Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

La estirpe de los lobos V.

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Un par de minutos más tarde, Ruy, transformado en un enorme lobo de color pardo y apoyado por una loba de menor tamaño y pelaje más oscuro, inició su combate contra Clara y Omar, que, a su vez, habían adoptado las formas de una pantera negra y un lobo gris, respectivamente. Ruy se centró en Clara y la loba en Omar. Estos últimos se hallaban casi igualados en fuerza y coraje, por lo cual su combate se presentaba incierto. En cambio, Clara no tenía la menor duda de que volvería a machacar a Ruy, como en aquella otra ocasión.
Sin embargo, Ruy parecía haber aprendido algo desde entonces. Esta vez sus esfuerzos no parecían centrarse tanto en atacar a Clara como en esquivar sus ataques. Y no le iba mal del todo. Ciertamente, aún no había herido a la pantera ni una sola vez, pero esta, tras varios minutos de combate, apenas había logrado causarle arañazos intrascendentes. Eso no era lo que ella esperaba, pero Clara era inteligente y no se dejó dominar por la ira. Era ella la que tenía que dominar la situación y conservar la cabeza fría.
“Este imbécil quiere que me canse antes de iniciar su propio ataque, pero le va a salir el tiro por la culata, porque se va a cansar él antes que yo. ¿Y si me finjo agotada en un momento dado para que se confíe? Entonces será su fin: se lanzará sobre mí, pero yo lo degollaré de un solo zarpazo y luego ayudaré a Omar. Esto es pan comido.”
Ruy, por su parte, también parecía saber perfectamente lo que hacía:
“Debo reservar mis fuerzas, por ahora lo único importante es que no me alcance. Y tampoco debo confiarme, ella es lista y puede tenderme una trampa. No nos precipitemos.”
En cuanto a Omar y la loba, se intercambiaban mordiscos sin mucha convicción y luego se retiraban para tomar aliento durante un instante, antes de retomar la lucha con creciente, pero todavía no definitiva, intensidad.
Pasaron unos cinco minutos de incierto y más bien incruento combate. Omar parecía estar empezando a imponerse sobre la loba, que comenzaba a mostrar síntomas de cansancio y ya presentaba algunas heridas sangrantes en varias zonas de su cuerpo. En cambio, el empate entre la pantera y Ruy parecía casi absoluto. Ninguno de los dos había podido hacerle daño a su contendiente y ambos parecían igual de animosos, pletóricos de fuerza y valor.
Entonces, tuvo lugar lo inesperado. Una segunda loba emergió velozmente de los arbustos y se lanzó sobre Omar, al que cogió desprevenido. Este aulló de dolor y rabia cuando los dientes de la nueva guerrera se clavaron cerca de su garganta, y la otra loba, que ya parecía vencida, aprovechó la coyuntura para lanzar un nuevo ataque. Clara, que no había previsto en absoluto que hubiera otro licántropo hembra al servicio de Ruy, se quedó sorprendida y su enemigo aprovechó aquel instante de estupefacción para lanzar, por fin, un ataque merecedor de ese nombre. Mordió cruelmente a la pantera, que rugió de rabia, y se retiró velozmente, antes de que las garras del furioso felino pudieran tomar venganza del golpe lacerando sus carnes.
Mientras tanto, Omar había sufrido un doble ataque devastador y, como él carecía de los poderes curativos de Clara, sus heridas no dejaban de sangrar. Ante la perspectiva de sufrir un nuevo ataque que hubiera supuesto su fin, el licántropo mexicano no vio otra solución que huir a toda prisa hacia el bosque, dejando a su paso una estela de sangre sobre la hierba. Las lobas, satisfechas del castigo que el fugitivo había recibido antes de emprender la huida, lo dejaron marchar y se arrojaron sobre Clara para ayudar a Ruy. Pero la pantera no esperó por ellas. Sabía perfectamente que ella sola no tenía nada que hacer ante tres licántropos juntos, así que decidió sumarse a la fuga de Omar. Como en velocidad sí era claramente superior a los licántropos, se apartó de ellos con un salto inverosímil y se perdió en las sombras del bosque, tal como había hecho antes su compañero. Sin duda estaba furiosa, pero era lista y su instinto de conservación era más fuerte que su cólera. En todo caso, algún día podría vengarse.
Los tres lobos triunfantes, de los cuales sólo la primera hembra tenía heridas más o menos serias, aullaron durante un rato para celebrar su triunfo. Luego, Ruy y la segunda loba lamieron las heridas de su compañera, que se cerraron casi al instante.

-diario de Ángela Vázquez, continuación del extracto anterior-
Fuera porque la suerte nos acompañó o por otro motivo, el plan de Ruy fue un completo éxito. Y eso puedo decirlo sobre todo yo, que apenas entré el combate y salí prácticamente ilesa de una lucha que al principio se presentaba como un desafío a la muerte.
La clave era hacerles creer a Clara y a Omar que la loba que los estaba esperando fuera de la casa para luchar con ellos era el mismo licántropo hembra que había salvado a Ruy aquella tarde de lluvia (o sea: yo). Y picaron el anzuelo. En realidad, la loba no era ningún licántropo, sino una loba normal de las que viven en el fondo del bosque. Pasaba por allí cerca y Ruy, quien debe de ser más amable con los bichos que con sus alumnas, la invitó cortésmente a unirse a nuestra pequeña cruzada. No sé cómo la convenció, pero lo cierto es que la loba aceptó ayudarnos, y luego Clara y Omar se tragaron el anzuelo. Ellos, sin duda, son listos, pero se sintieron tan sobrados que no se molestaron en reflexionar e hicieron el tonto. De haber sabido que era un animal ordinario, Clara la hubiera anulado fácilmente con sus poderes hipnóticos, incluso hubiera podido volverla contra Ruy, pero ella ignoraba la verdad. Pensó que era un licántropo y ya no intentó siquiera usar sus poderes mentales, que a nosotros no nos afectan en absoluto. Las guerreras de Kali podrán vencernos en un combate cuerpo a cuerpo, pero nunca controlar nuestras almas ni leer nuestras mentes.
Mientras tenía lugar la lucha (que, en parte, no era sino una maniobra de distracción) yo, en mi forma humana, entré en la casa por una puerta trasera, una vez que todos los demás se hubieron ido, salvo naturalmente Sandra, que seguía inconsciente. Yo la cogí y me la llevé al bosque. La dejé dormida en un lugar que me pareció relativamente seguro y le metí en la mochila la estatuilla de Kali, que también había cogido mientras estuve dentro de la casa. Hecho esto, me desnudé y me transformé. Entonces, y sólo entonces, me metí en el combate, para sorpresa de nuestros enemigos, que no contaban con un nuevo contendiente. Nuestro ataque conjunto fue lo suficientemente rápido y demoledor como para no dejarles reaccionar ni reflexionar, de modo que optaron por la huida como mejor solución. No sé si algún día volverán a la carga, pero esta vez hemos vuelto a vencerlos. Y, por cierto, hemos salido mejor parados que la otra vez. Sólo la pobre loba sufrió algunas heridas, pero se las cerramos con nuestra saliva y pudo irse tan campante a su madriguera, con la satisfacción de haber hecho bien su parte (no estoy segura, pero creo que algunos animales tienen cierto sentido del orgullo).

