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Los Faílde, 2ª parte.

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Después de haber salvado a su amiga Alba de ser agredida sexualmente por su propio padrastro, Laura se sentía más preocupada que satisfecha. Impactada emocionalmente tras descubrir que descendía de una familia maldita, los Faílde, temía haber heredado la tendencia al mal propia de aquellos siniestros antepasados, del mismo modo que había heredado sus extrañas habilidades físicas y psíquicas. Y Laura no tenía ninguna duda de que poseía esas habilidades, incluyendo un sexto sentido que le permitía detectar la presencia del mal. ¿No había presentido que Alba estaba en peligro? Sí, eso también hubiera podido explicarse como un caso de telepatía… pero a Laura esa hipótesis no le satisfacía, pues suponía sustituir un misterio por otro. ¿Y no había vencido al padrastro de su amiga en un combate cuerpo a cuerpo? Laura siempre había sido una buena gimnasta y de pequeña había asistido a clases de taekwondo, pero aun así resultaba extraño que una chica como ella hubiera podido tumbar a un hombre adulto. Entonces, si llevaba la sangre y los poderes de los Faílde en sus venas, ¿no llevaría también su tendencia a la locura y a la maldad más sanguinarias? Ella siempre había sido una buena chica, pero había empezado a considerarse una bomba de relojería, que podía estallar en cualquier momento con terribles consecuencias. Y lo peor de todo era que no se atrevía a hablar del tema con nadie, ni siquiera con su madre. Intentando encontrar una solución a sus preocupaciones, o al menos un conocimiento fiable que le permitiera enfocarlas desde un punto de vista más amplio y objetivo, empezó a bucear en Internet, buscando información sobre sus antepasados. No tuvo el menor éxito por esa vía y entonces empezó a buscar informes sobre los “hombres de la cueva”, aquellos extraños individuos que habían iniciado a los Faílde en los misterios de su tenebrosa religión. Tampoco encontró nada interesante… salvo un enlace que la llevó a un texto, editado en formato PDF, donde un sabio holandés del siglo XIX experto en ocultismo, un tal Abraham Van Helsing, hablaba de esa gente. Pero resulta que el texto se hallaba en la lengua del autor, que Laura, como es lógico, desconocía en absoluto. Y, como no se fiaba de los traductores automáticos, decidió almacenar el texto en una unidad USB y llevárselo a Martin, aunque ello la obligara a revelarle parte de su secreto.
Martin Terlow era un compañero suyo del instituto, hijo de padre holandés y madre española, que hasta los diez años había vivido en Rotterdam, de modo que dominaba perfectamente la lengua holandesa. Ella quería mucho a Martin, quien, con su pelo rubio, su expresión dulcemente melancólica y su piel pálida, le recordaba a Oliver Twist y le inspiraba un sincero cariño, mientras que él estaba enamorado en secreto de Laura, por lo cual vio el cielo abierto cuando la muchacha le preguntó si podía hacerle “un pequeño favor”. Sólo tardó un día en enviarle la traducción por el correo electrónico. Esta, dejando aparte ciertos preámbulos, decía lo siguiente:
“En nuestros días no hay quien pueda decir a ciencia cierta de dónde proceden esos personajes, extraños y marginales, que realizan ritos secretos en las cuevas de los montes españoles. Las hipótesis que pretendían identificarlos con los gitanos o los moriscos carecen de fundamento y, de ser ciertas sus palabras, ni ellos mismos conocen su propio origen. Mi propia teoría es que descienden de una raza de primitivos pobladores de la Península Ibérica, probablemente emparentados con los antiguos bretones, pues para comunicarse entre ellos emplean muchas palabras de indudable origen céltico. Como todos los pueblos que han sufrido persecuciones religiosas, son muy celosos de sus propias tradiciones y normalmente procuran mantener a toda costa un estricto