Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

Palomos del Infierno 1/3

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I
EL SILBADOR EN LA OSCURIDAD

Griswell despertó repentinamente con todos los nervios vibrando por una premonición de inminente peligro.
Miró a su alrededor con aire aturdido, incapaz al principio de recordar dónde estaba o qué hacía allí. La luz de la luna se filtraba a través de las polvorientas ventanas, y la enorme estancia vacía con su altísimo techo y el negro boquete de su hogar resultaba espectral y desconocida.
Luego, a medida que emergía de las telarañas de su reciente sueño, recordó dónde se encontraba y qué estaba haciendo allí.
Volvió la cabeza y miró a su compañero, que dormía en el suelo, cerca de él. John Branner no era más que una alargada forma en la oscuridad que la luna apenas teñía de gris.
Griswell trató de recordar lo que le había despertado. En la casa no se oía ningún sonido; fuera, todo estaba igualmente silencioso: el siseo de la lechuza llegaba de muy lejos, del bosque de pinos.
Finalmente, Griswell capturó el huidizo recuerdo. Lo que le había asustado hasta el punto de despertarle era una pesadilla espantosa. El recuerdo fluyó ahora a raudales, reproduciendo como en un aguafuerte la abominable visión.
Aunque, ¿había sido un sueño? Tenía que haberlo sido, desde luego, pero se había mezclado tan extrañamente con recientes acontecimientos reales que resultaba difícil saber dónde terminaba la realidad y dónde empezaba la fantasía.
En sueños, le había parecido revivir sus últimas horas de vigilia con todo detalle. El sueño había empezado, bruscamente, cuando John Branner y él llegaban a la vista de la casa donde ahora se encontraban.
Habían llegado por un camino vecinal lleno de baches que discurría entre los numerosos pinares —John Branner y él—, procedentes de Nueva Inglaterra, en viaje de vacaciones.
Habían divisado la antigua casa con sus galerías cubiertas alzándose en medio de una jungla de arbustos y malas hierbas en el momento en que el sol se ocultaba detrás de ella.
Estaban agotados, mareados por el traqueteo del automóvil sobre aquellos infames caminos. La antigua casa desierta excitó su imaginación con su aspecto de pasado esplendor y definitiva ruina.
Dejaron el automóvil junto al camino, y mientras avanzaban a través de una maraña de maleza unos cuantos palomos se alzaron de las balaustradas de la casa y se alejaron con un leve batir de alas.
La puerta de madera de encima estaba abierta. Una espesa capa de polvo cubría el suelo del amplio vestíbulo y los peldaños de la escalera que conducía al piso superior.
Cruzaron otra puerta que se abría al vestíbulo y penetraron en una habitación vacía, grande, polvorienta, llena de telarañas. Las cenizas del hogar estaban cubiertas de polvo.
Discutieron la conveniencia de salir a buscar un poco de leña y encender fuego, pero decidieron no hacerlo. A medida que el sol se hundía en el horizonte, la oscuridad llegaba rápidamente, la oscuridad negra, absoluta, de los terrenos poblados de pinos.
Los dos amigos sabían que en los bosques meridionales abundaban las culebras y las serpientes de cascabel, y no les sedujo la idea de salir a buscar leña a oscuras.
Abrieron unas latas de conservas, cenaron frugalmente, luego se enrollaron en sus mantas delante del vacío hogar e inmediatamente se quedaron dormidos.
Esto, en parte, era lo que Griswell había soñado. Vio de nuevo la maltrecha casa irguiéndose contra los arreboles de la puesta de sol; vio la bandada de palomos que emprendían el vuelo mientras Branner y él se acercaban a la casa.
Vio la sombría habitación donde ahora se encontraban, y vio las dos formas que eran su compañero y él mismo, envueltos en sus mantas y tendidos en el polvoriento suelo. A partir de este punto su sueño se modificó sutilmente, pasando de lo real a lo fantástico.
Griswell estaba asomado a una estancia sombría, iluminada por la grisácea luz de la luna que penetraba por algún lugar ignorado, ya que en aquella estancia no había ninguna ventana.
