Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

La estirpe de los lobos III.

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IV. COSAS MÁS EXTRAÑAS AÚN

El país de que te hablo es una región lúgubre…
E. A. Poe

India, 1890: La pequeña barcaza de vapor avanzaba lentamente por las aguas azafranadas y aparentemente inmóviles del Ganges, dejando a su paso dos estelas, una de espuma en el agua y otra de humo negro en el aire. Sobre la cubierta se veía media docena de hombres, que pertenecían a distintas razas y nacionalidades, pero que compartían un aspecto inquietante de piratas o contrabandistas. Además, iban armados hasta los dientes, con rifles, revólveres, cuchillos de monte y machetes o yataganes. También estaba la moderna y reluciente ametralladora, que se hallaba situada en la proa de la embarcación y cuyo cañón múltiple sobresalía de la misma como el espolón de una galera antigua, proyectando su sombra inmóvil sobre las opacas aguas del río. La época de las tormentas había terminado pocos días antes y el terreno se hallaba parcialmente inundado por las crecidas del Ganges y de los demás ríos que fluían por la zona. De hecho, algunas porciones de la selva permanecían totalmente rodeadas por el agua, convertidas temporalmente en islotes. Desde la barcaza se veían de cerca los islotes, aglomeraciones de árboles cuyas raíces se hundían en el fango de la orilla, cuando no en las mismas aguas circundantes, y más a lo lejos se divisaba la sombría selva bengalí, separada del río por un casi impenetrable bosque de mangles.
Aquella selva, fecunda y siniestra como una diosa antigua, era un lugar insano y peligroso, donde imperaban la malaria y los animales peligrosos: el rayado tigre bengalí y el enorme cocodrilo poroso, la elástica pantera y el búfalo de poderosos cuernos, la cobra real de mordedura ponzoñosa y la serpiente pitón, cuyo abrazo mataba. Sin embargo, aquella jungla siniestra era el objetivo de los seis hombres que navegaban por las aguas del río sagrado. Sin duda, aquellos hombres podían ser unos seres violentos y sin escrúpulos, pero también eran unos valientes. El que parecía ser el jefe, un anglosajón alto y grueso, cuya faz rojiza y de rasgos desagradables denunciaba una excesiva afición a los licores fuertes, se dirigió, hablando en inglés, al timonel, un malayo esquelético:
-¿Reconoces el sitio?
El oriental respondió, hablando también en inglés, aunque con marcado acento:
-Sí, pronto habrá que desembarcar. Es esa isla grande de ahí (el malayo apuntó con su dedo al mayor de los islotes que se veían desde la barcaza).
-De acuerdo (el patrón alzó la voz, para dirigirse a los demás miembros de la tripulación)… Muchachos, tengan las armas bien dispuestas y prepárense. Dentro de poco seremos ricos o estaremos muertos. Ello dependerá de cómo nos portemos, así que ustedes mismos.
Media hora después, los expedicionarios desembarcaban en la fangosa orilla del islote, cuyo perímetro sería, aproximadamente, de media legua y que, al parecer, se hallaba completamente cubierto de árboles y maleza. Abriéndose paso con sus machetes, los seis hombres se dirigieron hacia el centro de la isla, haciendo caso omiso del calor sofocante, de los insectos y de las sanguijuelas, como si fueran cosas a las cuales se hallasen plenamente habituados. Lo que les extrañó y acaso les causó cierta inquietud fue el silencio imperante: al parecer, ni los monos ni las aves habían llegado a colonizar aquel islote, pues no se les oía. A unas cuatrocientas yardas de la orilla, en un pequeño espacio desarbolado, encontraron las ruinas de un templete. El malayo murmuró algo en su lengua, que sus compañeros desconocían, y luego dijo en inglés:
-Este es el lugar. Aquí es donde los paganos adoraban a Durga o Kali antes de ser exterminados por los ingleses. Aquí fue donde hace tres años perdí a mis camaradas y aquí es donde deberían permanecer sus cadáveres insepultos… pero ya no están.
Los demás no formularon ningún comentario, limitándose a amartillar sus armas, como si un peligro inminente los amenazara.
En el lóbrego interior del pequeño santuario se veía, sobre un tosco altarcillo de piedra, una estatuilla dorada, muy sucia y cubierta de telarañas, pero no por ello menos valiosa. La tal estatuilla representaba a una mujer de rostro horrible, cuerpo esbelto y cuatro brazos, que danzaba sobre un cadáver decapitado. Era una representación de la diosa Durga o Kali, la Diosa Negra de la fecundidad y de la muerte, la manifestación destructiva de la Gran Diosa Parvati, esposa de Siva, Señor del Universo. Aquella divinidad había sido adorada durante siglos en las selvas bengalíes, sobre todo por parte de unos sectarios fanáticos, los thug. Pero hacía años que los thug habían sido diezmados por las autoridades británicas como castigo por practicar sacrificios humanos, mientras que la mayoría de sus santuarios habían sido abandonados y devorados por la selva. Sin duda, aquella estatuilla valía mucho, tanto por su excelente factura artística como por las numerosas piedras preciosas engarzadas en ella. Tres años antes, cuatro piratas malayos la habían encontrado gracias al relato de un viejo thug convertido al Islam y habían intentado robarla. Ahora sólo uno de ellos seguía vivo.
