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La bruja

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Un buen día, mi amiga Cecilia accedió a contarme su historia en estas o parecidas palabras:

“Hace varios años, cuando yo aún era una adolescente y vivía con mis padres en un pueblo de las montañas gallegas, vino a visitarnos mi prima Eva, a la que no habíamos visto desde que ella era una niña y yo poco más que un bebé. Eva, que estaba estudiando una ingeniería en una universidad norteamericana y, por tanto, pasaba la mayor parte del tiempo lejos de España, era la persona más atractiva y agradable que he conocido jamás. Podría hablarte hasta la extenuación de su belleza, de su inteligencia y de su amabilidad sin conseguir transmitirte más que una pálida idea de cómo era ella. Y también tenía su punto desconcertante, lo cual, según creo, la hacía todavía más seductora. A veces parecía una chica normal, simpática y extrovertida, pero en ciertas ocasiones (quizás no tanto en la realidad como en mi imaginación) parecía rodearla algo así como un halo de misterio, que la convertía, durante aquellos instantes fugaces, en un ser etéreo y sobrenatural, casi sagrado, como la Ligeia de Poe o las sibilas del mundo antiguo. Ni que decir tiene que yo procuraba estar cerca de ella todo el tiempo que podía y que para mí era un auténtico placer pasear a solas con mi prima por las familiares calles del pueblo. De verdad te digo que, salvo en alguna fantasía de la primera adolescencia, nunca he sentido impulsos lésbicos, y que ya entonces estaba muy enamorada de mi novio Carlos. Pero lo que sentía hacia Eva, si no era una pasión amorosa en el sentido romántico del término, estaba muy cerca de serlo.”

“Claro que no todo el mundo apreciaba a Eva tanto como yo. De hecho, don Marcial, el anciano cura de la parroquia, que era un tradicionalista fanático y supersticioso, siempre la miraba con mal disimulada repugnancia cuando se cruzaba casualmente con ella durante sus paseos vespertinos. Hay que decir que don Marcial miraba con malos ojos a todas las mujeres jóvenes y hermosas, especialmente si, como hacía la propia Eva, se mantenían apartadas de la iglesia y no mostraban el menor interés por el catolicismo. Creo que, en su patológica visión del mundo, belleza física equivalía a corrupción y ateísmo a brujería.”

“Las cosas se complicaron a partir de que Clara, una de mis compañeras del instituto, fuera asesinada a puñaladas una noche, cuando volvía a su casa tras una fiesta de cumpleaños que se había prolongado hasta la madrugada. A falta de indicios, las autoridades estaban desconcertadas ante aquel crimen, inusitado en aquella comarca tan apacible, y la tendencia general era culpar del mismo a algún vagabundo, que habría matado a Clara mientras intentaba robarla o forzarla. Pero don Marcial decía que aquel asesinato había sido, sin duda, un crimen ritual en honor del Diablo, y en sus sermones empezó a tronar contra los adoradores secretos de Satán, que se movían impunemente entre los cristianos disfrazados con la máscara de la inocencia.”

“Una mañana, pocos días después del crimen, Eva y yo estábamos paseando solas por la plaza de la iglesia cuando se nos acercó el cura y nos preguntó, con un tono de voz extrañamente amable, casi cordial, si no queríamos entrar en la iglesia, para que Eva, antes de marcharse del pueblo, pudiera admirar los bellos retablos góticos que había en su interior. Fuera por complacencia hacia aquel hombre de armas tomar, fuera por sincero interés artístico, Eva aceptó la oferta del sacerdote y, una vez que este nos hubo abierto las puertas del templo, mi prima y yo penetramos en su interior, siempre frío y tenebroso.”

