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Hybrid Nature – Interludio “Lluvia de estrellas al abismo”

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Interludio – “Lluvia de estrellas al abismo”

Era una de aquellas tardes que escondían su esencia siniestra bajo su manto de la caída de la noche. Sentado en el silencio, tranquilo y respirando oscuridad, permanecía, al lado de la ventana observando hacia afuera el horizonte con una concentración imperturbable, con un pálido rostro, sus cabellos blancos y un frío de muerte que lo rodeaba. Observaba como, en la parte donde el cielo se tornaba oscuro, entre manchas escarlata caía una lluvia de melancólicas estrellas, que alcanzaban al podrido tinte de la tarde que se esfumaba, y se perdían entre los paisajes iluminados por los resplandores del cielo.
Podía contemplar la muerte de la tarde desde la edificación muy bien, y también eran visibles por los bordes de las ventanas las torres empinadas como picos de la brumosa fortificación sobre la cumbre más escabrosa que lo resguardaba.
Dio un profundo suspiro en las tinieblas. Sintió su cuerpo helarse. Se había quitado ya la camisa, aguardando con su delgada y desnuda contextura del torso hacia arriba, en el centro del círculo de velas, arrodillado sobre el símbolo bendito. Estaba todo preparado. La brisa que venía de la ventana le helaba la espalda. Ya tenía la cuchilla en mano, ¿qué más faltaba? La disposición también ya la tenía. Quizás, faltaba recordar los momentos tras los cuales se encontraba en estas instancias…
Tenía vanos recuerdos de tardes lluviosas en tierras oscuras y lejanas, climas tristes, apagados, paisajes desolados. Fue una vez, cuando contemplaba por una abertura en cuadro en el muro que hacía de ventana, y como siempre le gustaba matar su tiempo, porque le causaba una extraña satisfacción ver la tarde caer arrasada y abrir paso a los colores depresivos que tornaban oscurecido el cielo, que mientras su ser se sentía estremecido por aquella placentera sensación de muerte de la tarde, y sus ojos se clavaban en el horizonte profundo como abismos sin fin, vio dos siluetas vestidas de fina ropa negra cruzar el umbral de su solitario castillo, su hogar. Desde su cuarto con la torre, los vio avanzar por la lluvia salpicando charcos con sus pasos, y con complicidad, mientras a aquellas horas de la medianoche todo el pueblo yacía en penumbras y conciliando el sueño. Entre sus miradas prevenidas, sus padres seguramente no sospechaban que él era una de las únicas almas observándolos a través de su ventana aquella noche. Se sentía extrañado, ¿qué asuntos los hacía salir a aquellas horas sospechosamente?
Su madre levantaba su larga falda negra para no empaparla con los charcos. La lluvia caía suave. De pronto, apareció una tercera silueta, y se unió a ellos silenciosamente. Portaba un cuchillo guardado. Sobre la ventana, al ver aquello, y al sospechar que la vida de sus padres podía peligrar, se estremeció, y su corazón se agitó; pero nada más. Se sentía indiferente y extraño, como si estuviese muerto.
La silueta con el arma se reveló, había estado esperando a ambos. Pertenecía a otra de las familias prestigiosas y ricas del pueblo ubicado en aquellas tierras húmedas, tristes y desoladas, y había venido a cobrar venganza por un altercado entre ambas familias. Desde la ventana, algo sabía él sobre este asunto. Su padre, que ahora era amenazado con la daga al cuello junto a su madre, era sobre quien habían circulado unos rumores de romance y por lo tanto infidelidad, con la esposa de la otra familia. Éste era el altercado, y quien sostenía la cuchilla ahora era el hijo del padre a quien su esposa lo había traicionado. Luego de que su familia se viera destrozada, venía a vengarse ahora y arrebatar las vidas a cambio.
-¿Los rumores eran ciertos? –gimió con espanto su mujer.
-Querida… -murmuró él sin poder terminar. El hijo de la otra familia le presionaba el filo de la cuchilla contra la garganta y lo hacía sudar de miedo.