El malayo superviviente, con un revólver en la mano izquierda, se adentró en el santuario, cogió la estatuilla con la mano derecha (aunque no era ningún cobarde, no pudo disimular un temblor cuando sus dedos huesudos y trémulos entraron en contacto con la anormalmente fría superficie de su botín) y se la pasó al jefe de la banda, quien la guardó en una especie de zurrón. Una vez que hubo guardado su presa, el jefe ordenó volver a la barcaza, pues ya nada los retenía en la isla. Aún no había cerrado la boca cuando surgieron de la maleza que rodeaba el templete tres impresionantes panteras negras. Las fieras se acercaban lentamente a los hombres, sin mostrar el más mínimo temor ante sus armas, rugiendo y mostrando sus temibles colmillos, cuya blancura resaltaba especialmente en contraste con la negrura de sus pieles. En principio, parecían panteras normales, como tantas otras que pululaban por las junglas bengalíes, salvo por un rasgo particular: sus ojos eran rojos, y no verdes o amarillos, como es normal en estos felinos. Y tampoco era normal que aquellos felinos, normalmente solitarios y recelosos, atacaran a la gente abiertamente y en grupo. Los hombres se dispusieron a apuntarles con sus armas, pero el malayo les dijo:
-Bajen sus armas, nosotros hace tres años también nos fiamos de ellas y así nos fue. En este lugar maldito las protege la magia de la diosa Kali. Pero yo tengo aquí algo que nos será mucho más útil que las pistolas.
Los demás no lo oyeron, o no le hicieron caso, y dispararon a matar contra los felinos. Fue completamente inútil: las balas caían al suelo antes de alcanzar los cuerpos de las fieras, como si una muralla invisible las detuviera. Por otra parte, las panteras continuaron su avance, ahora silencioso pero igualmente amenazador, completamente ajenas al ruido y al humo que seguramente hubieran espantado a cualquier otro animal. Uno de los hombres, después de haber vaciado completamente el cargador de su revólver, extrajo de su cinturón un cuchillo “kriss” de hoja serpenteante y lo arrojó con todas sus fuerzas contra la cabeza del felino más cercano. Al igual que las balas, el cuchillo rebotó contra algo antes de alcanzar su objetivo y cayó al suelo, clavándose en el mismo, a apenas media yarda de las zarpas de la indiferente pantera. En cambio, ninguna muralla, visible ni invisible, detenía el lento pero inexorable avance de las bestias. Se diría que estas no se apresuraban porque no merecía la pena: sabían que sus presas no tenían escapatoria posible. Huelga decir que las presas en cuestión se hallaban tan aterrorizadas como estupefactas. Si el encontrarse con semejantes predadores ya era de por sí bastante malo, el hecho de que además hubiera fuerzas mágicas jugando en su contra había dejado a los intrusos completamente anonadados. Sólo el malayo (que parecía el hombre con más autoridad del grupo, después del inglés) mantenía la calma.
El oriental guardó su revólver (que no había usado) en su cartuchera y extrajo de una pequeña bolsa de cuero atada a su cintura un amuleto de azabache, quizás una de esas “manos de Fátima” que usan los musulmanes para protegerse de la magia negra. Alzó su amuleto agarrándolo con las dos manos, como si fuera un sacerdote católico levantando la Sagrada Forma en la Eucaristía, y las tres fieras se quedaron repentinamente paralizadas al verlo. Entonces, se produjo un súbito e intenso resplandor de origen desconocido que cegó a los seis hombres durante varios segundos, pero el malayo no bajó los brazos en ningún momento. El resplandor se desvaneció tan súbita y misteriosamente como había aparecido y los seis hombres vieron, con una mezcla de sorpresa y alivio, que las tres amenazantes fieras habían desaparecido completamente, como si se hubieran desvanecido en el aire. El malayo suspiró y dijo, mientras devolvía el objeto de azabache a su bolsa:
-Ahora debemos irnos cuanto antes. El amuleto nos ha protegido una vez, pero no volverá a hacerlo. No se puede tentar a Alá pidiéndole que haga dos milagros el mismo día.
Sin embargo, tres de sus acompañantes (dos portugueses y un holandés) hicieron caso omiso de sus palabras, así como de las órdenes del inglés, que también pretendía iniciar el regreso a la barcaza lo antes posible. Fue Gustav, el holandés, quien tomó la palabra:
-Yo no me voy de aquí sin haber registrado este templo a fondo. Seguro que guarda más objetos de valor y, dado que ya estamos aquí, sería de tontos no aprovecharnos. Vosotros podéis hacer lo que os plazca, pero Joao, Filipe y yo no somos tan cobardes.
Dicho esto, Gustav y los lusitanos, más ambiciosos que asustados, encendieron unas antorchas y se internaron en el templo.
En cambio, el inglés, el malayo y el sexto hombre (un muchacho español, con diferencia el miembro más joven de la expedición), más asustados (o quizás simplemente más inteligentes) que ambiciosos, decidieron reemprender el camino hacia la orilla, donde prepararían la barcaza mientras aguardaban a sus compañeros. Pero sus compañeros nunca llegarían a la orilla. Una vez que el malayo y los demás desaparecieron entre los árboles en dirección hacia el río, los tres violadores del santuario de Kali fueron atacados por un auténtico ejército de enormes murciélagos surgidos de las tenebrosas profundidades del templo (curiosamente, cuando el malayo había penetrado en este no había visto ningún murciélago ni parecía que allí hubiera sitio para tantos). El jefe inglés y sus dos acompañantes oyeron los gritos de miedo y dolor proferidos por los rezagados, pero el malayo dijo, en un tono que no admitía réplica, que ya no se podía hacer nada por ellos y que debían abandonar cuanto antes la isla, para no ser alcanzados también ellos por la ira de Kali. El inglés y el español siguieron su consejo y no solo no dieron la vuelta para socorrer a los portugueses y al holandés, sino que, imitando el ejemplo del oriental, apresuraron sus pasos. Cuando llegaron a la orilla, ya no se oía nada. Joao Aguieira, Filipe Batista y Gustav Van Dyck habían sido destrozados por los dientes de los murciélagos, que ahora se afanaban en absorber con repulsiva avidez la sangre que manaba de sus heridas.
