Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

La confesión de un exprofesor

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Mi nombre es Adam Henry Adorno y durante los últimos años de mi vida he impartido clases de Lengua y Literatura Inglesas en un prestigioso colegio privado de Baltimore, cuyo nombre prefiero omitir por deferencia hacia mis excompañeros, pues en las presentes circunstancias no les convendría que la opinión pública estableciera la menor relación entre ellos y quien escribe estas líneas.

Desde que aprendí a leer siempre me han fascinado los relatos macabros, por la mágica capacidad de los autores para colocarnos ante las más angustiosas pesadillas del subconsciente y, lo que aún es más meritorio, hacer que el enfrentamiento nos resulte, en cierto modo, entrañable. Por todo ello, me parece insufrible que alguien diga que los cuentos de terror son aburridos, pues para mí tal afirmación no sólo demuestra el mal gusto literario de quien la emite, sino también una falta de empatía hacia las angustias de los personajes, lo cual no puede ser otra cosa que éticamente reprobable. Porque en realidad, y aunque algunos no quieran reconocerlo, los personajes de esas historias siempre somos nosotros mismos… sí, nosotros, con nuestros miedos ancestrales y esas tinieblas del alma que constituyen el único patrimonio imperecedero de la Humanidad.
Durante largos años dedicados a la docencia había soportado estoicamente las estupideces de innumerables necios de todas las edades, desde niños mimados incapaces de leer cinco palabras seguidas sin bostezar hasta pedantes compañeros de profesión, pero hace apenas unos meses que el vaso se colmó definitivamente.

Había mandado hacer a mis alumnos un examen de lectura sobre “Los crímenes de la Rue Morgue”, del divino Poe, y cierta muchachita, que se llamaba Amanda Pendergast y pasaba por buena estudiante, escribió en el ejercicio dedicado al enjuiciamiento personal de la obra que esta había sido “el relato más anticuado, pesado y aburrido que había leído en toda su vida”. Tras leer semejante blasfemia, le suspendí la prueba, pese a que en general había respondido con acierto a las preguntas. Y naturalmente la muchacha, que estaba obsesionada con conservar su expediente inmaculado para ser admitida en una universidad de prestigio al terminar el bachillerato, fue a pedirme explicaciones. Yo intenté hacerle comprender que su pésimo gusto literario era incompatible con una buena nota en mi asignatura, pero ella no atendió a mis razones, la discusión se agrió y me temo que en ciertos momentos no pude evitar ponerme a su nivel en lo que a grosería se refiere. Harto de sus impertinencias, la eché de mi despacho, pero entonces sucedió lo inevitable: la madre de la niña presentó una queja formal ante la dirección del centro por mi “trato vejatorio” hacia su hija y poco después el director me comunicó que estaba despedido. La verdad es que no le guardo rencor: se trataba de mi cabeza o la suya, pues aquella mujer estaba bien relacionada y hubiera podido demandar a todo el centro si no me hubieran expulsado.

Yo me sentía sumamente resentido, pero la idea de vengarme no surgió hasta que descubrí que madre e hija vivían solas en una vivienda unifamiliar de las afueras. El padre había muerto hacía varios años y, aunque durante el día tenían una sirvienta mexicana para ocuparse de las tareas domésticas, esta no dormía en la casa. Con todo, no fue su vulnerabilidad lo que me hizo concebir mi proyecto de venganza, sino el hecho de que su situación fuera similar a la de las víctimas del cuento de Poe. En ese relato, como es sabido, una madre y su hija, que vivían solas en una casa de la Rue Morgue de París, son brutalmente asesinadas por un orangután que penetra en su hogar a través de la ventana. Y, pese a que tenía pocos motivos para estar alegre, no pude contener una sonrisa (ni tampoco, debo confesarlo, una erección) al preguntarme si a Amanda también le parecería “aburrido” verse envuelta, junto con su progenitora, en una situación semejante a la del cuento.

Resulta que yo tenía algún dinero ahorrado, una casa en el bosque donde podía adiestrar discretamente a un animal de gran tamaño y un amigo que podía ponerme en contacto con un traficante de especies exóticas. Lo cierto es que hice una pequeña trampa, pues el orangután de Borneo, además de ser un animal difícil de conseguir por su rareza, no es un simio tan fuerte ni agresivo como lo presenta Poe. Por tanto, opté por adquirir un mandril africano, animal poderoso, agresivo y de temibles colmillos, capaz de matar a un leopardo. Lo cierto es que lamento en el alma todas las privaciones y crueldades a las que sometí al pobre animal para convertirlo en una verdadera máquina de matar, pero, de todas formas, al final él fue el mejor parado de toda esta historia. Una tarde, después de que se marchara la criada, y mientras Amanda y su madre estaban de compras en el centro urbano, introduje al mono en su casa. El animal estaba fuertemente narcotizado, pero ya había despertado cuando ellas llegaron y, si bien no me atreví a presenciar lo que pasó después con mis propios ojos, debo decir que los gritos que se oyeron en la calla hasta que Amanda y su madre se callaron para siempre tenían muy poco que ver con bostezos de aburrimiento. La policía, alertada por los vecinos, llegó demasiado tarde para salvarlas y, aunque capturaron al mono con un dardo anestésico, a nadie se le ocurrió relacionarlo conmigo. En todo caso, sólo hubieran podido acusarme de tenencia ilícita de animales y de negligencia en su vigilancia, pero no de asesinato. Lo cierto es que el éxito se me subió a la cabeza y, a falta de otra ocupación más motivadora a la que dedicar mis días de ocio forzoso, decidí aplicarles la misma medicina a otras personas que conocía.

El siguiente acto de justicia (me resisto a llamarlo crimen) fue igual de exitoso y bastante parecido, aunque tuvo lugar en un descampado y el autor del castigo fue un perro rabioso (mi modelo fue “El sabueso de los Baskerville”, de Conan Doyle, tantas veces denigrado por la víctima).

Mi tercer y último acto, el único en el que me manché las manos de sangre, tuvo por víctima a otra exalumna mía, una niñata que había calificado de “porquería” a esa pequeña obra de arte que es “El corazón delator” de Poe. La asalté en un callejón oscuro, la anestesié, me la llevé a un edificio abandonado y, una vez allí, la descuarticé concienzudamente, para luego ocultar lo que quedaba de ella, incluyendo su corazón (que, por cierto, no oí latir) bajo las tablas de madera que cubrían el suelo. Al principio pensé que todo había salido bien una vez más, pero desgraciadamente la videocámara de un cajero automático había captado mi imagen siguiendo a la niña antes de suministrarle el cloroformo, de modo que rápidamente me convertí en el principal sospechoso de su desaparición (no de su asesinato, pues el cadáver aún no ha sido hallado). Sólo un golpe de suerte me permitió esquivar por los pelos el acoso policial y refugiarme, usando un nombre falso, en el motel donde ahora mismo estoy escribiendo estas líneas. Sé que no podría esquivar durante mucho tiempo la persecución a la cual me hallo sometido, pero tampoco pienso intentarlo. Y no es que me haya resignado a ir a la cárcel como un vulgar delincuente: en breves, una vez terminada esta confesión, me meteré en el cuarto de baño y me cortaré las venas con el estilete que guardo en el bolsillo. No es que me seduzca especialmente la idea de morir desangrado, pero es una buena forma de huir de las miserias de este mundo… y además un bello ejemplo de justicia poética, porque lo cierto es que “Drácula”, de Bram Stoker, siempre me ha parecido un auténtico coñazo.

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