Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

Max Langer

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El hombre extrajo del bolsillo un pequeño fragmento de papel, lo examinó durante un instante con cara de indiferencia y lo echó a la papelera más cercana como si fuera un objeto carente de toda importancia. Hecho esto, abandonó el parque con cierta presura, en claro contraste con la indolencia que hasta entonces había manifestado. Un par de minutos después, otro hombre se acercó a la misma papelera con movimientos de estudiada lentitud, como los de quien camina por el parque un domingo por la mañana sin más objetivo que el de pasar el rato, cogió lo que el primer individuo había tirado y le echó un rápido vistazo, como para asegurarse de que era lo que esperaba encontrar. Luego cogió su móvil y le hizo una foto a la única cara escrita del papel mientras fingía estar mirando el WhatSapp. A continuación, devolvió el papel a la papelera, sin prestarle más atención, y se marchó de allí a buen paso.
Casi nadie se había fijado en aquellas extrañas maniobras, o al menos casi nadie les había prestado especial atención. El “casi” va por un adolescente solitario, que llevaba casi toda la mañana sentado en un banco próximo a aquella papelera tan visitada, repartiendo su tiempo entre la contemplación de su entorno y la lectura de una novela de misterio. Dani, que así se llamaba aquel muchacho, era un quinceañero más bien tímido e introvertido, pero también bastante imaginativo y curioso, así que decidió meter las narices en el asunto una vez que el segundo hombre hubo desaparecido. Metió la mano en la papelera y se apoderó de aquel enigmático papel, que su calenturienta fantasía ya había convertido en un mensaje secreto de misteriosa y turbadora importancia. No fue poco su orgullo cuando se encontró con una serie incoherente de letras, números y otros signos, que muy bien podría ser un verdadero mensaje cifrado. El mensaje, si era realmente tal cosa, se reducía a esto:

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Dani había tenido la suerte (¿buena o mala?) de encontrarlo, pero su interpretación iba a exigir algo más que simple suerte. Él era muy aficionado a los enigmas, pues estos siempre le habían resultado fascinantes, especialmente cuando le permitían olvidarse durante un tiempo de su “aburrida” vida cotidiana, pero su mente, más romántica que analítica, no era la más adecuada para resolverlos. Sin embargo, conocía a alguien a quien se le daba francamente bien solucionar casos misteriosos. Y Dani no se lo pensó dos veces antes de ir en busca de esa persona, que además era su mejor (y casi único) amigo.
Dani, Daniel González en el DNI, era un muchacho que tenía muchas buenas cualidades: era guapo, educado, estudioso y buena persona, pero su timidez casi patológica y su amor a la lectura siempre le habían granjeado la antipatía de la mayor parte de sus compañeros, que lo despreciaban por ser “diferente”. Cuando era más pequeño se metían con él tanto dentro como fuera del instituto donde estudiaba. Normalmente no llegaban a agredirlo físicamente, pero sí lo cubrían de insultos, le quitaban los libros para tirárselos a la basura o le escribían barbaridades en la mochila, entre otras muchas lindezas que todos los que hemos conocido casos semejantes podemos imaginarnos con bastante facilidad. Un día, al salir del colegio (Dani tendría por aquel entonces doce o trece años), unos cuantos macarras se ensañaron con él más cruelmente de lo habitual, hasta el punto de que el pobre muchacho empezó a llorar de puro terror. Sus lágrimas, lejos de amansar a sus acosadores, los impulsaron a redoblar la crueldad de sus burlas e insultos, pues, si estaba mal visto que a un niño le gustase leer en el recreo, todavía era peor que llorase de miedo “como una nena” en vez de pelear “como si tuviera huevos”. Incluso lo amenazaron con darle una buena somanta “por maricón” y tal vez hubieran llegado a hacerlo… si entonces Max no hubiera acudido en su ayuda. Maximilian Langer era en aquella época un adolescente recién llegado al barrio, a quien nadie conocía íntimamente y que se mostraba aún más introvertido que el propio Dani. Pero, al contrario que este, Max sabía hacerse respetar y no le costó demasiado salvarlo de aquellos bestias. Así comenzó la amistad entre ambos.
Max era cuatro años mayor que Dani y tampoco despertaba muchas simpatías entre sus condiscípulos. Había llegado a la ciudad pocos meses antes, después de que sus padres y su hermana mayor hubieran perdido la vida en un terrible accidente de circulación, y vivía con su abuelo materno en una de las mejores casas del barrio (al parecer, pertenecía a una familia bastante rica). Muchos conocían en parte su historia y atribuían su taciturnidad al trauma causado por la pérdida de sus padres, pero lo que casi todos ignoraban era que Max iba con ellos cuando tuvo lugar el accidente. De hecho, había resultado gravemente herido y en un primer momento parecía que no conseguiría sobrevivir. Sin embargo, acabó curándose de una forma que los médicos calificaron de “prácticamente milagrosa” y ni siquiera le quedaron secuelas importantes en su cuerpo. Pero desde entonces su forma de ser había cambiado de una forma radical: antes del accidente Max había sido un muchacho muy normal, bueno e inteligente, pero también alegre y de trato agradable. Desde entonces, fuera por culpa del shock psicológico que había sufrido o por alguna otra causa de más difícil diagnóstico, se había vuelto mucho más introvertido, reflexivo e imaginativo, incluso un tanto inquietante. Además, no recordaba casi nada de su vida anterior al accidente y, en cambio, su mente se había vuelto propensa a extrañas fantasías cuyo origen y significado ni él mismo sabía explicar. Por otra parte, sus facultades mentales parecían haberse sufrido un rápido desarrollo, hasta el punto de que su inteligencia, su capacidad para la asimilación de conocimientos y su talento para el análisis de problemas lógicos se hallaban desde entonces casi al nivel de la genialidad. Cuando Dani lo conoció, Max ya era el alumno más aventajado del instituto. Tres años después, cuando Dani fue a buscarlo para consultarle el problema del papel misterioso, Max ya era no sólo un prometedor estudiante de Química en la universidad, sino una verdadera enciclopedia viviente en la mayor parte de toda clase de ciencias y disciplinas del conocimiento humano.