secreto en torno a sus ceremonias. Sin embargo, parece ser que en contadas ocasiones han revelado sus secretos a personas ajenas al clan, a cambio de ciertas promesas de cooperación y silencio. Se dice de ellos, al parecer con fundamento, que poseen extraños poderes psíquicos, además de ser más ágiles y fuertes que las personas normales. Por mi parte, creo que tras esas cualidades no existe nada mágico ni sobrenatural, sino que tienen una explicación científica. Largos siglos de endogamia, aislamiento cultural y lucha por la vida en entornos hostiles detuvieron para ellos el curso ordinario de la evolución humana, permitiéndoles conservar ciertas características ancestrales, que seguramente se daban en todos los seres humanos durante la época prehistórica. Y es que, al contrario de lo que muchos piensan, la evolución de las especies no siempre equivale a progreso, sino que en algunos casos supone una verdadera degeneración y pérdida de las facultades primitivas, tal como lo demuestra el dodo de Mauricio, abocado a la extinción porque sus antepasados fueron perdiendo progresivamente la capacidad de volar. Sea como sea, estos hombres no sólo han sabido conservar los poderes primigenios de la especie humana, sino que además les han enseñado a los iniciados de otras razas a desarrollarlos y a transmitírselos a sus descendientes. También se dice que practican la brujería y que periódicamente le ofrecen sacrificios sangrientos a un terrible dios o demonio de las profundidades llamado Orco, aunque no existen pruebas que aseveren tales rumores. En todo caso, actualmente esas gentes se han extinguido casi por completo, absorbidas por los grupos étnicos dominantes, y no resulta arriesgado aventurar que pronto desaparecerán por completo, dejando tras de sí poco más que unas cuantas leyendas de dudosa verosimilitud.”
Leído esto, Laura suspiró profundamente y se dijo: “Esto es como las clases de Matías, el profesor de Historia: todo es muy interesante, pero no me resuelve nada.”
Pocos días después, Martin llamó a Laura para decirle:
-Hola, Laura, verás… Marcos, el novio de mi hermana Diana acaba de sacarse el carné de conducir y, para celebrarlo, este sábado quiere llevarnos a ella y a mí de excursión en el coche de sus padres. Y como hay un sitio libre pensé… que si querías acompañarnos… serías bien recibida. La verdad… es que me gustaría mucho que te apuntaras. Iremos por la ruta de las montañas, para ver los paisajes más chulos de la provincia, y merendaremos en algún sitio que nos guste. ¡Anímate, por favor, de verdad que me hace muchísima ilusión que vengas con nosotros!
Laura sonrió. Estaba empezando a adivinar cuáles eran los verdaderos sentimientos de Martin hacia ella y en realidad no le disgustaban en absoluto. Es más, quizás ella también estaba un poco enamorada de él. Además, no hubiera sido elegante rechazar su oferta después de que él se hubiera esmerado tanto con la traducción del dichoso texto. Y, a fin de cuentas, tampoco estarían solos, así que la cosa no era tan comprometedora como para que hubiera que pensárselo dos veces antes de aceptar. Por supuesto, Laura se apuntó a la excursión.
Marcos, a quien ella no conocía, resultó ser un chico de unos veinte años (tres más que Diana), tan apuesto y atractivo que Laura no pudo dejar de envidiar, aunque sólo fuera un poquito, la suerte de su “cuñada”. Aunque era bastante moreno, no hacía mala pareja con la blanca y rubia Diana Terlow, pues los dos eran muy guapos y simpáticos. Además, debía de pertenecer a una familia bastante rica, pues su coche era un vehículo todo-terreno bastante caro. Si sus padres podían permitirse un coche así, y además se lo prestaban a un hijo con el carné de conducir recién sacado, no hacía falta discurrir demasiado para suponer que se hallarían en una excelente situación económica. En todo caso, parecía buena persona y eso, pensó Laura, era lo más importante de todo.
