Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

La estirpe de los lobos, VI.

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-Sorry, por algún motivo no han publicado aún las partes que faltan, por lo cual se rompe lógicamente todo hilo narrativo, perdón y gracias por vuestra paciencia :)-

IX. LO EXTRAÑO YA NO IMPORTA TANTO COMO LO PELIGROSO

“Allí habitará el vampiro y hallará su reposo.”
(Isaías, XXXIV, 14)

-Narración de Ángela Vázquez (no recogida en su diario)-

Claro que era una trampa, pero no nos quedaba otra opción que caer en ella. Las esperanzas de salir con vida de aquel viaje nocturno a las entrañas de la selva eran casi nulas, pero de ello dependía la vida de mi madre. Si Clara y Omar nos atacaban conjuntamente, sería casi imposible vencerlos. Ellos eran por lo menos tan fuertes como nosotros, conocían mejor el terreno y contaban con la ayuda de los animales. Dejando aparte el hecho de que tenían un rehén. En el fondo, mi única esperanza era que se conformaran con matarnos a nosotros y le perdonaran la vida a mamá, contra quien no podían tener nada personal. Ruy intentó animarme, pero yo leí en su mente que estaba tan desesperado como yo. Él mismo no tardó en recordar que yo podía descifrar su estado de ánimo por mucho que intentase disimularlo, así que pronto abandonó todo falso optimismo y puso cara de circunstancias mientras abandonábamos el hotel rumbo a lo desconocido. Creo que no pronunciamos una sola palabra después de abandonar el edificio, ni siquiera nos miramos a la cara. Ya estaba anocheciendo y, como los crepúsculos tropicales son muy rápidos, la oscuridad pronto invadiría la selva. Todavía había mucha gente alrededor del hotel, pero nadie se fijó en nosotros, quizás porque en realidad ya estábamos muertos y no éramos más que fantasmas. Apenas nos hubimos internado un poco en las tinieblas de la espesura, nos desnudamos y nos transformamos. En realidad, aún estábamos tan cerca del hotel que alguien podría habernos visto, pero qué más daba: no viviríamos lo suficiente para tener que dar explicaciones. Ni siquiera nos molestamos en esconder nuestra ropa para que nadie nos la robara. Primero, teníamos otras cosas en las que pensar. Segundo, ambos estábamos seguros de que no volveríamos a necesitar aquella ropa nunca más.

Una vez revestidos de nuestra forma lupina, nos internamos en la selva por un estrecho sendero de tierra fangosa que llevaba a las más tenebrosas profundidades de la espesura. No es que estuviéramos seguros que aquel fuera el camino correcto, simplemente no había otro. Ya era completamente de noche y, aunque había luna llena, las copas de los árboles apenas dejaban que sus rayos llegaran a nosotros. En realidad, aquel lugar tenía que ser terriblemente oscuro incluso en pleno día.

Vagamente percibí que la oscuridad y el miedo habían convertido aquel lugar, de día paradisíaco, en algo semejante a la antesala del Averno. El ambiente era húmedo, cálido, sofocante… el aire caliente pesaba sobre nuestros cuerpos, del mismo modo que el silencio pesaba sobre nuestras almas. Se trataba de un silencio absoluto, tétrico, fúnebre, anormal… ¿Por qué aquella noche no aullaban los monos? ¿Acaso se habían vuelto prudentes porque sabían que la muerte acechaba por doquier? Lo cierto es que toda la selva parecía oscura y silenciosa como el interior de una catedral. Quizás aquella selva era precisamente eso: una inmensa catedral levantada por la Naturaleza para honrar las terribles deidades que controlaban la vida y la muerte cuando el mundo era joven, un templo consagrado a los viejos espíritus del bosque, a aquellos misteriosos Señores de la Vida y la Muerte que acechaban en la oscuridad.

Galopamos durante varios minutos por aquella senda estrecha, fangosa y casi impracticable, virtualmente devorada por la exuberante maleza que se extendía a ambos lados del camino y que pretendía recuperar el terreno que la mano del hombre le había arrebatado en otro tiempo. El ambiente seguía siendo húmedo y sofocante, los miasmas de las ciénagas cercanas apestaban el aire y las copas de los árboles impedían que los rayos lunares iluminaran las tinieblas imperantes en aquel mundo de pesadilla. Los árboles mismos, aunque altos y gruesos, parecían enfermos, se diría que alguna lepra había carcomido sus troncos. Sus gruesas raíces sobresalían de la tierra, como gigantescas serpientes ahítas de carne muerta, y sus ramas inferiores, de las cuales colgaban musgos y telarañas, arañaban continuamente nuestras sudorosas cabezas peludas, como si fueran las garras de viejos fantasmas, ansiosos por enloquecer a los intrusos que osaran invadir su territorio. Pero yo sólo pensaba en mi madre. Curiosamente, sentí que aquella selva, tan distinta de los bosques de mi tierra, traía confusos recuerdos a mi mente, como si una vez, hace mucho tiempo, yo hubiera atravesado un lugar semejante para realizar una misión igualmente perentoria. ¿Sería deja vu, la reminiscencia de una pesadilla olvidada, el recuerdo heredado de algún remoto antepasado, que una vez se había visto inmerso en un infierno semejante? Nunca he llegado a saberlo.

Entonces, nuestra carrera se detuvo bruscamente. Frente a nosotros, con sus ojos ambarinos y sus pálidos colmillos destilando amenaza, se hallaba un enorme lobo gris que sólo podía ser Omar Santos. Ruy y yo nos paramos en seco, dispuestos a iniciar el combate. Pero, extrañamente, Clara no estaba allí. No la veíamos ni la olíamos. Aquello no tenía sentido.

Si algún espectador humano hubiera estado presente en aquel lugar, sólo hubiera visto tres bestias irracionales contemplándose mutuamente y emitiendo sordos gruñidos mientras se enseñaban los dientes en señal de amenaza. Pero lo cierto es que iniciamos una verdadera conversación telepática con nuestro enemigo. Este nos “dijo”:

-Me alegro de que ustedes hayan venido tan tempranito, los estaba esperando y no tengo la virtud de la paciencia. ¿Se preguntan por qué no está aquí mi amiga Clara? Su ausencia responde a una petición personal mía. Ustedes me jodieron mucho la otra vez y quiero tomar venganza yo solo. Mientras tanto, ella se entretendrá “limpiando” el bosque de policías.

Ruy respondió:

-¿De veras? Pues no deberías ignorar que tú solo no tienes ninguna oportunidad de vencernos a los dos.