El abuelo de Max había fallecido poco después de que este hubiera alcanzado la mayoría de edad y desde entonces él vivía solo en la vieja casa familiar. Salvo en la época de exámenes, casi nunca iba a la facultad, pues sabía arreglárselas con sus estudios sin necesidad de pisar las clases, y dedicaba la mayor parte de su tiempo a la lectura, a los experimentos científicos que realizaba en el desván o a escribir poemas que no pensaba publicar. Físicamente, Max no era muy alto, pero tenía el cuerpo bien proporcionado. Estaba bastante delgado, pero no carecía de fuerza física y además poseía una sombría belleza de poeta romántico. Su piel pálida, su pelo negro como la noche y sus profundos ojos oscuros le conferían un aspecto vagamente turbador a la vez que fascinante, como un tenue reflejo de su inquietante mundo interior.
Dani lo encontró aquella mañana leyendo un libro de poesía inglesa del siglo XIX en el salón de su casa y fue recibido con una suave sonrisa, más amable que efusiva, pero seguramente sincera. El muchacho le enseño el dichoso papel, le explicó rápidamente las extrañas circunstancias que habían llamado su atención y le preguntó:
-¿Crees que podrías descifrar el mensaje?
Max respondió pronto, con un tono que no manifestaba especial interés por el asunto:
-No sé, eso no depende tanto de mí como del código que hayan usado para cifrar el criptograma. Si han usado una clave secreta, puede ser casi imposible descifrarlo. Si se han limitado a sustituir unos signos por otros, no resultará demasiado difícil. Déjame echarle un ojo.
Dani le entregó el papel, Max le dedicó una somera ojeada y empezó a reírse:
-¡Pero si esto es un juego de niños! Dani, no quiero parecer prepotente, pero pedirme a mí que descifre una tontería como esta es como pedir ayuda militar para contener una invasión de hormigas. ¡Si hasta han tenido la deferencia de dejar espacios en blanco entre las palabras! Esto será tan fácil como jugar al ahorcado.
El mensaje, recordemos, era:
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Dani no dijo nada. A él nunca se le había dado bien jugar al ahorcado. Max continuó, en un tono más serio y hablando para sí mismo más bien que para su amigo:
-Fíjate, hay tres palabras monosílabas constituidas por dos letras en las que aparece el signo p. Las tres palabras monosílabas con dos letras más frecuentes en castellano son, probablemente, “en, el y de”. .. y todas ellas presentan la letra E, en dos al principio y en una al final. Entonces, podemos suponer que el signo p equivale precisamente a E. Si, por tanto, rp equivale a “de”, el signo r se corresponde con la letra D. Y las palabras p6 y pn deberían corresponder a “en” y “el”, respectivamente. En teoría podría ser al revés, pero en la lengua no es normal la construcción “el en”, mientras que “en el” es bastante normal. Así, podemos deducir que 6 equivale a la letra N y n a la letra L. Queda otra palabra monosílaba con dos letras donde no aparece p (o sea, la letra E), pero sí n, que equivale a L. Es la palabra que han escrito nm, que en principio podría ser indistintamente “lo” o “la”, según cuál sea el valor de m. Pero esa palabra va precedida por rp (esto es, la preposición “en”) y eso nos da una pista. “En lo” no es una construcción muy normal, mientras que “en la” sí lo es. Así, podemos pensar que m equivale a la letra A. Por lo que sabemos ahora, tendríamos lo siguiente, sustituyendo los signos que aún no hemos descifrado por puntos suspensivos y dejando aparte los dos signos que están separados al final de la frase: N… …e… en el a…l de la …la…a. Ahora es cuando verdaderamente la cosa se reduce a jugar al ahorcado. Yo diría que esto es una citación y significa: Nos vemos en el árbol de la plaza. Ya sabes que en medio de la Plaza Mayor hay un hermoso sicómoro que da buena sombra cuando hace sol. Y esta tarde creo que va a hacer mucho calor.
-¿Pero cómo sabes que van a quedar por la tarde?
-Ahí entran los dos signos que hay al final: I _, que me sugieren las manecillas de un reloj señalando las tres en punto. Y como las tres de la madrugada no son una hora demasiado idónea para una cita en la plaza, supongo que las tres de la tarde constituyen la opción más lógica.
-Pero, si quienes hacen esto no quieren que nadie se entere de sus citas, ¿por qué recurrir a mensajes cifrados en papel y no a un mensaje de móvil o de correo electrónico? ¿O por qué no se reúnen en un domicilio particular y lo hablan tranquilamente en vez de hacer el numerito del parque? Sería más seguro, digo yo.