Robert James, Ahmed Kabir y Ricardo de la Vega saltaron a la barcaza y se afanaron en ponerla en marcha. Algunos minutos más tarde, la pequeña embarcación había abandonado aquel islote maldito, teatro de tantas muertes, rumbo a las aguas del Golfo de Bengala. Robert James depositó el zurrón donde había guardado la estatuilla sobre la cubierta y le preguntó a Ahmed, quien, pese a ser teóricamente musulmán, parecía conocer todos los misterios relacionados con la diosa Kali:
-¿Ya estamos a salvo?
-En absoluto, toda esta región se halla bajo la égida de Kali. Hasta que lleguemos al mar, podemos considerarnos vulnerables, así que no debemos bajar la guardia.
-Pero, ¿qué puede pasarnos mientras nos hallemos en la barcaza? Está bien que seamos precavidos, aquí y en todas partes, y también que apuremos la marcha, pero…
Nunca se supo qué pensaba objetar el patrón inglés. En aquel instante, la embarcación se estremeció súbitamente, como si hubiera colisionado con algo grande y duro que se hallase bajo la superficie. Robert James perdió el equilibrio y cayó al agua. Aunque era un buen nadador, no volvió a salir a la superficie. Se perdió para siempre, como si algún enorme y voraz habitante de las profundidades lo hubiera devorado limpiamente. Es sabido que en las aguas del Ganges hay tiburones, procedentes del mar, y que estos pueden ser peligrosos. Sin embargo, daba la sensación de que el inglés había sido engullido por un ser todavía más temible y misterioso que los mismos tiburones. Quizás por la misma cosa que había golpeado la barca. Por suerte, la quilla había resistido el impacto y no había vías de agua.
El malayo y el español, consternados, permanecieron un buen rato inmóviles, mirando cómo expiraban las ondas producidas en la superficie del río por la caída del desaparecido patrón. Pero ambos eran hombres valientes, y decidieron que lucharían por sus vidas y por la riqueza, que tanto les había costado obtener, hasta su último aliento, aunque para ello tuvieran que enfrentarse a todos los dioses del panteón hindú (que, por cierto, son unos cuantos millones). Claro que siendo solo dos no podían gobernar la barcaza tan bien como cuando eran seis. Decidieron que, en principio, el malayo, más habilidoso, seguiría siendo el timonel, mientras que Ricardo, más fuerte, se ocuparía de alimentar las calderas. Luego, cuando este se cansara, intercambiarían sus puestos durante algún tiempo, pero ninguno de los dos podría descansar totalmente antes de haber alcanzado el mar.
No tendrían tiempo de cansarse. Menos de una hora después de la muerte del patrón, el cielo se ensombreció rápidamente, pese a que todavía faltaba bastante para el anochecer, y se desató una fuerte tormenta. Los dos hombres se vieron incapaces de gobernar la barcaza en medio de aquellas aguas embravecidas por la ira del viento y, como zozobrar en medio del río significaría una muerte segura para ambos, no tuvieron más remedio que desembarcar en el islote más próximo. Cuando llegaron a la orilla del mismo, extenuados y temerosos de que allí les aguardasen nuevos peligros, Ahmed bajó a tierra de un salto. Su intención era usar una gruesa soga de cáñamo, particularmente resistente, para atar la embarcación al tronco de un árbol y dificultar así que la corriente la arrastrase hacia el río, pues la otra cuerda, más fina, que sujetaba el ancla, se había roto. Pero Ahmed no tuvo tiempo de llegar al árbol que había seleccionado. Apenas había dado dos o tres pasos sobre la fangosa orilla del islote, cuando surgió del río un impresionante cocodrilo poroso, que, con un movimiento increíblemente veloz en un reptil tan pesado, agarró la pierna derecha del malayo con sus poderosos dientes y se lo llevó al agua. El rugido del viento ahogó los gritos del malayo mientras la bestia lo sumergía en su fétida tumba de agua corrompida, sin que Ricardo, anulado por el miedo, tuviera tiempo ni ánimo para disparar su rifle contra el reptil. Si lo hubiera hecho, Ahmed habría muerto igual, aunque más lentamente, por desangramiento o por infección de sus heridas, así que el joven español nunca se reprochó su pasividad cuando hubo recobrado la presencia de ánimo. Además, no daba un grano de arroz por su propia vida. No había podido evitar que el viento y la corriente devolvieran la barcaza al río y ahora se hallaba solo y casi desesperado, tendido sobre la cubierta de aquel frágil barquito de madera, que él solo no podía manejar, y a la deriva en medio de una tormenta sobrenaturalmente iracunda. Pensó en arrojar el zurrón de la estatua al río, por si así lograba contener la furia de Kali, pero luego decidió que, si no podía devolverla a su templo, lo cual era del todo imposible en aquellas circunstancias, nada de lo que hiciera con ella serviría de nada. Además, por algún oscuro motivo que ni él mismo comprendía, y a pesar de que su situación cada vez parecía más precaria, aún no había perdido totalmente la esperanza de sobrevivir, en cuyo caso deshacerse de la estatuilla serviría solo para que sus sufrimientos y las muertes de sus camaradas hubieran sido inútiles. Entonces, por primera vez en varios años, empezó a rezar.