Pero a la grisácea claridad Griswell vio tres formas silenciosas que colgaban suspendidas en hilera, y su inmovilidad despertó un helado terror en su alma. No se oía ningún sonido, ninguna palabra, pero Griswell intuía una presencia terrible agazapada en un oscuro rincón…
Bruscamente volvió a encontrarse en la estancia polvorienta, de techo alto, delante del gran hogar. Estaba tendido en el suelo, envuelto en sus mantas, mirando fijamente a través del sombrío vestíbulo, hacia un lugar bañado por un rayo de luna, en la escalera que ascendía al piso superior.
Allí había algo, una forma inclinada, completamente inmóvil bajo el rayo de luna. Pero una sombra borrosa y amarillenta que podría haber sido un rostro estaba vuelta hacia él, como si alguien agachado en la escalera les estuviera contemplando.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, y en aquel momento se despertó…, si es que en realidad había estado durmiendo.
Parpadeó varias veces. El rayo de luna caía sobre la escalera, en el lugar exacto donde había soñado que lo hacía; pero Griswell no vio ninguna figura acechante.
Sin embargo, su cuerpo seguía temblando a causa del miedo que le había inspirado el sueño o la visión que acababa de tener; sus piernas estaban heladas, como si las hubiera sumergido en agua fría.
Griswell hizo un movimiento involuntario para despertar a su compañero, cuando un repentino sonido le dejó paralizado.
Era un silbido procedente del piso superior. Suave y fantasmal, iba subiendo de tono, sin desgranar ninguna melodía determinada. Aquel sonido, en una casa supuestamente desierta, resultaba bastante alarmante; pero lo que heló la sangre en las venas de Griswell fue algo más que el simple miedo a un invasor físico.
No habría podido definirse a sí mismo el terror que se apoderó de él. Pero las mantas de Branner se movieron, y Griswell vio que su compañero estaba sentado.
La forma de su cuerpo se dibujaba vagamente en la oscuridad, con la cabeza vuelta hacia la escalera, como si escuchara con mucha atención. El misterioso silbido aumentó todavía más en
intensidad.
—¡John! —susurró Griswell, con la boca seca.
Habría querido gritar…, decirle a Branner que arriba había alguien, alguien cuya presencia podía resultar peligrosa para ellos; que tenían que marcharse inmediatamente de la casa. Pero la voz murió en su garganta.
Branner se había puesto en pie. Sus pasos resonaron en el vestíbulo mientras lo cruzaba en dirección a la escalera. Empezó a subir los peldaños, una sombra más entre las sombras que le rodeaban.
Griswell continuó tendido, incapaz de moverse, en medio de un verdadero torbellino mental. ¿Quién estaba silbando arriba?
Vio a Branner pasar por el lugar iluminado por el rayo de luna, vio su cabeza extrañamente erguida, como si estuviera mirando algo que Griswell no podía ver, encima y más allá de la escalera.
Pero su rostro era tan inexpresivo como el de un sonámbulo. Cruzó la zona iluminada y desapareció de la vista de Griswell, a pesar de que este último trató de gritarle que regresara.
Pero de su garganta sólo salió un ahogado susurro. El silbido fue desvaneciéndose hasta morir del todo. Griswell oyó crujir los peldaños bajo las botas de Branner.
Ahora había alcanzado el rellano superior, ya que Griswell oyó resonar sus pasos por encima de su cabeza.
Repentinamente, los pasos se detuvieron, y la noche entera pareció contener la respiración. Luego, un espantoso grito rompió el silencio, y Griswell se incorporó, gritando a su vez.
La extraña parálisis que le impidió moverse había desaparecido. Dio un paso hacia la escalera, y luego se detuvo. Volvían a resonar los pasos. Branner estaba de regreso.
No corría. Andaba incluso con más lentitud que antes. Los peldaños de la escalera volvieron a crujir. Una mano, que se movía a lo largo de la barandilla, quedó iluminada por el rayo de luna; luego la otra, y un escalofrío de terror recorrió el cuerpo de Griswell al ver que esta segunda mano empuñaba un hacha…, un hacha de la cual goteaba un líquido oscuro. ¿Era Branner el que estaba descendiendo la escalera?
¡Sí! La figura había cruzado ahora el rayo de luna, y Griswell la reconoció. Luego vio el rostro de Branner, y una ahogada exclamación brotó de sus labios.