-diario de Sandra Veiga-
¡Qué día tan raro! Me metí en el bosque, fui a las cercanías de la casa abandonada y luego la verdad no sé qué me pasó. Me desperté en la espesura, a la sombra de un árbol y con todas las articulaciones doloridas. En mi memoria había una especie de laguna en la que se mezclaban la fantasía y la realidad. A veces creía recordar un encuentro real con el tal Omar, otras veces ese recuerdo se desvanecía o era borroso y difuso, como la memoria de un sueño. En realidad, aquel encuentro tenía que haber sido un sueño, pues en él le había entregado la estatuilla, pero, cuando me desperté, esta estaba en la mochila, tan campante.
Centrándonos en lo objetivo, allí no había nadie más que yo, por lo que supongo que mi visión de la otra noche no fue, en definitiva, más que un sueño estúpido. La verdad es que con tanto sueño y tanta leche llevaba algunas noches durmiendo mal, pero aun así no sé cómo pude haberme quedado dormida de esa forma. Cuando conseguí despejarme un poco, comprobé, aterrorizada, que, según el reloj del móvil, ya eran casi las diez y me encontraba lejos del instituto. No llegué hasta después del recreo, con lo que me llevé cuatro faltas de asistencia no justificadas en un solo día. Y, cuando llegué a casa, mamá ya se había enterado gracias a una oportuna llamada del nuevo tutor, Luis, que es un capullo integral. Si a eso unimos lo de la pelea famosa, mis padres tienen ahora un rebote conmigo que lleva camino de durar hasta fin de curso. Más castigos, nada de salir, ni de chatear, etc. ¡Y menos mal que conseguí devolver la dichosa estatuilla a su sitio antes de que se enterasen de que había cogido sin permiso la reliquia más valiosa de la familia, que si no este hubiera sido el último día de mi vida! En fin, así se escarmienta. No quiero parecer grosera, pero la próxima vez que alguien, sea quien sea, me pida que haga algo en mis sueños a ese alguien lo voy a mandar al cuerno con todas las de la ley. ¡No, si sólo faltaría tener que obedecer a los fantasmas de la imaginación cuando en el mundo real ya hay tantas personas que viven sólo para tocarme las narices!

-diario de Ángela Vázquez, continuación del extracto anterior-
Una vez que todo hubo acabado, recuperamos nuestra forma humana y nos vestimos. Durante un rato estuvimos vigilando a Sandra, para que no le pasara nada malo mientras dormía, pero nos largamos cuando vimos que estaba a punto de despertar, pues ella nos conoce y no deseábamos que nos viera. Según Ruy, no recordará lo que pasó inmediatamente antes de caer desvanecida, pues las drogas que usan los sectarios de Kali, además de dejar sin sentido a sus víctimas, producen lagunas incurables en su memoria. Mejor así: con un poco de suerte, pensará que todo ha sido un sueño.
Mientras Ruy y yo volvíamos al pueblo, yo recordé de repente una cosa importante que quería decirle pero que, con tanto rollo, se me había pasado hasta entonces. Le dije:
-Ruy, tengo algo que decirte.
-Pues desembucha. A fin de cuentas, no tenemos prisa. Aunque fueras a cien por hora, ya no ibas a llegar al instituto antes del recreo.
-Vale, tú siempre animando. En fin, te lo diré. Ya sabes que yo puedo leer las mentes de algunas personas, en concreto la de otros licántropos, ¿no?
-Bueno, lo sé porque tú lo dices. Si es verdad o no…
-¡Bah, déjate de coñas! Cuando ataqué a Omar, leí su mente y descubrí algo.
-¿Sí? ¿Un nuevo plan de ataque?
-No. Él no está con Clara desinteresadamente. Polvos aparte, ella le había prometido suministrarle cierta información a cambio de sus servicios, una vez que todo hubiera acabado. Se conoce que las mujeres-pantera tienen un don para conocer los deseos de las personas y que emplean ese conocimiento para manipularlas.
-Sí, eso es cierto. Y ella misma me dijo algo parecido en la casa, habló de esa “cierta información”, pero no especificó a qué se refería.
-Ella no lo hizo, pero la mente de Omar me lo aclaró. ¡Se trata de un remedio contra la maldición que nos afecta, Ruy! Hay algo que puede curar los efectos de la licantropía y las mujeres-pantera lo saben.
-Ellas sí, pero nosotros no. Tengo oído hablar en otras ocasiones de ese remedio, pero no tengo ni idea de qué puede ser, si es que realmente existe. Puede ser un mito. Quizás Clara engañó a Omar. Y, en todo caso, si Clara sabía realmente cuál es el remedio, ten por seguro que, después de todo lo que ha pasado, no nos lo dirá por muy amablemente que se lo pidamos.
-Todo eso que dices es cierto, Ruy, pero no podemos renunciar a la esperanza, cuando es lo único que nos queda. Tú mismo has dicho que no podremos vivir mucho tiempo siendo como somos. El tiempo juega en nuestra contra y debemos aprovechar todas las oportunidades que nos ofrezca el destino, que no serán muchas.
-Tienes razón, Ángela, pero tampoco debemos hacernos ilusiones. Si fuéramos muchos podríamos recorrer el mundo entero en busca de ese remedio, pero sólo somos dos.
-¿Y te parece poco? Dos son compañía. Y, aunque a veces tengamos impulsos casi irrefrenables de estrangularnos mutuamente…
-¡Oye, eso tú! Yo me conformo con tocarte un poco las narices.
-Vale. A lo que iba. A pesar de todo, yo te quiero y sé que tú me quieres a mí.
-Eso es verdad, Ángela. Por fin has acertado una.
Y entonces, sin más testigos que los árboles centenarios del bosque, Ruy y yo aproximamos nuestras bocas y nos dimos un beso en los labios, el primero de nuestras vidas.

