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La marioneta

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Sergio recordó algo de pronto y apagó la motosierra. ¿Era allí donde había pasado aquello, o era más adentro en el bosque? Observó la fronda que se extendía en todas direcciones y no estuvo seguro; había pasado mucho tiempo. Pensó que de todas formas no importaba. ¿Qué probabilidades había de que fuera aquel mismo árbol…?
Volvió a encender la motosierra y tumbó el árbol. Después le cortó los gajos, y hecho eso lo ató para que su mula lo arrastrara.
Cuando iba saliendo del bosque por un sendero se cruzó con un conocido:

– ¡Hola, Sergio! -lo saludó el conocido-. Llevas buena leña ahí.
– ¡Hola! Es una madera buena sí, pero no es para leña, es para mis marionetas.

Y cada uno siguió por su camino. Al llegar a su hogar usó una palanca para rodar el tronco y lo colocó sobre otros. Al otro día lo llevó hasta su aserradero y lo cortó en tablones y trozos rectangulares. La madera estaba verde y tenía que esperar para utilizarla.
Le echó mano recién un año después. Ahora la trabajó a mano. En su taller de marionetas fue tallando la piezas que formarían las partes articuladas de su marioneta. Esa tarea le llevó días. Por las noches, cuando ya era muy tarde, su esposa iba hasta el taller para llamarlo, y casi siempre era la misma discusión:

– Te vas a arruinar la vista con esos muñecos -le decía su esposa desde la puerta.
– Que no son muñecos, son marionetas, y este todavía es mi trabajo, y nadie se ha quedado ciego trabajando. Ve, que ya estoy por terminar -le respondía Sergio, sin apartar la vista de su trabajo.
– Ya dijiste eso varias veces. Después andas con los ojos adoloridos. Los años no pasan solos…

Solo le faltaban los últimos retoques a la marioneta que fabricara con la madera recogida en el bosque.
Cuando terminó de dibujarle y pintarle la cara la contempló satisfecho; mas al observarlo bien quedó algo desconforme con lo que transmitían los ojos y la sonrisa de la marioneta, no era lo que él había pretendido. Pensó que tal vez su mujer tenía razón. Se restregó los ojos y bostezó. Le iba a colocar las cuerdas al otro día. Y fue a acostarse entre nuevos bostezos. Pero una vez acostado algo no lo dejaba dormir. ¿Por qué le habían salido así los rasgos de la marioneta? ¿Sería que su pulso ya no era el mismo?
Sergio se irguió de pronto y escuchó. Había ruidos en su taller. No quiso despertar a su mujer para no asustarla; había tantas cosas allí que hasta un ratón podría hacer un alboroto. Al encender la luz quedó petrificado de horror: la marioneta no estaba donde la había dejado, ahora colgaba de una cuerda que le envolvía el cuello, y sus manos y piernas temblaban como tiembla un recién ahorcado.
Sergio ya había visto aquello, fue muchos años atrás. Cuando recorría el bosque y de pronto vio a un hombre que acababa de colgarse; y fue en el árbol que él taló años después para hacer aquella marioneta.
Cortó la cuerda y metió a la marioneta en una caja. Al otro día quemó la madera que aún le quedaba, pero no se atrevió a destruir a la marioneta, y solamente la enterró en el bosque dentro de un cajón pequeño. Un tiempo después volvió al lugar donde enterrara la caja, y descubrió que la tierra estaba removida desde hacía tiempo.

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