El rostro de Branner estaba pálido, cadavérico; unas gotas de sangre se desprendían de él; sus ojos, vidriosos, tenían una fijeza obsesionante; y la sangre manaba también de la herida claramente visible en su cabeza.
Griswell no recordó nunca exactamente cómo consiguió salir de aquella maldita casa. Más tarde conservó un recuerdo confuso de haber saltado a través de una polvorienta ventana llena de telarañas, de haber corrido ciegamente a través de la maleza, aullando de terror.
Vio la negra barrera de los pinos, y la luna flotando en una neblina roja como la sangre.
Al ver el automóvil aparcado junto al camino recobró parte de su cordura. En un mundo que había enloquecido de repente, aquél era un objeto que reflejaba una prosaica realidad; pero en el
momento en que se disponía a abrir la portezuela, un espantoso chirrido resonó en sus oídos, y una forma ondulante avanzó la cabeza hacia él desde el asiento del conductor, mostrando una
lengua ahorquillada a la luz de la luna.
Con un aullido de terror, Griswell echó a correr hacia el camino, como corre un hombre en una pesadilla. Corría a ciegas.
Su aturdido cerebro era incapaz de ningún pensamiento consciente, Se limitaba a obedecer al instinto primario que le impulsaba a correr…, correr…, correr hasta caer exhausto.
Las negras paredes de los pinos surgían interminablemente a su lado, hasta el punto de que Griswell tenía la sensación de no moverse de sitio. Pero súbitamente un sonido penetró la niebla de su terror: el inexorable rumor de unos pasos que le seguían.
Volviendo la cabeza, vio a alguien que avanzaba detrás de él…, lobo o perro, no habría podido decirlo, pero sus ojos ardían como bolas de fuego verde. Griswell aumentó la velocidad de su carrera, dio la vuelta a una curva del camino y oyó relinchar a un caballo; vio la grupa del animal y oyó maldecir al jinete que lo montaba; vio un brillo azulado en la mano levantada del hombre.
Griswell se tambaleó y tuvo que agarrarse al estribo del jinete para no caer al suelo.
—¡Por el amor de Dios, ayúdeme! —jadeó—. ¡La cosa! ¡Ha asesinado a Branner…, y me está persiguiendo! ¡Mire!
Dos bolas de fuego ardían entre los arbustos en la revuelta del camino. El jinete volvió a maldecir y disparó tres veces consecutivas. Las bolas de fuego se desvanecieron y el jinete, librando su estribo del agarrón de Griswell, hizo avanzar su caballo hacia la revuelta.
Griswell dio unos pasos vacilantes, temblando como un azogado. El jinete desapareció unos instantes de su vista; luego regresó al galope.
—Ha desaparecido —dijo—. Supongo que era un lobo, aunque nunca oí que persiguieran a un hombre. ¿Sabe usted lo que era?
Griswell se limitó a sacudir débilmente la cabeza. El jinete, recortándose contra la luz de la luna, le miraba desde lo alto, empuñando aún en su mano derecha el humeante revólver.
Era un hombre robusto, de mediana estatura, y su ancho sombrero y sus botas le señalaban como un nativo de la región tan claramente como el atuendo de Griswell revelaba en él al forastero.
—¿Qué es lo que ha sucedido? —preguntó el jinete. —No lo sé —respondió Griswell—. Me llamo Griswell.
John Branner, el amigo que viajaba conmigo, y yo nos detuvimos en la casa abandonada que hay al otro lado del camino para pasar allí la noche. Algo… —el recuerdo le hizo estremecerse de horror—.
¡Dios mío! —exclamó—. ¡Debo de estar loco! Alguien se asomó por encima de la barandilla de la escalera…, alguien que tenía el rostro amarillento. Creí que estaba soñando, pero
tiene que haber sido real.
Luego, alguien silbó en el piso de arriba, y Branner se levantó y subió la escalera como un sonámbulo, o un hombre hipnotizado. Oí un grito; luego, Branner volvió a bajar con un hacha ensangrentada en la mano, y… ¡Dios mío!
¡Estaba muerto! Le habían abierto la cabeza. Vi sus sesos a través de la herida, y la sangre que manaba por ella, y su rostro era el de un cadáver.