No esperó más. El chico desde su ventana continuó observando, pero cuando sus padres fueron asesinados, no supo realmente por qué no sintió nada, más que indiferencia. Sobre el charco, habían quedado los cadáveres de ambos padres suyos degollados, confundiendo la lluvia con la sangre. El hijo de la otra familia, el asesino, observó su daga manchada de rojo, impresionado: Era primera vez que mataba a seres humanos. Sin embargo, pronto se le pasó el desconcierto de no saber cómo reaccionar del momento. Guardó su daga, se cubrió la cabeza con su capucha para pasar desapercibido, y se alejó entre las tinieblas y la fría lluvia.
En la ventana, él acababa de ver cómo habían matado a sus padres. Desde aquel día, quedó huérfano, pero también desde aquel día se volvió frío como la muerte y cambió para siempre, viendo de forma indiferente la vida, y sin sentimientos, y continuó viviendo en su desolado castillo, en soledad y en la oscuridad, encerrado sin dormir por las noches, contemplando por la ventana, y sin dejar ver ni su espíritu en los días. Era frío, como si jamás hubiese tenido alma, y por ese entonces, en el pueblo le comenzaron a llamar Sombra, y se mantenían siempre alejados de su castillo.
-Desagradables y asquerosos humanos… -murmuraba con rencor en su ventana.
Cuando estuvo seguro de ya no tener sentimiento alguno, más que de frialdad, quiso buscar una forma de vida más oscura aún, y se unió al Sendero.

El tiempo pasó, vacío como parecía ser la vida misma, sin embargo, cada vez se fue adecuando más a la forma de vida en el Sendero, y su alma se fue llenando más de sensaciones placenteras. Supo que allí pertenecía, que no había otro lugar, y comenzó a sentirse realmente a gusto.

Pero comenzaba a sentir que todo el peso del Sendero caía sobre él, y así comenzaba a ser: Él era lo que habían estado buscando, sólo él tenía el potencial que ningún otro ser poseía y era clave en el Sendero. Sin embargo, había otro miembro que había estado luchando por años en convertirse en la mano derecha y miembro principal: Lenorio. Se había ido ganando su lugar con sus méritos, y hasta hace poco había tenido una de sus encomiendas más importantes: Matar a un científico que guardaba información clave sobre la composición de los híbridos y para los fines del Sendero. Una vez, había charlado con Sombra sobre este asunto.
-Es el esposo de una tal Nancy. Iré con mi motocicleta hasta su hogar, y tendré que matarlo –murmuró sintiéndose orgulloso por su tarea.
-¿Su esposa está enterada sobre esto? –había preguntado Sombra.
-No; se enterará cuando su esposo esté muerto. Pero seré rápido y discreto –respondió Lenorio. Luego, afuera llovía y era de noche. Sombra salió hacia la intemperie, y vio a Lenorio con sus castaños cabellos mecidos por el viento sobre una colina. Se ponía su casco, y subía a su motocicleta, y partía a cumplir su objetivo…

Sombra se enteró luego que Lenorio había cumplido con éxito su misión; había asesinado al científico y conseguido la información. Sin embargo, se habían formado unos altercados en el camino, había tenido unos encuentros inesperados, había caído de su vehículo y perdido algunos documentos, pero nada de lo importante…

Por mucho tiempo, entre los pasillos de las habitaciones de laboratorio del Sendero, Sombra había escuchado prolongados gritos desgarradores de dolor. Provenían de un indefenso joven huérfano también a quien los científicos del Sendero habían apresado y le practicaban experimentos con organismos de animales para terminar creando una bestia. El resultado cada vez era más horrorífico, hasta que cuando Sombra deambulaba solo una tarde, vio una de las primeras formas de la criatura que llegaría a llamarse Grotesco, por primera vez. Sintió algo parecido a la lástima, pero no porque le causara tristeza los inhumanos experimentos con el sensible joven, las torturas o su apresamiento, sino que se lo causaba la horrible deformación a tal punto que era Grotesco como ser; era una monstruosidad andante.

