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Los Faílde, 1ª parte.

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Hace unos quince años, Anxo Vázquez y Rosa Barreira, dos novios que estaban realizando una excursión por las montañas gallegas, se perdieron en cierto bosque salvaje y misterioso donde pocos se aventuraban a entrar. Una vez allí, fueron atacados por una extraña bestia de aspecto antropoide. Varias horas después, una patrulla de la Guardia Civil encontró a Anxo, que, que yacía muerto sobre un charco de sangre, y a Rosa, que no había sufrido daños físicos, pero sí un terrible trauma psicológico del cual tardaría mucho tiempo en recuperarse. La investigación oficial no pudo encontrar ni identificar a la criatura responsable del ataque y las autoridades optaron por silenciar el asunto, que pronto sería olvidado por todos salvo por la muchacha superviviente.
Ha pasado el tiempo. Nos hallamos en una importante villa orensana, situada cerca del bosque donde tuvieron lugar aquellos extraños ataques.
El doctor Luis Castro, uno de los médicos más prestigiosos de la localidad y viudo desde hace algunos años, vive en una hermosa casa de las afueras con Alba, su hija adolescente. Esta es una chica muy atractiva, que, pese a no haber cumplido aún los quince años, ya ha posado como modelo para un catálogo de ropa de baño para niños y adolescentes. Desde que falleció la esposa de Luis, este es el único que sabe que Alba no es realmente hija suya. Hasta la propia muchacha lo ignora.
El caso es que Elvira, la madre de Alba, había sido abandonada por su novio después de haberse quedado embarazada a los dieciocho años. Los padres de Elvira, que eran miembros de una de las familias más distinguidas y conservadoras de la comarca, no podían consentir que su hija se convirtiera en una madre soltera ni tampoco que abortara, así que arreglaron las cosas para que su amigo Luis la desposara y reconociera a la niña como suya. No era aquel un papel demasiado glorioso para el improvisado marido, pero entonces el joven doctor Castro necesitaba dinero para montar una clínica privada y deseaba contar con el apoyo económico de sus adinerados suegros, así que había aceptado el plan sin demasiados remilgos. Pese a la falta de amor entre los contrayentes, el matrimonio había sido, si no feliz, al menos bastante llevadero, y mientras Alba fue pequeña Luis la quiso de corazón, no precisamente con un verdadero amor paternal, pero sí con un cariño bastante sincero. Sin embargo, y aunque su actitud externa hacia la niña no cambió en absoluto, sí lo hicieron sus sentimientos cuando Alba llegó a la pubertad y se convirtió en una atractiva adolescente. La crisis culminó cuando Luis vio las fotos de su presunta hija en el catálogo, con la dulce belleza de su rostro realzada por un hábil estilismo y favorecedores bikinis que permitían apreciar la turbadora precocidad de sus curvas femeninas. El cariño se convirtió en obsesión y el amor se fue contaminando progresivamente de lujuria. Primero fue una mera fantasía, luego una sucesión de sueños húmedos que atormentaban cruelmente sus noches, finalmente pensamientos vergonzosos, alimentados por la irresistible perversidad que amenazaba los vacilantes principios morales del maduro doctor Castro. Él sufría lo indecible cuando veía a Alba acompañada por chicos de su edad y extrañaba los viejos tiempos, no porque echara de menos la perdida integridad de su alma, sino porque entonces podía acariciarla y besarla con cualquier excusa. Pero a los adolescentes no les suele agradar que sus padres los sigan acariciando y besando como cuando eran niños pequeños, de modo que hasta aquellos pequeños desahogos le habían sido vedados a Luis.