Omar no se amilanó:

-Cierto que si me atacan los dos a la vez podrán vencerme fácilmente. Pero no lo harán, porque si no la mamá de la nena morirá. ¿Me has entendido, Ángela? Tienes que tomar una decisión y debes tomarla ahorita mismo. Debes elegir entre quedarte aquí para ayudar a tu novio o seguir adelante para salvar a tu mamá. Si te quedas, la condenarás a muerte. Si dudas demasiado tiempo, también.

Yo casi no necesité leer la mente de Omar para entender que su amenaza no era ningún farol. Si no reemprendía la marcha de inmediato, mi madre estaría perdida para siempre. Ruy no me dio tiempo ni siquiera para asimilar completamente mi situación. Me transmitió sus pensamientos, teñidos de una dulzura y una melancolía infinitas:

-Vamos, cariño, haz lo que tengas que hacer. Yo lucharé con él, tu deber es salvar a tu madre. Sigue adelante y que Dios sea contigo. Vamos, sigue. Sabes que te quiero y que no deseo otra cosa que tu bien y el de tus seres queridos. ¡Sigue, Ángela!

Y yo seguí, dejando atrás a Ruy, ignorando si alguna vez volvería a verlo con vida. Pasé al lado de Omar, que no hizo ningún ademán de atacarme, como si yo hubiera dejado de existir para él. Bien sabía que numerosos peligros se interponían entre mi madre y yo, pero, al parecer, Omar Santos no sería uno de ellos. Él se quedaría allí, para luchar contra Ruy en un combate a muerte. ¿Estaría Clara aguardándome más adelante? Venteé el aire y no pude percibir su olor. Entonces, la amenaza que me aguardaba era otra, quizás la más temible y peligrosa de todas: lo desconocido. Pero, estando mamá en peligro, y más aún después de haber abandonado a Ruy, yo no tenía ningún derecho a amilanarme, así que apresuré la marcha y me interné en una zona pantanosa que los visitantes del parque solían esquivar, pues se decía que en ella acechaban peligros de toda índole.

Y los tales peligros no tardaron en aparecer. El camino hervía literalmente de serpientes de toda clase. Por mucho que apresurara la marcha me resultaría imposible esquivarlas a todas, así que me limité a evitar a las que parecían venenosas, resignándome a que las demás me acribillaran las patas a mordiscos. Estos dolían lo suyo, pero yo no podía retroceder, ni siquiera detenerme para lamerme las heridas, ya no sólo por mi madre, sino también por mí misma. Si interrumpía mi carrera durante un segundo, las víboras me alcanzarían, me morderían con sus colmillos venenosos y ese sería mi fin. Una vez que, dolorida y jadeante, hube superado el obstáculo de los ofidios, sentí que una sombra caía sobre mí desde la rama de un árbol y me laceraba la cara con garras afiladas como cuchillas. Estuve cerca de perder un ojo, y de hecho perdí piel y sangre, pero logré revolverme y contraatacar. Con un busco movimiento de cabeza, lancé a mi enemigo contra el tronco de un árbol y luego me arrojé sobre él, que había caído al suelo y se hallaba inmóvil, paralizado por el dolor del golpe (si es que este no le había roto la columna cervical). Entonces pude ver que se trataba del ocelote. Sin duda, el pobre felino se había limitado a seguir las órdenes de Clara, quien tenía poder sobre todas las bestias del bosque, pero debo admitir que sentí un sordo estremecimiento de placer mientras lo destrozaba a dentelladas.

Pero no tenía tiempo ni siquiera para la crueldad, así que pronto reanudé mi carrera hacia el corazón del pantano. En ocasiones me atacaban nubes de murciélagos, que me rodeaban y me mordían con sus pequeños pero afiladísimos dientes. Yo daba mordiscos al aire para espantarlos y a algunos conseguí cogerlos en pleno vuelo y destrozarlos entre mis mandíbulas.

Entonces, llegué al sitio donde estaba mamá. Fue un espectáculo tan horrible que me dejó paralizada durante un instante, pese a que el tiempo apremiaba y a que yo ya debería estar acostumbrada a ver cosas repulsivas. Mamá estaba atada por las muñecas a las ramas de dos árboles distintos, de pie y con los brazos extendidos, como si se hallara crucificada. También la habían amordazado con cinta aislante. Estaba intensamente pálida y con el pelo desmelenado, sus gemidos de dolor (o, más bien, gritos ahogados por la mordaza) expresaban una angustia indecible y el terror deformaba la belleza de su rostro. Sus ojos estaban desencajados y tan rojos como si se hubiera pasado horas enteras llorando. Pero aquello no era lo peor. Sobre las ramas de los árboles se habían posado numerosos murciélagos. Cada poco tiempo, dos de ellos abandonaban volando las ramas y se posaban sobre los brazos de mamá. Entonces, la mordían en las muñecas y sorbían la sangre de sus venas hasta que no podían más. Hecho esto, los murciélagos, hinchados como sapos, incapaces de volar a causa del peso del estómago, bajaban al suelo de un salto, mientras una nueva pareja los relevaba en su festín. Por supuesto, la sangre que cada uno de aquellos bichos podía absorber era insignificante, pero eran tantos que, antes o después, acabarían dejando exangüe a mamá.

Ella, aunque ya debía de estar al borde de la inconsciencia, me vio y entonces sus ojos aún se desencajaron más. Sin duda me había reconocido, pero se diría que mi presencia había traído nuevos terrores a su alma, antes bien que una puerta abierta hacia la esperanza. Emitió un prolongado gemido cuyo significado la mordaza me impidió comprender. ¿Estaría intentando advertirme de un peligro oculto o simplemente estaría pidiéndome socorro? Venteé el aire y no pude olfatear nada inquietante. Allí sólo estábamos ella, los murciélagos y yo. Clara y Omar habían estado allí, ciertamente, y todavía se podían percibir débilmente sus olores, pero se habían marchado mucho antes de mi llegada. Entre mi madre y yo sólo había unos matorrales. Luego, sin duda, tendría que luchar contra los vampiros para rescatarla, pero no contaba con que ellos pudieran hacerme mucho daño. Así, inicié la carrera hacia mi madre y me introduje al galope en el matorral que me separaba de ella. Algunas de aquellas plantas podrían tener espinas o ser urticantes, pero, después de haber soportado las mordeduras de docenas de serpientes, aquello no podía considerarse un obstáculo serio. Oí los sollozos de mi madre, ahogados por la cinta que le tapaba la boca, y vi cómo los murciélagos, excitados, emprendían el vuelo, salvo aquellos que no podían hacerlo, por culpa de la sangre que habían absorbido, y que se limitaron a dar saltos de rana para esconderse en la hojarasca que cubría el suelo. Al parecer, no pensaban atacarme, sino huir. Y, sin embargo, mi madre parecía más asustada que nunca. No dejaba de gemir, pero la mordaza ahogaba todas sus palabras.