-Los mensajes de móvil y de correo electrónico pueden espiarse mediante los dispositivos adecuados. Un papel de aspecto inocente en una papelera del parque puede ser mucho más discreto si no hay cerca agentes enemigos… o chavales demasiado curiosos. En cuanto a los domicilios particulares, a veces hay alguien que toma nota de las entradas y salidas, mientras que no puede haber un policía o un espía en todos los lugares públicos de la ciudad. No quiero echar las campanas al vuelo, Dani, pero creo que debo felicitarte: estoy convencido de que, causalmente o no, te has encontrado con un asunto realmente interesante. Todo parece indicar que esto se refiere a una intriga bastante turbia. Es cierto que no tenemos pruebas para presentar una denuncia ante la policía, pero, sea como sea, yo estoy dispuesto a rastrear este asunto hasta el final. Y, como hoy es domingo, supongo que podrás acompañarme a la plaza a las tres de la tarde, para ayudarme a reconocer a los hombres del parque cuando pasen por allí… si no te importa, claro.
Dani no deseaba otra cosa que llegar hasta el final del misterio y los dos amigos se despidieron rebosantes de mal disimulada emoción.
Mientras tenía lugar esta reunión, Bea Dapía, la mejor amiga (y casi novia) de Dani, estaba en su casa, intentando preparar la comida del mediodía. Ella y su hermana Carla, que sólo tenía doce años, se habían quedado solas en casa porque sus padres se habían ido a Madrid, para visitar a un amigo que había sufrido un accidente.
Meses antes Bea se había visto envuelta en un turbio asunto, que había dado lugar a la misteriosa desaparición de un profesor del instituto y a las no menos misteriosas muertes de tres conocidos delincuentes (ver “Sangre de lobo”). Ella había salido completamente ilesa, pero había pasado tanto miedo que desde entonces se había esforzado con toda su alma para olvidar definitivamente todo lo que había visto aquella infausta mañana de noviembre. En un primer momento se había fingido más traumatizada de lo que realmente estaba para esquivar los interrogatorios de la policía y ni siquiera había querido hablar de lo sucedido con su familia ni con sus mejores amigos. Además, si les hubiera dicho toda la verdad probablemente la hubieran tomado por loca. En algunas ocasiones ella misma dudaba de la veracidad de sus recuerdos y se decía a sí misma que todo había tenido que suceder de otra manera, que las escenas sangrientas que atormentaban sus noches de insomnio eran producto de su imaginación y que por algún motivo incomprensible su cerebro había deformado la realidad. Pero había dos realidades innegables que refutaban aquellas dudas tan piadosas como embusteras: los cadáveres atrozmente mutilados de tres hombres y la cruz de plata que Armando, el profesor desaparecido, le había entregado a la muchacha antes de irse para siempre. Dado que el autoengaño se estrellaba contra esos hechos, el olvido voluntario era la mejor opción y Bea había optado por sumergirse a fondo en las trivialidades de su vida cotidiana para no pensar en lo que le corroía el alma.
Se ha dicho que Bea estaba intentando preparar la comida y la verdad era que la cosa le estaba costando lo suyo. Ella era una ayudante de cocina bastante competente cuando estaba con su madre, pero al estar sola la tarea parecía superior a sus fuerzas. En teoría Carla tenía que estar allí para auxiliarla, pero había salido con sus amigas y, aunque ya era casi la hora de comer, aún no había vuelto a casa. Seguramente la muy listilla se estaba retrasando a propósito para no verse obligada a ayudar a su hermana, que por su parte ya había tenido tiempo de romper un plato, rayar la vitrocerámica, cortarse un dedo con un cuchillo y quemar una hoja de papel de cocina dentro del horno. Entonces el móvil de Bea sonó para anunciar una llamada. La muchacha cogió el aparato y vio en la pantalla que dicha llamada procedía del número de Carla. ¿Y si ahora le decía que no iba a comer en casa, que se iba a la pizzería con sus colegas o algo por el estilo? No hubiera sido la primera vez que hacía eso sólo para no colaborar en la cocina. Pero Bea estaba bastante enfadada y no pensaba permitírselo. Le dijo:
-¡A ver, señorita! ¿Vas a venir de una vez o prefieres que le diga a mamá que prefieres gastar diez euros en la pizzería antes que ayudarme?
La voz que contestó no era la de su hermana, sino una voz masculina y adulta, completamente desconocida y cuyo tono, aunque sereno, tenía cierta nota inquietante:
-Tranquila, guapa. Si tu hermanita tarda tanto no es culpa suya.
Bea se quedó atónita durante unos segundos, pero se sobrepuso como pudo y se dirigió a su misterioso interlocutor con una voz teñida de ansiedad:
-¿Quién es usted? ¿Cómo tiene el móvil de su hermana?
-Quien sea yo no importa por el momento. Y el móvil de tu hermana lo tengo por la sencilla razón de que también la tengo a ella. No sé si me entiendes…
-Bueno, si esto es una broma de Carla, sepa que no me hace ninguna…
-No, preciosa, tu hermana no está ahora mismo para bromas, puedo asegurártelo.
-Pero… ¡Oiga, como le haya hecho algo…!
-No le he hecho nada, por ahora sólo la he invitado a conocer mi casa por dentro. Pero si no dejas de protestar y me escuchas atentamente, quizás sí tenga que hacerle algo. ¿Recuerdas lo que pasó en el instituto el pasado mes de noviembre?