Al final, este tomó una decisión y se dijo: “Debo hacerlo, si no lo hago acabaré estallando y será mucho peor. Ella no es mi hija, no es carne de mi carne, lo que le haga podrá ser una infamia, pero no un incesto. No le haré ningún daño físico, sólo un pequeño susto que se curará con un par de sesiones con un buen psicólogo. Ni siquiera será una violación, no soy tan bestia, ni tampoco tan imbécil para dejar mi ADN en su cuerpo. Sólo le haré lo que le hice tantas veces cuando era una cría, antes de acostarla o de bañarla: le quitaré la ropa lentamente y cuando esté desnuda acariciaré todas las partes de su cuerpo. Y puedo hacerlo. Sólo necesito unos guantes de látex, pasamontañas que me cubra el rostro, ropa que ni ella ni nadie pueda identificar como mía, un rollo de cinta adhesiva y una navaja para forzar la puerta trasera. Sí, por supuesto que debo forzarla, abrirla con la llave sería tanto como delatarme. Mientras lo hago procuraré hablar lo menos posible, y si lo hago fingiré un acento extranjero, cosa que se me da muy bien. ¿Cuándo? El jueves por la tarde libra la criada. Sí, yo le diré a Alba que tengo que resolver algún asunto en mi despacho de la clínica y de hecho iré allí… pero lo único que haré en la clínica será cambiarme de ropa. Me quitaré el reloj, los anillos, todo lo que ella pudiera reconocer. Luego volveré a casa. Y ella estará en su cuarto, estudiando para el examen del viernes o jugando con el móvil, ¡qué más da! Lo importante es que estará sola, sola para mí! Será una sola vez, claro, pero bastará, tendrá que bastar… o de lo contrario me volveré loco para siempre. Bien, hasta entonces que todo parezca normal, Luis, ni siquiera le prestes demasiada atención. Pronto llegará tu momento y será el éxtasis.”
Ajena a las perversas maquinaciones de su supuesto padre, Alba estaba en aquellos momentos saliendo del instituto, acompañada por su amiga y compañera Laura.
Laura era una hermosa muchacha, cuya belleza, sin ser tan llamativa como la de Alba, reflejaba una dulzura especial que compensaba la diferencia. Aunque eran amigas desde la infancia y se querían mucho, eran muy diferentes en sus gustos y personalidades. Alba era una buena chica, pero sus gustos e ideas no pasaban de ser los normales en una chica de su edad, cuya vida se centra casi exclusivamente en el teléfono móvil y las redes sociales. Laura, en cambio, tenía una personalidad más reflexiva y soñadora. Era una buena estudiante, había heredado de su madre, que era maestra, el gusto por la lectura y ella misma soñaba con ser escritora, o al menos profesora de Literatura. Curiosamente, ninguna de las dos amigas tenía una familia completa. La situación familiar de Alba ya la conocemos bastante bien, mucho mejor que ella misma. Laura sólo tenía a su madre y nunca había llegado a conocer a su padre, que había muerto en trágicas circunstancias meses antes de su nacimiento.
Cuando salió del instituto, Laura chocó con un apuesto joven que entonces pasaba por la calle y estuvo a punto de ir a parar al suelo. Aunque la culpa había sido mayoritariamente de aquel desconocido, la muchacha le pidió educadamente perdón por su despiste y siguió caminando, hablando con Alba de temas sin importancia. Pero entonces oyó que alguien le decía a sus espaldas:
-¡Mira, perdona, pero es que se te ha caído esto!
Era el joven de antes, que la había seguido para devolverle un libro que llevaba en el bolsillo y que se le habría caído seguramente en el momento del choque, sin que ella entonces hubiera advertido nada en absoluto. El muchacho le entregó el libro (una edición en rústica de los poemas de Bécquer) con una agradable sonrisa, ella lo tomó mientras le daba las gracias y, tras despedirse de él, siguió adelante para reunirse con Alba y proseguir su camino. Alba le dirigió una sonrisa pícara, así como un guiño de ojos, y le dijo en voz baja:
-¡Seguro que ese lo que quería era ligar contigo!
Laura, más vergonzosa que su compañera, se puso colorada y protestó con fingida indignación:
-¡No seas mal pensada, si todo ha sido un… bueno, un accidente! Y además, era mayor para mí, tendría al menos veinticinco años.