La Virgen del Carmen fue el principal objeto de las devociones católicas de Ricardo, quien había nacido en un pueblo de la costa andaluza y pertenecía a una vieja familia de marineros. Y, al parecer, escuchó sus plegarias, pues, al día siguiente, el muchacho fue recogido por un pequeño barco de guerra británico en el delta del Ganges, donde las aguas del río se confunden con las del mar. Ricardo se hallaba exhausto, mareado y casi inconsciente cuando lo encontraron, pero no tardó en restablecerse. Ni él mismo podría decir cómo pudo sobrevivir a aquella noche tormentosa en una barcaza a la deriva, pero lo cierto es que estaba vivo, que se encontraba, aunque no fuera decir mucho, todo lo sano que se podía estar tras una experiencia semejante y que conservaba en su poder la valiosa estatuilla que tantas muertes había causado. Su intención inicial era venderla, pero, por algún motivo irracional, decidió conservarla para sí como recuerdo de aquella aventura y se limitó a arrancarle con un cuchillo las piedras preciosas que la adornaban. Estas sí las vendió en el mercado negro de Calcuta, donde no le faltaban contactos entre ciertos comerciantes que no hacían preguntas superfluas, y obtuvo por ellas una buena cantidad de dinero. No teniendo necesidad de compartir ese dinero con nadie, decidió abandonar simultáneamente la India y la vida aventurera, para establecerse en Europa como un respetable hombre de negocios. Así pues, se alejó de Asia, pero no para volver a su pueblo natal de Cádiz, donde ciertos extravíos juveniles le habían granjeado bastantes enemigos entre sus antiguos vecinos, e incluso entre los pocos parientes vivos que le quedaban. Decidió establecerse en algún lugar de la costa española, francesa o inglesa, donde compraría una buena casa, se dedicaría al comercio e intentaría formar una familia. Daría un giro radical a su vida, pero conservaría siempre consigo la estatuilla como recuerdo de sus aventuras, aunque no le contaría a nadie, ni siquiera a sus propios hijos, si los tenía, en qué condiciones se había hecho con ella.
Los proyectos de Ricardo se cumplieron en su totalidad. Se estableció como comerciante primero en La Coruña y luego en un pueblo orensano llamado Pazos, de donde era oriunda su esposa, una muchacha de buena familia, que le dio un hijo varón y dos hijas. Hasta su muerte, acaecida poco después de la Guerra Civil, llevó una vida cómoda y discreta, ajena a toda clase de aventuras y negocios oscuros. De hecho, llegó a ser uno de los hombres más respetados de la localidad, no tanto por su riqueza como por su generosidad, su honestidad y su devoción religiosa. Sin embargo, oculta en un cofre de madera, guardado a su vez en el lugar más oscuro y recóndito del desván de la casa familiar, conservó siempre la estatuilla de la diosa Kali. Con todo, pasado algún tiempo dejó prácticamente de pensar en ella, como si todo lo sucedido en la India no hubiera sido nada más que un mal sueño con un final relativamente feliz. Y, tal como había decidido previamente, ni su esposa ni sus hijos llegaron a conocer la historia de la estatuilla, aunque él se la enseñó a todos ellos, pidiéndoles que la conservaran en la casa como un recuerdo de otros tiempos.
Actualmente, los descendientes de Ricardo de la Vega (quien galleguizó su apellido, convirtiéndolo en Veiga, para despistar a posibles perseguidores) siguen viviendo en Pazos, y constituyen la familia más rica y respetable de la comarca. Su casa, un bonito chalet situado en las afueras de la localidad y rodeado por un precioso jardín, es la envidia del vecindario. El actual propietario de la casa familiar (y de la estatuilla de Kali, que sigue en su baúl con el honor de ser la principal reliquia de la familia), es el doctor Jorge Veiga, bisnieto de don Ricardo. Su esposa, Ana, también estudió Medicina, pero lleva años sin ejercer y se dedica exclusivamente a las tareas del hogar. Tienen una hija, Sandra, compañera de Ángela en el instituto, donde estudia 2º de ESO.
Sandra es una chica muy guapa, de rasgos casi más andaluces que gallegos: pelo negro, ojos grandes y oscuros, piel bronceada… Es alta para su edad y, aunque está muy delgada, no es ninguna debilucha: buena deportista, practica varios deportes, incluyendo el fútbol sala y el wu-shu. También es buena persona, pero tiene un carácter algo fuerte, que estalla especialmente ante las injusticias. Su valor en ocasiones roza la temeridad. No puede soportar que los fuertes abusen de los débiles, y más de una vez se ha enfrentado a los matones del instituto para defender a un amigo acosado por estos.
Miki, un gato siamés, completa la nómina de habitantes de la casa.

V. LO EXTRAÑO YA ES UNA COSTUMBRE PARA ALGUN@S

El auténtico pecador muy posiblemente puede dar a un espectador imparcial la impresión de ser un personaje totalmente inofensivo.
Arthur Machen

Contra todo pronóstico, Ruy, el nuevo profesor de Lengua de 4º de ESO, que parecía un tipo cualquier cosa menos espiritual o soñador, no tardó en hacer excelentes migas con el cura don Manuel, hasta el punto de desplazar al bueno de Matías como principal contertulio del clérigo en las visitas a la cafetería durante la media hora de recreo. Y, curiosamente, Ángela Vázquez, una alumna que siempre había pasado por tímida y excesivamente respetuosa con los profesores, ahora se acercaba a ellos y metía baza cuando le daba la gana, siempre agradable y educada, pero sin cortarse un pelo a la hora de expresar sus propias ideas, como si estuviese entre compañeros y no entre profes. De hecho, a Ruy, tal vez por ser tan joven, se dirigía con suma confianza, tuteándolo abiertamente, cosa que hasta entonces sólo había hecho con el propio Manuel, quien no les consentía a sus alumnos que lo tratasen de usted.