Bea sintió que la sangre huía de sus mejillas. Tragó saliva y dijo, sin molestarse en disimular la angustia que se estaba apoderando de ella:
-Yo… no sé… Bueno… no lo recuerdo. Estaba allí, sí, pero… No puedo acordarme de lo que pasó… Ya se lo he dicho a la policía y…
-Pues te conviene ser más sincera conmigo de lo que lo fuiste con la pasma… o Carla lo pagará muy caro. Pero no son tus explicaciones lo que deseo. Más o menos sé lo que sucedió entonces. No estaba allí pero resulta bastante fácil deducirlo a la vista de los resultados. El que tú fueras la única superviviente sólo puede explicarse si suponemos que Armando te entregó cierto objeto antes de su… digamos, desaparición. Me refiero a un crucifijo de plata finamente tallado. ¿Aún lo tienes?
Bea decidió que debía decir únicamente la verdad:
-Sí… aún lo tengo. Pero no sé…
-SSS, calladita y escúchame. Tú dentro de un rato vas a quedar conmigo y con un amigo mío para entregarnos esa cruz. Por supuesto, no se te ocurra contarle nada de esto a tus papás ni a nadie, ni mucho menos a la policía, porque entonces seremos nosotros los que te entregaremos a tu hermana… pero a cachitos. Si prefieres que te la entreguemos entera, haz lo que te decimos y nadie saldrá dañado. Te doy mi palabra de que sólo queremos la cruz y de que, una vez que nos la entregues, os dejaremos en paz a tu familia y a ti para siempre. Pero si te haces la tonta, habrás de atenerte a las consecuencias, ¿entiendes?
Bea entendía muy bien. Aquel hombre, fuera quien fuera, no sólo no bromeaba, sino que al parecer sabía perfectamente lo que había sucedido en el instituto el día de la desaparición de Armando. Probablemente sabía más del asunto que ella misma. Y Bea no se sentía con valor para jugársela a alguien que parecía prácticamente omnisciente. ¿Y si tenía fuentes de información que pudieran advertirlo en el caso de que ella se atreviera a desobedecerlo llamando a la policía? ¿Qué sería entonces de Carla? Bea se rindió y dijo, casi llorando de miedo aunque normalmente era una chica bastante valiente:
-Vale, les llevaré la cruz a donde ustedes quieran. Pero, por favor, no le hagan daño a mi hermana, ella no tiene nada que ver con esto.
-Bien, así me gusta. ¡Y luego dirán que es difícil entenderse con los muchachos de hoy en día! ¿Conoces el sicómoro que hay en el centro de la Plaza Mayor?
-Sí, claro.
-Pues bien, te esperamos allí a las tres de la tarde. No te olvides de la cruz. Y si puedes llegar algunos minutitos antes, mejor que mejor. Hasta entonces y un saludo de parte de Carla.
Dicho esto, el desconocido cortó la llamada. Bea se sentó en una silla de la cocina y se puso a llorar como una niña pequeña, mientras apretaba fuertemente con su mano derecha la cruz de plata que llevaba en el bolsillo de su chándal.

Aún no eran las 14:50 cuando Bea llegó a la plaza. Esta se hallaba casi desierta, como era habitual a aquellas horas, y más aún cuando, como entonces, el calor estaba pegando con fuerza. La muchacha se sentó en un banco situado a la sombra del sicómoro y paseó una mirada ansiosa por los alrededores. Pero sólo pudo ver a un anciano que les echaba migas de pan a las palomas y a un joven andrajoso, con pinta de vagabundo o de borracho, que se echaba una siesta tumbado sobre un banco cercano. Ninguno de los dos parecía tener nada que ver con el rapto de Carla y Bea dedujo que había llegado demasiado pronto a la cita. Como no se sentía con ánimo suficiente para esperar diez minutos, dado que su impaciencia y su ansiedad eran aun mayores que su miedo, cogió su móvil y envió un SMS al teléfono de su hermana, para anunciarle a quien lo tuviera que ya se hallaba en la plaza. La respuesta no se hizo esperar: “Vale, buena chica. Pronto llegaremos un amigo mío y yo. Pórtate bien y no se te ocurra hacer locuras. Piensa en tu hermana.” Leídas estas palabras, la muchacha se guardó el móvil en el bolsillo, sin molestarse en borrar el mensaje recibido. Quiso la casualidad (ayudada por el estado mental de Bea) que el móvil se le cayera al suelo cuando se levantó para mojarse los labios en una fuente cercana (los nervios le habían secado la boca), pero ella no se dio cuenta. Tenía la mente demasiado congestionada por el horror de su situación como para pensar en otra cosa que no fuera el destino de su hermana… bueno, y el suyo propio.
Un par de minutos después, Bea vio a dos hombres jóvenes y bien vestidos que le hacían señales con las manos y le dirigían sonrisas maliciosas desde sus rostros medio encubiertos por enormes gafas de sol. Se levantó y se dirigió hacia ellos, pensando que la suerte estaba echada y que sólo le cabía esperar que aquella pesadilla terminara lo antes posible… es decir, que terminara bien.