-¡Bah, también Robert Pattison es mayor que tú y estás enamorada de él desde que viste la primera película de “Crepúsculo”!
-¡De eso nada! Me gusta, pero eso no quiere decir que esté enamorada de él.
-¡Ya, claro, te reservas para tu admirador secreto de la calle! “Mira, perdona, es que se te ha caído esto.” “¡Ay, sí, es mío, muchas gracias!” La próxima vez que choquéis acuérdate de que te dé también su número de móvil.
-¡Bah, qué tonterías dices! ¡Si seguro que te fijaste en él más que yo!
Las dos muchachas continuaron su camino entre risas y piques hasta que se separaron para dirigirse a sus respectivas casas.
La casa de Laura no era, por supuesto, tan suntuosa como la de Alba, que a fin de cuentas era una niña bien, pero podía considerarse acogedora y agradable: una modesta vivienda unifamiliar en las afueras, con un jardín pequeño pero bastante bien cuidado. Laura entró en el jardín, saludó con una caricia a Tarzán, su pastor belga, y se encaminó a la cocina para ver si su madre necesitaba ayuda con la comida del mediodía. Rosa, la madre de Laura, una atractiva mujer de mediana edad, le dijo:
-No hace falta que me ayudes, que hoy toca ensaladilla y la preparo en un periquete. ¡Vamos, seguro que si hubiera que pelar patatas no ibas a tener tantas ganas de ayudarme!
Viendo que su presencia no era necesaria en la cocina y previendo que aún tendría tiempo de leer algo antes de comer, fue a su cuarto, se tumbó boca arriba sobre la cama y empezó a leer el libro de Bécquer. Pero entonces cayó una hoja doblada que se hallaba entre las páginas del libro y que (Laura se sentía bastante seguro de ello) no estaba allí cuando lo había cogido por la mañana. Viendo que la hoja estaba escrita (a mano, con una caligrafía bastante bella), la desdobló y empezó a leerla. Sólo el encabezamiento fue suficiente para turbarla. Ponía en la hoja:

PARA LAURA VÁZQUEZ BARREIRA

Querida Laura: Si estás leyendo esto es que he forzado un choque aparentemente casual entre los dos para hacerte llegar este documento. Tú no me conoces, pero yo a ti sí te conozco, quizás más aún de lo que tú te conoces a ti misma. Quiero hablarte de ti y de mí, pero también de una vieja historia que debes conocer.
Yo desciendo de una rancia familia hidalga, los Faílde, que durante muchas generaciones dominó la zona oriental de esta comarca, la cual acaso sea la región más salvaje menos poblada de toda Galicia. Aún hoy se alza en las montañas, cerca de una aldea pobre y casi desierta, un caserón abandonado y medio derruido que fue durante siglos la mansión solariega del clan.
Un día, hace mucho tiempo, uno de los Faílde se perdió en los bosques mientras seguía el rastro de un lobo al que deseaba cazar. Sorprendido por una fuerte tormenta, sólo halló refugio en cierta caverna natural que los campesinos solían evitar sin saber muy bien por qué. Una vez dentro de la cueva, sorprendió a un grupo de hombres realizando un extraño ritual religioso que despertó primero su interés y posteriormente su asombro. Hay que decir que aquellos hombres pertenecían a una misteriosa etnia de parias sin hogar ni apellido, que recorrían los caminos rurales pidiendo limosna y robando todo lo que podían. No tenían nada que ver con los campesinos de la comarca, los cuales sólo sentían hacia ellos prevención y desprecio, de modo que podían considerarse unos seres completamente al margen de la sociedad, algo así como los agotes del Pirineo navarro.