Hacía una tarde espléndida y el viaje transcurrió sin problemas, aunque en ocasiones diese un poco de miedo circular tan cerca de aquellos barrancos tan impresionantes. Mientras Marcos y su novia hablaban de sus cosas, Martin y Laura también aprovecharon el viaje para repasar alegremente todas las anécdotas del curso, más atentos a sus mutuos sentimientos amorosos que al bellísimo paisaje que los rodeaba. Por primera vez en mucho tiempo, Laura se sintió plenamente dichosa y hasta llegó a olvidarse de la maldición de los Faílde. Incluso llegó a pensar que toda aquella historia de maldiciones ancestrales era una mera patraña y que su mente calenturienta había hecho una montaña de un granito de arena, que pronto sería arrastrado por el viento del olvido. Así fueron pasando el tiempo, hasta que Diana vio desde su asiento un prado particularmente hermoso y propuso hacer allí mismo una parada para merendar. Su propuesta fue unánimemente aceptada y los cuatro amigos dieron buena cuenta de unos sabrosos bocadillos, hechos por Marcos con sus propias manos, a la sombra de uno de los viejos robles que custodiaban los límites del prado. Fuera por el calor, por la paz que se respiraba en aquel ambiente idílico o simplemente porque no había dormido bien la noche anterior (era la primera vez que un chico la invitaba a salir y eso la había puesto un poco nerviosa), Laura se sintió amodorrada cuando terminó su bocadillo y, casi sin darse cuenta, se dejó invadir por el sopor hasta que se quedó completamente dormida sobre la hierba.
Cuando se despertó, el ambiente que la rodeaba había cambiado tanto que en un primer momento pensó que estaba soñando. Sus acompañantes habían desaparecido sin dejar rastro, al igual que el coche de Marcos, y el hermoso prado rodeado de robles había sido sustituido por una agreste ladera, cubierta de rocas grises y arbustos espinosos. Y bajo su cuerpo ya no había hierba verde y fresca, sino piedras afiladas que le hacían daño en la espalda. Se levantó lo más deprisa que pudo, teniendo en cuenta que aún se sentía medio atontada, miró al cielo y vio que el Sol ya se estaba ocultando tras las sierras de poniente, de lo cual dedujo que había permanecido dormida mucho más tiempo del que le había parecido en un principio. Y su sexto sentido, el mismo varios meses antes que le había advertido del peligro que corría Alba, estaba intentando alertarla de una amenaza inminente que la rondaba, aunque no podía precisar de qué se trataba exactamente. Verdaderamente asustada, Laura intentó gritar para llamar a sus amigos, pero se sentía tan débil, y tenía la boca tan seca, que no fue capaz de articular ningún sonido. Ya estaba a punto de ponerse a llorar de puro terror, como una niña pequeña extraviada en sus propias pesadillas, cuando una voz, serena y conocida, dijo a sus espaldas.
-Tranquila, Laura. Es inútil que grites, nadie vendrá a ayudarte. No hay ninguna casa habitada en varios kilómetros a la redonda.
Laura, casi tan sorprendida como asustada, se volvió y vio a Marcos, que la contemplaba, tranquilo y sonriente, desde lo alto de una enorme roca que se levantaba a unos diez metros de ella. Entonces, el muchacho bajó de la roca, con un salto sorprendentemente ágil, y empezó a caminar lentamente hacia la muchacha, que se sentía casi mareada por lo incomprensible de la situación. Sin embargo, cada vez intuía con mayor claridad que el simpático y apuesto Marcos era su enemigo (suponiendo, por supuesto, que toda aquella experiencia fuera real y no una mera pesadilla de su cerebro embotado), por lo cual se puso en guardia cuando este se acercó a su lado. Laura, no sin esfuerzo, tragó saliva y le dijo, con el tono más fiero que fue capaz de darle a su voz:
-¿Por qué me has traído aquí? ¿Y qué has hecho con ellos… con Martin y Diana? ¡Contesta de una vez o…!
-¿O qué, preciosa? ¡Pobrecita, si hasta te tiemblan las piernas! Pero como no quiero parecer descortés ante una chica tan guapa, voy a contestar a tus preguntas. E incluso voy a contestar a una pregunta que aún no me has hecho: ¿Quién soy yo?