Al contrario de lo que pasaba con el escéptico Matías, Manuel no necesitaba recurrir a su oratoria para defender la legitimidad de la fe católica frente a sus nuevos contertulios, pues tanto Ruy como Ángela eran cristianos convencidos. Más bien sucedía lo contrario, se le antojaban excesivamente crédulos, capaces de tomarse en serio toda clase de ideas fantásticas y más o menos supersticiosas. Un buen día, por ejemplo, Ruy se puso a defender, aparentemente con toda la seriedad del mundo, las teorías del profesor W. Gregg , un conocido etnólogo británico misteriosamente desaparecido, quien había defendido en sus obras cosas tan peregrinas como la posible existencia real de seres mitológicos, entre ellos los faunos o los licántropos. Manuel oyó, estupefacto, palabras como las siguientes:
-Pues deberías saber que la existencia de los faunos no es sólo una leyenda pagana. Muchos de los primeros santos y sabios del cristianismo también creían en su existencia, y hablaban de mujeres humanas que habían mantenido relaciones con ellos. Es conocida la leyenda de un asceta cristiano (no recuerdo ahora si San Pablo el Ermitaño o San Antonio Abad) que recibió la visita de un fauno o sátiro, el cual deseaba oír de sus labios el mensaje de Cristo. Y tanto San Agustín como Santo Tomás, aunque no afirman explícitamente la existencia de esos seres, tampoco la niegan. Creo que uno de los dos dijo al respecto: “lo que a muchos parece cierto no puede despreciarse como falso”. Y eso a mí me parece la quintaesencia del racionalismo, mucho más que el “negativismo” a ultranza de los racionalistas modernos.
-Vale, Ruy, pero no se trata de si es razonable creer o no en tal o cual cosa. Si consideras que los faunos son (o eran) seres de carne y hueso, su existencia no compete a la filosofía ni a la teología, sino a las ciencias naturales. Y, que yo sepa, ningún paleontólogo ni antropólogo ha desenterrado nunca el cráneo de un hombre cornúpeta.
-Tal vez no hayan buscado en los sitios adecuados. Y, además, ¿por qué habría de ser el cráneo de un fauno distinto de una calavera humana normal? Imagínate que sus cuernos no fueran de naturaleza ósea, sino cartilaginosos, como los de los rinocerontes. En ese caso, se descompondrían tras la muerte, al igual que la carne o la piel, del mismo modo que en el cráneo de los rinocerontes muertos tampoco queda ni rastro de sus cuernos.
-Bueno, Ruy, está visto que cuando se quiere creer en algo nunca faltan razones para apoyarse. En fin, un fauno sólo sería, según tú, una especie de hombre salvaje, muy peludo y con un par de pequeños cuernos en la frente. Eso aún es relativamente verosímil, al menos tan verosímil como pueda ser la existencia del yeti, pero lo de los licántropos –hombres y mujeres que se convierten completamente en bestias- no hay por dónde cogerlo.
(Ángela, que, como ya sabemos, tenía la risa floja, estuvo a punto de echarse a reír cuando escuchó a su admirado don Manuel decir esto con toda la convicción del mundo. Para contener la carcajada, se metió un donuts entero en la boca y estuvo a punto de ahogarse. Pero nadie se fijaba en ella. Ruy, completamente serio, volvió a la carga.)
-Pues me extraña que lo curas digáis eso. En la Francia del siglo XVII no pocos campesinos franceses fueron condenados a la hoguera acusados de practicar la brujería y la licantropía. Incluso algún erudito de la época llegó a poner en tela de juicio ¡la existencia de lobos que no fueran licántropos! Entonces eso era casi un dogma de fe, una creencia lo suficientemente enraizada como para justificar la quema de personas vivas, y ahora resulta que no hay por dónde cogerla. ¡Pues vaya!
-Pero es que, gracias a Dios, ya no estamos en el siglo XVII. Y ya entonces no todo el clero tenía las mismas ideas al respecto. Lo de la caza de brujas estaba a la orden del día en Francia, pero aquí, en España, la mismísima Inquisición –sí, ¡la Inquisición!- se tomaba medio a chirigota el tema de la brujería, considerándola cosa de analfabetos, alucinados y perturbados mentales. Eso demuestra que no todos los tópicos son ciertos, y que, al menos en una cosa, la España supersticiosa y oscurantista del Barroco le metió un gol por la escuadra a la Francia racionalista y cartesiana del Gran Siglo.
-Conforme, pero no te desvíes del tema. Para hablar de otro aspecto del mismo, que también afecta a la iglesia católica francesa, pero no a la del siglo XVII, sino a la de hace apenas cien años, ¿qué opinas del testimonio póstumo del abate bretón Louis Tapier , quien en su época fue considerado todo un ejemplo de sacerdote íntegro, sobre la existencia de mujeres-pantera?
-Pues opino lo mismo que casi todo el mundo. Creo que aquel buen cura –que sería bueno, sin duda, lo digo sin ironía- se aburría mucho en la soledad de los bosques canadienses adonde había sido destinado y, a falta de otra cosa mejor, se puso a escribir un relato de ficción. Y luego, cuando falleció tras volver a Francia y sus albaceas encontraron el cuento mientras revisaban sus papeles, se lo tomaron (o fingieron que se lo tomaban) como un testimonio real.
Entonces, Ángela, quien, tras no pocos esfuerzos había conseguido engullir el donuts, decidió intervenir en la conversación, no sin cierto desparpajo:
-Perdón, gente, pero es que yo soy una profana en esta materia. ¿En qué se diferencian esas mujeres-pantera de los licántropos normales?
Ruy contestó:
-Hay bastantes diferencias. Los licántropos sólo podemo… (tose) perdón, sólo podrían transformarse en lobos, tal como su nombre indica. Y se trataría de una cualidad genética, hereditaria. Eso de que si te muerde un hombre-lobo acabas contagiado es mentira: una invención supersticiosa de campesinos ignorantes, que seguramente confundían la hidrofobia con la licantropía o el vampirismo. Si te muerde un hombre-lobo o un vampiro de verdad, no te contagias de nada, lo más seguro es que simplemente la palmes.
Ángela escuchaba atentamente, mientras Manuel comentaba por lo bajo:
-¡Caray, Ruy! Cualquiera diría que te has pasado la vida entera estudiando esos temas.