Tiempo después se enteró que le habían puesto unos pesados brazaletes encadenados a sus brazos, para mantenerlo a raya, y a Lenorio le habían entregado un látigo para encargarse de controlarlo en sus arrebatos de furia. Se podía decir, que el joven dentro de Grotesco había muerto con tantas torturas sufridas. Ahora, aquel ser era una alma mezcla de varias almas de bestias horripilantes.

Tiempo después se acercaba el tiempo de un ritual que él debía llevar a cabo. Desconocía del todo sus fines al principio, pero había sospechado que se acercaba el momento de develar el potencial que habían encontrado en él y por el cual siempre fue distinguido en el Sendero. En momentos, llegaba a sentir que estaba siendo el miembro más fundamental y consentido.
Pero quiso saber más detalles sobre el ritual que se acercaba. Una noche, la mayoría de sus dudas fueron aclaradas. Lenorio lo convocó afuera, y lo llevó a una colina que cumplía la función de observatorio nocturno del firmamento. A Lenorio le habían encomendado esta vez, explicarle los fines del asunto.
-Hasta aquí hemos llegado –dijo Lenorio, observando la grandeza del cielo. Sombra se detuvo a mirar los horizontes y contemplar los paisajes, todo estaba demasiado silencioso.
-Observa, cómo se abren los cielos -. Sombra observó. Las nubes grises como la niebla se retiraban, y entonces el cielo quedaba totalmente despejado y oscuro como el mar por las noches, como un vacío, o como un espejo luego de apagar las luces.
-Y allí está –señaló Lenorio. Sombra no quitaba la vista del cielo, y observó sorprendido: Comenzaba a dejarse ver una constelación que formaba un ángulo en el cielo, compuesta por unas cinco estrellas púrpuras y algunas doradas que destellaban, cada vez viéndose más intensas. La constelación se reflejaba en las negras pupilas de Sombra, boquiabierto. Lenorio sonreía satisfecho.

-Escucha, ésta es la Constelación de Agrión, tú la has convocado.
-¿A qué te refieres? –preguntó Sombra. Las estrellas relucían como brillos en el mar.
-Sólo tú eres capaz en este mundo, de hacerla visible a los ojos de todos, pero necesitamos que la traigas más cerca para los fines de nuestro Sendero de La Palma Oscura, y para que tengas ese poder, necesitas realizar el ritual.
En el Sendero manejaban aquella información que sólo cuatro miembros poseían ahora, Sombra, Lenorio y los dos fundamentales y las mentes tras el Sendero. Por la colina, Sombra vio cómo se acercaba una madura y curvilínea marcada figura femenina, que ella era una de las que poseía la información también.
-Así es, Sombra –murmuró Pilar, hija de la mente tras el Sendero, una científica como su padre. Llevaba su bata blanca puesta, pantalón café, botas, sus cabellos anaranjados caían por sus hombros y sobre su cabeza reposaban gruesos anteojos de laboratorio. Su expresión era con una pizca habitual de mujer malvada, pero complacida-. Como dice Lenorio, y tú eres la clave.
Lenorio había aceptado aquel destino. Sombra era fundamental en el Sendero, pero quizá él aún podía ser el brazo derecho. Y después de todo, sabía que no le gustaría pasar por el ritual por el que habría de pasar Sombra. Aún no le había explicado en qué consistía, pero tiempo después habría de hacerlo.
-Todavía te queda tiempo Sombra, pero ya vete concentrando en el ritual -. Y diciendo esto, se alejó de la colina y subió en su motocicleta. Sombra se quedó contemplando la constelación, y Pilar aguardó a su lado.
-Ven conmigo Sombra, hablaremos y vamos a tomar unas tazas de café –invitó entonces.
Tiempo más tarde, Pilar había convencido bastante a Sombra sobre lo que realmente él significaba, y lo especial en su interior.
-Realmente Sombra, te diré que en estos momentos, tú eres el alma del Sendero de La Palma Oscura, y todo depende de ti. Eres quien puede traer la Constelación de Agrión, y darnos el poder… Y, estoy enamorada de ti…
Pilar entonces rodeó su cuello entre sus brazos, y estuvo a milímetros de besarlo, y Sombra se sintió tímido.
-Dime si quieres que te bese ahora –le dijo.
-Hazlo –respondió Sombra, y le sirvió para liberar la tensión que le había provocado pensar en el ritual, se había estado sintiendo inseguro últimamente. Quizá, sus sentimientos humanos pretendían volver.
Tras el beso, no hubo más que hablar. Pilar, la hija del científico, ya había convencido bastante a Sombra de llevar a cabo el ritual, y él ya había decidido. Pero ahora, sólo era cuestión de tiempo ya.