¡Pero bajó la escalera! Pongo a Dios por testigo de que John Branner fue asesinado en aquel oscuro rellano, y de que su cadáver descendió luego la escalera con un hacha en la mano… ¡para asesinarme!
El jinete no hizo ningún comentario; permaneció sentado sobre su caballo como una estatua, recortándose contra las estrellas, y Griswell no pudo leer en su expresión, ya que su
rostro estaba ensombrecido por el ala de su sombrero.
—Piensa usted que estoy loco —murmuró Griswell—. Tal vez lo esté.
—No se que pensar —respondió el jinete—. Si no se tratara de la antigua casa de los Blassenville… Bueno, veremos. Me llamo Buckner.
Soy el sheriff de este condado. Vengo de llevar a un negro al condado vecino y se me ha hecho un poco tarde.
Se apeó de su caballo y se quedó en pie junto a Griswell, más bajo que él pero mucho más fornido. De su persona se desprendía un aire de decisión y de seguridad en sí mismo, y no resultaba difícil imaginar que sería un hombre peligroso en cualquier clase de lucha.
—¿Teme usted regresar a la casa? —preguntó.
Griswell se estremeció, pero sacudió la cabeza: revivía en él la obstinada tenacidad de sus antepasados puritanos.
—La idea de enfrentarme de nuevo con aquél horror me pone enfermo —murmuró—. Pero, el pobre Branner… Tenemos que encontrar su cadáver. ¡Dios mío! —exclamó, desalentado por el abismal horror de la cosa—.
¿Qué es lo que encontraremos? Si un hombre muerto anda… —Veremos.
El sheriff ató las riendas alrededor de su brazo izquierdo y empezó a llenar los cilindros de su enorme revólver mientras andaban.
Cuando llegaron a la revuelta del camino, la sangre de Griswell estaba helada ante el pensamiento de lo que podían encontrar en el camino, pero sólo vieron la casa irguiéndose espectralmente entre los pinos.
—¡Dios mío! —susurró Griswell—. Parece mucho más siniestra ahora que cuando llegamos a ella y vimos aquellos palomos que volaban del porche…
—¿Palomos? —inquirió Buckner, dirigiéndole una rápida mirada—. ¿Vio usted a los palomos?
—Desde luego. Una bandada, que salió volando del porche.
Caminaron unos instantes en silencio, hasta que Buckner dijo con cierta brusquedad:
—He vivido en esta región desde que nací. He pasado por delante de la antigua casa de los Blassenville centenares de veces, a todas las horas del día y de la noche. Pero nunca he visto un solo palomo, ni en la casa ni en los bosques de los alrededores.
—Había una verdadera bandada —repitió Griswell, sorprendido.
—He conocido a hombres que juraron haber visto una bandada de palomos posados en el porche de la casa, a la puesta del sol —dijo Buckner lentamente—.
Todos eran negros, excepto uno. Un trampero. Estaba encendiendo una fogata en el patio, dispuesto a pasar allí aquella noche. Le vi al atardecer y me habló de los palomos.
A la mañana siguiente volví a la casa. Las cenizas de su fogata estaban allí, y su vaso de estaño, y la sartén en la cual frió su tocino, y sus mantas, extendidas como si hubiera dormido en
ellas. Nadie volvió a verle.
Eso ocurrió hace doce años. Los negros dicen que ellos pueden ver a los palomos, pero ningún negro se atreve a pasar por este camino después de la puesta del sol.
Dicen que los palomos son las almas de los Blassenville, que salen del infierno cuando se pone el sol. Los negros dicen que el resplandor rojizo que se ve hacia el oeste es la claridad del infierno, porque a aquella hora las puertas del infierno están abiertas para dar paso a los Blassenville.
—¿Quiénes eran los Blassenville? —preguntó Griswell, estremeciéndose.
—Eran los propietarios de todas estas tierras. Una familia franco—inglesa. Llegaron procedentes de las Indias Occidentales, antes de la evacuación de Louisiana.
La Guerra Civil les arruinó, como a otros tantos. Algunos de sus miembros resultaron muertos en la guerra; la mayoría de los otros murieron fuera de aquí.
Nadie vivió en la casa solariega a partir de 1890, cuando miss Elisabeth Blassenville, la última del linaje, desapareció una noche de la casa y nunca regresó… ¿Es ése su automóvil?