El intruso los amenazó con denunciarlos ante la Inquisición por brujería si no le revelaban todos los secretos de su misterioso culto y los hombres accedieron a ello. Por suerte o por desgracia, nunca sabremos lo que le contaron, pero sí sabemos que aquel hidalgo era un hombre completamente distinto cuando volvió a su casa para reunirse con los suyos. Su alma había cambiado y no precisamente a mejor. Desde entonces, toda la historia de la familia Faílde fue una sucesión de locuras y perversidades, que iban desde los rituales diabólicos hasta los crímenes sangrientos, pasando por el incesto y las desapariciones inexplicables de los miembros más sanos del clan. Se decía que una maldición implacable había caído sobre sus cuerpos y sus almas, de modo que ya no eran completamente humanos y que hasta los parias de la cueva estaban más cerca de Dios que ellos. Sus vasallos los temían y los demás hidalgos de la provincia no querían tener tratos con gente de semejante reputación, de modo que para perpetuar su estirpe tuvieron que recurrir a la endogamia e incluso a los más aberrantes incestos. Con el paso del tiempo, ellos mismos llegaron a convertirse en una etnia particular, sobre la cual recaían los estigmas de la degeneración y de la locura. Muchos de ellos desarrollaron extrañas cualidades, algunas de las cuales parecían verdaderamente sobrenaturales en aquella época de superstición e ignorancia, pero rara vez las utilizaron con buenos propósitos.
Poco a poco, los Faílde fueron menguando en número, pues a causa de la no renovación de su sangre la mayoría de ellos nacían enfermos y vivían poco tiempo.
Y fue mi padre, Eduardo Faílde, el último miembro “puro” de esta familia maldita. Él era un hombre de buen corazón, pero llevaba en su sangre la maldición de la locura y esta fue minando progresivamente su cordura hasta llegar a destruirla. Pero antes de eso se desposó con mi madre, una mujer buena y hermosa que no tenía ningún lazo de sangre con los viejos Faílde.
Cuando yo tenía aproximadamente tu edad, mi padre ya no podía aguantar más la llamada de la sangre, que luchaba tenazmente por destruir todo lo bueno que había en él. Durante sus intervalos de locura se encerraba en el desván de la vieja casa familiar, pues temía ser capaz de hacernos daño a mi madre o a mí si no se lo impedía una gruesa puerta de madera de roble. Hay que decir que en esos intervalos su fuerza y su agresividad se incrementaban hasta extremos sobrehumanos.
He dicho que mi padre tenía bastante dinero. Como pensábamos que nuestra mala fama bastaría para mantener alejados a los amigos de lo ajeno, no había en la casa buenas medidas de seguridad y, por supuesto, no teníamos criados, pues nadie hubiera querido trabajar para nosotros. Pero una noche, mientras mi padre se hallaba encerrado en el desván, preso de un ataque de locura especialmente violento, dos ladrones osaron entrar en la casa con la intención de robar todos los objetos de valor que encontraran. No sintiéndose satisfechos con el dinero y la plata, decidieron forzar la puerta del desván, para ver si allí encontraban antigüedades que pudieran vender en el mercado negro. Ni mi madre ni yo pudimos advertirlos, pues ellos mismos nos habían atado y amordazado. En efecto, abrieron la puerta y entonces el monstruo en el que se había convertido mi padre se arrojó sobre ellos, matándolos fácilmente pese a que eran hombres fuertes e iban armados con navajas. Y sin duda hubiera hecho lo mismo con nosotros si los asaltantes no nos hubieran encerrado en la bodega, donde él no pudo encontrarnos. Lo que sí hizo entonces fue abandonar la casa e internarse en las tinieblas del bosque buscando nuevas víctimas.
Cuando recuperó la cordura, ya era de día y había tenido tiempo de cometer nuevas atrocidades. Atormentado por los remordimientos, decidió suicidarse tirándose por un precipicio, pero antes escribió una nota de despedida dirigida a nosotros, donde nos pedía perdón y nos relataba sus últimos crímenes. Cuando descubrimos su cadáver al pie del precipicio, encontramos también la nota en uno de sus bolsillos y la leímos.