“Cuando nos estábamos acercando al altar, unos cuantos feligreses, que estaban sentados en los bancos delanteros, aparentemente inmersos en sus devociones, se levantaron de repente y se arrojaron sobre nosotras como una manada de lobos hambrientos. Antes de que pudiéramos reaccionar, aquellos individuos ya nos habían atado y amordazado, y el cura, que había recobrado su ceño hosco de siempre, nos echó una mirada hostil y luego les dijo a nuestros agresores:

-¡Buen trabajo, Dios os lo pagará con usura! Ahora hace falta que uno de vosotros meta a la bruja en la furgoneta, procurando no llamar mucho la atención, y la lleve a la ermita del monte. Una vez que hayan acabado las misas de la mañana, iré allí para, con la ayuda del Espíritu Santo, exorcizar al mal espíritu que vive en su alma pecadora. Es una pena que en este mundo, corrupto y dominado por la masonería, ya no se estile la vieja y sana costumbre de quemar a las meretrices de Satanás, pues total… ¿a quién le importa una puta menos en el mundo? Pero lo importante es que esta de aquí ya no degollará más niñas inocentes para satisfacer con su sangre la sed impía del Diablo. En cuanto a Cecilia, deberá ir con ella. Puede que sea su cómplice y, en todo caso, ahora no podemos dejarla libre, pues nos delataría ante las leyes de los hombres, tan amigas de inmiscuirse imprudentemente en los designios de Dios.”

“Parecía claro que el viejo loco consideraba a Eva (nunca llegué a comprender por qué) la autora del asesinato de Clara y que le atribuía tratos con el Maligno. Incapaces de protestar o de pedir auxilio al estar amordazadas, mi pobre prima y yo sólo podíamos escuchar con horror y repugnancia aquellas absurdas acusaciones. Uno de los hombres que nos habían atado, un campesino de mala fama al que llamaban Lorán, se ofreció a meternos en la furgoneta, que estaba aparcada cerca de la iglesia, y a llevarnos a la ermita. El cura aceptó su ofrecimiento y le dijo:

-Antes de sacarlas de la iglesia, sería bueno tomar ciertas precauciones. En este terreno sagrado los poderes de la brujería carecen de eficacia, pero fuera la hechicera podría invocar en su auxilio a las fuerzas del Mal y frustrar nuestros planes. Creo que esto lo impedirá.”

“Dicho esto, el cura se despojó de un crucifijo de plata, una reliquia antigua y primorosamente labrada, seguramente de gran valor, y rodeó con él el cuello de la espantada Eva.”

“Después, Lorán nos sacó en brazos de la iglesia, primero a Eva y luego a mí, y nos introdujo en el sucio y maloliente interior de su destartalada furgoneta. Algunos ancianos del pueblo, que estaban tomando el sol en la plaza de la iglesia, fueron testigos de nuestro rapto, pero eran personas ignorantes, completamente dominadas por la autoridad de don Marcial, y no movieron ni un dedo para ayudarnos.”

“Durante el corto viaje que debía llevarnos a la ermita del monte, situada en un lugar salvaje y alejado de la granja más próxima, Eva y yo no pudimos hacer otra cosa que temblar y gemir aterrorizadas en el interior de la furgoneta, que ni siquiera ofrecía muchas garantías de seguridad en aquellas peligrosas carreteras de las montañas.”

“Luego, el vehículo se detuvo y Lorán, tras abandonar su puesto de conductor, abrió la puerta de la furgoneta y nos sacó de la misma en brazos, tal como nos había metido en ella, e incluso en el mismo orden. Pero, para nuestra sorpresa (si es que en aquella situación aún había algo que pudiera sorprendernos), no estábamos en el monte de la ermita, sino en un páramo cubierto de maleza, todavía más alejado de la civilización. Lorán nos dejó tumbadas en el suelo boca arriba, nos miró durante un rato de una forma cuanto menos inquietante, y luego sonrió con crueldad, mientras decía:

-No sé si seréis brujas, como dice el loco del cura, pero sí sé que estáis muy buenas y que siempre, durante toda mi puta vida, he deseado follarme unas yeguas como vosotras. Así que hoy, en vez de ir a misa, nos lo vamos a pasar muy bien aquí mismo. Creo que empezaré por ti (esto lo dijo dirigiéndose a Eva, la más guapa de las dos). Y, mientras tanto (añadió, mirándome a mí), tú observa bien cómo se hace, que luego te toca a ti.”

“Lorán se sentó junto a la indefensa Eva y, antes de iniciar la violación, le arrancó el crucifijo del cuello y se lo guardó, murmurando más para sí mismo que para nosotras:

-Voy a llevarme esto como pago por mis servicios. Sé quién me lo comprará por mucho dinero y sin preguntas. Cuando os encuentren, yo ya estaré lejos con la pasta.”