Se detuvieron al lado del vehículo, y Griswell contempló morbosamente la antigua mansión. Sus polvorientos ventanales estaban vacíos y oscuros; pero Griswell experimentaba la desagradable sensación de que unos ojos le acechaban con expresión hambrienta a través de los cristales.
Buckner repitió su pregunta.
—Sí —respondió Griswell—. Tenga cuidado. Hay una serpiente en el asiento…, o por lo menos estaba allí.
—Ahora no hay ninguna —gruñó Buckner, atando su caballo y sacando una linterna de las alforjas—. Bueno, vamos a echar un vistazo.
Echó a andar hacia la casa con la misma tranquilidad que si se dirigieran a efectuar una visita de cumplido a unos amigos. Griswell le siguió, pegado a sus talones, respirando agitadamente.
La leve brisa llevaba hasta ellos un hedor a corrupción y a vegetación podrida, y Griswell experimentó una intensa sensación de náusea, en la cual se mezclaban el malestar físico y la
angustia mental que provocaban aquellas antiguas mansiones que ocultaban olvidados secretos de esclavitud, de orgullo de raza, y de misteriosas intrigas.
Se había imaginado el Sur como una tierra lánguida y soleada, acariciada por suaves brisas que transportaban cálidos aromas a flores y a especias, donde la vida discurría plácidamente al ritmo de los cantos que los negros entonaban en los campos de algodón bañados por el sol.
Pero ahora acababa de descubrir otro aspecto, completamente inesperado: un aspecto oscuro, impregnado de misterio. Y el descubrimiento le resultaba repulsivo.
Cruzaron la pesada puerta de madera de encima. La negrura del interior quedaba intensificada ahora por el haz luminoso proyectado por la linterna de Buckner.
Aquel haz se deslizó a través de la oscuridad del vestíbulo y trepó por la escalera, y Griswell contuvo la respiración, apretando los puños. Pero ninguna forma demencial se reveló allí.
Buckner avanzó con la ligereza de un gato, la linterna en una mano, el revólver en la otra. Mientras proyectaba la luz de su linterna en la habitación que se abría al pie de la escalera,
Griswell lanzó un grito…, y volvió a gritar, a punto de desmayarse con el espectáculo que se ofrecía a sus ojos.
Un rastro de gotas de sangre cruzaba la habitación, pasando por encima de las mantas que Branner había ocupado, las cuales estaban extendidas entre la puerta y las del propio Griswell.
Y las mantas de Griswell tenían un terrible ocupante. John Branner estaba tendido en ellas, boca abajo, con una horrible herida en la parte posterior de la cabeza.
Su mano extendida seguía empuñando el mango de un hacha, y la hoja estaba profundamente clavada en la manta y en el suelo que se extendía debajo, en el lugar exacto donde había reposado la cabeza de Griswell cuando dormía allí.
Griswell no se dio cuenta de que se tambaleaba ni de que Buckner le cogía, impidiendo que cayera al suelo. Cuando recobró el conocimiento, la cabeza le dolía terriblemente y todo parecía
dar vueltas alrededor.
Buckner proyectó el haz luminoso de su linterna sobre su rostro, haciéndole parpadear. La voz del sheriff llegó desde más allá de la brillante claridad:
—Griswell, me ha contado usted una historia muy difícil de creer. Vi algo que le perseguía a usted, pero aquello era un lobo, o un perro salvaje. ”Si está ocultando algo, será mejor que lo escupa ahora.
Lo que me ha contado a mí es insostenible ante cualquier tribunal. Va usted a enfrentarse con la acusación de haber asesinado a su compañero.
Tengo que detenerle. Si es usted sincero conmigo, las cosas serán mucho más fáciles. Ahora dígame, ¿mató usted a este hombre, Griswell? ”Supongo que ocurriría algo parecido a esto: discutieron ustedes por algo, la discusión se agrió, Branner empuñó un hacha y le atacó, pero usted consiguió desarmarle, le abrió la cabeza de un hachazo y volvió a dejar el arma en sus manos… ¿Me equivoco? Griswell ocultó la cara entre sus manos, sacudiendo la cabeza.