Había llegado el tiempo del ritual. Sombra reposaba en su fortificación con el torso descubierto y helado, arrodillado sobre un círculo de velas encima del símbolo bendito del Sendero, una vez más, de vuelta en aquellas tristes y apagadas tierras donde nació, se crio y vio morir a sus padres, ahora maduro ya y con razones para continuar en su camino y que lo habían traído de vuelta.
Sostenía el cuchillo en mano. La hoja era tan delgada y afilada, que peligrosamente lucía capaz de atravesar todo con su filo, y causaba ansiedad. Pero Sombra ya tenía todo lo claro que se podía tener el ritual, y aun así, ya estaba allí, dispuesto con todo su ser a llevarlo a cabo. Finalmente, el momento había llegado.
-Pasaré el ritual, y traeré la Constelación de Agrión para el Sendero, no importa cuánto dolor llegue a pasar… ¡Todo sea por el Sendero!, que me ha refugiado entre sus sombras. Ahora, procede.
Entonces las velas se encendieron con intensidad, y apareció Lenorio tras él, que tomó el cuchillo de su mano, y el ritual comenzaba. Afuera por la ventana, una fina llovizna comenzaba a caer en la tarde púrpura. Sombra cerró sus ojos y ejerció presión en sus dientes, para comenzar a aguantar el dolor, cuando la fría punta de la cuchilla acarició su espalda.
-Vamos a comenzar entonces con esto –murmuró Lenorio y extendió su brazo, hundiendo el filo de la cuchilla entre un gemido de dolor.
La vista se le desviaba con la insoportable sensación de sufrimiento, pero que no le quedaba otra que sobrellevar. La cuchilla sostenida por Lenorio se hundía en su espalda, mojando su hoja en sangre de su carne abierta, y recorriéndole la piel formando la herida, iba trazando el símbolo del Sendero de La Palma Oscura sobre su lomo. Sombra no podía contener los gritos de agonía, pero permanecía ejerciendo presión con sus manos sobre el suelo, aferrándose para no detener el ritual en un inesperado intento por cesar el dolor. Los gritos hacían eco en la fortificación, hasta que comenzaron a desvanecerse lentamente, pero el brutal ardor de la herida reciente parecía eterno.
Sonó el metálico eco entonces de la hoja estrellarse contra el suelo. Lenorio había arrojado la cuchilla. El ritual había terminado. Tranquilamente, pero sin poder evitar sentir disgusto hacia la herida, fue apagando las velas. La brisa fría entraba por la ventana. Sombra se levantó, con las espaldas descubiertas y la carne abierta, con el símbolo bendito marcado a su espalda. Se posó frente a un largo espejo y se puso de costado. Contempló el símbolo en todo su esplendor, marcado sobre su sangrienta espalda, y suspiró, por todo el dolor que se debió tragar.
-Puedes retirarte –insinuó a Lenorio-, y gracias…
-Procura ahora traer la Constelación de Agrión a nosotros –respondió Lenorio y salió por la puerta. Sombra sintiendo el intenso ardor palpable aún, y que perduraría por dos noches más, caminó despacio y se sentó a un lado de la ventana, observando el apagado horizonte, una vez más, como siempre solía haber hecho.

Próximo: Capítulo 7 “Memorias”

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