Respecto a los demás oyentes (el camarero Carlos, Matías y tres compañeras de Ángela, las únicas que podían considerarse amigas suyas: Bea, Paula y Antía), estaban más cerca de pensar que Ruy se había pasado la vida entera ingresado en un hospital psiquiátrico, del cual había salido por un error administrativo. Carlos y Matías decidieron pasar del tema y enfrascarse en un acalorado debate sobre los rumores concernientes a los fichajes del Madrid para la próxima temporada. Bea, Paula y Antía siguieron atendiendo a Ruy, que psicológicamente estaría como una cabra, pero que físicamente estaba como un tren. Ajeno a la indiferencia de sus compañeros y a las fantasías libidinosas de sus alumnas, Ruy seguía hablando, con un tono doctoral que a buen seguro le habría envidiado el pobre Mr. Gregg:
-Las mujeres-pantera no tienen, en realidad, nada que ver con los licántropos. Estos sufren los efectos de una maldición que se transmite con los genes. Las mujeres-pantera son, por su nacimiento, estrictamente humanas y carecen de todo poder sobrenatural hasta que se inician en el culto a Kali, una diosa (o demonio femenino) de la mitología hindú. Ellas se comprometen a servir a Kali, custodiando sus templos y sus imágenes sagradas, o realizando ciertos ritos crueles y lúbricos en honor a su divinidad. A cambio, Kali les otorga sus poderes, semejantes ciertamente a los de los licántropos, pero más variados. Son, incluso en su forma humana, increíblemente fuertes, ágiles y veloces. No sólo pueden transformarse en lobos y perros de presa, sino también en panteras negras y en murciélagos gigantes. Pueden controlar las mentes de los hombres y de los animales mediante sus poderes hipnóticos, conocen los pensamientos más ocultos de la gente y sus heridas cicatrizan inmediatamente después de producirse, salvo que sean mortales de necesidad.
Ángela pareció palidecer al escuchar las palabras de Ruy, pero era difícil decirlo a ciencia cierta, por la sencilla razón de que Ángela, en realidad, siempre tenía la piel muy pálida. En cambio, sí se pudo percibir claramente cierto temblor en su voz cuando dijo:
-Entonces… un simple licántropo nunca podría vencer en combate a una mujer-pantera.
Ruy le lanzó una mirada cariñosa, como si la viera seriamente asustada y pretendiera tranquilizarla. Y respondió:
-Un simple licántropo no… pero dos darían cuenta de cualquiera de esas tías sin despeinarse, puedes estar segura de ello. Las mujeres-pantera son muy individualistas y siempre actúan solas, al igual que las panteras de verdad. Eso, por un lado, hace más difícil localizarlas, pero también es su punto débil.
Manuel, ya algo harto de tanto desbarre mental, murmuró, tras un suspiro de cansancio:
-Vale, pues entonces ya sabes, Ángela. Si un día te ataca una de esas señoras, coge las Páginas Amarillas, llama a un par de licántropos y todo solucionado. Si es que Ruy tiene soluciones para todo.
Entonces, sonó el timbre, señalando el fin del recreo, así como el de la conversación.

Aquella misma tarde, jueves, cayó por sorpresa un tremendo aguacero sobre Pazos. Sandra Veiga había abandonado unos minutos antes del inicio del chaparrón el gimnasio donde recibía clases de wu-shu y tuvo que refugiarse bajo la fachada de un edificio para no quedarse empapada. La cosa pintaba mal, pues no llevaba paraguas, su casa estaba lejos y, al parecer, la lluvia tenía cuerda para rato. Ya se había resignado a permanecer allí hasta que su padre saliera del Hospital y pudiera ir a buscarla en el Mercedes, previo SMS a su móvil, cuando Sandra oyó que le pitaban desde un coche que se había parado en medio de la calle, a pocos metros de donde estaba ella. Y vio que la conductora del vehículo le estaba haciendo una señal con la mano, invitándola a ocupar el asiento de copiloto. Sandra aceptó la invitación y pocos segundos después se hallaba sentada al lado de Clara, su profesora de Matemáticas, que se ofreció amablemente a llevarla a su casa.
-Gracias, Clara, pero eso sólo si te coge de camino. No quiero que te molestes ni que tardes en llegar a tu casa por mi culpa.
-Si no es molestia, Sandra. Prepárate que arranco.

Aunque la profesora interina Clara Mendoza sólo llevaba unos pocos meses en el instituto, ya era uno de los miembros más populares del claustro. Su notable belleza, su buen carácter y su elegancia hacían que todos se fijasen en ella. Sus compañeros y alumnos la deseaban secretamente (no pocos niños de 1º y 2º de ESO habían descubierto los misterios de la virilidad la primera noche que soñaron con ella), las demás profesoras la envidiaban y casi todas sus alumnas, incluida Sandra, la admiraban, llegando al extremo de imitar su peinado y su atuendo. Este, por cierto, era, dentro del buen gusto, un tanto monótono: en contraste absoluto con su nombre y con sus dorados cabellos, Clara siempre vestía de negro. Además de su profesora de Matemáticas, era la tutora de Sandra y, desde que había llegado al centro, sucedía algo curioso en su hora de atención a padres: normalmente, eran las madres las que pedían cita para hablar con los tutores, pero, en el caso de Clara, eran los padres quienes más interesados parecían en charlar con ella.
Aunque simpática, agradable y casi siempre con su agraciado rostro adornado por una cálida sonrisa, Clara no hablaba mucho de sí misma. Procedía de Santiago, según ella misma, y nadie en el pueblo la conocía íntimamente. Vivía sola en un apartamento alquilado y, aunque de piel blanca y pelo rubio, su acento era claramente hispanoamericano. Preguntada al respecto, dijo que se había criado en Costa Rica, aunque ya llevaba unos cuantos años viviendo en España. Si su interlocutor insistía en el tema, Clara se ponía a hablar de Costa Rica, diciendo muchas cosas sobre la naturaleza y las costumbres del pequeño país centroamericano, pero diciendo, en cambio, muy pocas sobre su pasado y sus circunstancias familiares. Y, finalmente, si el susodicho interlocutor le preguntaba directamente por estas últimas, entonces Clara recordaba que tenía que hacer algo urgentemente y, sin dejar de sonreír, ahuecaba el ala, prometiendo retomar el tema cuando tuviera más tiempo. Y debía de ser una persona muy ocupada, pues nunca se decidía a cumplir su promesa.