VIII. EL PELIGRO SIGUE ACECHANDO TRAS LO EXTRAÑO

La brujería y la santidad constituyen las únicas realidades.
Arthur Machen

Don Manuel, el cura que impartía clases de religión católica en el IES Carla Padrón de Pazos, era un sacerdote un tanto peculiar, muy progresista en algunos aspectos e indeciblemente rancio en otros. Políticamente, se manifestaba como un hombre de izquierdas, defensor de los pobres y totalmente contrario a la secular alianza del clero con la burguesía conservadora. Simpatizaba con los movimientos anticapitalistas, y deploraba que el compromiso de la Iglesia con las clases y naciones desfavorecidas no fuera más radical. En lo social, se declaraba, más bien, “de centro”. Aunque era tan antiabortista como pudiera serlo cualquier otro cura y, en líneas generales, aceptaba la moral sexual propuesta por el Vaticano, consideraba que la Iglesia y el mundo tenían problemas mucho más acuciantes que la legalización del matrimonio gay o las campañas gubernamentales a favor de los preservativos, por lo cual apenas les prestaba atención a esos temas. Y, por último, en aspectos estrictamente doctrinales, era un conservador convencido, cuya visión del mundo, dejando aparte la aceptación del heliocentrismo (y aun esto porque no le quedaba otra), apenas hubiera desentonado en los tiempos de Dante. Creía a pies juntillas en la existencia del Purgatorio, en las tradiciones populares relacionadas con los santos milagreros y, sobre todo, en la existencia real, no simbólica, del Maligno. Para él, cuestionar dentro del cristianismo la existencia literal del Diablo y del Infierno era una infección de racionalismo moderno, que, antes o después, acabaría llevando a la negación de Dios y del Cielo. Además, era hacer trampa. El catolicismo, al contrario que los movimientos New Age, no podía ser un supermercado donde el cliente tuviera derecho a llevarse sólo lo que le apeteciera comprar. No, aceptar la fe católica suponía comprar todo lo que esta ofrecía, lo bueno y lo malo, lo feo y lo bonito. Y si no, era mejor cambiar de supermercado. Cuando se tocaban tales temas en la cafetería del instituto durante los recreos (y se tocaban con mucha más frecuencia de lo esperable), Manuel, pese a su buen natural, tronaba más que hablaba:
-¡Negar la existencia del Mal Absoluto no es sólo un atentado contra la esencia de la fe, sino también contra el sentido común! ¡Con la de maldades diabólicas que se cometen en el mundo, maldades que ni la lucha por la vida puede justificar ni la psiquiatría explicar! ¿Qué puede haber tras ellas sino la conspiración de las fuerzas del Abismo (sin perjuicio de nuestra propia responsabilidad a la hora de hacer el mal)? ¿Quieres ejemplos? Coge cualquier periódico y los encontrarás a mogollón. El propio señor William Peter Blatty pone algunos, escasos, pero muy ilustrativos, al comienzo de su afamada novela.
(Matías, el escéptico interlocutor de Manuel, se quedó callado. No tenía ni idea de cuál pudiera ser la afamada novela del tal Blatty, pese a que había visto muchas veces, “para divertirse”, la no menos afamada versión cinematográfica de la misma. Manuel, tomándose su silencio como un asentimiento tácito, se envalentonó y prosiguió con su perorata.)
Dentro del cristianismo, basta con dar dos datos: en los Evangelios, el Infierno es mencionado más veces que el Cielo. El Gran Catecismo de San Pedro Canisio, jesuita del siglo XVI, menciona al Diablo tres veces más que a Dios. ¡Y ahora resulta que algunos cristianos, sobre todo protestantes, pero también católicos, pretenden que esas cosas sólo tienen una existencia “simbólica”, lo cual es una bonita forma de decir que no tienen existencia!
Matías decidió atacar a Manuel con sus propios argumentos, más para picar a su amigo que por verdadero interés en el tema:
-Pero en el Antiguo Testamento no se menciona casi nunca al Diablo, lo cual significa que los judíos primitivos no empezaron a creer en él hasta que recibieron la influencia del mazdeísmo y otras religiones paganas.
Manuel recogió el guante:
-Perdona, capullo, pero eso no tiene por qué significar lo que tú has dicho. En los tiempos antiguos, todos, tanto judíos como paganos, creían ciegamente en el Diablo. Creían tanto en él que temían incluso mencionarlo, por temor a atraerlo. Por eso no lo mencionaban o se referían a él mediante eufemismos (que muy bien podían coincidir con los nombres y títulos de los dioses paganos). La costumbre de utilizar expresiones eufemísticas para designar lo que se teme es algo común en las sociedades tradicionales. Belcebú no quiere decir otra cosa que “dios de las moscas”. Los griegos llamaban “señoras benevolentes” a las Furias vengadoras del Infierno. Los celtas se referían a los temibles (y temidos) espíritus del bosque como “la Buena Gente”. Hasta hace poco tiempo, los campesinos de nuestra propia tierra tenían un amplio repertorio de nombres cariñosos o humorísticos para referirse a las cosas que más temían: el Diablo (o Pedro), la Muerte (a Sen Dentes), el lobo (o Xan), la comadreja (a Doniña), etc. Aun hoy en muchos pueblos primitivos se considera tabú mencionar el nombre de los muertos, por temor a que, si lo hacemos, sus espíritus se den por aludidos y vuelvan del Más Allá para tocarnos las narices.
Matías se calló (no porque diera por buena la respuesta del cura, sino porque el escote de la camarera que ayudaba a Carlitos en la barra había llamado su atención), y entonces intervino Ruy, quien no sólo estaba de acuerdo con el cura en sus creencias, sino que en ocasiones iba aun más lejos que él mismo:
-Ahí la has clavado, Manu. Pero deberías ser más consecuente con tus ideas. Si existe el Diablo, ¿por qué no han de existir también vampiros, licántropos, brujas, etc.?
-Yo no digo que tales cosas no existan. Simplemente, considero que su existencia o inexistencia es irrelevante para la salvación o condenación de los hombres. Por tanto, no me interesan, al menos no hasta que a uno de esos bichos se le dé por morderme.
-Pues yo creo que la brujería es un misterio de los más profundos y terribles. ¿Qué puede llevar a alguien a practicar un culto consciente al Mal?
Matías intervino (la camarera del escote ya se había largado):
-Personalmente, no creo que haya en eso ningún misterio. El satanismo no es más que un invento moderno, un juego macabro para niños de papá aburridos.
Ruy respondió:
-De eso nada. La verdadera brujería, al igual que la santidad, hunde sus raíces en los abismos del ser y sus orígenes se remontan a la noche de los tiempos. El mundo moderno no la ha creado, antes bien la ha degradado, domesticado, convertido en un pasatiempo… Las orgías y misas negras que celebran los góticos actuales no tienen nada que ver con la verdadera brujería, del mismo modo que nadie alcanza la verdadera santidad por donarle diez euros a Cáritas o por comprar un bolígrafo de Aldeas Infantiles. Como dijo Arthur Machen, un escritor galés de relatos sobrenaturales, en el mundo moderno casi no hay lugar ni para la brujería ni para la santidad, pues ambas se oponen a la vulgaridad, que es la característica predominante de la cultura contemporánea. Tanto el santo como el hechicero huyen de lo vulgar, buscan el éxtasis, la magia, lo Absoluto… aunque, naturalmente, sus caminos sean totalmente diferentes.
Matías no dijo nada (la camarera había vuelto para cobrarle a Manuel, que era el que invitaba siempre, el importe de los cafés, de modo que su escote acaparaba todas las atenciones del historiador). Manuel, que llevaba un rato callado, ocupado en hacer cuentas para pagar el importe exacto de las consumiciones, murmuró:
-Nunca he oído hablar de ese tal Machen, pero me parece interesante lo que dices. Sin duda hay una relación profunda e inquietante entre ambas búsquedas, la del Bien y la del Mal. Se diría que esta última es una imitación perversa de aquella. Otro escritor, el católico francés Léon Bloy, insinuó que los placeres de este mundo podían ser los tormentos del Infierno vistos en un espejo, lo cual nos remite a San Pablo, quien asimismo dijo que en este mundo vemos la Verdad confusamente, como si estuviera reflejada en un espejo. Quizás la brujería también sea un reflejo especular de la santidad: lo mismo pero al revés.
Entonces sonó el timbre, poniendo fin al recreo y a la conversación, cosa que el bueno de Matías no dejó de agradecer, pues ya estaba hasta el gorro de tanta paranoia mental.