Pasaron varios años, durante los cuales apenas salí del caserón, pues mi madre había enfermado y necesitaba mis continuos cuidados. Murió hace apenas unos meses. Entonces yo decidí abandonar para siempre esta tierra, a la cual ya no me ataba ningún lazo de afecto y que sólo me traía recuerdos tristes. Pero antes de marcharme tenía que hacer algo, guiándome por la nota póstuma de mi padre y por unos viejos recortes de prensa que mi madre había guardado entre los archivos de la familia. Eso que tenía que hacer era encontrarte a ti, Laura, y entregarte este documento.
Según la nota de mi padre, cuando salió del caserón vagó enloquecido por los bosques hasta que se encontró con un joven y una muchacha, que seguramente era su novia. Mató salvajemente al primero, forzó a la segunda, dejándola sumida en un fuerte shock psicológico, y se marchó de allí antes de que pudieran detenerlo. Poco después se suicidó. Pues bien, según la prensa el nombre y los apellidos de la muchacha a la que había forzado coincidían con los de tu madre: Rosa Barreira Mendes. Y varios meses después, ya recuperada del trauma, ella tuvo una hija, a la que llamó Laura.
Supongo que estarás pensando que, en tal caso, fue mi padre quien agredió a tu madre antes de que tú nacieras… y tienes razón. Pero habría que decir, más bien, que fue NUESTRO padre quien agredió a tu madre, pues quien te engendró no fue, como siempre te han dicho, el hombre asesinado, cuyo apellido llevas, sino el mismo Eduardo Faílde. Tu madre no lo sabe, o no quiso saberlo, pero esa es la verdad: basta con verte para reconocer en tu rostro y en tus ojos los rasgos inequívocos de nuestra estirpe. Hay que decir que, pese a su maldición, nuestra estirpe siempre ha producido seres bastante bellos. Sí, Laura, tú también eres una Faílde y yo soy Roberto Faílde, tu hermano. No deseo que sepas esto para que te atormentes por el pasado, sino para que con tus buenas obras compenses en parte el daño que hemos causado a lo largo de los siglos, pues sin duda llevas en tu sangre alguno de esos dones misteriosos con los que la Naturaleza o los dioses han dotado a nuestra estirpe… unos dones que pueden usarse para el bien si esa es tu voluntad, del mismo modo que en otras ocasiones se han usado con propósitos reprobables. Quizás el más útil de dichos dones sea nuestra capacidad para sentir la presencia del Mal. Y es que los Faílde nunca hemos sido, ni mucho menos, los únicos emisarios de las fuerzas oscuras en esta tierra embrujada, cuyos tenebrosos bosques y misteriosas cavernas aún ocultan horrores procedentes de eras olvidadas… y cosas que acechan en la noche.
Dicho esto, se despide de ti para siempre y te desea mucha felicidad en tu vida tu hermano,

ROBERTO FAÍLDE CARTELLE

Ni que decir tiene que Laura se quedó anonadada después de leer este documento. Al final, para ella no hubo aquella tarde lectura de poesía ni ensaladilla rusa, sino un mareo fulminante y una vomitona que la dejó extenuada. Sólo tras varias horas de fiebre y unas cuantas tilas pudo conciliar un sueño inquieto, turbado por una interminable sucesión de pesadillas teñidas de roja locura ancestral.
Mientras tanto, su amiga Alba, ignorante de su estado, había llegado a su casa y saludado con un par de besos en las mejillas a Luis, el cual apenas pudo contener la excitación que embargó su cuerpo al sentir los labios de la muchacha sobre su piel.
Y llegó el jueves por la tarde. Alba se encontraba sola en casa, encerrada en su dormitorio e intentando estudiar para el examen del día siguiente. Pero su concentración era nula, puesto que no podía dejar de pensar en su amiga Laura, que llevaba varios días sin aparecer por clase y sin contestar a sus mensajes. Entonces decidió que debía llamar a su casa, pero, teniendo poco saldo en el móvil, decidió bajar al salón, donde estaba el teléfono fijo.