-Tú… tú eres Marcos.
-Sí, así me llamo, pero eso no lo es todo… Laura Faílde.
Laura sintió que la sangre desaparecía de su rostro y que su corazón dejaba de latir durante unos cuantos segundos. Pero se repuso y dijo, esta vez sin pretender disimular su miedo:
-Yo… no me apellido así.
-No, pero deberías. ¡Vamos, nena, no te hagas la inocente conmigo! Sé quién eres y tú también lo sabes. La prensa llamó mi atención sobre ti cuando salvaste a aquella chica y hace poco tiempo descubrí, no precisamente por casualidad, cierto texto muy revelador en los archivos del ordenador de Martin. Supongo que tu hermano Roberto encontró una forma de contártelo todo antes de largarse al extranjero. Pero no te dijo que huyeras con él, quizás porque pensó que no estabas en peligro, que nunca podríamos encontrarte… Pero tú misma te delataste con ese acto heroico tuyo, tan sorprendente (una dulce chica de quince años que adivina los problemas de su amiga por arte de magia y que vence fácilmente a un hombre hecho y derecho). Como ya habrás adivinado, yo mismo animé a Martin para que te invitara a venir con nosotros (bueno, debo añadir que él acogió mi propuesta con sumo gusto) y también me acordé de poner una pequeña dosis de anestesia en tu merienda. Sé cómo ocultar mis pensamientos en el fondo de mi mente, para que ni siquiera un sexto sentido como el tuyo pueda detectarlos hasta que sea demasiado tarde, así que caíste en la trampa tan fácilmente como si no fueras una temible y peligrosa Faílde. Pero lo cierto es que lo eres, ¿verdad?
-¡Vale, soy… eso que tú dices! ¿Pero cómo lo sabes? ¿Y qué quieres de mí?
-Bien, supongo que tienes derecho a saberlo. Mi familia desciende de los iniciados que hace siglos revelaron sus secretos a uno de tus antepasados, para evitar que este los denunciara por brujería. Aquello fue algo terrible para ellos, pues suponía revelar los más sagrados misterios de su fe, pero no tuvieron más remedio que ceder, pues entonces los Faílde eran unos hidalgos tan poderosos y temibles que no existía ninguna solución menos mala. Por cierto, dentro de lo malo puedo darte una buena noticia: no te preocupes por su famosa maldición. Lo único que pasó fue que tus antepasados practicaron demasiado el incesto y ello provocó una inestabilidad mental de raíz genética en la mayoría de sus descendientes. Sin embargo, en tus venas, al igual que en las de Roberto, se ha renovado la sangre, pues sólo descendéis de los Faílde por el lado paterno, así que estáis a salvo de ese estigma. De lo que no estáis a salvo es de nosotros. Durante siglos los hombres de nuestra estirpe les hemos jurado a nuestros padres que haríamos todo lo posible para exterminar a los Faílde, de modo que tras la desaparición de la familia nuestros secretos volvieran a ser exclusivamente nuestros. Pero vosotros, con vuestra decadencia y vuestra locura, nos habéis ahorrado casi todo el trabajo, de modo que ahora sólo tenemos que eliminar a dos personas. A una de ellas, tu hermano Roberto, no la hemos localizado, pero todo se andará. La otra persona, por supuesto, eres tú. Hubiera podido matarte fácilmente mientras estabas dormida, pero pensé que, para seguir la tradición, tú también podrías ahorrarme el trabajo provocando tu propia muerte. ¿No tienes curiosidad por conocer los detalles del plan?
Laura sintió que al menos una sombra de valor volvía a su alma, a medida que los efectos de la anestesia y de la sorpresa acababan de disiparse definitivamente, y dijo, ya más indignada por la traición de Marcos que asustada por sus intenciones:
-¡Dime dónde están Martin y Diana! ¡Ellos no tienen nada que ver con esto!