A las 14:59 apareció Dani en la plaza. Max aún no había llegado, lo cual era bastante contrario a sus costumbres, pues, quizás por ser de padre inglés, tenía muy enraizada la costumbre de la puntualidad. Y tampoco se veía por allí a los hombres del parque. El lugar estaba completamente desierto, salvo por un anciano que les daba de comer a las palomas. Algo extrañado, Dani se sentó en el banco que había bajo las ramas del sicómoro, resignado a esperar el tiempo que fuera necesario. Entonces se fijó en que había un teléfono móvil tirado junto a una de las patas del banco donde acababa de sentarse. Y su extrañeza se multiplicó hasta convertirse en una vaga angustia cuando se dio cuenta de que era el móvil de Bea. No había duda: no sólo coincidía la carcasa, sino que el número que aparecía en la pantalla coincidía exactamente con el que él tenía apuntado en su agenda. No era del todo raro que Bea, quien siempre había sido algo despistada, sobre todo cuando se sentía nerviosa, perdiera algo, pero sí era extraño que se hubiera acercado a la plaza a aquellas horas de la sobremesa (sin duda, el aparato no podía llevar allí mucho tiempo, pues de lo contrario alguien ya lo habría cogido para “adoptarlo”). Creyéndose con derecho a invadir la intimidad de su amiga, dadas las circunstancias, Dani entró en el buzón de mensajes y leyó el último SMS que había recibido la muchacha. Aunque procedía del número de Carla, aquel mensaje desde luego no había sido escrito por la niña. ¿Y si habían raptado a Carla… y también a Bea?
Dani se levantó, dispuesto a solucionar aquel nuevo misterio (ya se había olvidado completamente de Max y ni se le ocurrió relacionar los problemas de Bea con los hombres misteriosos del parque). Como carecía de pruebas sólidas para pedir ayuda policial y Max no daba llegado, decidió que, al menos en una primera fase, tendría que “investigar” solo. Al menos el mensaje que había leído era bastante reciente (Bea lo había recibido a las 14:54), por lo cual ni ella ni sus presuntos raptores podían estar muy lejos, más aún si tenemos en cuenta que todas las calles próximas a la plaza eran estrictamente peatonales y los coches no podían acercarse a ella. Para empezar, el muchacho se dirigió al señor que alimentaba a las palomas (que debía de llevar allí bastante tiempo, pues la bolsa donde llevaba las migas ya estaba casi vacía) y le preguntó, haciendo un encomiable esfuerzo para disimular su ansiedad:
-Buenas tardes, señor. Mire, quería preguntarle si ha visto por aquí a una chica de mi edad: delgada, de piel pálida, pelo castaño…
El anciano dudó un poco y dijo:
-Sí, hace un rato estaba sentada en el mismo banco de donde tú acabas de levantarte. Se fue con dos hombres poco antes de que llegaras.
-¿Y recuerda… por dónde se fueron?
-Pues estoy bastante seguro de que cogieron la calle de la derecha.
Dani le dio las gracias al anciano y se fue de la plaza por aquella misma calle. Esta, aunque estrecha, era muy larga y recta, por lo que tenía ciertas esperanzas de poder ver a Bea y a sus misteriosos acompañantes si se daba prisa. Pero lo cierto es que, aunque corrió como un loco y recorrió la calle de cabo a rabo, no se encontró con nadie más que con un joven andrajoso, cuyo aspecto desmañado señalaba en él al borracho o al vagabundo. Casi desesperado, Dani volvió sobre sus pasos y, venciendo el recelo que le inspiraba el joven vagabundo, le puso una moneda de un euro en la mano y le preguntó entre jadeos si había visto a una chica acompañada por dos hombres. El mendigo, cuyas facciones lívidas y enjutas se hallaban casi completamente cubiertas por una descuidada barba y por una gruesa capa de mugre, le respondió rápidamente, empleando un tono más claro y educado de lo esperable en alguien de su aspecto:
-Sí, los vi entrar hace poco tiempo en ese portal de ahí mismo.
Entonces, Dani se dirigió apresuradamente hacia el portal que su improvisado informante la había señalado, y que afortunadamente permanecía abierto, pero cuando ya estaba a punto de entrar oyó a sus espaldas una voz conocida que le decía:
-Espera, Dani, te debo un euro.
Se volvió sorprendido y se encontró con el rostro sonriente, a la vez pícaro y amistoso, de Max. Este aún se hallaba cubierto de los andrajos que había empleado para disfrazarse de vagabundo, pero se había quitado la barba postiza y se había frotado el rostro con las manos para quitarse el hollín que había usado para disimular sus facciones. Aunque no era la primera vez que su amigo le daba una sorpresa por el estilo, Dani se quedó pasmado durante un buen rato, mientras Max le decía:
-Al final se me ocurrió ir a la plaza antes de lo previsto, para observar el panorama sin llamar la atención. Reconocí a Bea, pero ella a mí no me reconoció y entonces preferí mantener el incógnito. Quizás sea una especulación demasiado arriesgada, pero creo que los hombres que viste en el parque son los mismos que se la llevaron. No es que la llevaran a la fuerza, pero se notaba que no iba a gusto: tenía muy mala cara y estaba más pálida de lo habitual, cuando ella normalmente es una chica bastante entera.
Dani tragó saliva y dijo:
-¿Y no podemos llamar a la policía?
-No. Como ya he dicho, ella no entró ahí a la fuerza y no tenemos ninguna prueba de que la hayan raptado. No podemos pedirle a la policía que entre en un domicilio particular sin más base que nuestras conjeturas.
-Pero mira lo que pone en este móvil.