Ruy tenía clase de Lengua en 4º B, el aula de Ángela. Tocaba exponer el tema de la narrativa hispanoamericana en el siglo XX. Ruy se había preparado a fondo. Su apartamento estaba hecho un desastre, se había pasado una semana entera comiendo crudo y llevaba tres días sin molestarse en hacer la cama por las mañanas, pero mientras tanto había conseguido leerse todos los libros de García Márquez y compañía que había encontrado en la biblioteca del centro.
Ángela, que se había pasado el recreo lejos de él, hablando con sus amigas de la inminente fiesta de fin de curso, aprovechó que había que subir unas cuantas escaleras antes de llegar a clase para abordarlo. Le dijo:
-Definitivamente, he perdido el rastro psíquico de Omar Santos. Eso quiere decir que él y Clara se hallan ahora mismo muy lejos de aquí, quizás fuera de España. Aunque también es posible que Omar se haya ido y Clara no. A ella nunca he sido capaz de leerle la mente.
-No creo que se hayan separado. Omar es un aliado demasiado valioso para Clara. A ninguno de los dos le interesa prescindir del otro, al menos por el momento. Se han ido de España porque necesitan tiempo y tranquilidad para trazar un nuevo plan de ataque, y aquí no disponen ni de una cosa ni de la otra. Ten en cuenta que a ella la busca la policía, pues, aunque no se le impute ningún delito, oficialmente sigue siendo una persona “desaparecida”.
-¿Dónde crees que pueden estar: en México, en Costa Rica, en la India…?
-En Costa Rica. Y no creo, estoy seguro. Tengo mis fuentes, ¿sabes?
-¿Sí? Me parece que te relacionas con demasiada gente para que tu secreto esté a salvo. Consigues una plaza de profesor en un centro público sin ser licenciado, tienes contactos al otro lado del mundo…
-Es que las personas con las cuales me relaciono también tienen sus secretos. Yo me he comprometido a guardárselos y espero que me paguen con la misma moneda. Por lo menos, eso es lo que han hecho hasta ahora.
-¿Y qué hacemos? ¿Esperaremos a que vuelvan?
-No, tenemos que adelantarnos y cogerlos por sorpresa en su propio territorio. Si les dejamos contraatacar, estaremos perdidos. La última vez les tomamos el pelo, pero son más fuertes que nosotros. Y sus fuerzas todavía pueden aumentar, las nuestras no.
-¿Y entonces…?
-Pues nada. Pronto acabará el curso y me iré a Costa Rica. Buscaré a Clara y, de un modo u otro, le robaré el secreto del remedio de la licantropía o moriré en el intento.
-Pero no pensarás ir solo, no podrás vencerla sin mí.
-No, y contigo tampoco. Pero puedo usar la astucia en vez de la fuerza, y así tenderle una trampa. Además, conozco gente en ese país que quizás pueda ayudarme.
-Y en este país también hay gente que te ayudará. Hablaré con mi madre y nos iremos a Costa Rica contigo, tanto si te gusta como si no.
-Flipas, guapa. Y tu madre no consentirá que vayas allí. Estarás en peligro.
-Como tú mismo me dijiste una vez, nosotros siempre estamos en peligro. Antes o después, tendré que enfrentarme a mi destino. Si me quedo aquí sólo conseguiré aplazar lo inevitable durante un poco de tiempo.
-“Aplazar lo inevitable durante un poco de tiempo”. Toda la vida humana se reduce a eso. El que todos estemos destinados a morir algún día no es motivo para que nos pongamos a fumar rociados de gasolina, si es eso a lo que te refieres.
-¿Pero no lo entiendes? ¡Serás tú quien se ponga a fumar rociado de gasolina si vas allí solo! Mamá me ha prometido el primer viaje largo de mi vida si saco más de cinco sobresalientes y voy a sacar seis, sin contar el de Lengua, así que…
-Así que métete en clase y cállate. Tú tendrías que quedarte aquí. Ahora bien, si tu madre está tan loca como tú, yo no puedo hacer nada al respecto.
Ángela sonrió mientras se sentaba en su pupitre y pensó:
-¡Pobre Ruy! Siempre se olvida de que yo puedo leerle la mente. En el fondo, está orgulloso de contar conmigo en esta aventura. Mamá pensaba hacer el viaje largo de marras para visitar Nueva York, que es lo quería ella, pero me parece que vamos a ir un poco más al sur. Lo prometido es deuda y, por una vez, se va a hacer en mi casa lo que quiero yo.