Ya casi había atravesado completamente el matorral cuando sentí un brusco mareo, el más fuerte y repentino que nunca había sentido. Primero empecé a verlo todo borroso, como si una espesa niebla hubiera invadido súbitamente el lugar. Luego sentí que mis patas flaqueaban y que mi cuerpo caía al suelo como un peso muerto. Finalmente, todo se volvió negro y me hundí en el olvido. Todo había sido cuestión de unos pocos segundos, fue un ataque tan fulminante como el de un rayo. La última sensación más o menos clara que recuerdo haber percibido antes de desvanecerme por completo fue un confuso eco de los sollozos de mi madre. Después, la noche, el silencio, una nada tan absoluta como la muerte…

Mientras tanto, el combate entre Ruy y Omar permanecía indeciso. Ruy, sin duda, era bastante más fuerte que su rival, pero este se hallaba más fresco y estaba más acostumbrado al clima tropical. Por ello, la sofocante atmósfera de la selva no le afectaba demasiado, mientras que Ruy acababa con la lengua fuera de la boca después de cada escaramuza. Durante un buen rato, la lucha se redujo precisamente a eso, a meras escaramuzas para evaluar la fuerza del adversario sin correr demasiados riesgos. Pero Omar empezó a ganar confianza cuando vio que a Ruy cada vez le costaba más esquivar sus ataques, como si estuviera empezando a cansarse, y no tardó en aumentar la agresividad de sus acometidas. Al principio, le sonrió el éxito y cobró ventaja sobre Ruy. Consiguió infligirle con sus dientes varias heridas sangrantes, mientras que él permanecía prácticamente ileso. Con todo, la pérdida de sangre, más que debilitar a Ruy, pareció sacarlo de su marasmo, pues a continuación consiguió lanzar un contraataque tan brutal que Omar se vio obligado a replegarse a la espesura. Una vez que Omar se hubo alejado, Ruy optó por no perseguirlo y esperar a que volviera, pues no le convenía desperdiciar fuerzas. Pero Omar, algo nervioso, pensando que anteriormente acaso se había confiado en exceso al considerar agotado a su enemigo, no se decidía a atacar de nuevo y se limitaba a moverse en círculos alrededor de su rival, en un vano intento de provocarlo. Ruy permanecía impasible. De hecho, dejó de observar los movimientos de su contrincante y se puso a lamerse las heridas de las patas, aparentando una indiferencia que seguramente no sentía. Sin embargo, Omar no era tonto y no se dejó engañar. Continuó vagando en círculos, con los ojos fijos en Ruy, pero sin decidirse a atacarlo. Cierto nerviosismo mordió su corazón como un áspid y se concentró en examinar al enemigo, descartando toda iniciativa hasta que tuviese una idea clara de cuáles pudieran ser sus intenciones. En cambio, Ruy, una vez que se hubo lamido las heridas para cortar las hemorragias, parecía atento a cualquier cosa menos a su rival.

Durante un buen rato oteó los alrededores, como si estuviera buscando algo, aparentemente ajeno a los movimientos del enemigo y a la intensa vigilancia con la cual este examinaba sus menores movimientos. Así hasta que, de repente, se arrojó sobre Omar, con tanto ímpetu que este no tuvo más remedio que buscar el cobijo de unos arbustos cercanos para esquivar su acometida. Tampoco fue difícil: Omar nunca había dejado de vigilar a Ruy y aquella escaramuza no lo cogió desprevenido, de modo que pudo esquivarla sin recibir un solo arañazo.

Pero, apenas se hubo internado en la maleza, Omar aulló de dolor. En medio de aquellos arbustos había un nido de víboras. Él no se había percatado. Ruy sí, y su último ataque no había tenido otro objeto que empujar a Omar hacia la perdición. Para localizar a las víboras, Ruy había tenido que desentenderse durante un rato de su enemigo, lo cual hubiera sido mortal si a este se le hubiera ocurrido entonces tomar la iniciativa. Pero Omar no lo había hecho. Ruy sabía que podía desconcertarlo fingiendo indiferencia y la apuesta le había salido bien. Sin duda, aquella no era la forma más noble de ganar un combate, pero la nobleza era un lujo demasiado caro cuando el adversario también la ignoraba y había vidas inocentes en juego. Las serpientes eran más bien pequeñas y probablemente su mordedura, aunque dolorosa, no sería mortal para un animal del tamaño de un lobo. Sin embargo, este factor inesperado había constituido una excelente distracción, que Ruy aprovechó a fondo para lanzar un ataque demoledor sobre su adversario. La idea de Ruy era herirlo para dejarlo fuera de combate, sin poner en peligro su vida, pero la resistencia de Omar, que se había repuesto de la sorpresa antes de lo esperado, fue tan rabiosa, pese a su situación de desventaja, que Ruy no tuvo más remedio que infligirle heridas mortales para salvaguardar su propia vida.

Poco después, Ruy, recuperada su forma humana, jadeaba apoyado en el tronco de un árbol, mientras Omar, también reconvertido en hombre, agonizaba sobre el fangoso suelo de la selva. Entre sus últimos estertores, el agonizante tuvo suficiente ánimo para dirigirse a Ruy, en un tono desafiante:

-No creas que tú, a la postre, correrás mejor suerte que yo. Clara me vengará en cuanto se entere de esto y te destrozará como a un cordero.

Ruy, una vez que hubo recobrado el aliento, respondió:

-Clara se cuidará mucho de hacer eso si sabe lo que le conviene. Cuando venga, Ángela ya habrá vuelto con su madre y entre los dos le haremos morder el polvo.

Omar estuvo a punto de reírse, pese a que la vida se le estaba escapando del cuerpo con cada hilo de sangre que manaba de sus heridas:

-¡Imbécil! Nunca volverás a ver a tu amiga. Ella ya ha caído en la trampa. La muerte la estaba aguardando junto a su madre y ahora ya la habrá encontrado.

Ruy palideció primero y bramó después:

-¡Hijo de puta! ¿Tan fuerte es tu sed de venganza que has sido capaz de tenderle una emboscada a una niña con tal de satisfacerla?

