen todo reunido? –preguntó Lucía.
-Con tu llegada, ya todo está reunido. Sólo faltan algunos detalles por fijar… Ahora mismo, me ocuparé de mis asuntos. Puedes retirarte, figura traída por las olas.
Lenorio terminó con estas palabras, y levantándose, abandonó la habitación de interrogaciones. Lucía más tarde abandonó también, y en otra habitación los científicos del sendero le suplieron con elegantes vestidos para el tiempo de su estadía. Avanzaba con finura por los pasillos, con una misteriosa sonrisa que no podía abandonar.
Lenorio ingresó a una enorme sala de investigaciones, siendo recibido por diversos gritos de dolor, estruendos de máquinas, y científicos recorriendo el lugar vistiendo sus batas blancas. Sobre las mesas había varias especies animales alteradas, algunas de las más diminutas, hasta otras que tomaban parecido a la forma humana, retorciéndose, cautivas a la superficie metálica, aseguradas por cadenas a sus brazos y piernas, mientras los científicos les realizaban dolorosos experimentos en plena consciencia y sensibilidad alerta. Se desesperaban, se revolcaban ante la tortura, y gritaban. Pero sus pobres cuerpos no despertaban remordimiento en nadie.
Lenorio avanzó, en el momento contemplando a un científico que con una sierra se disponía y le abría las carnes vivas, a un lobo de pelaje marrón estremecido por el dolor. Con el estómago abierto y la sangre chorreando, el animal continuaba retorciéndose. Tras varios experimentos, su forma ya se parecía a la humana.
El científico no se inmutaba, con sus gafas cubiertas en sangre nueva, ni Lenorio tampoco. Se acercó al científico, y con rigidez, le preguntó:
-¿Cuánto falta por los experimentos?
El científico sustrajo sus manos manchadas del cadáver del lobo. Se había propasado, y lo había matado.
-Todavía queda algo de tiempo… Pero los lobos caminantes ya están casi formados, sólo que hemos perdido a muchos especímenes ya.
-Bien… -gruñó Lenorio serio- Será mejor que se den prisa con los avances –y diciendo esto, se retiró.
Caminaba por los pasillos, y se percató de la habitación de Sombra, donde él estaba descansando. Prosiguió, y al final del pasillo, llegó hasta una de sus habitaciones, en la cual se internó. Allí, cubierto en oscuridad, extrajo su látigo que reposaba sobre unos muebles. Lo contempló, su contorno oscuro, y entre la oscuridad, destelló con unas luces escarlatas. Sonrió complacido. Su látigo había sido perfeccionado, y ahora parecía letal. Tenía afiladas puntas y bordes para desgarrar.
-Así está mejor –sonrió, sosteniendo su látigo, ansioso por desdoblarlo.
Nathan había despertado, hace apenas unos momentos. Se sentía débil, y adolorido, estaba apoyado contra un muro, dejando caer su cuerpo. A través de la húmeda ventana, apreciaba la mañana nublada. Había amanecido hace unos instantes. Reflejaba su debilidad en su mirada, y estaba algo falto de esperanza. Podía pasar varias horas, contemplando la ventana, tendido contra la muralla y sintiéndose sin fuerzas.
Unos ladridos lo alertaron. Eran inconfundibles, sin embargo, tardó en distinguirlos, como si su mente estuviera lejos, abstraída en otro lugar. Se levantó levemente. Aquellos ladridos, parecían los de un compañero. En un momento, contempló la cabeza de Trevor, el pequeño lobo de pelaje invernal aparecer tras el cristal de la ventana, y su grisáceo rabo se retiró, y desapareció. Nathan quiso seguirle el rastro. Se abalanzó contra la ventana empañada, sin fuerzas, y se quedó allí, pegado al cristal. A través del vidrio buscaba a Trevor con la mirada. Tanteó el cristal. Parecía hecho de un material transparente irrompible. Le dio unos pequeños golpes para comprobarlo, que no surtían efecto.
Volvió la mirada hacia la habitación entonces. Era de reducido espacio, simplemente de un tono blanco, y asfixiante. No parecía haber manera de salir.