-En efecto, pero resulta que esta misma noche, poco después de que el salga la luna, a Orco le toca comer algo de carne humana… por ejemplo, la de un sano adolescente y la de su bella hermana mayor. Ya queda poco tiempo, por cierto.
Laura, fuera de sí, agarró con todas sus fuerzas (que aún no eran muchas) a Marcos por el pecho de su camisa y le gritó:
-¿Dónde los tienes? ¡Dímelo ya o te juro que te mato aquí mismo!
-¡Si no hace falta que me amenaces, monina! Los encontrarás en una gruta que hay en esta misma ladera, cien metros por encima de nosotros. Si apuras, aún estarán vivos cuando llegues. Porque supongo que querrás ir a salvarlos. Y no seré yo quien te lo impida. Pero a Orco no le hará mucha gracia que intentes chafarle la cena, así que tú misma… Si te quedas aquí, tus amigos morirán. Si vas a la cueva, todos moriréis. Elige.
Laura soltó bruscamente a Marcos, le dio un puñetazo en la mandíbula que les hizo más daño a sus nudillos que a él y empezó una carrera desesperada hacia la cueva del sacrificio. Y eso era precisamente lo que Marcos había planeado para matar dos pájaros (o más bien tres) de un tiro: acabar con los Faílde, hacer callar para siempre a todos los testigos de sus acciones criminales y alimentar a su dios.
La cueva, tal como había dicho Marcos, estaba cerca de allí, pero la pendiente era tan empinada que incluso la ágil Laura tuvo problemas para escalarla, de modo que cuando llegó a la boca de la caverna ya era de noche y tras los picos orientales se distinguía difusamente el resplandor de la luna llena. Las tinieblas eran infinitamente más oscuras que la misma noche, pero Laura pudo distinguir una luz rojiza y oscilante que latía en las profundidades de la cueva. Como carecía de cualquier otro punto de referencia, se dirigió hacia aquel resplandor fantasmal, procurando avanzar lo más aprisa que le permitían las circunstancias y pensar lo menos posible en lo que allí pudiera aguardarla.
Cuando llegó a la luz, había tenido que superar un sinfín de obstáculos y tenía el cuerpo lleno de arañazos por todas las veces que se había caído o había chocado contra las rocas que obstaculizaban su camino. Pero incluso el dolor que laceraba su cuerpo le parecía una sensación casi positiva, pues le impedía pensar con claridad y sentir el terror de las tinieblas que la rodeaban. Por suerte, la luz roja no era (como ella había llegado a pensar) la resplandeciente pupila de algún monstruo gigantesco, sino una hoguera donde ardían ramas secas y hojas de pino. Ya se hallaba casi completamente consumida (de ahí que la luz no fuera demasiado intensa) y seguramente Marcos la había encendido para que el resplandor del fuego y el olor del humo atrajeran a Orco hacia las víctimas del sacrificio. Las víctimas en cuestión se hallaban allí mismo, cerca de las llamas: Martin y Diana Terlow yacían sobre el frío y húmedo suelo de la gruta, intensamente pálidos y completamente inconscientes, pero sanos y salvos… todavía. Marcos les había suministrado una buena ración de droga y el enrarecimiento del aire de la cueva a causa del humo contribuía a mantenerlos profundamente dormidos. Laura pensó que, si no los sacaba pronto de allí, la intoxicación bastaría para matarlos. Primero intentó reanimarlos, pero estaban demasiado drogados. Luego, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, estando ella misma agotada y medio intoxicada por el humo, intentó, en un esfuerzo desesperado, arrastrarlos hacia el aire puro del exterior, a los dos a la vez, porque si sólo sacaba a uno luego sería demasiado tarde para el otro. Pero entonces sus finos oídos captaron un rumor casi inaudible, seguramente el movimiento milimétrico de alguna piedra del suelo, y Laura volvió sus ojos inquietos hacia una galería lateral de la caverna. El mortecino resplandor de la hoguera le permitió ver durante una fracción de segundo el rostro de Orco. Fue una visión repentina y difusa, pero demasiado terrible para que el cerebro de la pobre muchacha pudiera resistirla. Laura cayó al suelo, desmayada y lívida como una muerta, mientras Orco proseguía el lento pero inexorable avance hacia sus presas.