Omar, consciente de que le llegaba el final, volvió a hablar, ahora con un tono más melancólico, casi dulce:

-No, Ruy, la muerte de la niña significaba para mí mucho más que la satisfacción de una venganza. Su inmolación me habría salvado –nos habría salvado a ambos, en realidad- de nuestra maldición. ¿Conoces la historia de Louis Dulac? La maldición cayó sobre él después de que asesinara a su propia madre para vengar una afrenta imaginaria. Clara me lo reveló: el Mal supremo adopta las formas del Bien absoluto reflejadas en un espejo. Dos acciones antitéticas se anulan mutuamente. La maldición nació de un matricidio. Era necesario que uno de nosotros se sacrificara para salvar la vida de un ser querido (preferentemente, su madre), y así se borraría el pecado de Dulac y se redimiría nuestro linaje. Pero ahora ya todo da igual: ella morirá en vano, si es que no ha muerto ya. Yo me extinguiré en breves y tú también cuando Clara venga para destruirte. La maldición se extinguirá, de todas formas, pero ninguno de nosotros vivirá para celebrarlo. Que Dios nos perdone a todos. Yo… me muero…

Omar expiró mientras el horrorizado Ruy intentaba asimilar la información que le había suministrado aquella triste boca moribunda.

Algunos minutos después, un tambaleante Ruy llegó al lugar donde yacía el cuerpo inerte de Ángela, que también había recuperado la forma humana (los licántropos siempre la recuperan espontáneamente cuando la muerte se acerca). Todavía estaba viva, pero ni su piel lívida ni su respiración estertorosa auguraban nada bueno para ella. Al parecer, se hallaba en un estado de agonía irreversible, cuyo fin podría llegar en cualquier momento y que, en todo caso, no prometía tardar mucho. Elena lloraba a lágrima viva, atada a los árboles y sofocada por la mordaza, mientras veía impotente cómo la vida huía, lenta pero inexorablemente, del cuerpo de su hija, el ser al que más amaba en el mundo, por quien ella hubiera dado su vida gustosa si así hubiera podido salvarla. Inmersa en océanos de angustia y desesperación, ni siquiera cobró conciencia de que Ruy estaba allí, ni aun cuando este la desató y la ayudó a tumbarse en el suelo, junto a las raíces de uno de los árboles. Una vez hecho esto, Ruy dejó a Elena, sintiéndose incapaz de consolarla cuando él mismo estaba al borde de la desesperación, y se postró junto al cuerpo, casi cadáver, de la pobre niña. Lo acarició y lo sintió frío. Quiso hablarle con cariño, pero las palabras se ahogaron en su garganta, devoradas por la tristeza. Unas lágrimas se asomaron a sus ojos, pero no le impidieron examinar el matorral que Ángela había atravesado antes de morir. Reconoció aquellos arbustos: en medio de ellos florecía la…, una planta inofensiva para los humanos, pero venenosa para licántropos, brujas, vampiros y demás seres de la noche. Los chamanes de las tribus primitivas la conocían bien y colocaban sus ramas o sus flores en los vestíbulos de sus chozas, sabiendo que constituirían una defensa eficaz contra ciertas intrusiones no deseadas. Si las flores de la… sólo hubieran entrado en contacto con la piel de Ángela, esta apenas habría sufrido un molesto escozor, como el que nos pueden producir a nosotros las ortigas. Pero habían entrado en contacto directo con su sangre, y eso significaba la muerte. Las heridas que le habían sido infligidas a Ángela en las patas y en el rostro por los colmillos de las serpientes, por las garras del ocelote y por los dientes de los vampiros habían permitido que el veneno destilado por los pétalos de las flores invadiera sus venas, extendiendo el frío de la muerte por todo su organismo.

Ruy se tomó un tiempo para meditar. Desde aquel lugar, relativamente despejado, podía ver la Luna llena, la brillante Luna del trópico, cuya belleza refulgente parecía burlarse de las desdichas que atenazaban su alma. Ruy, entonces, tomó una decisión, una decisión tan irrevocable como si todos los actos que esta implicaba ya hubieran sido realizados en un pasado remoto, antes de que los Señores de la Vida y la Muerte, aquellos terribles y oscuros espíritus de la selva primitiva, anteriores a la inteligencia y a la palabra, hubieran comenzado a deshilachar la madeja del tiempo. Todo era, pues, tan fatal e inevitable como si ya hubiera sido hecho. Ruy invocó en silencio a los furtivos espíritus de la selva y de los astros que vagaban por el cielo nocturno. Invocó también a las almas de sus antepasados, a los espíritus de todos aquellos seres desgraciados que, durante tantas generaciones, habían padecido en sus carnes la maldición de la licantropía y el sufrimiento que esta conllevaba, desde sus propios padres hasta el infausto Louis Dulac y su desdichada madre negra. Ni siquiera se olvidó del alma de Omar, quien, aunque involuntariamente, le había dado la clave que le permitiría salvar la vida de la única persona a la que aún amaba en el mundo. Y, finalmente, invocó a Dios, pidiéndole perdón por lo que pudiera haber de pecaminoso en la terrible decisión que había tomado y que decidiría para siempre el eterno destino de su alma.

Ruy se dirigió a Elena y le pidió que cubriera con sus propias ropas el cuerpo de su hija para que este no se enfriara demasiado. La desgraciada madre sintió en su voz un vago destello de esperanza, aunque no comprendía en qué podía basarse este, y, sacando fuerzas de flaqueza, consiguió levantarse. Se despojó de su camisa, quedándose en sujetador, cubrió con ella el torso desnudo de Ángela y se puso a acariciar, con las manos trémulas, el rostro lívido de su hija. En ocasiones, acercaba sus dedos a aquella pálida boca entreabierta, para sentir los fantasmales soplos de aire que todavía se escapaban, cada vez con menos fuerza, de unos pulmones moribundos. Y siguió llorando, pero ahora emitía un llanto silencioso, acompañado de oraciones entrecortadas que sólo Dios y ella misma podían oír. Mientras tanto, Ruy había desaparecido como un fantasma entre las tinieblas de la selva.

Varias horas después, lejos de allí, en un lugar sumamente tenebroso de la jungla, una enorme sombra negra se abalanzó sobre Ruy desde las ramas de un árbol. Él no hizo ningún ademán de esquivar el ataque. Este tampoco lo cogía de sorpresa. Incluso en su forma humana tenía el olfato de un lobo y sabía perfectamente qué era lo que lo aguardaba entre las sombras. De hecho, había ido allí en su busca.