Las circunstancias de su llegada al instituto tampoco habían sido del todo normales. Un buen día de septiembre, poco antes del inicio del curso, Jacobo Muñoz, el titular de la plaza que ocupaba Clara como interina, se había internado, como solía hacer con cierta frecuencia, en una arboleda de las afueras, para hacer footing por la pista peatonal que la atravesaba. Una vez allí, un perro negro de gran tamaño, que nunca hasta entonces había sido visto en el lugar, se abalanzó sobre él, al parecer sin que mediara ninguna provocación previa, produciéndole graves heridas con sus afilados dientes. De no haber aparecido afortunadamente otro paseante, un hombre valiente que espantó al agresivo animal con un palo grueso y que llamó a Urgencias con su móvil, quizás el pobre Jacobo hubiera sido despedazado. De todas formas, las heridas eran muy serias y tuvo que ser ingresado en la UCI. Ahora ya estaba fuera de peligro y se estaba reponiendo lentamente, pero no se le esperaba en el centro hasta el curso siguiente, pues a las secuelas físicas del ataque había que añadir un serio trauma psicológico, tan grave que Jacobo no podía alejarse de su casa sin sufrir ataques de ansiedad. En cuanto al perro, la policía local y la Benemérita rastrearon la zona en su búsqueda, pero no pudieron dar con él. Nadie lo conocía y nadie volvió a verlo, sin duda se había ido a otra parte. Cuando, meses después, varios animales domésticos fueron atacados en sus granjas, se pensó, en un principio, que el perro negro había vuelto a las andadas. Pero no era así: los testigos aseguraron que el atacante no había sido un perro, sino un verdadero lobo, y los expertos de la Xunta, en contra de su costumbre, no tuvieron más remedio que darles la razón, facilitándoles así el cobro de las indemnizaciones pertinentes.
Realmente, la plaza del pobre Jacobo parecía maldita. Antes de Clara, había otros dos interinos (un hombre y una mujer), con más puntos que ella, que optaban a ocuparla. Uno de ellos sufrió una grave y un tanto extraña enfermedad, después de que se le infectara la mordedura que le produjo un murciélago en el cuello cuando volvía a su casa tras una juerga nocturna. La otra simplemente desapareció de la circulación, sin que ni sus allegados ni las autoridades pudieran descubrir nada seguro respecto a su paradero, pese a realizar numerosas y concienzudas indagaciones. Por suerte, la maldición parecía haberse acabado con la aparición de Clara, quien se estableció felizmente en el pueblo y consiguió, con su belleza y su simpatía, hacer que todos olvidaran los infaustos sucesos acaecidos antes de su llegada.

Seguía lloviendo a mares cuando Clara estacionó su coche al lado mismo de la casa de Sandra. Junto a la valla de madera que rodeaba el jardín se hallaba la madre de esta, Ana, esperando con un paraguas. Preocupada por su hija, la había llamado al móvil cuando esta ya se encontraba en el coche de su tutora y ella la había informado de su feliz encuentro con Clara. Una vez que Sandra hubo bajado de su vehículo, Clara hizo ademán de arrancar, pero Ana la invitó amablemente a tomar un café en su casa y la invitación fue aceptada (Ana conocía a Clara desde que a principios de curso se había celebrado una reunión de los tutores de la ESO con los padres de sus alumnos, y ya entonces la joven profesora le había caído francamente bien).
Una vez que las tres se hallaron dentro del chalet de los Veiga, a salvo de las inclemencias meteorológicas, Ana, olvidándose durante un buen rato del ofrecido café, no desaprovechó la oportunidad para mostrarle a su invitada los entresijos de la vivienda, que había sido decorada por ella misma y de la cual se mostraba sumamente orgullosa.
Clara, por su parte, no dejó de halagar el buen gusto de su anfitriona, con palabras como las siguientes:
-Desde luego, Ana, tienes la casa hecha una maravilla. Esto, ¿puedo tutearte, verdad?
-¿Que si puedes? Faltaría más, mujer. No es que puedas, es que debes, que tampoco soy tan vieja. Me gustaría que me vieses como a una amiga, no como a la madre de una alumna.
-Encantada, Ana, pero ya sabes. Yo me crié en Hispanoamérica y allí el usted aún se usa mucho. Todavía me cuesta un poco saber cuándo debo usarlo y cuándo no.
-Pues aquí estás en tu casa y entre amigas, así que olvídate de él. Ahora, ¿qué tal si subimos al desván? Está un poco sucio, lo siento, pero es que allí guardamos algunas cosas de la familia de mi marido que me gustaría enseñarte. Creo que una de ellas, por lo menos, te sorprenderá. ¡Ah, Sandra! Ahí está Miki, será mejor que se lo presentes a Clara.