Dani le entregó a Max el móvil de Bea y le enseñó el mensaje. Max lo examinó y dijo:
-A pesar de todo, seguimos sin tener una prueba sólida. Y aunque pudiéramos certificar que Carla ha sido raptada o que Bea está sufriendo algún tipo de extorsión… ¿cómo podríamos demostrar que los hombres con los que entró Bea son los mismos que le enviaron este mensaje? No, Dani, al menos por ahora estamos solos en esto. Pero no te preocupes. Ya se me ocurrirá algo. Sólo espero que sea pronto.
Algunos minutos antes de que tuviera lugar esta conversación en la calle, Bea y sus acompañantes habían penetrado en uno de los apartamentos del edificio donde Max los había visto entrar. Allí los esperaba un tercer hombre: un verdadero gorila de pelo rapado, piel bronceada y facciones mucho más inquietantes que las de sus cómplices.
Como nadie decía nada, Bea no pudo contenerse y preguntó, rompiendo bruscamente el silencio impuesto por el miedo:
-¿Y mi hermana? Yo tengo aquí la cruz, ¿dónde tenéis vosotros a Carla?
El hombre de pelo rapado sonrió torvamente y le señaló sin decir palabra una puerta cerrada, situada a la izquierda de la sala donde se encontraban. Bea la abrió ansiosamente y entró en un pequeño dormitorio. Sobre una cama bastante ancha para una habitación tan pequeña yacía el cuerpo de Carla. Estaba muy pálida y completamente inconsciente, pero Bea la oyó respirar y eso la tranquilizó un poco. Un frasco de cloroformo medio vacío que había sobre una mesilla y un olor dulzón que se desprendía de los labios de su hermana le dieron la clave de su estado. Aunque fuertemente anestesiada, parecía completamente ilesa. Bea sintió que por primera vez desde el comienzo del asunto era capaz de respirar con normalidad y volvió a la sala donde la esperaban los tres hombres. Uno de ellos le dijo:
-Ya ves que tu hermana está sana y salva. Hemos tenido que dormirla porque se estaba poniendo demasiado nerviosa, pero nada más. Ahora entréganos la cruz, por favor.
Bea sacó de un bolsillo la pequeña cruz de plata que Armando le había entregado meses antes y se la dio al hombre que había hablado, quien se quitó sus gafas de sol para examinarla atentamente. Mientras la miraba, dijo:
-Sí, por la factura parece que es auténtica. Arte bizantino medieval, imágenes cinceladas que se corresponden con nuestros informes… Este pedazo de plata posee un gran valor como reliquia histórica, pero aún es más valiosa como fuente de poder místico. No sé cómo pudo llegar a las manos de Armando Estrada, pero eso ahora ya no importa demasiado. Lo importante es que nuestros jefes estarán encantados de recuperarla después de tantos siglos.
Bea ni comprendía ni quería comprender nada de aquellas extrañas palabras. Recordaba bastante bien cómo el misterioso poder de la cruz le había salvado la vida aquel terrible día de noviembre, pero en aquel momento lo único que deseaba era volver a casa con su hermana lo antes posible. Así pues, dijo:
-Ahora ya tenéis lo que queríais. ¿Por qué no nos dejáis marchar de una vez?
El hombre que examinaba la cruz miró a Bea, de cuya presencia parecía haberse olvidado últimamente, y le dijo, con un tono sereno pero firme:
-Aún tendréis que esperar un rato. Tú sabes demasiado, más aún de lo que tú misma crees saber, y no podrás marcharte de aquí hasta que nuestros jefes decidan qué debemos hacer contigo. Será mejor que te sientes y te tranquilices.
Bea supuso que de nada le valdría protestar y se limitó a decir, con un tono apagado que tenía más de súplica que de protesta:
-Pero Carla… ella no tiene nada que ver con esto.
-De Carla ya nos ocuparemos nosotros cuando se despierte. Comprenderás que por ahora ella también debe permanecer aquí. Siéntate de una vez y cálmate, por favor.
Bea se dejó caer sobre una silla, sumida en oscuras premoniciones y sin prestarle atención al hombre de la cabeza rapada, que se había colocado detrás de ella sin hacer el menor ruido. Apenas la muchacha se hubo sentado, él la agarró por los hombros antes de que pudiera reaccionar, mientras otro de los hombres le tapaba la boca con una tira de cinta adhesiva. Bea, sintiéndose atrapada, intentó luchar o al menos pedir auxilio, pero no pudo zafarse de la presa del hombre que la sujetaba y la mordaza convirtió sus gritos en simples gemidos. El hombre que tenía la cruz le dijo, con una sonrisa poco tranquilizadora:
-SSS, calladita. No te preocupes, esto es sólo para que no tengas malas ideas. ¡Los adolescentes sois tan imprevisibles! Nadie te hará nada hasta que recibamos las instrucciones de nuestros jefes. Luego… bueno, aún es demasiado pronto para especular, ¿no te parece?
Mientras tanto, el cabeza-rapada había tenido tiempo de atar las muñecas de la indefensa Bea con un grueso cable. La muchacha estaba cada vez más asustada, pero fue capaz de contener las lágrimas de terror que querían inundar sus ojos. Al menos no les daría a sus raptores el gusto de verla llorar como una niña espantada. Después de todo, siempre había pensado que sus problemas no acabarían con la entrega del crucifijo. Pero una cosa es estar preparada para afrontar un problema y otra saber cómo solucionarlo cuando las cosas se ponen feas. Y Bea, no sabiendo qué podía hacer, se limitó a esperar y a rezar en silencio, pues tenía bastante claro que ni ella ni su hermana podrían esperar ninguna compasión de aquellos individuos siniestros.