Al final Ángela se salió con la suya. Le costó lo suyo, a pesar de los siete sobresalientes, pero, tras no pocas discusiones, lo consiguió. A fin de cuentas, tenía un magnífico argumento a su favor: si en un momento no era capaz de resistir las ganas de transformarse, siempre le sería más fácil esconderse en la selva costarricense que en la Gran Manzana de Nueva York, y esto su madre, mal que le pesara, no podía negarlo. Claro que Ángela se olvidó de decirle a Elena que no iban a Costa Rica sólo a hacer turismo, sino también para enfrentarse a dos seres malignos. Y Ruy, curiosamente, tampoco se lo dijo, cuando esa hubiera sido la forma más fácil de conseguir que Ángela se quedara en España, si tal hubiera sido realmente su deseo. Por lo demás, a Elena le gustaba mucho Ruy (cuyo secreto conocía desde hacía tiempo), y este muchos domingos iba a visitarlas e incluso se quedaba a comer con ellas. Si él con sus alumnos mantenía su pose inicial de chulo playero, medio macarra y medio pijo (pose que, por cierto, le había ganado el amor incondicional de casi todas las chicas y el odio, no menos incondicional, de casi todos los chicos), con Elena se mostraba sumamente educado, incluso un poco tímido, con la encorsetada formalidad de un futuro yerno a la antigua usanza. Cuando iba a comer con Elena y Ángela, iba vestido con cierta corrección, bien peinado y escrupulosamente afeitado. Como obsequio para la anfitriona, siempre llevaba un pastel o bizcocho, hecho por él mismo la víspera, en el horno de su apartamento. Ángela, con sus poderes mentales, conocía la verdad a ese respecto, pero siempre se cuidaba mucho de desengañar a su madre, que al final se quedaba alucinada con la habilidad de Ruy para la repostería y nunca se acordaba de que en el escaparate de cierta pastelería se exponían dulces sospechosamente parecidos a los que traía el invitado. En cuanto a la receta, este lo lamentaba mucho, pero era un secreto familiar, etc. Y el tal secreto debía de ser más secreto aún que la misma licantropía, porque Ruy había revelado una cosa, pero al final se había callado la otra. Claro que eso, aunque le doliese a la dueña de la casa, en el fondo estaba bien: si Elena hubiera sabido preparar cosas tan ricas, también habría preferido no arriesgarse a que personas ajenas a la familia metieran sus narices en algo tan delicado y personal como es la preparación de postres caseros. En fin, Elena estaba encantada con Ruy. Además, celebraba que, por primera vez en cuatro años, su hija tuviera una oportunidad para hablar libremente con alguien que no fuera de la familia.
Y eso que, para Elena, Ruy y su hija sólo eran amigos, pues ignoraba totalmente lo del beso en el bosque (y lo de otros besos que siguieron). Lo cual no dejaba de ser una fortuna. Elena no era especialmente puritana, de hecho ella misma había tenido un par de novios fugaces cuando estudiaba el Bachillerato, sin contar a Ángel (el único amor verdadero de su vida), pero pensaba que su Ángela no era más que una niña, y le hubiera resultado difícil aceptar que estuviera por primera vez enamorada. De haberlo sabido, posiblemente habría aceptado a Ruy como novio de su hija, pero le habría costado bastante… no porque Ruy le disgustase como yerno más que cualquier otro ser humano, sino simplemente por puro amor materno mal entendido. Y, de haber sabido que su pequeña Ángela y el apuesto Ruy ya se habían morreado más de una vez a sus espaldas, habría cogido tal berrinche que quizás se hubiera dado el caso, insólito en los anales de lo paranormal, de dos licántropos devorados por un ser humano. Pero Elena ignoraba todo eso, como también ignoraba el verdadero propósito del viaje a Costa Rica. La única preocupación de Ángela era arreglárselas para que, pasara lo que pasara, su madre no corriera ningún peligro. No sería difícil: Omar y Clara no tenían nada contra ella, ni siquiera la conocían. En cuanto a ella misma… Bueno, algún riesgo habría que correr. Si Ruy aceptaba el peligro, ella no iba a ser menos, a ver qué se creía el muy chulito.

– extracto del diario de Ángela Vázquez-
¡Ya estamos en Costa Rica! Por recomendación de Ruy, que conoce bien el país, nos hemos instalado en un establecimiento hotelero perteneciente al parque nacional de…, situado en la costa atlántica del país. El parque incluye unas playas preciosas, de arenas pálidas y aguas de color turquesa, adonde todos los años vienen mogollón de tortugas marinas a desovar. Luego están los palmerales, en medio de los cuales se levantan los numerosos y más bien pequeños edificios que forman parte del complejo hotelero, y, finalmente, la mayor parte del parque está cubierto por un bosque tropical muy espeso, cuyo ecosistema apenas ha sido alterado por la mano del hombre y que, fotógrafos aparte, se mantiene tal cual era en los tiempos de la vieja Veragua. Es un lugar realmente precioso, casi un Jardín del Edén. Claro que tiene un defecto, precisamente el mismo defecto que tenía el Edén propiamente dicho: abundan las serpientes. Las hay de todo tipo y se encuentran en todas partes: en los senderos, entre los arbustos, en las ramas de los árboles y sobre las aguas de los numerosos ríos que atraviesan la selva. La mayoría son inofensivas, pero hay otras que, según los guardas, pueden ser peligrosas si se las molesta demasiado. Por otra parte, se hallan, como todos los animales del parque, bajo protección legal, así que nadie las puede matar. En fin, me gusta esa ley. Si en un momento dado se me da por cambiar, yo también me hallaré bajo protección oficial. Será un poco extraño ver un lobo en plena Costa Rica, pero es posible que me tomen por un coyote. Aunque no creo que vaya a tener problemas por eso, últimamente controlo bastante bien lo de los cambios. Por lo demás, nuestros primeros días en el parque, que dedicamos exclusivamente a hacer turismo sin pensar para nada en nuestros adversarios, están siendo geniales. Incluso mamá, que había hecho el viaje de mala gana, y que casi sufrió un síncope cuando vio una serpiente (de las inofensivas) atravesando como si tal cosa el camino que va del hotel a la playa, se lo está pasando muy bien. A pesar del calor húmedo que te deja como aplanado, a pesar de la continua amenaza de las víboras, a pesar de los mosquitos (total, estos en Pazos también los hay y no son mucho mejores), a pesar de los monos pelmas que se dedican a aullar durante toda la noche (si fueran adolescentes haciendo botellón los habrían arrestado por mucho menos), a pesar de todos los pesares (y estoy viendo que aun son unos cuantos), lo cierto es que nuestra visita al parque de… lleva camino de ser una experiencia maravillosa. El hotel, sin ser lujoso, no está nada mal, la gente parece muy atenta y los paisajes son deslumbrantes.

-extracto del diario de Ángela, Vázquez, dos días después-
Hoy Ruy nos ha dejado solas. Se ha pasado todo el día en su cuarto, conectado a Internet con su portátil. Me dijo que estaba intentando comunicarse “con cierta persona”. No ha sido necesario leerle la mente para concluir que dicha persona tiene que ser una de sus fuentes de información. Todo parece indicar que los momentos de relax tocarán pronto a su fin, por lo que habrá que disfrutar a tope de los que nos quedan.
Mamá y yo pasamos el día paseando por los senderos que se internan en la selva. Por cierto, mamá ya tiene un admirador. No, no se trata de un playboy inglés con las sienes plateadas. Es un ocelote, uno de esos preciosos gatos salvajes americanos que parecen panteras o leopardos en miniatura (aquí los llaman “cauceles” o “manigordos” ). El animalito estuvo un buen rato observando atentamente a mamá desde las ramas de un árbol, con sus ojos penetrantes de felino. Parece que le cayó simpática (al menos quiero creer que no la estaba evaluando como posible presa, a fin de cuentas el ocelote es demasiado pequeño para atacar al hombre). El guía se mostró un tanto extrañado por la actitud del felino, pues, aunque el ocelote es fácilmente domesticable si se captura de pequeño, no deja de ser un animal esencialmente salvaje y nocturno, que, además, tiene buenas razones para temer al hombre (antes de la prohibición, los lugareños lo cazaban por su hermosa piel). En fin, cuando acabó el paseo, el ocelote se quedó en su árbol y nosotras volvimos al hotel. Mientras cenábamos, Ruy, que, teniendo en cuenta cómo es él habitualmente, esta noche parecía un tanto serio y ensimismado, aprovechó una distracción de mamá para pasarme discretamente una nota.
Esta decía:
“Mañana por la mañana, a primera hora, he quedado con alguien en el pueblo de…, ya he alquilado un coche y todo. Si puedes venir sin que se entere tu madre, te estaré esperando en la entrada del hotel, sobre las siete de la mañana.”
Interesante, sin duda. Y puedo ir. Mamá está tomando unos calmantes para poder conciliar el sueño, porque si no los petardos de los monos no le permiten pegar ojo en toda la noche. Dormirá como un angelito hasta que sea completamente de día, y yo, si tengo cuidado de no hacer demasiado ruido, podré levantarme, vestirme, ducharme y largarme de nuestro cuarto sin que ella se entere. Le dejaré una nota en la mesilla para que esté tranquila y luego saldré para reunirme con Ruy. Sin duda, al volver me caerá una buena bronca, pero merecerá la pena. Hay mucho en juego.
Garrapateé un OK en la nota de Ruy y se la devolví. Mañana tendré que madrugar, pero no importa. No sé si será porque llevo mucho tiempo sin transformarme y mi lado salvaje se siente reprimido, pero lo cierto es que cada vez tengo más ganas de acción. Hasta mañana.

