Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

No te duermas

Publicado por
|

Las revoluciones del motor eran las adecuadas para dejar el coche con el control de crucero activado.
“Valla mierda de semanita” Pensaba Miguel mientras conducía hacia Ferrol. Como siempre, a última hora del viernes le dieron un aviso de mantenimiento, para que acudiera a cambiar un programa del sistema de control que gestionaba las máquinas de la planta de procesamiento de biocarburantes.

Aún le quedaban por delante unas tres horas de viaje. Eran ya las doce de la noche, y la verdad es que para haber salido de Madrid a las nueve de la noche no estaba mal.

“Y encima la puñetera radio no funciona”. Era cierto. Los bondadosos compañeros de Miguel se habían encargado de tratar el coche que usaban para las emergencias de mantenimiento como un coche de choque. La radio no funcionaba, un piloto trasero estaba fundido, le faltaba un parabrisas… “Y eso que el coche sólo tiene un año”.

Un terrible pitido que casi infarta a mMiguel acompañado de una intermitente luz ámbar indicaban que el coche estaba ya rozando la reserva. Menos mal que de fondo se veía el cartel luminoso de una gasolinera-café-restaurante-motel…o algo parecido.

Una vez bien repostado el vehículo, Miguel notó como sus entrañas crujían al retorcerse por el hambre, así que se decidió a tomarse un bocadillo en el restaurante 24 horas de detrás de la gasolinera.
“Un bocata no me sentará mal a estas horas” pensaba mientras se daba golpecitos a su prominente barriga de los informáticos. Ya en la barra se dio cuenta de que sólo tenía para el bocata. Era un fastidio, ya que también le apetecía un café. Pero su hambre era más poderosa que su razón en éstos momentos.
Un buen bocata de lomo con queso…hmmm…Que rico estaba. Pero ahora tenía que centrarse en la autopista, tan negra, tan oscura, tan vacía a esas horas de la noche.
Las líneas de seguridad del arcén sonaron de repente al pasar las ruedas por encima, y la vibración hizo que Miguel se irguiera de golpe y volviera a corregir levemente el rumbo.
“Joder” Pensaba mientras se daba un par de tortas para despertarse. Aquel dichoso bocata combinado con la falta de radio, hacían que las líneas marcadas en la autopista fueran realmente hipnotizantes.

“Una ralla…otra ralla…una línea continua…” ¡PUM! Miguel volvió a ponerse erguido de golpe. No sabía que había sonado, algún bache o resalto en el firme.
“Si sigo así no lo cuento”. Una señal de área de descanso le reivindicaba a los márgenes de la autopista. Estaba oscuro y había niebla, sin comentar los dos grados centígrados que marcaba el termómetro del coche. Pero Miguel estaba realmente cansado.
“Bueno…A los de Ferrol les dará igual que me presente una hora más tarde” Y sin intermitente ni nada Miguel se desvió hacia la vía de descanso.

Todo estaba en silencio. No había coches, ni si quiera circulando por la autopista. Cierta neblina se adhería a las plantas de la cuneta con su rocío. Estaba en pleno campo. Sin árboles a la vista, sólo hierba y algún pequeño arbusto. Y según apagó el motor y las luces cerró los ojos.
Un punzante dolor de vejiga le despertó. Los cristales del coche estaban completamente empañados, incluso chorreaba alguna gota. Hacía un frío terrible, y Miguel encendió el motor de nuevo para que se fuera desempañando la luna. Al encender las luces, una silueta difuminada por el agua condensada en las lunas le sobresaltó. Fue sólo un momento, tampoco había que asustarse.
Dejando la puerta abierta, Miguel se apartó unos metros del coche, se abrió la bragueta, y mirando hacia las estrellas suspiró de alivio. Que cielo más maravilloso, imposible de ver en Madrid.
¡ZAS! Algo le cogió por el tobillo tan rápido como un rayo y tiró hacia tras de él. El golpe de morros contra el suelo fue tan fuerte y seco que se atontó unos instantes. Como pudo se puso boca arriba y lo primero que notó fue que se había acabado de mear encima.