En aquel preciso instante, Luis, con la frente bañada en sudor por la emoción y por el calor que le daba el pasamontañas, estaba subiendo lentamente las escaleras que llevaban al cuarto de la muchacha. Llevaba las manos enguantadas y se había puesto ropa deportiva, que él mismo había estropeado para que tuviera un aspecto andrajoso que lo hiciera pasar por un delincuente barriobajero. Ya estaba a punto de alcanzar su meta cuando se detuvo para quitarse el pasamontañas y secarse la frente con la mano, pues el sudor estaba empezando a empañarle la vista. Y entonces Alba abrió la puerta y se quedó pasmada al ver a su padre, que supuestamente iba a pasar toda la tarde en la clínica, ocupado en algún rollo raro de los suyos. Luis, que no contaba con eso, se quedó paralizado por la sorpresa y Alba, igualmente estupefacta, le preguntó:
-¿Qué haces ahí, papá? ¿No dijiste que no ibas a volver hasta la noche? ¿Y por qué vas vestido de esa manera?
Luis tragó saliva y habló así, mientras realizaba un patético esfuerzo por sonreír:
-Bueno… es que quería darte un susto… para gastarte una broma.
Alba, cada vez más recelosa, le dijo:
-¡Eso no es propio de ti! ¡Si siempre has dicho que los sustos no son cosa de broma! Y yo hoy tengo que estudiar, así que no tengo ganas de tonterías. Además, si todo esto es una broma, ¿por qué estás sudando tanto?
Luis se dijo que ya no había vuelta atrás. Las cosas no habían salido como él las había planeado, pero había llegado demasiado lejos y tendría que seguir hasta el final. Y Alba, enfadada, le parecía más arrebatadoramente bella que nunca. Sin decir nada, se abalanzó sobre la muchacha y la agarró fuertemente con una mano, mientras con la otra le tapaba la boca para ahogar su voz. Luego, la arrastró hacia su propio dormitorio, sin hacer caso de sus gemidos ni de sus forcejeos.
Pocos minutos antes, Laura, aún convaleciente, se hallaba en su cama, tomando una taza de tila que le había traído su madre. Entonces dio un grito y dejó caer la taza, cuyo contenido se derramó sobre las sábanas. Dijo, con la voz turbada por una emoción incontenible:
-¡Alba está en peligro! No sé cómo ni por qué, pero puedo sentirlo dentro de mí. ¡Tengo que ir en su ayuda!
Su madre, temiendo que su hija se hubiera vuelto loca, intentó sujetarla mientras le decía a gritos:
-¡No sabes lo que dices, estás confundiendo tus pesadillas con la realidad! Quédate quieta, recuerda que el médico dijo que debías guardar reposo hasta…
Haciendo caso omiso de estas palabras, Laura se levantó, se zafó hábilmente de las manos de su madre, salió a toda prisa del cuarto y, tras abandonar su casa, corrió hacia la de su amiga, que afortunadamente no se hallaba lejos.
Alba se hallaba tumbada boca arriba sobre la vieja cama de matrimonio de sus padres, bien atada y amordazada con cinta adhesiva. Sentado a su lado, Luis le acariciaba la cara suavemente, con una mano trémula de placer, secando las lágrimas que fluían sobre las pálidas mejillas de la aterrorizada niña. Mientras tanto, su otra mano había empezado a desabrochar, con deliberada parsimonia, la chaqueta del chándal que cubría el cuerpo de su hijastra. Entonces Laura apareció súbitamente en el dormitorio, con su bello rostro colorado por el esfuerzo de la carrera y por la indignación que sentía. Le dijo a Luis, con una voz entrecortada por los jadeos y la rabia:
-¿Es que usted se ha vuelto loco? ¡Suelte inmediatamente a Alba o llamaré ahora mismo a la policía!
Luis, más extrañado que asustado por aquella súbita intrusión, se levantó y le dijo, mientras sacaba una navaja del bolsillo:
-¿Qué haces aquí, Laura? ¿Cómo has podido entrar en mi casa?