Tras ver cómo Laura entraba en la cueva, Marcos se había sentido tan contento que apenas había podido contener una carcajada de triunfo. Pero en ese preciso momento un puñetazo demoledor se estrelló contra su rostro, rompiéndole varios dientes y arrojándolo al suelo con fuerza irresistible. Tras unos segundos de dolor y confusión, Marcos intentó levantarse, pero una patada en el pecho lo devolvió rápidamente al suelo. Y entonces su agresor le dijo:
-Supongo que no me esperabas, Marcos. Pero yo también he aprendido a esconder mis pensamientos hostiles para burlar tu sexto sentido.
Marcos sintió, por primera vez, el aguijón del miedo en sus entrañas. Roberto Faílde, el hermano de Laura, estaba allí y lo había cogido completamente por sorpresa. Pese al dolor y al miedo paralizante que sentía, fue capaz de decir:
-No te esperaba, desde luego. Pensaba que estabas en México.
-Estaba allí, en efecto. Pero hace algún tiempo supe, gracias a Internet, que mi hermana había usado sus poderes para salvar a una amiga suya y tuve miedo de que eso os hubiera ayudado a localizarla, como efectivamente ha sucedido. Intenté volver lo antes posible para protegerla, pero tuve problemas para burlar a vuestros espías y por eso mi llegada se retrasó más de lo conveniente. Pero ahora ya estoy aquí.
-¡Pues felicidades, pero lo único que podrás hacer por ella será vengarla, porque su muerte ya es inevitable! Ha entrado en la guarida de Orco y nadie, ni siquiera tú, podrá salvarla.
-Eso lo veremos. Aún no ha salido la luna, por lo que todavía me quedan unos pocos minutos antes de que Orco despierte. Pero antes de nada, voy a ocuparme de ti.
Roberto dejó a Marcos tendido sobre el suelo, bien atado y amordazado. Además, colocó en torno a su cuerpo unas fotos que resultaban muy comprometedoras para él y otros miembros de su clan, pues en ellas aparecían realizando los ritos de su degenerada religión, que incluían, entre otros actos vergonzosos, la violación de los niños de su propia familia. Cuando fuese encontrado por la Guardia Civil (Roberto había hecho una llamada anónima al cuartel), lo liberarían de sus ataduras, pero le pondrían unas buenas esposas.
Roberto Faílde era más ágil y resistente que su hermana, así que no tardó demasiado en llegar a las profundidades de la cueva. La hoguera ya se había consumido, pero él llevaba encima una potente linterna, que le permitió encontrar en poco tiempo a Laura y a los demás. Estaban inconscientes, pero aún vivían. Afortunadamente, una corriente de aire subterráneo había dispersado el humo, impidiendo que se intoxicaran mortalmente. Además, el intenso resplandor de la linterna había hecho retroceder a Orco, que, estando acostumbrado a las eternas tinieblas del subsuelo, soportaba mal la luz. Pero Roberto no se hacía ilusiones: Orco estaba hambriento y no tardaría en volver, con luz o sin ella. Y, tal como había dicho Marcos, ni Roberto ni nadie podría vencer a aquel poderoso habitante de las cavernas. Dios para unos y demonio para otros, Orco era, en realidad, una reliquia de épocas olvidadas, en las cuales la vida se manifestaba bajo formas monstruosas sobre la tierra… y también bajo ella. La selección natural y la adaptación al medio habían hecho de aquella criatura prehistórica la perfecta máquina de matar, preparada para sobrevivir a bruscos cambios climáticos y a hecatombes capaces de alterar la faz del planeta. Apenas había cosas en el mundo que pudieran hacerle daño y había sido una suerte para los habitantes de la superficie que sus necesidades alimenticias fueran tan escasas que se conformara con los sacrificios ofrecidos ocasionalmente por sus adoradores. Sin embargo, Roberto tenía un plan, desesperado pero con posibilidades de éxito.