A continuación, Lorán sacó su navaja y empezó a rajar la minifalda de Eva, quien, en su estado, no podía oponerle una resistencia eficaz, mientras que yo tampoco podía hacer otra cosa que mirar, asustada e impotente, con los ojos empañados por las lágrimas y aterrorizada ante la perspectiva de ser la siguiente víctima de aquel degenerado. Pero entonces sucedió lo imprevisto. Un lobo enorme –una bestia gigantesca, tan grande como un mastín, y de pelo negro como las plumas de un cuervo- emergió a toda prisa de la maleza que nos rodeaba y se arrojó sobre Lorán, gruñendo de rabia y con las mandíbulas bañadas en espuma. Lorán, que no era un hombre muy fuerte y que se quedó paralizado por la sorpresa, fue incapaz de usar su navaja para defenderse, y la bestia lo degolló brutalmente con sus dientes de acero, mientras el pobre diablo profería sus últimos y espantosos gritos. Hecho esto, el lobo nos arrojó una mirada maligna con sus siniestras pupilas, tan rojas como sus fauces ensangrentadas, venteó el aire y luego se fue, tan rápidamente como había aparecido. Poco después, atraídos por los gritos del infeliz Lorán, llegaron dos cazadores, que llevaban todo el día persiguiendo al lobo, el cual la noche anterior había herido a un niño en una aldea de la comarca. Aquellos buenos hombres nos liberaron, nos consolaron (no hace falta decir que tanto Eva como yo teníamos los nervios hechos añicos por las últimas experiencias) y nos atendieron lo mejor que pudieron hasta que llegó la Guardia Civil.”

“Aquella misma tarde don Marcial y sus cómplices fueron arrestados por las autoridades. Gracias al apoyo y al cariño de mis padres (que no de mis vecinos), pude superar relativamente pronto las secuelas de aquella experiencia traumática. Eva, por su parte, adelantó su marcha del pueblo y volvió a los Estados Unidos. Desde entonces, sólo he vuelto a verla en una ocasión, durante el juicio por nuestro rapto (a raíz del cual todos los acusados fueron declarados enfermos mentales y condenados a varios años de reclusión psiquiátrica), y aún entonces cruzamos apenas un par de palabras. Hay que decir, aunque suene increíble, que muchos habitantes del pueblo, especialmente los familiares de Clara, estuvieron en todo momento (y seguramente seguirán estando) de parte de don Marcial. De hecho, la opinión generalizada en la comarca es que Eva era realmente una bruja, que ella había matado a Clara para ofrecerle su sangre al Diablo, y que aquel lobo que mató a Lorán no era otro que el Maligno disfrazado… Sí, el mismo Diablo, que había acudido en rescate de su adoratriz cuando “el pobre Lorán” le quitó a mi prima del cuello el crucifijo de plata, el cual hasta entonces habría anulado sus presuntos poderes mágicos y mantenido a raya al Demonio. No es de extrañar que desde entonces Eva no haya querido volver a poner sus pies en mi pueblo. Y yo misma, sintiéndome salpicada por aquellas sospechas (pues había compartido mucho tiempo con mi prima y, para algunos, me había convertido en su cómplice), no he vuelto a pasar por allí desde que me vine a estudiar a la ciudad con Carlos.”

Cecilia calló, sin duda apesadumbrada por aquellos duros recuerdos, y yo dije:

-Desde luego, debió de ser muy cruel para ti haber vivido semejante situación siendo poco más que una niña, una verdadera desgracia…

Ella me interrumpió diciendo:

-¿Desgracia? ¡Si para mí fue una suerte que me pasara aquello! Desde que en el pueblo todos consideran a Eva una bruja, nadie se ha acordado de preguntarme dónde estaba yo cuando mataron a Clara, ni por qué la había mirado con tanto odio aquella misma noche, durante la fiesta de cumpleaños, mientras la muy zorra tonteaba con Carlos. Aunque total, ¿a quién le importa una puta menos en el mundo?

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