Se tendió nuevamente contra el muro, desalentado, y sintió una alerta en su bolsillo. Era su celular, encendido. No captaba señal alguna, pero lo extrajo, y había recibido un mensaje, hace bastante rato. Quizás unas horas. Acercó la mirada a la pantalla, y se dispuso a leerlo.
“Nathan:
He estado preocupada. Creo que estamos perdidas, te he estado buscando junto a la chica extraña, Risella, y junto a Trevor. Pero se nos ha escapado, creo que ha captado tu aroma.
Recorreremos todo hasta encontrarte. Espero que estés bien… Me preocupas… ¡Sabes que te adoro!
Seguiremos buscando tu rastro. Pronto nos encontraremos.
Almendra
Añadido: Risella conmigo, dice que si estás en los laboratorios del “Sendero”, o que si estás retenido escapes de allí enseguida.”.
Almendra se había estremecido al concebir aquella carta. Tenía un gran sentimiento por Nathan, y ahora lo extrañaba. En sus cálidas pupilas marrones, dulces, se reflejaba la pasión, el tierno sentimiento. Se desviviría hasta encontrarlo.
Nathan sintió cómo se evocaba la imagen de Almendra ante sus ojos, y en su mente. Y casi sin percatarse, se le formó una sonrisa, sorprendido, por ser capaz de alegrarse, y hasta recuperar fuerzas, a pesar de lo débil y adolorido que se sentía. Recordaba que, Almendra se sonrojaba con facilidad. Y cuando ella se apoyaba contra su regazo, las tiernas orejas grises de coneja que poseía le hacían cosquillas.
Ella era un dulce recuerdo. También la necesitaba. Sin embargo, se alertó. Un repentino ruido tras él lo hizo voltear. Se volvió, y observó la ventana, hecha trizas y descubierta, oyó un ladrido reconocible, y observó un rabo grisáceo desaparecer.
Se precipitó hacia la ventana destrozada: Alguien le había descubierto un camino, le habrían librado una salida. Pensó inmediatamente, en Trevor, el lobillo con pelaje como invernal, pero no estaba seguro…
Trepó, con bastante cuidado ante los fragmentos de vidrios rotos que sobresalían, y estuvo al otro lado. Había caído la noche de pronto, pero estaba seguro de que no se había percatado. ¿Cuánto tiempo había estado dormido, o cuánto tiempo había estado en aquel lugar, la habitación abandonada de reducido espacio? Se sentía algo desorientado. ¿Qué sucedía con el clima? La luna lo recibió afuera, dorada. Se preguntaba por qué se había oscurecido. Le parecía, como si alguien estuviera controlando el tiempo…
Tiempo más tarde, llegó Lenorio a la habitación, con expresión de enfado, y sosteniendo su imponente látigo negro afilado, que se desplegaba por los suelos. Se sintió desconforme al observar la habitación vacía, y apretó los dientes. Sostuvo su látigo con fuerza, al momento en que murmuraba, y observando que Nathan ya había desaparecido tras la ventana rota:
-Lo voy a encontrar, iré tras él. Sentirá la furia del castigo de mi látigo… Nathan está llegando más lejos de donde debe llegar, no le será provechoso averiguar cosas que no debe saber… -expresó, sombríamente, con una mirada intensa, con las cejas firmemente marcadas.
Nathan ya había salido de su encierro, y ahora estaba en el exterior, en los terrenos de un lugar que reconoció al instante. Por la hierba y los verdes y altos pinos, junto a diversos árboles, supo que estaba en su hogar, en Colinas Oscuras, pero perdido.
Su celular se encendía a ratos, y atendía con algo de esperanza, pero aún no recibía señal. No tenía nuevas palabras de Almendra, o llamada alguna. Desanimado, comenzó a caminar por la hierba y la oscuridad. Lo rodeaba el abandonado edificio de reducido espacio donde había estado atrapado. ¿Cuánto tiempo había estado allí? se llegaba a preguntar, y ahora estaba del todo desorientado.
Sin embargo, un rato más tarde entre la hierba y los montes que se asomaban, entre las cubiertas de árboles, contempló la gran carretera. Aquella, extensa que conectaba con la ciudad, y por allí se encaminó.
Había recibido de pronto, un mensaje de Risella. Comenzaba a llegar señal. “Nathan, te estaremos esperando en la ciudad”, decía. Se sintió más seguro y se dispuso a dirigirse por la carretera.