Clara Mendoza, convertida en una enorme y magnífica pantera negra, pletórica de fuerza y amenaza, derribó a Ruy y lo mordió en el hombro. Durante un buen rato, la fiera se solazó bebiendo con repulsiva avidez la roja sangre de Ruy, sin que este ejerciera la menor resistencia. Tampoco le habría servido de nada: ella era más fuerte que él, quien, además, todavía no se había repuesto completamente del combate contra Omar. En aquel combate había perdido mucha sangre. Pero todavía perdió más cuando Clara hundió sus colmillos en su cuerpo y gustó el jugo de sus venas. Ella, sin embargo, no lo dejó totalmente exangüe: no tenía mucha hambre, pues aquella noche ya había desangrado a dos policías que se habían internado demasiado en la selva. Una vez que se hubo hartado, Clara recobró su forma humana y se puso de pie. A la pálida luz de la luna, cuyos rayos atravesaban débilmente el follaje que cubría la selva, el moribundo Ruy pudo ver el magnífico cuerpo de su asesina: tan bella, tan maravillosa, tan diabólicamente dulce, salvo por los regueros de sangre que se desprendían de sus labios encarnados… Ruy todavía conservaba en sus venas suficiente sangre como para conservar la conciencia, pero ya no podía moverse. Sus heridas seguían sangrando y no tardaría en morir a causa de la hemorragia, si es que Clara no optaba por rematarlo. Pero no parecía ser esa su intención, pues a ella no le agradaba ahorrarles sufrimientos a sus enemigos. Clara examinó a su agonizante adversario, sonrió cruelmente y dijo, con una voz cristalina en la cual se mezclaban la falsa dulzura y el sarcasmo:

-Mi querido Ruy, ¿por qué me lo has puesto tan fácil? Ni siquiera te transformaste. Tampoco hubieras podido vencerme, pero al menos me hubieras hecho algo de daño. Me parece que la muerte de tu amiguita te ha vuelto estúpido.

Ruy reunió sus últimas fuerzas para responder, con una voz apenas audible, y sin mirar a su interlocutora, a la cual ya no hubiera podido ver, pues las brumas de la inconsciencia habían comenzado a nublarle los sentidos:

-Ella no morirá. Yo les he ofrecido mi alma a los Señores de la Vida y de la Muerte a cambio de la suya. Con este sacrificio borro para siempre la maldición de Louis Dulac y redimo a los míos de su maleficio. Yo doy mi vida por un ser amado. Cuando yo exhale mi último aliento, ella dejará de ser para siempre un licántropo y el veneno de la … ya no tendrá ningún poder sobre ella. Que Dios me perdone si mi pacto con los espíritus de la selva va contra sus leyes, pero nunca me arrepentiré de haber hecho lo que debía para salvar a Ángela Vázquez.

Clara permaneció muda de sorpresa durante unos instantes, pero después estalló en risotadas, que apenas llegaron como ecos mortecinos a los oídos de Ruy:

-¡Pobre imbécil! Puedo admitir que con tu sacrificio hayas obtenido la liberación de Ángela y la hayas salvado de morir envenenada, pero, ¿acaso crees que yo la dejaré vivir mucho tiempo? No, mi amor, aunque no lo deseara tendría que matarlas a las dos, a su mamá y a ella. Saben demasiado de mí y podrían volver a frustrar mis planes. Dentro de un rato las buscaré y las haré pedazos. Luego volveré a Pazos, me haré con la estatuilla de Kali y convertiré a Sandra Veiga en una nueva guerrera de la Diosa Negra. La victoria final será mía, de todas formas.

Ruy murmuró, tan débilmente que Clara no habría podido oírlo de no tener los oídos de una fiera:

-No creas, Clara, lo he previsto todo. La victoria no será tuya.
Clara, sin dejar de sonreír, pero un tanto escamada por la seriedad con la que hablaba Ruy, deseando en el fondo que sus últimas palabras no fueran más que los delirios de un moribundo, le espetó:

-¿Qué quieres decir? ¡Habla o haré tu agonía mil veces más dolorosa!

Entonces fue Ruy quien dibujó una sonrisa sobre su rostro lívido, mientras el terror comenzaba a desdibujar progresivamente las facciones de Clara:

-Digamos que te he devuelto la jugada. Sin duda, la idea de usar un veneno para matar a Ángela fue tuya. Al pobre Omar no se le habría ocurrido nunca algo tan sutil y cruel como eso. Pues yo he decidido plagiarte el plan. ¿Nunca has oído hablar de una orquídea llamada…? Vive en la selva y se la conoce tanto por su belleza como por el poderoso veneno que contiene su néctar. Se parece bastante a ti, en realidad: hermosa y mortífera, dulce y letal. Si gustas su néctar, podrás caminar durante, como mucho, un cuarto de hora. Luego caerás al suelo y morirás en cuestión de minutos. No se trata de una muerte especialmente dolorosa, pero tampoco hay remedio posible. El aroma de esa flor es fuerte e inconfundible, él me permitió localizarla. Por cierto, también es delicioso como un bálsamo. Desde que lo olí por primera vez, todos mis miedos y mis dudas han desaparecido como por ensalmo. Aun ahora, en los umbrales de la muerte, me siento dichoso porque he tenido la oportunidad de gustar su fragancia… y su néctar. De eso hace aproximadamente veinte minutos. Ahora su veneno ya habrá tenido tiempo de invadir mi sangre… y también la tuya, pues tú has saciado tu sed en mis venas. Sí, Clara: vas a morir conmigo. El veneno de la… nos matará a los dos. Consuélate recordando que nunca he podido superarte en un combate abierto: morirás invicta. Que Dios nos perdone a ambos.

Clara comprendió que Ruy no mentía. En realidad, nunca llegó a dudar de su sinceridad. Y supo que estaba condenada, que, al beber la sangre de Ruy, se había precipitado de cabeza en las fauces de la muerte. Durante un instante, el horror la paralizó. Pero, con toda su degradación, Clara Mendoza era valiente y se sobrepuso al miedo. Emitió un suspiro y se sentó al lado de Ruy. Sintió vagamente que el veneno estaba comenzando a minar sus fuerzas. No era una sensación dolorosa, simplemente sentía que una debilidad y un desánimo infinitos se apoderaban de ella, como si la sangre estuviera huyendo gota a gota de sus venas. Con una voz débil, melancólica y pacíficamente desesperada, se dirigió a Ruy, sin mirarlo, con los ojos fijos en el infinito que se preparaba para recibirla:

-En fin, supongo que la muerte no supone una gran pérdida para ninguno de los dos.