Pero el gato de la familia, que se hallaba sentado en uno de los peldaños superiores de la escalera que llevaba al desván, prefirió presentarse por sí mismo y, por cierto, de una forma bastante menos cortés de lo que hubieran deseado los restantes habitantes de la casa. El siamés, que normalmente era un gato tranquilo y cariñoso, se levantó y erizó los pelos al ver a Clara, emitiendo un silbido amenazante. Y, para sorpresa y consternación de todos los presentes, saltó sobre la invitada, que tuvo que cubrirse rápidamente el rostro con sus brazos para evitar que las garras del iracundo felino lo lacerasen. De todos modos, no pudo evitar que las susodichas garras trazasen sobre la piel desnuda de su antebrazo izquierdo, muy cerca de la muñeca, varias líneas rojas perfectamente paralelas. Una vez cometida la tropelía, Miki se fue corriendo y desapareció en algún rincón de la casa. Una vez repuesta del susto, Clara recuperó su sonrisa, como si nada hubiera pasado, pero Ana, al borde del ataque de nervios, no sabía qué hacer ni qué decir:
-Dios, Clara, cariño, lo siento mucho, pero… nunca se había portado así, será la edad o yo qué sé qué le pasa. Lo siento de veras, Clara, yo…
-Pero Ana, mujer, si no ha sido nada. Los gatos son como las personas, sienten simpatías y antipatías sin motivo, por puro capricho, y a mí con este me ha tocado la peor parte. Pero no tiene importancia, de verdad.
-¿Que no la tiene? A ver si se te van a infectar los arañazos. ¿Quieres que les eche alcohol, agua oxigenada o…?
-No, no hace falta, sólo dime dónde está el baño para echarme un poco de agua.
-¡Ah, claro, qué tonta estoy! Esa es la puerta del baño.
Clara fue a lavarse y reapareció poco después. Curiosamente, los arañazos, que sangraban visiblemente cuando ella entró en el baño, ahora casi no se notaban, como si hubieran cicatrizado en un instante. Ana los examinó y se llevó la segunda sorpresa de la tarde, más agradable, sin duda, que la rabieta de Miki, pero igualmente incomprensible.
-Dios mío, si ya no sangras, y apenas se notan las marcas. Pero esto es una pasada, como diría mi hija. ¿De qué estáis hechos en Costa Rica, si puede saberse?
Clara dibujó su mejor sonrisa en su rostro y dijo, muy seria y con un tono confidencial:
-Ah, es que yo tengo un factor curativo especial, como el Lobezno de los X-Men, ¿saben ustedes? Soy una mutante y tengo poderes.
A continuación, regaló a sus estupefactas anfitrionas la más pícara y seductora de sus sonrisas, como si pretendiese con esa broma (que en un principio no lo parecía) desterrar definitivamente toda la tensión de los últimos momentos.
Ana y Sandra, aunque no las tenían todas consigo, pronto sonrieron también, más por imitarla que por otra cosa, y el incidente del gato se dio por finalizado.
A continuación, subieron al desván, donde Ana abrió con una gruesa llave de hierro el viejo baúl de los Veiga y extrajo de su interior la estatuilla de Kali.
Clara no pudo disimular su emoción cuando vio y tocó, con su mano trémula, la misteriosa reliquia hindú:
-Guau, esto sí que es una pasada. Es la mismísima Kali, esposa del dios Siva y Gran Madre de todas las cosas, diosa de la fecundidad y de la muerte.
Sandra, que llevaba un buen rato callada, dijo:
-¡Caray, Clara, tú eres como don Manuel, el cura, controlas de todo! Das clases de matemáticas y encima eres una experta en mitología hindú.
Clara le dirigió a su pupila una mirada muy dulce y le acarició el cabello, mientras decía con una ternura que parecía auténtica:
-Si yo no sé casi nada de mitología, guapetona. Lo que pasa es que, cuando era niña, en Costa Rica, allí no había ni Tuenti ni juegos de video ni todas esas cosas que tienen ustedes aquí para divertirse, y entonces me entretenía leyendo versiones en cómic de las novelas de aventuras clásicas. Y en muchas de esas historietas los malos eran precisamente los thugs, los adoradores de Kali, que le ofrecían sacrificios humanos. A lo mejor tu mamá se acuerda de esas historias, las “Famosas Novelas” de Bruguera y demás.
Ana recordaba perfectamente aquellos libros, que había leído con fruición cuando era pequeña, y le brillaron los ojos cuando dijo:
-Pues claro, ¿cómo olvidar a Verne, a Salgari y a todos esos señores? Phileas Fogg rescatando a su futura novia en la selva, Sandokán ayudando a su amigo Tremal-Naik a rescatar a su hijita, raptada por los thugs… Claro, ahora los niños ya no se acuerdan para nada de eso, ni siquiera los pocos que, como mi hija, aún son aficionados a la lectura. Su memoria literaria termina en Crepúsculo y similares. En fin, qué le vamos a hacer.
-Así es la vida, Ana. Bueno, creo que no me he confundido de diosa, ¿verdad?
-Pues no, hija, has acertado plenamente. Una estatuilla de la diosa Kali, de bronce bañado en oro. Según los expertos, es arte bengalí de antes de que los ingleses dominasen la India, y se supone que vale una fortuna. La trajo del Oriente un bisabuelo de mi marido, un señor que, al parecer, llevó una vida bastante aventurera. Los Veiga son desde que él se estableció en Pazos la familia más respetable de la comarca, aunque para mí que él mismo no debió de ser trigo limpio, sino pirata, contrabandista o algo así (esto que quede entre nosotras, porque si mis cuñadas se enteran me fusilan). Bueno, pues este es el principal tesoro de mi casa. Y que quede claro, no se lo enseñamos a cualquiera, sólo a quienes se merecen este honor, como tú. Bueno, y hablando de honores, creo que hace unos cuantos siglos te ofrecí un café y todavía no he empezado a prepararlo, así que…
Cuando, poco después, Clara abandonó la casa, Ana la despidió efusivamente y le dijo que podía volver a visitarlas siempre que lo desease. Sin duda, la buena señora, al igual que tantas otras personas de ambos sexos, se había quedado prendada de la simpatía y belleza de la
joven profesora costarricense. Tal vez demasiado prendada: Ana llevaba muchos años reprimiéndose para ocultar el más íntimo de sus secretos. Aunque quería mucho a su marido, en el fondo siempre le habían gustado las mujeres, sobre todo las rubias guapas como Clara.

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