Entonces un sonoro timbrazo en la puerta interrumpió el silencio fúnebre que se había apoderado del apartamento en los últimos minutos. El hombre que había cogido la cruz, y que parecía el jefe de la banda, dijo en voz baja al coloso de la cabeza rapada:
-Rober, coge a la chica y escóndela en el dormitorio de la derecha. Quizás alguien haya oído algo y entonces sería sospechoso no abrir. ¡Maldita sea, con lo bien que iba todo!
El tal Rober cogió a Bea tan fácilmente como si esta fuera una niña de cinco años, sin hacer caso de sus forcejeos ni de sus pataleos, y se la llevó al sitio que su jefe le había señalado. Una vez dentro, la tumbó sobre una cama, encendió una radio para que no se pudieran oír sus gemidos y cerró la puerta del cuarto, un segundo antes de que sus cómplices abrieran la del vestíbulo. El que llamaba no era, por suerte para los sicarios, ningún vecino demasiado curioso, ni mucho menos un agente de policía, sino un joven de aspecto muy descuidado, el mismo que estaba durmiendo la mona sobre un banco de la plaza cuando fueron a buscar a Bea. La única diferencia era que entonces llevaba su mugriento rostro completamente descubierto y ahora se había cubierto la boca y la mandíbula con una sucia y harapienta bufanda (lo cual era bastante absurdo, teniendo en cuenta que aquel era un día más bien caluroso). Una vez abierta la puerta, aquel yonqui, o lo que fuera, dijo con la voz vacilante y quebrada de quienes sufren, o fingen sufrir, el síndrome de abstinencia:
-Hola, por favor, ¿podría darme una monedita? Es que hoy aún no he comido.
El sicario que había abierto la puerta estuvo a punto de mandarlo a tomar por saco, pero se lo pensó mejor y se dijo que aquello empezaba a resultar un tanto sospechoso. Realmente todo parecía indicar que aquel mugriento desconocido los había estado siguiendo desde la plaza hasta el piso. ¿Y si era un espía de la policía? Ellos habían tomado sus precauciones para despistar a las fuerzas del orden, pero ya se sabe que con la pasma ninguna precaución es suficiente. Si aquel individuo era un policía, habría que quitarlo de en medio lo antes posible. Y si no lo era… bueno, seguramente nadie echaría de menos a un pobre vagabundo. Entonces, el criminal extrajo una pequeña pistola automática de su bolsillo y le dijo al desconocido:
-¡Vamos, entra aquí y no hagas tonterías ni protestes si no quieres que te deje seco de un tiro! No sé quién eres ni qué quieres, pero nos lo vas a decir aquí dentro, ¿vale?
Los vidriosos ojos del presunto yonqui se desorbitaron por lo que parecía una genuina sorpresa, pero no dijo nada ni intentó huir. Levantó sus manos y entró en el apartamento. El sicario que lo apuntaba empujó la puerta del vestíbulo con un pie para cerrarla sin usar las manos y le dijo:
-Antes de nada vas a enseñarnos la carita. ¡Quítate esa porquería de bufanda!
El vagabundo hizo lo que le ordenaban y sus captores se quedaron sorprendidos al ver que llevaba bajo ella una mascarilla semejante a las que se ponen algunos alérgicos en primavera, aunque aparentemente algo más gruesa. Pero no tuvieron tiempo para decir nada, porque entonces se abrió bruscamente la puerta del vestíbulo y alguien arrojó al suelo de la sala un pequeño recipiente de cristal, que se hizo añicos al impactar contra el suelo. Los sicarios aún no habían tenido tiempo de comprender qué estaba sucediendo cuando sintieron que un olor dulzón y mareante, casi tan insoportable como el del cloroformo, invadía rápidamente la sala (cuyas ventanas estaban completamente cerradas) e inundaba sus cerebros con una fuerza irresistible. Los dos hombres que apuntaban a Max (pues, como ya habréis adivinado, él era el vagabundo) cayeron al suelo, si no totalmente inconscientes, al menos sí demasiado débiles y mareados como para oponer cualquier tipo de resistencia. Y entonces entró Dani en el apartamento, con su rostro cubierto con una mascarilla semejante a la de Max, que lo protegió de los efectos de la droga. La cosa había sido sencilla: Max, siempre precavido, solía llevar en el bolsillo un pequeño recipiente, que contenía uno de los extraños narcóticos fabricados por él mismo en sus experimentos químicos, así como unas cuantas mascarillas protectoras. Al entrar en el apartamento, había colocado con la punta del pie una pequeña piedra en el quicio de la puerta, para evitar que esta se cerrara completamente, y así Dani había podido abrirla sin problemas para arrojar al suelo el frasco del narcótico, cuyos efectos ya conocemos.