-extracto del diario de Ángela Vázquez, un día después, al mediodía-
Aprovecho un momento de relax para anotar las últimas novedades. Estamos todavía en el pueblo de… Ya hace un buen rato que hemos acabado de comer en un restaurante de la localidad, y ahora estamos haciendo tiempo en un bar, porque fuera hace demasiado calor para ponerse en marcha, mientras que aquí tienen un aire acondicionado que es una delicia. Mamá estará cabreada, pero en fin…
Esta mañana salí del cuarto muy temprano y sin que mamá se despertara, tal como lo había planeado la noche anterior. Ruy me estaba esperando en el vestíbulo, totalmente preparado para el viaje. Saldríamos de inmediato y ni siquiera desayunaríamos en el hotel, sino que lo haríamos en algún bar del pueblo al que nos dirigíamos. Una vez que hubimos abandonado el edificio rumbo al coche alquilado por Ruy, me fijé en nuestro amigo el ocelote, que nos estaba observando desde las ramas de un árbol cercano. Al parecer, aquel bicho no sentía ningún miedo hacia el hombre, como si supiera que en el parque se hallaba bajo protección legal. Quizás perteneciera a algún empleado del hotel, que lo habría amaestrado para cazar ratones (tengo entendido que en Centroamérica no es inusitado encontrar ocelotes domesticados con ese fin). Sin embargo, ayer el guía nos había dicho que nunca lo había visto antes y que le extrañaba bastante su falta de temor ante la gente. En fin, poco después subimos al coche y no tardé en olvidarme del misterioso felino. Ruy, al parecer, se hallaba tan preocupado por otras cosas que ni siquiera llegó a fijarse en él.
Tras algo menos de una hora de viaje, durante la cual recorrimos inmensos cafetales y pequeñas aldeas rodeadas de plantaciones de bananas, llegamos a un pueblo más bien grande y de aspecto antiguo, que recordaba en parte a las viejas villas de la España profunda. Nos detuvimos en la plaza de la iglesia y nos tomamos unos descafeinados en las terrazas de un bar. Ruy se mostró más bien taciturno durante todo el tiempo y su aspecto serio me impuso cierta timidez, por lo cual no me atreví a preguntarle nada respecto a sus planes. Hice algún intento de leerle la mente, pero la única conclusión que extraje del mismo fue que se hallaba muy preocupado porque las cosas no tardarían en complicarse. Esto no suponía ninguna novedad para mí, por lo cual me quedé como estaba.
Cuando vio que los feligreses estaban empezando a salir de la iglesia -era domingo-, Ruy se levantó bruscamente (ya había pagado la cuenta hacía tiempo) y me hizo un gesto para que lo siguiera. Entramos en la iglesia, cuya frescura agradecí, pues afuera estaba empezando a pegar el Sol, y Ruy se adelantó para hablar con el cura, un anciano sacerdote de rostro ascético y vagamente atormentado, muy distinto de mi querido don Manuel. Yo me senté en uno de los bancos próximos a la salida, mientras Ruy aguardaba pacientemente a que el sacerdote despachase a una señora mayor con aspecto de beata, único miembro de la parroquia que aún no había abandonado el templo, y que, al parecer, le estaba dando el coñazo por algún asunto insignificante (se veía que el cura, aunque aparentaba escucharla con atención, deseaba que la señora se marchara de una vez con más impaciencia que el propio Ruy). Tras no pocos minutos de espera, la feligresa optó por dejar en paz al buen cura y este, con un mal disimulado suspiro de alivio, se dirigió a Ruy, tendiéndole la mano y haciendo un tímido esfuerzo por sonreír. Ruy, una vez que hubo estrechado la apergaminada y un tanto trémula mano del sacerdote, me hizo un gesto con la suya para que me acercara. El cura me recibió con dos besos silenciosos y con unas palabras que yo, entre que hablaba bajito y que su acento era muy cerrado, no pude entender, pero que me sonaron muy cariñosas. Tras las presentaciones, el clérigo, que dijo llamarse don Rafael, nos invitó a comer en un restaurante cercano, donde servían platos típicos sin demasiado picante.
Una vez allí, don Rafael, siempre en voz baja (bien porque tuviera poca voz, bien porque temiera que sus palabras llegaran a oídos indiscretos), nos habló de Clara Mendoza:
-Clara María Mendoza Hoffmann, yo llegué a conocerla muy bien. De hecho, fui yo quien casó a sus padres, quien la bautizó y le dio por primera vez la Sagrada Comunión. ¡Qué niña tan buena y tan bella! Entonces era un verdadero ángel, y supongo que aún hoy lo sigue pareciendo. Era una niña maravillosa: guapa, inteligente, bondadosa, educada y tan sensible que se le humedecían los ojos cuando veía un animalito muerto en la calle. Llevo muchos años siendo el párroco de este pueblo y nunca he conocido a una persona tan digna de ser amada como lo fue la niña Clara. Y sus padres eran buena gente. Su padre, que era hijo de inmigrantes españoles, tenía una plantación en las afueras y había llegado a ser el hombre más respetado de la comarca. Su madre, que era alemana y tenía estudios de Medicina, aunque creo que nunca había llegado a ejercer, también era una mujer muy hermosa, de piel muy blanca y cabellos rubios como el oro. Fue precisamente después de que una enfermedad se llevara a su madre cuando Clara (que entonces apenas habría llegado a la adolescencia) empezó a cambiar. Su padre se preocupaba demasiado por su hacienda y ya no había nadie que la vigilase, entonces ella empezó a juntarse con gente mala del pueblo, gente que andaba metida en asuntos de brujería y mal de ojo. Creo que fue la señora Isaura, una vieja con fama de bruja, que vivía en una choza de la selva y que siempre vestía de negro, quien la acabó de iniciar en el culto a las fuerzas oscuras. La tal vieja hace tiempo que ha desaparecido, y Dios me perdone si la estoy calumniando, pero estoy casi seguro de que nada bueno pudo haber salido de las visitas que le hacía Clara a su choza todas las tardes, al salir del colegio.
Después, Clara, que ya era una jovencita muy atractiva, y en cuyo bello rostro la inocencia infantil había sido sustituida por la sensualidad de la adolescencia, empezó a relacionarse con muchachos de la localidad y empezaron a circular rumores sobre ella. Se decía que seducía a los jóvenes con su belleza y luego los empujaba a la perdición, haciéndoles realizar cosas prohibidas, a veces realmente atroces. No piensen que hablo de simple fornicación, sino de pecados mucho peores. Quienes mantenían o habían mantenido relaciones con ella no tardaban en verse envueltos en asuntos turbios: primero, drogas y ritos de magia negra. Luego, verdaderos crímenes: violaciones, incestos, asesinatos, etc. Algunos acabaron en la cárcel o en el manicomio, otros se suicidaron. Nunca se pudo probar que Clara fuera la instigadora de tales abominaciones y, por respeto a su padre, los rumores que la acusaban siempre se pronunciaban en voz baja. Por lo demás, ella, al parecer, seguía siendo una muchacha dulce y atractiva, de belleza angelical, aunque a veces se reflejaba en sus ojos una chispa de malevolencia que poco tenía que ver con los ángeles… con los ángeles de Cielo, quiero decir, pues ustedes ya saben que hay otros ángeles. Al final, su propio padre, ¡Dios haya tenido piedad de su alma!, sucumbió a sus encantos. Lo sé por la servidumbre de la hacienda. Todas las noches, Clara se metía en el cuarto de su padre y allí… Claro, nadie veía lo que pasaba dentro, pero se oían cosas… Al final, el señor Mendoza enloqueció. Dejó de salir de su casa, de ver a sus amigos y de recibir visitas. Permanecía casi todo el tiempo en su alcoba y no permitía que ningún miembro del servicio de la casa entrara en sus aposentos. En cambio, Clara seguía visitándolo… Al final, Eleuterio Mendoza apareció muerto sobre su propia cama. Se había cortado las venas. Clara, que ya tendría por aquel entonces dieciocho o diecinueve años, heredó la cuantiosa fortuna de su padre y abandonó la hacienda para ir a estudiar a San José. Desde entonces no ha vuelto por aquí y me consta que nadie la echa de menos. Sin embargo, hará unos pocos meses, un chico del pueblo que trabaja como aduanero en la capital dijo haberla visto bajando de un avión procedente de España, en compañía de un joven moreno, que parecía su novio, o algo así. Por el pueblo no ha pasado, de eso estoy seguro, pero me temo que no anda lejos de nosotros. Quizás ha buscado refugio en la selva, como la vieja Isaura, y permanece oculta en la espesura, buscando nuevas víctimas en las que satisfacer su perversidad.
Tras la comida, don Rafael (que insistió en pagar él, pese a las protestas de Ruy) nos abandonó, pues, al parecer, tenía que celebrar en breves la primera misa de la tarde. Y antes del oficio aún debería recibir nuevamente a la buena de doña Eduviges (la feligresa pesada), para oírle contar (o, más bien, para fingir que le oía contar) las presuntas revelaciones que, aparentemente, la santa patrona del pueblo le hacía a la buena señora casi todas las noches.
Ruy y yo también abandonamos el restaurante, pero, aunque ya no había nada que nos retuviera en el pueblo, decidimos que sería demasiado chungo hacer el viaje de vuelta a aquellas horas, con tanto calor y con el peso de la digestión en nuestros estómagos, así que entramos en un bar que nos pareció fresquito y pedimos unos refrescos.
En fin, ahora sabemos definitivamente que Clara y Omar se hallan por aquí cerca, a salvo de las pesquisas de la policía española.
Ahora sorprender a Clara, vencerla y arrebatarle el secreto de la licantropía será cosa exclusivamente nuestra. Pero todo se andará, al menos contamos con la ventaja de que ella aún no sabe que estamos aquí y me consta que a esas tías les va mucho más sorprender que ser sorprendidas.