“Pero valla gilipollez… Algo me acaba de morder y yo preocupándome por mis pantalones.” Todavía medio atontado y con la mano en los morros Miguel trató de enfocar. De repente no se atrevía ni a moverse. Efectivamente algo le estaba mirando fijamente a él a unos quince centímetros de su cara. Ojos amarillos, parecido al de los humanos, contorno de la cara parecido al de los humanos, sin pelo como los calvos, orejas largas y puntiagudas como las del tío ese tan famoso de Star-trek… Piel verdosa y escamada… Más dientes que un cocodrilo…
“¿…Una rana dentada…?…Miguelito…¡CORRE!” Tan rápido como pudo se incorporó chocando frente contra frente. En ese momento Miguel se dio cuenta de que las escamas del bicho ese se le habían clavado, y dolían como dardos emponzoñados.
El impacto no fue suficiente como para frenar a Miguel, pero esa cosa parecía que se quedó en el sitio chirriando a tal volumen que podría hacer estallar el cristal. Miguel corría lo que su voluminosa barriga le permitía hacerlo. A unos metros estaba su coche, con el motor encendido y la puerta abierta, perfecto para escapar. Era materialmente imposible que esa cosa alcanzara al coche una vez en movimiento. Ya en la autopista se abrocharía el cinturón. Los ojos se estaban llenando de sangre de las escamas que se le habían clavado en la frente. Y esa cosa había dejado de chirriar hace apenas una fracción de segundo.
“Solo dos zancadas más y…”¡ZAS! De boca contra el suelo de nuevo. Esta vez era el otro tobillo, pero aquello se lo agarraba con más fuerza. Miguel clavaba los dedos en la húmeda tierra “¿Por qué cojones me muerdo las uñas?” Gimiendo por el esfuerzo y el dolor se dio la vuelta mientras la rana dentada le arrastraba hacia ella. Y la verdad es que sí se parecía a una rana así encorvada, aunque mucho más estilizada, con cuello y de un metro cincuenta. Su brazo también debía de medir lo mismo. El cuerpo de Miguel reaccionó solo al darle una patada con la planta del pie en toda la geta.
“Y ya van dos golpes cara rana…”Pero la rana sólo se dignó a volver a girar la cara hacia él para hacer un intento de sonrisa con un chorro de dientes que dejaría en ridículo a cualquier dinosaurio.
Un tirón de aquella especie de rana colocó a Miguel debajo de ella. Otra vez cara a cara, pero esta vez los dos del derecho. El joven a penas se atrevía a moverse. Aquella cosa producía por su asquerosa boca que olía a podrido unos pequeños chirridos muy desagradables al respirar. Lentamente una puntiaguda lengua le empezó a salir de entre tanto diente para lentamente lamer la sangre que a Miguel le chorreaba de la cara.
El pobre chico no se podía ni mover. Al dar un lengüetazo con la punta de su lengua, aquel ser hizo que unas gotitas de su saliva salieran disparadas hacia la nariz de Miguel, el cual no hacía ningún movimiento, ni si quiera respiraba para no enfadar más a esa cosa. Pero el cosquilleo y el olorcillo de los fluidos del bicho estrellándose contra sus paredes nasales le dieron ganas de estornudar. ”Genial” Pensó, y sin poder evitarlo desde lo más hondo de sus pulmones estornudó tan violentamente y tan rápido que su propia saliva salpicó la cara de su verde oponente sin que a éste le diera tiempo a reaccionar. En otra fracción de segundo La cosa esa le soltó para echarse las manos a la cara y ponerse a chirriar como un descosido otra vez.