Ruy pronunció unas últimas palabras antes de sumergirse definitivamente en la inconsciencia precursora de la muerte:

-Tal vez suponga una ganancia si nos acordamos de Dios antes de que la oscuridad nos reclame. Acuérdate de tu madre, Clara…
Apenas hubo pronunciado por última vez el nombre de su enemiga, Ruy se calló para siempre, ignorando si ella había prestado atención a sus recomendaciones. Cuando, poco después, amaneció, los escasos rayos del sol naciente que pudieron penetrar en la abigarrada espesura de la selva acariciaron dos pálidos cadáveres, que yacían sobre el suelo fangoso, ajenos a la eterna barahúnda de los monos y los pájaros. Eran un hombre y una mujer, de rostros dulces y juveniles, cuya belleza todavía no había sido anulada por la muerte. Si alguien hubiera pasado por allí, habría podido ver que sobre las macilentas caras de los muertos se reflejaba una extraña dulzura y que las manos de ella se habían agarrado a la diestra del hombre en su último movimiento consciente. Pero nadie pasó por allí y ambos cuerpos permanecieron en el lugar donde yacían, nutriendo con sus jugos vitales a la madre selva, que extrae la vida de la muerte y la belleza de la podredumbre.

X. LO EXTRAÑO LLEGA A SU FIN

“Vosotros, que me leéis, estáis aún entre los vivos, pero yo, que escribo ahora, hace mucho tiempo que habré partido hacia la región de las sombras.”
E. A. Poe

Ángela Vázquez se despertó, tras varios días de ardua lucha contra la muerte, en un hospital de San José de Costa Rica. Las circunstancias que precedieron a su ingreso fueron un tanto confusas, pues la madre de la niña, que se hallaba sometida a una terrible tensión nerviosa, fue incapaz de hacer un relato coherente de las mismas. Desde luego, había sido una jornada particularmente dramática en el parque nacional de …, desde el cual la niña había sido trasladada al hospital en un helicóptero. Al extraño ataque de los vampiros, que provocó varios heridos, aunque ninguno especialmente grave, y no pocas crisis nerviosas, hubo que añadir otros acontecimientos todavía peores: En primer lugar, las sangrientas muertes de dos empleados del parque, destrozados en extrañas circunstancias por predadores no identificados (ajenos desde luego a la fauna habitual de la zona, donde nunca se habían visto carnívoros más grandes que los ocelotes –y, aunque los hubiera, ¿cómo habrían podido acceder a un edificio lleno de gente sin ser advertidos?

-.Y, después, las misteriosas desapariciones de un turista español y de dos agentes de policía, que registraban la selva en busca de los predadores mencionados anteriormente… y que probablemente tuvieron la mala suerte de hallar lo que buscaban. Todos estos inquietantes sucesos todavía no han sido explicados satisfactoriamente, pese a las intensas investigaciones realizadas por las autoridades costarricenses al respecto, y entre las gentes de la región han resucitado últimamente las viejas leyendas relacionadas con el “chupacabras” y otros monstruos folclóricos semejantes. Durante un par de días los medios de comunicación del mundo entero hablaron mucho de lo sucedido en el parque. Pero al tercer día se supo que el Real Madrid estaba a punto de fichar a la estrella del Barça y el asunto de Costa Rica fue olvidado por casi todos, salvo por programas sensacionalistas y revistas especializadas en lo paranormal.

Por otra parte, la enfermedad de Ángela parecía bastante extraña y tardó algún tiempo en ser diagnosticada correctamente. Con todo, los médicos pudieron identificar la raíz de su mal antes de que fuera demasiado tarde: se trataba, en realidad, de una reacción alérgica, provocada por el contacto con cierta planta que crecía en las zonas más oscuras de la selva. Fue difícil salvarla, pues su estado era muy grave, pero al final lo consiguieron. La pobre chica estaba tan mal cuando la trajeron a la ciudad desde el parque nacional de… que aquello, más que una cura, fue una verdadera resurrección. Y acaso esta no se debió tanto a las medicinas empleadas por los facultativos como a una fuerza misteriosa, casi sobrenatural, que pareció reanimar el cuerpo de la muchacha cuando su fuerza orgánica parecía haberse desvanecido para siempre.

Durante aquellos largos días y noches de agónica lucha por la supervivencia, Ángela tuvo sueños. Soñó que veía a un Ruy pálido y fantasmal, que la miraba con dulzura desde el brumoso mundo donde viven los sueños. Y oyó su voz, una voz tierna que le decía:

-Mi querida Ángela, espero que seas muy feliz en tu vida. Eso es lo único que te pido a cambio de mi sacrificio: que luches por ser dichosa y que mi recuerdo no entristezca nunca tu corazón, pues mi muerte no ha tenido otro objeto que procurarte la vida y la felicidad. Yo te he querido mucho, muchísimo más de lo que nunca me he atrevido a manifestarte, pero mi vida ya ha terminado y ahora deberás buscar otras personas que sean dignas de tu amor. ¡Que no se te ocurra serle fiel a mi memoria! Yo quiero verte contenta, acompañada por un chico guapo, que sepa hacerte feliz y que, en el futuro, te dé hijos. Y deseo que estos crezcan sanos y fuertes, y que algún día lleguen a ser tan dulces y bondadosos como su madre, de modo que sean capaces de compensar con sus buenas obras todo el mal que cometieron nuestros antepasados.

Y no sólo nuestros antepasados. Un día te dije (¿lo recuerdas?) que todos nosotros habíamos hecho cosas malas. Tú fuiste la que te mantuviste más limpia, simplemente mataste algunos animales y aun eso bastó para provocarte remordimientos de conciencia. Yo, para mi desgracia, no fui capaz de permanecer tan puro. Antes de conocerte cometí un terrible crimen.

También te dije aquel día que mi padre había acabado como el tuyo, pero era mentira. A tu padre lo mataron los cazadores pensando que era un lobo normal. Al mío lo maté yo.

Y lo hice sabiendo muy bien quién era.

Mi padre siempre había sido un buen hombre, pero, al llegar a los cuarenta, empezó a perder el dominio sobre sus transformaciones. Y, cuando se transformaba, perdía toda conciencia humana. Se convertía en una bestia feroz, cada vez más agresiva, de modo que se encerraba en el sótano de nuestra casa de campo siempre que sentía inminente su metamorfosis, pues tenía miedo de hacernos daño a mi madre y a mí.