Laura no respondió, pues ella misma apenas recordaba cómo había saltado sobre las tapias que rodeaban el jardín, trepado por un árbol y saltado desde una rama hasta la ventana del desván, que casualmente estaba abierta. Todo eso lo había hecho sin pensarlo, guiada por un instinto irracional e incontenible, con unos movimientos más propios de un felino que de un ser humano. Lo único que dijo fue:
-¡Le digo que suelte a Alba! ¡Usted está completamente enfermo!
Aunque Luis no deseaba matar a nadie, decidió que, por su propia seguridad, tendría que cerrar aquella boca para siempre. Y luego quizás tuviera que hacerle lo mismo a Alba, aunque prefería no pensar en ello. Se abalanzó sobre Laura e intentó cortarle el cuello de un navajazo. Pero la muchacha esquivó fácilmente la cuchillada y le propinó un tremendo rodillazo en las ingles, que obligó al médico a doblarse de dolor. Pero este no se dio por vencido y volvió a la carga. Laura esquivó de nuevo su ataque y dirigió su pie derecho hacia el rostro de su enemigo. El pie impactó brutalmente contra la mandíbula de Luis, rompiéndole varios dientes. Laura había visto a un amigo suyo, que practicaba las artes marciales, hacer aquel movimiento en sus exhibiciones deportivas, pero hasta entonces nunca se había atrevido a imitarlo. Aturdido por el golpe y por la impresión, Luis se tambaleó y cayó, golpeándose la cabeza contra una mesilla. Una vez en el suelo, perdió el sentido y su conciencia se sumergió en un océano de negrura. Cuando se despertó, Laura ya había liberado a Alba. Y también había llamado a la Guardia Civil con su móvil, al mismo tiempo que intentaba consolar, con mejores intenciones que resultados, a su desdichada amiga. Sintiéndose no sólo perdido, sino también enfermo de cuerpo y alma, Luis se dejó arrestar sin oponer resistencia y no tardó ni un segundo en confesarlo todo.
Luis fue arrestado e ingresado en un centro para enfermos mentales. Alba, que se hallaba bajo un terrible trauma psicológico, apenas atenuado cuando las autoridades le revelaron que Luis no era su verdadero padre, abandonó pronto el pueblo para irse con unos tíos maternos que vivían en Madrid.
Laura recibió muchas felicitaciones por su actuación en el instituto e incluso por parte de las autoridades y de la prensa regional, sólo su madre le reprochó lo temeraria que había sido al enfrentarse a un hombre adulto, aunque en el fondo se sentía orgullosa de ella. Pero Laura distaba mucho de sentirse contenta. Por un lado, estaba triste por el estado de su amiga y porque ella se había marchado del pueblo, quizás para siempre. Por otra parte, no se sentía satisfecha consigo misma. En vez de haber avisado a las autoridades cuando sintió que Alba se hallaba en peligro, lo cual hubiera sido lo más razonable, había actuado de una forma impulsiva e irracional, propia de sus presuntos antepasados, los siniestros Faílde. Claro que si hubiera llamado a la policía antes de actuar habría tenido que inventarse una razón más convincente que sus intuiciones para justificar la llamada, con lo cual acaso se hubiera perdido un tiempo precioso. Pero, aun así, Laura, que siempre había sido una chica pacífica y sensible, se sentía mal por haber empleado la violencia, aunque hubiera sido por una buena causa. Y mucho peor se sentiría si supiera que el revuelo mediático ocasionado por su hazaña había atraído sobre ella la atención del Mal, de un Mal infinitamente más profundo y siniestro que el que pudiera albergarse en la perturbada mente de un obseso sexual.
(NOTA DEL AUTOR: Aunque se publique después, esta historia la envié antes que mi último relato, “El retorno de Max”. Lo apunto para que no entre en contradicción con lo que pone al final de dicho relato.)

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