Antes de que volviera Orco, se sentó al lado de su hermana y acarició con ternura sus pálidas mejillas. Era la segunda vez que la veía y seguramente sería también la última. Y también sería la última vez que vería sus propios rasgos, reflejados en le bello rostro de la muchacha. Con un cariño profundo y sincero, Roberto depositó un suave beso sobre la frente de Laura y se levantó rápidamente, al mismo tiempo que el rumor de unos pasos furtivos alertaba sus sentidos. Orco había vuelto y esta vez no lo asustaría un simple haz de luz.
En vez de huir de él, Roberto se abalanzó sobre el monstruo de un salto e impactó con todas sus fuerzas contra su fétida piel escamosa. Esta era una piel increíblemente dura, invulnerable incluso para el acero más afilado. Por supuesto, los golpes de Roberto tampoco hubieran podido atravesarla. Pero el impacto fue tan fuerte que al menos le hizo perder el equilibrio. Hombre y monstruo cayeron juntos, rodando por la oscura galería de la que había surgido el segundo, hasta que ambos se despeñaron por una ancha grieta. El impacto de la caída fue tan brutal que hubiera matado a una persona normal, pero sólo le provocó unos cuantos rasguños a Roberto, mientras que Orco resultó prácticamente ileso. Rápidamente recuperado del aturdimiento provocado por el golpe, Roberto se separó rápidamente de su enemigo mediante un salto felino y extrajo un pequeño revólver del bolsillo de su pantalón. Él había comprado aquella arma pocos días antes, con la intención de suicidarse, y eso era precisamente lo que iba a hacer. Desde la muerte de su madre, Roberto Faílde se sentía demasiado solo en el mundo como para que la vida tuviese alicientes para él y no pensaba prolongar aquella agonía por más tiempo. Sin embargo, no pensaba volarse la tapa de los sesos, pues, aunque no deseara seguir viviendo, tampoco quería morir en vano. Disparó todas las balas del revólver, pero no contra el casi invulnerable Orco, sino contra la bóveda de piedra que los cubría. Los impactos de las balas provocaron un derrumbe de rocas, que aplastó a Roberto y apresó a Orco. Este era lo suficientemente duro como para sobrevivir a los golpes y al peso de las rocas que lo aprisionaban, pero, al igual que cualquier otro animal de este mundo, necesitaba respirar para vivir. Asfixiado por el polvo e incapaz de liberarse de un peso demasiado grande incluso para sus poderosos músculos, aquel monstruo que había vivido durante miles de años apenas tardó unos pocos minutos en morir.
Cuando, poco después, un operativo especial de la Guardia Civil rescataba a Laura y a sus amigos, que aún se hallaban inconscientes, tanto Orco como Roberto Faílde habían desaparecido para siempre de este mundo, bajo toneladas de granito que nunca nadie se molestaría en remover.
Laura nunca llegaría a saber cómo su hermano había sacrificado su propia vida para salvarla. Pensó que realmente nunca había visto el horrendo rostro de Orco, que todo había sido una pesadilla y que se había desmayado a causa del aire viciado de la caverna. Marcos fue encontrado por los agentes donde lo había dejado Roberto y, aunque se negó a hacer ninguna declaración, las fotos que tenía a su lado eran demasiado comprometedoras, de modo que tanto él como todos sus parientes adultos fueron arrestados por corrupción de menores.
Actualmente Laura es feliz: sale con Martin, ha reanudado el contacto con Alba gracias a las redes sociales y cada vez piensa menos en sus siniestros antepasados, los Faílde. Sin embargo, a veces siente en sus sueños el suave contacto de una mano fantasmal que acaricia tiernamente sus mejillas. Pero eso sólo son sueños.
(NOTA DEL AUTOR: Aunque se publique después, esta historia la envié antes que mi último relato, “El retorno de Max”. Lo apunto para que no entre en contradicción con lo que pone al final de dicho relato.)

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