Una tarde yo llegué a casa, tras haber pasado todo el día en la ciudad, haciendo los exámenes del Selectivo. Cuando llegué sentí el olor de la sangre y un miedo terrible me agarró el corazón con sus zarpas de hielo. Entré temblando en la casa. La puerta principal estaba abierta, lo cual era extraño, pero apenas me fijé en eso. Cuando penetré en el interior, vi una escena cuyo recuerdo ha poblado mis noches de pesadillas durante años enteros. La puerta del sótano había sido derribada por una fuerza brutal, por la terrible fuerza que puede ejercer un licántropo cuando su rabia llega al paroxismo. Allí estaba mi padre, convertido en un enorme lobo pardo, con la boca manchada de sangre. Bajo sus patas yacía el cadáver de mi madre, de mi querida madre, de aquella mujer buena y hermosa que había sacrificado su propia felicidad para encerrarse en una casa apartada del mundo, en compañía de dos monstruos que cualquier día podrían hacerle daño. Y allí estaba su cadáver, pálido y yerto, el cuerpo de mi madre, a la cual yo amaba más que a ninguna otra cosa en el mundo. Su garganta había sido destrozada y un terror infinito todavía deformaba sus facciones, las bellas facciones de su rostro angelical. Litros de sangre manchaban sus ropas y él, mi padre, o, mejor dicho, aquel monstruo del infierno que una vez había sido mi padre, la estaba lamiendo, casi con dulzura. Él había degollado a mi madre con sus dientes de acero y ahora le hacía muestras de cariño como si tal cosa, ¡el maldito engendro hipócrita! Aquello fue lo que más me enardeció.

Loco de rabia, me transformé y me arrojé sobre él. Mi padre me dirigió una mirada triste con sus ojos redondos y ambarinos de lobo (¡cuántas veces he vuelto a ver esa mirada durante mis pesadillas!), y se limitó a esperar, como si aceptara su destino. No se defendió ni intentó esquivar mi ataque. Yo clavé mis dientes en las arterias de su cuello y lo maté en un instante. Luego, desahogué mi rabia destrozando su cuerpo con saña infinita, como si pensara que aquella locura podría devolverme a mi madre. Finalmente, agotado más bien que satisfecho, me aparté de su cuerpo, que ya había recobrado la forma humana, y vi algo que me hundió definitivamente en la locura. A pocos metros de donde yacían mis padres, se hallaba otro cuerpo humano destrozado. Era el de un desconocido que conservaba en su mano derecha un cuchillo manchado de sangre. Aquel hombre había entrado a robar. Sin duda, nuestra casa era muy tentadora para los ladrones, pues se hallaba muy apartada del centro urbano y todo el mundo sabía que éramos muy ricos. Ignoro si el intruso había planeado desde el principio el asesinato de mi madre para no dejar testigos o si su muerte fue algo imprevisto, pero lo cierto es que él la había matado, cortándole el cuello con su cuchillo. Luego, mi padre, que se había encerrado en el sótano antes del atraco, al prever una inminente transformación, se había puesto furioso tras oler la sangre de mi madre, y había conseguido huir de su prisión para abalanzarse sobre el sorprendido, y supongo que aterrorizado, delincuente. Este, pese a su cuchillo, no había podido hacer nada frente al horror que se había abatido sobre él y había pagado con su vida por el crimen que había cometido. Luego, mi padre, presa de una tristeza infinita, se había puesto a lamer el cadáver de su esposa, en una demostración de profundo afecto animal que la transformación nunca había podido borrar por completo. Entonces entré yo, y lo que vi, unido al olor enloquecedor de la sangre, ofuscó mi mente, de modo que… Cuando me di cuenta de lo que había hecho, enloquecí. Pasé varios meses bajo tratamiento psiquiátrico, aunque, por supuesto, nadie pudo relacionarme con aquellas muertes. Se suponía que había perdido el juicio tras sufrir un trauma por haber visto los cadáveres de mis padres. Oficialmente, estos habrían sido asesinados por un delincuente (el cual, posteriormente, y por algún motivo completamente desconocido, se había suicidado) y luego los cuerpos habrían sido destrozados por una jauría de perros salvajes que habría entrado en la casa por la puerta, que el ladrón se había olvidado de cerrar. Una historia rocambolesca e inverosímil, sin duda. Pero sólo yo sabía que la verdad era algo todavía peor y más increíble que todo eso. Yo había repetido, si no superado, el crimen de Louis Dulac: había matado a mi padre, sabiendo que era mi padre, por algo de lo cual era totalmente inocente. Y él, en sus últimos momentos, no me había dirigido ninguna maldición, sino que me había mirado con una tristeza infinita, tras la cual latían la comprensión y el cariño.

Aquello fue lo peor. Aquella mirada me atormentó atrozmente durante las largas semanas que permanecí en el centro psiquiátrico, regentado por un médico amigo de mi padre, que conocía nuestro secreto y que me mantenía continuamente sedado para evitar que me transformara bruscamente durante un arrebato de rabia.

Una vez que, no sé cómo, conseguí superar en parte las secuelas de aquella experiencia, salí del hospital y, dueño de la fortuna familiar, me dediqué exclusivamente a buscar seres como yo, pues era consciente de que, después de lo que había sucedido, nunca me sentiría bien al lado de personas normales, ajenas al infierno con el cual la maldición de Louis Dulac había estigmatizado nuestras almas. Tras numerosas pesquisas, sólo pude encontrarte a ti. Todos los demás habían muerto: una prueba más de que nuestra maldición acarreaba, antes o después, el sino de la muerte trágica. Pero tú eras distinta: pura, bondadosa, capaz de llorar por unos pobres corderos muertos… Tú me devolviste la fe, la esperanza, mi vida… Al entregarla por ti no hice sino satisfacer una deuda. Nada más tengo que decirte, mi dulce Ángela, ahora sólo me queda esperar que algún día pueda volver a verte en una vida mejor, donde los seres malditos podamos alcanzar la felicidad que se nos negó en el mundo de los hombres. Adiós para siempre, Ángela mía, que Dios te bendiga y derrame la felicidad sobre ti y sobre todos aquellos a los que ames. Considera este el último y más sincero deseo de tu amigo Ruy B…, quien fue desdichado durante todos los días de su vida… hasta que te besó.

Ángela recordaría aquel sueño durante toda su vida, entre otras cosas porque sabía perfectamente que había sido mucho más que un sueño.