Ángela apenas había acabado de escribir en su diario cuando Ruy decidió que ya era hora de volver al hotel del parque. Ángela, a medida que se iban acercando, empezó a preocuparse por la bronca que le iba a echar su madre cuando llegaran. Y lo peor es que aún no se le había ocurrido ninguna excusa para justificarse. ¿No sería lo mejor decirle la verdad?
Las preocupaciones de nuestra amiga cambiaron radicalmente de cariz cuando llegaron al hotel y vieron que en los alrededores reinaba una inusitada e inquietante agitación. Había ambulancias y coches de la policía costarricense con las sirenas encendidas, y en el patio se veían varias personas tendidas sobre el suelo, que estaban recibiendo la atención de los sanitarios y de los policías. Algunas de aquellas personas (había tanto trabajadores del hotel como turistas) tenían heridas sangrantes en la cara, mientras que otras parecían sufrir un trauma nervioso. En todo caso, no se veía a Elena entre las víctimas de lo sucedido, fuera lo que fuera.
Ángela, a pesar de todo, temía que a su madre también le hubiera pasado algo malo, así que se adelantó, a toda prisa y haciendo caso omiso del cordón policial, para preguntarle por ella a la recepcionista del hotel. Esta (una chica muy joven), aunque ilesa, se hallaba visiblemente bajo los efectos de una enorme tensión nerviosa, de modo que tardó en responder y lo hizo con voz trémula, entrecortada por la angustia:
-Yo, señorita… su mamá… no la he visto en toda la tarde. Creo que no ha salido de su cuarto. Gracias a Dios, que si no… ¡Ay, Virgencita santa, no sabe usted de la que se ha librado!
Ángela, algo aliviada en su preocupación, interpeló de nuevo a la empleada:
-¿Pero qué ha pasado aquí? Por favor, señorita, dígamelo, se lo ruego.
La recepcionista tragó saliva y empezó a hablar, en voz baja, como si temiera que alguien además de Ángela la oyera:
-Fue hace una hora… Hacía mucho calor, el Sol brillaba con fuerza… y de repente se oscureció, como si lo hubiera tapado una nube de tormenta. Pero no era eso. Eran murciélagos, miles y miles de murciélagos procedentes de la selva, todos volando hacia aquí y chillando como ánimas en pena. Nunca había pasado algo así, tantos de esos bichos volando juntos y en pleno día, cuando tendrían que estar dormidos en sus árboles o en sus cuevas… Todos, o casi todos, salimos para verlos. Estábamos extrañados, pero nunca se nos ocurrió que fueran a atacarnos. Cuando llegaron aquí, se nos echaron encima, como una plaga de langostas abalanzándose sobre un campo de trigo. A algunos les mordieron en la cara y en los brazos, a otros les desgarraron las mejillas con sus alas… Estaban por todas partes, rodeaban a la gente y la atacaban desde todos los lados. Había tantos que ni siquiera te dejaban ver lo que hubiera a tu alrededor. ¡Dios mío, era una pesadilla! Yo tuve suerte, estaba cerca de la puerta y pude entrar a tiempo, pero muchos, casi todos, se quedaron fuera. El director me mandó que cerrara las puertas para que los murciélagos no entraran y nos atacaran a los de dentro. Los de fuera intentaban entrar, golpeaban puertas y ventanas, gritaban, nos insultaban… Pero casi no podíamos oírlos, sólo oíamos los gritos de los murciélagos. Yo hubiera querido abrir las puertas, dejar entrar a la gente, pero los murciélagos no se callaban. Y yo tenía miedo, tanto miedo que… ¡Ay, señorita, es tan fuerte el miedo!
La recepcionista, cada vez más pálida y temblorosa, no pudo continuar. Se llevó las manos a la cara y estalló en sollozos. Salvo Ángela, nadie hizo ademán de acercarse a ella para consolarla. Algunos de los heridos más leves, que vagaban por el vestíbulo con el rostro vendado, la miraron con odio, pues no les había dejado entrar. El mismo director del establecimiento, último responsable de que las puertas hubieran permanecido cerradas, no quiso saber nada de ella y permaneció sentado en un cómodo sillón, con rostro mustio y dándole caladas nerviosas a su enésimo cigarrillo de la tarde. Sin duda, acabaría necesitando una cabeza de turco cuando las víctimas se quejasen de su desamparo y no le convenía que lo vieran solidarizándose con la cabeza de turco en cuestión. Ya se las arreglaría para colgarle el muerto a la chica. Le pagaría algún dinero por asumir las responsabilidades y luego la echaría a la calle. Si ella sabía lo que le convenía, se guardaría mucho de echarle las culpas a él. Con la confusión que había reinado dentro y fuera del edificio durante el ataque, nadie recordaría que él había dado aquellas órdenes. Los clientes que estaban dentro habían corrido a encerrarse en sus cuartos, llenos de terror por su propia suerte, ajenos a lo que pudiera pasarles a los demás. Y si otro empleado, además de la chica, recordaba algo, peor para él.
Ajena a las maquinaciones del director, Ángela estuvo un buen rato intentando consolar a la joven, con tan sincera preocupación por su estado de ánimo que por momentos llegó a olvidarse de su propia madre. Había conseguido establecer un nexo mental con la recepcionista, que le permitía compartir sus sentimientos: miedo, angustia, remordimientos… Pero sus caricias y sus palabras de cariño se interrumpieron bruscamente cuando un empleado bajó aterrorizado de la segunda planta, donde se hallaba el cuarto que Ángela compartía con su madre. El hombre, que parecía a punto de sufrir un ataque, se puso a gritar cosas incoherentes, pidiendo el auxilio inmediato de la policía. Al parecer, había gente muerta en el pasillo superior.
Ángela, nuevamente angustiada por la suerte de su madre, dejó a la recepcionista, que seguía llorando a lágrima viva, desesperada y aparentemente ajena a los gritos de su compañero. Subió las escaleras a toda prisa, después de rechazar a un guardia de seguridad que realizó un tímido intento de detenerla, y se encontró con un espectáculo todavía más horrible que el del exterior. Sobre el suelo del pasillo que discurría entre los cuartos de la segunda planta yacían dos cadáveres ensangrentados. Se trataba de un guardia y de una camarera, ambos parcialmente destrozados y con un rictus de terror absoluto en sus rostros lívidos. Desde luego, ningún murciélago, ni siquiera un ejército de murciélagos, hubiera podido hacerles aquello a dos personas. Todos los cuartos estaban cerrados, menos uno, el que compartían Ángela y su madre. La puerta de este se hallaba entreabierta. Ángela, con el corazón a punto de estallar por la angustia, penetró en él. Su madre no estaba dentro. La ventana, una gran ventana que daba a la selva, se hallaba completamente abierta y por ella penetraba un ligero soplo de brisa vespertina. Salvo por una silla que se había caído al suelo, no se apreciaban señales de lucha en la alcoba, tal vez porque quienes habían atacado a Elena eran demasiado fuertes y veloces como para que esta hubiera podido oponerles una resistencia mínimamente seria. Ángela, pálida como los cadáveres que yacían en el pasillo sobre sendos charcos de sangre, sintió que se le iba la cabeza y que le flaqueaban las piernas. Se sentó, casi dejándose caer como un peso muerto, sobre la cama de su madre. Y entonces vio, encima de la mesilla de noche, un papel, cuya blancura destacaba sobre la oscura madera de la que estaba hecho el mueble. Lo agarró con manos trémulas y lo leyó. Su contenido era casi previsible, pero no por ello menos tranquilizador:

Queridos amigos: He decidido llevarme a mi colega la maestrita para enseñarle algunas cosas lindas de mi hermosa tierra. Si ustedes tienen algo que oponer al respecto, estaremos durante esta noche a su entera disposición, en medio de la selva. Pero vengan solos, no se les ocurra avisar a la policía, porque entonces la maestrita lo lamentaría mucho. Atentamente, su amiga de ustedes Clara Mendoza.
Ruy, que, tras derribar a no pocos policías y guardias de seguridad que intentaban cortarle el paso, había conseguido llegar al cuarto, le arrebató el papel a Ángela y lo leyó mientras esta se deshacía en sollozos sobre la cama de su madre. Una vez que hubo acabado la lectura, su rostro se volvió lívido y la voz le tembló de rabia mientras murmuraba, más para sí mismo que para su amiga:
-Esos hijos de puta… Ya ves, se trataba de sorprenderlos y ellos nos han sorprendido a nosotros. ¡Qué mierda! Claro, todo esto estaba planeado. Los murciélagos constituían una distracción excelente, esos dos pudieron raptar a tu madre mientras toda la gente estaba pendiente del ataque. Sólo tuvieron que entrar, matar a un par de infelices que pasaban por aquí, coger a tu madre y llevársela a la selva por la ventana. Y sabían perfectamente que nosotros no estaríamos aquí para impedirlo. Han estado espiándonos, de eso no cabe duda, pero no sé cómo diablos lo han hecho. Estoy seguro de que hasta hoy no se habían acercado al hotel, no los he visto ni los he olido. ¿Acaso tendrían un cómplice?
Ángela comprendió. Sin dejar de llorar, dijo, con voz entrecortada por los sollozos:
-Claro que tenían un cómplice. A ellos los ayudan los animales de la selva. Los murciélagos hicieron lo que les mandaron. Y también el ocelote, el puto ocelote…

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