Mucho más tarde, se sentía fatigado. La noche, había caído pesada en el exterior, y helada, con su luna llena contempladora. A Nathan también se le helaron las esperanzas. A medida que avanzó débilmente, contempló ante él, una fría lápida de piedra, a un lado de la carretera de noche, adornada en flores, se acercó con los ojos entrecerrados, curioso, a descifrar lo que decía:
-Alan… Vicente Heat –leyó. Era el nombre del antiguo novio de Risella, que había hecho volver a aparecer como fantasma. Esta era su tumba. Rodeando la lápida estaban las que probablemente eran las flores de Risella, y una foto de ella sonriente, con sus delineados ojos oscuros y sombríos. Alan no tardó en aparecer. Nathan se estremeció por el susto.
-¿Cómo saliste de tu tumba? –preguntó repentinamente ante el encuentro, y con asombro.
-Nos hemos encontrado antes… -respondió Alan, con una voz apagada, fantasmal, de muerto. Su figura se contemplaba desde el torso hacia arriba, flotando, como una acumulación de aire, y estaba azulado, como si se hubiera formado de un soplido de alguien. Había sido un muchacho joven, de cabellos que caían por su rostro. Ahora, su mirada era inexpresiva, indiferente. Nathan no entendía. Alan agregó:
-Nos vimos en aquella casa blanquecina antigua, cuando Risella me convocó… Estuve tras de ustedes todo el tiempo, pero no me sentías.
Nathan de pronto, se sintió realmente triste, y comenzó a decaer. Precipitado, con sus últimas fuerzas y algo de ilusión, preguntó:
-¡Necesito que me lo aclares! Dime… ¿mi madre está viva? -. Se sentía débil, sin esperanzas. Luego, calladamente agregó:
-Estoy tan solo…
Alan tenía una frialdad de muerte, una que le había venido luego de morir, aunque hasta incluso pareció llegarle una lástima. Estaba a punto de sentirse conmovido. Vaciló, y no sabía qué contestar. Nathan permaneció en silencio, decepcionado.
Entonces, estalló en lágrimas que había contenido todo aquel tiempo, días que habían pasado, y se abalanzó a las piernas inexistentes del fantasma, rogándole que le dijera la verdad. Nathan abrazó al aire, y entonces cayó. Se sintió inútil, y se levantó, pensativo. Se había secado las lágrimas. Ya no quería llorar.
-Te revelaré… lo que realmente sucede –determinó decidido Alan-. Nathan, tu madre ciertamente está viva, en algún lugar.
La mirada de Nathan se iluminó enseguida, y relució esperanza. Agradeció, y entonces el fantasma de Alan desapareció. Volvía a dormir en su tumba. Las momentáneas esperanzas que habían vuelto, le dieron fuerzas para recorrer la mayoría de la carretera, a lo largo de la noche. Sin embargo, luego, se llenó de desesperanza, y se desanimó nuevamente. Podía ser cierto que su madre estuviera viva, pero, ¿cuál era su paradero? ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba su madre, Isidora? ¿A quien en años nunca había visto?
La carretera terminó, y junto al amanecer, se asomaron las primeras luces de la ciudad. Ya al atardecer, ya estaba en ella. Caminaba por una calle y unas murallas bañadas en el naranja de la tarde, cuando un teléfono público allí, comenzó a sonar. Se acercó, lo descolgó con curiosidad, y escuchó.
-“Soy Azor, un empleado de la ciudad –anunció una firme voz, pero que parecía común y agradable al trato -. Desempeño diversos cargos, pero ahora, si alguien escucha este mensaje, le pido que venga a mi hogar. Debido a la emergencia, estaré esperando una llegada lo más pronto posible. He pintado mi hogar de rojo, para que pueda ser reconocido enseguida”.
Y la voz calló. Nathan quiso responder, pero parecía ser sólo un mensaje grabado. Volvió a colgar el teléfono, y se dispuso a descansar, y a recobrar sus energías. Se tendió contra la cálida muralla, y reposó. Después de que se sintiera repuesto, y luego de haber dormido un rato, podía ir y pensaba buscar aquel hogar. Pero ahora, necesitaba descansar.

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