-extracto del diario de Ángela Vázquez, tres meses después-

Ya ha comenzado el nuevo curso, pero aún no hay mucho que estudiar y tengo bastante tiempo libre, durante el cual me dedico sobre todo a pasear por el bosque y a pensar en ti, mi querido Ruy, el mejor amigo que he tenido nunca.
Quiero que sepas que, a pesar de tus últimas palabras, no puedo dejar de echarte de menos, y que la tristeza llena mi alma cuando tu memoria me invade el corazón. Entonces quizás mi cara se muestra sonriente, pero noto cómo algo llora dentro de mí. Me siento triste, pero finjo alegría para no acongojar a los que me rodean: esto es algo que he aprendido de mamá. Aunque todavía no haya sido capaz de alcanzar la felicidad que tú deseabas para mí, te ruego que no te enfades conmigo por eso, porque yo prefiero sufrir por ti que consolarme, porque el consuelo es un sinónimo del olvido, y para mí la mayor desgracia posible sería olvidarte… Quizás nunca llegue a saber dónde reposa tu cuerpo, ni por dónde vaga tu alma, pero quiero que sepas que tu recuerdo siempre tendrá un hueco en mi corazón.

Ahora, gracias a ti, ya no soy un licántropo: he vuelto a ser una chica normal, tras cinco años ocultando mi verdadera personalidad, temerosa de que el mundo me hiciese sufrir por lo que era, o de que yo misma hiciera sufrir a los demás en un momento de locura. Sin embargo, todavía puedo leer algunas mentes: al parecer, esta facultad es algo propiamente mío, independiente de la maldición que sufría nuestra familia. O, quizás, esta facultad también sea hereditaria, aunque se trate de un poder anterior a la maldición de Louis Dulac. No olvidemos que la madre negra de Louis tenía fama de bruja, y quizás dicha reputación se debiera en parte a la posesión de facultades paranormales como las que teníamos Ruy y yo.

En este nuevo curso me siento al lado de Alberto Román, un primo de mi amiga Bea, que ha llegado este curso al instituto para hacer el Bachillerato de Ciencias de la Salud. Estudió la ESO en el instituto de Trives, donde estaba destinado su padre (que trabaja para un banco), pero ahora lo han destinado a la sucursal de aquí y su familia se ha establecido en Pazos para siempre. Y también va conmigo a la Escuela de Idiomas, así que, en realidad, casi paso más tiempo con él que con mamá.

Alberto es un chico maravilloso, diferente, especial (o, al menos, así lo veo yo, que es lo que importa): guapo, educado, simpático, inteligente… Me cae muy bien y, gracias a la telepatía, sé que yo a él también le gusto, aunque hasta ahora todavía no me lo haya dicho abiertamente, porque, con toda su simpatía, es un poco tímido, al igual que yo. Ya he quedado con él algunas veces, para ir a estudiar a la biblioteca por las tardes o para tomar algo durante los fines de semana. En esos casos hasta ahora siempre nos ha acompañado Bea, lo cual le ha quitado bastante hierro al asunto, pero pronto llegará la prueba de fuego: El próximo sábado iremos al cine a Ourense y, como Bea no puede venir por culpa de un examen (ella está en Ciencias Sociales y no tiene las mismas asignaturas que nosotros), será la primera vez que hagamos algo nosotros dos solos. Que sea lo que Dios quiera, pero la verdad es que estoy muy ilusionada, a la vez que bastante nerviosa. Mi deseo y mi esperanza es que pronto Alberto y yo seamos… bueno, ya sabes. Pero, pase lo que pase, nunca dejaré de recordarte y, aunque otro sea mi novio, tú siempre serás para mí algo todavía más importante que eso: mi ángel bueno, el hombre que sacrificó su vida por mí y a quien yo se lo debo todo. Cuando pueda quereros a Alberto y a ti al mismo tiempo, a él con el corazón y a ti con mi alma, entonces habré dado un gran paso hacia la felicidad, y entonces, aunque los recuerdos me entristezcan o los problemas de la vida me atormenten, ya no seré desgraciada, porque siempre tendré una mano (visible o invisible) a la que asirme cuando sienta que las corrientes intentan arrastrarme hacia el abismo.

Mamá está bien: al principio, se encontraba psicológicamente destrozada por aquella terrible experiencia en la selva, dejando aparte las secuelas físicas de la misma, pero se recuperó pronto y casi estalló de felicidad cuando me vio abrir los ojos en el hospital, tras tanto tiempo de incertidumbre y esperanza. Sin duda, sufrió ella mucho más que yo. La verdad es que no recuerdo casi nada de aquellos días, sólo el sueño en el que te vi permanece presente en mi memoria. Y eso basta. Sandra Veiga, por lo que sé de ella, también ha vuelto a ser una chica normal. Al parecer, la desaparición de Clara destruyó todo nexo entre ella y la secta de las mujeres-pantera. Eso sí, ahora todos los matones del instituto la miran con miedo, pues recuerdan lo que le hizo al salvaje del Pereira (que este año, gracias a Dios, ya no se ha matriculado en el instituto), y no se atreven ni con ella ni con ninguno de sus amigos. Por cierto, ahora la muy mocosa ya tiene novio: un chico de su clase llamado Brais, ¡si es que estas crías de hoy en día deberían nacer con un certificado de matrimonio! Lo único que temo es que otra mujer-pantera se acerque a Pazos en busca de la dichosa estatuilla, pero hay cosas en las que es mejor no pensar, porque si no lo único que conseguiremos será amargarnos. Que sea lo que Dios quiera y que Él nos proteja a todos de las fuerzas oscuras que nos rodean.

Por cierto, hablando de Dios, ayer fui a la iglesia y le conté a Manuel, bajo secreto de confesión, la esencia de nuestras aventuras. Le hablé de nuestra maldición (sin mencionar la licantropía: sólo me referí a un maleficio sin especificar en qué consistía este), de nuestro amor (que a él, según sus propias palabras, no lo cogía totalmente de nuevas) y, sobre todo, de tu sacrificio. Le dije que a veces me costaba sentirme a gusto conmigo misma, sabiendo que todo se lo debía a alguien que había dado su vida por mí y que por mis propios méritos ahora no tendría absolutamente nada. Admití que era una sensación extraña y le pregunté si me comprendía. Él, con una voz dulce, distinta del tono agresivo que le sale en el instituto, me dijo:

-Claro que te comprendo, mi querida Ángela. Soy cura, ¿recuerdas? Vivo de contar una y otra vez una historia muy parecida a la tuya.

FIN

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