“Ésta es mi oportunidad” Miguel se incorporó según estaba. Tenía escamas clavadas en la suela de la zapatilla que le llegaban hasta la planta del pie, pero no le importaba. Muy suavemente deshizo de espaldas el par de metros que le separaban del coche, para no poner a su amiga la rana más nerviosa aún, que se revolcaba en la tierra con las manos en la cara mientras chirriaba. Cuando vio a su lado izquierdo la puerta abierta, se sentó, y sin apartar la vista del chirriante ser, pisó el embrague, sacó el freno de mano, metió primera, y sin cerrar la puerta aceleró hasta que el coche rugió.
El chirriante ser se calló de golpe, y cruzó la mirada con Miguel. Las escamas de su cara se estaban cayendo poco a poco, y en las zonas donde faltaban varias de ellas había una asquerosa carne que palpitaba de dolor. La rana se puso en posición como lo hacen las ranas normales cuando van a saltar al agua.”Y ahora que sea lo que Dios quiera”Pensó Miguel en el momento en que soltó de golpe el embrague. Pero en ese momento justo la rana propinó un terrible salto hacia él. Las ruedas del coche rechinaban y resbalaban en la tierra como los de los fórmula uno. La tierra salía despedida de los neumáticos hacia arriba, y las piedrecillas se proyectaban como balas. Todo parecía ir más lento. Aquella cosa en el aire con los brazos extendidos y aquellos dientes dirigiéndose hacia él, la tierra rebotando en su cara… Y de repente, el coche hizo tracción. Miguel se aplastó de golpe contra el asiento, y esa cosa se enganchó al lateral de la puerta para darse con la panza en el exterior de la puerta trasera.
Veinte, treinta, cuarenta…setenta. El coche había salido como un cohete, haciendo que la puerta se cerrara de golpe amputando los dedos de aquella cosa. Mientras salía a toda pastilla de la vía de descanso, Miguel miró por el retrovisor como aquello que le había atacado rodaba por el asfalto de la incorporación a la autopista.
Todavía no se lo creía. Un pitido en el coche indicaba que no se había puesto el cinturón, y con esfuerzo y maña, Miguel se lo puso con el coche a unos ciento treinta kilómetros hora en cuarta, pero el coche no paraba de pitar. El chico miró los pilotos que estaban encendidos en el salpicadero. Una señal roja indicaba que en la parte de atrás alguien no se había puesto el cinturón. Miguel tragó saliva, con la mano derecha movió el retrovisor hasta poder ver los asientos traseros, llevándose otro susto. Allí había otra rana, pero ésta vez azul.
Lentamente, aquella rana puso las manos palmípedas en cada uno de las hombrearas de los asientos delanteros, y produciendo suaves chirridos colocó su cabeza entre ellos.
“¡¡¡¿QUÉ ES LO PRIMERO QUE ENSEÑAN EN LA AUTOESCUELA BICHO…..?!!! Dijo miguel gritando. La rana azul abrió la boca para morder…¡A PONERSE EL CINTURÓN! Un frenazo terrible hizo que aquella cosa atravesara el parabrisas haciéndolo un montón de añicos. El coche se descontroló, se puso de lado mientras derrapaba y se lió a dar vueltas de campana.
Miguel se despertó gritando en la cafetería. Todos los camioneros de la sala se callaron para mirarle. Miguel estaba sentado en un taburete de la barra de la cafetería de antes. Se había meado encima. Debía de haberse quedado dormido mientras venía el camarero, el cual se le acercó despacio con cara de extrañeza y le preguntó:

-¿Vas a querer algo?…¿Chico?
-Si por favor…Un Red Bull.

Publicar un comentario

Usted debe estar conectado para publicar un comentario.

Relatos de Terror

Todos los relatos que publicamos han sido enviados por nuestros usuarios, en muchos casos no podemos verificar que sean de su autoría por lo que te rogamos que si alguno de los escritos que aquí aparecen vulnera tu propiedad intelectual nos lo hagas saber por medio de este formulario.
Síguenos: Twitter | Facebook
Escalofrio.com - El portal del miedo y el terror Copyright © 2015 Escalofrio.com All rights reserved.