Pero entonces se abrió la puerta del dormitorio de la derecha y apareció Rober, que no había respirado los vapores de la anestesia y llevaba en su mano derecha una pistola preparada para disparar. Dani, que no contaba con él, se quedó paralizado de miedo e incluso Max, que normalmente se mostraba frío como un témpano de hielo incluso en las situaciones más arriesgadas, sintió un estremecimiento en sus entrañas. Pero Bea, en un arrebato de coraje, se levantó de la cama donde Rober la había depositado y dirigió un certero rodillazo contra sus genitales. El coloso, golpeado en la única parte vulnerable de su poderoso cuerpo, emitió un aullido lastimero y se dobló de dolor, pero no soltó su arma. Max, quien, pese a no tener la fuerza física de Rober, conocía los rudimentos de las artes marciales y sabía pelear cuerpo a cuerpo, se lanzó contra su enemigo y aprovechó aquellos momentos de postración por parte de este para propinarle un fuerte puñetazo en la mandíbula. Rober se tambaleó, pero siguió en pie y apretó el gatillo. Los ecos de un disparo alertaron a todos los vecinos del edificio que a aquellas horas de la tarde estaban durmiendo la siesta o viendo las telenovelas de sobremesa, además de a los escasos viandantes que pasaban por la calle. Asustado por lo que había hecho, Rober salió corriendo primero del apartamento y después del edificio, abandonando a su suerte a sus cómplices, que seguían mareados en el suelo.
Dani, con el rostro lívido y los ojos llorosos, se sentó junto al cuerpo de Max, que yacía inerte sobre el suelo de la sala, con la frente ensangrentada y el rostro descolorido. Bea, aún amordazada y con las manos atadas a la espalda, se quedó de pie al lado de su amigo, contemplando horrorizada los efectos del disparo.
Pero Max seguía vivo. La bala de Rober no había penetrado en su cerebro, simplemente le había rozado la frente, aunque, eso sí, el dolor lo había sido tan grande que le había hecho perder el sentido. Con todo, Max, aunque no podía ver ni a Dani ni a Bea, y ni siquiera recordaba dónde se encontraba en aquel momento, tuvo una serie de extrañas visiones mientras permanecía tumbado sobre el suelo del apartamento. Algunas de aquellas visiones ya las había percibido o soñado cuando estuvo varios días debatiéndose entre la vida y la muerte, tras el accidente que le había arrebatado a su familia, pero las había olvidado. Sin embargo, esta vez se quedarían grabadas en su mente para siempre. Recordó primero aquel fatal accidente, con todo el dolor y el miedo que lo habían acompañado, pero aquella terrible escena no tardó en desvanecerse para ser sustituida por otras no menos terribles, que él nunca había vivido… o que al menos no había vivido bajo el nombre de Maximilian Langer. Porque entonces el llamado Maximilian Langer recordó por primera vez quién era, o quién había sido, realmente… en una vida anterior, cuando era otro el cuerpo que contenía su espíritu indestructible y otro el nombre que designaba aquel cuerpo. Porque la increíble verdad era que el verdadero Max Langer había muerto con su familia en aquel fatal accidente… y que su débil espíritu se había diluido en ese infinito flujo de energía llamado “universo”, dejando en su carne un vacío que había sido ocupado por un espíritu más anciano y poderoso, procedente de los misteriosos abismos del Más Allá. Y aquel espíritu recordó, durante aquellos momentos de conmoción, su vida anterior: una triste vida teñida hasta el principio hasta el fin de soledad, pobreza, sufrimiento e incomprensión, como hubiera podido serlo la de un ángel caído desde las más puras esferas del empíreo hasta el más inmundo de los lodazales. Pero incluso en el más inmundo de los lodazales pueden encontrarse joyas perdidas que pasan desapercibidas para los ojos que sólo saber atender a lo ordinario, y dentro de aquella trágica vida también hubo lugar para la genialidad y los sueños más sublimes, aunque muchas veces estuvieran teñidos de muerte, locura y horror. Y todo el poder de aquellos sueños y pesadillas seguía vivo en el alma de quien se hacía llamar Maximilian Langer, aunque este fuera un nombre reciente y accidental.
No tardaron en llegar los vecinos, que desataron a Bea, intentaron consolar a Dani y prestaron, con mejores intenciones que eficacia, los primeros auxilios al aún inconsciente Max. Los dos sicarios que habían sido afectados por la droga aún no se habían recuperado, pese a que los vapores narcotizantes ya se habían disuelto por completo. Y Carla seguía dormida en el dormitorio de la izquierda, ajena a todo lo que había sucedido en las últimas horas, desde que alguien le había puesto un paño húmedo en la cara cuando volvía a casa tras un partido de fútbol con sus amigas.
Tras unos minutos de angustia y confusión, llegaron también varios policías y unos cuantos sanitarios. Rober había sido arrestado en la plaza cercana por una patrulla de la policía local (con los nervios se había olvidado de deshacerse de su pistola) y la cruz de plata seguía en el bolsillo de uno de sus cómplices, por lo que, una vez aclarado el asunto, Bea pudo recuperarla sin problemas. Pero en aquellos momentos ni ella ni su amigo Dani estaban pensando en la reliquia, sino en Max, que, gracias a las más eficaces atenciones de los sanitarios, estaba empezando a recuperar lentamente la conciencia. Finalmente, Max abrió los ojos, vio a sus amigos sanos y salvos, sonrió y pronunció tres palabras, con una voz tan apagada que nadie pudo entenderlas bien. Aunque, por otra parte, si alguien hubiera llegado a entenderlas, seguramente las hubiera atribuido al delirio provocado por el trauma, pues carecían de sentido en aquella situación. Aquellas tres palabras fueron: Edgar Allan Poe.

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