—¡Dios mío! ¡Yo no maté a John! ¿Por qué iba a hacer una cosa así? John y yo éramos amigos de la infancia. Le he dicho a usted la verdad. No puedo reprocharle a usted que no me crea. Pero juro por Dios que es la verdad.
La luz volvió a iluminar la abierta cabeza de Branner, y Griswell cerró los ojos. Oyó que Buckner gruñía:
—Creo que le mataron con el hacha que tiene en la mano. Hay sangre y sesos pegados a la hoja, y unos cuantos cabellos del mismo color que los suyos. Eso empeora las cosas para usted, Griswell.
—¿Por qué? —gimió Griswell con voz temblorosa.
—Elimina toda posibilidad de alegar defensa propia. Branner no pudo atacarle con ese hacha después de que usted le abrió la cabeza con ella.
La herida es mortal de necesidad. Debió usted arrancar el hacha de su cabeza, clavarla en el suelo y colocar sus dedos alrededor del mango para que pareciera que él le atacaba. Una maniobra muy hábil…, si hubiera utilizado usted otra hacha.
—Pero yo no le maté —gimió Griswell—. No tengo la menor intención de alegar defensa propia.
—Eso es lo que me intriga —admitió Buckner francamente—. ¿Qué asesino sería tan estúpido para contar una historia tan descabellada como la que usted me ha contado para demostrar su inocencia? Cualquier asesino habría inventado una historia que fuera lógica, al menos.
¡Hum! El rastro de sangre procede de la puerta. El cadáver fue arrastrado…, no, no pudo ser arrastrado. El suelo está lleno de polvo y se verían las huellas.
Tuvo usted que transportarle hasta aquí, después de haberle matado en otro lugar. Pero, en ese caso, ¿por qué no hay sangre en sus ropas?
Desde luego, puede usted haberse cambiado la ropa. Pero ese individuo no lleva muerto mucho tiempo.
—Bajó la escalera y cruzó la habitación —murmuró Griswell—. Venía a matarme. Supe que venía a matarme cuando le vi acechando por encima de la barandilla.
Descargó el golpe donde yo habría estado, de no haberme despertado. Mire aquella ventana… Está rota: salté a través de ella.
—Sí, lo veo. Pero, si andaba entonces, ¿por qué no anda ahora?
—¡No lo sé! Estoy demasiado trastornado para pensar cuerdamente. Temí que se levantara del suelo y saliera en mi persecución.
Cuando oí aquel lobo corriendo detrás de mí, creí que era John que me perseguía… ¡John, corriendo a través de la noche con su hacha ensangrentada y su ensangrentada cabeza! Sus
dientes castañetearon mientras revivía aquel espantoso horror. Buckner paseó por el suelo el haz luminoso de su linterna.
—Las gotas de sangre proceden del vestíbulo. Vamos. Las seguiremos. Griswell se estremeció.
—Proceden del piso superior —murmuró
Buckner le miraba fijamente.
—¿Teme usted subir al piso, conmigo? El rostro de Griswell estaba gris.
—Sí. Pero voy a subir, con usted o sin usted. La cosa que mató al pobre John puede estar todavía oculta allí.
—Suba detrás de mí —ordenó Buckner—. Si algo salta sobre nosotros, yo me ocuparé de ello. Pero, por su propio bien, le advierto que disparo con más rapidez de la que emplea un gato en saltar, y que rara vez fallo un tiro. Si se le ha ocurrido la idea de atacarme por detrás, olvídela.
—¡No sea estúpido! —exclamó Griswell.
El furor había barrido momentáneamente sus temores, y aquella enojada exclamación pareció tranquilizar a Buckner mucho más que todas sus protestas de inocencia.
—Deseo ser justo —dijo—. No puedo acusarle y condenarle sin pruebas. Si es verdad la mitad solamente de lo que me ha contado, ha vivido usted un verdadero infierno y no quiero ser demasiado duro. Pero debe comprender lo difícil que me resulta creerle.
Griswell no respondió, limitándose a indicarle con un gesto que estaba dispuesto a acompañarle arriba. Cruzaron el vestíbulo y se detuvieron al pie de la escalera.
Un rastro de gotas de sangre, claramente visibles en los polvorientos peldaños, señalaba el camino.
—Hay pisadas de hombre en el polvo —gruñó Buckner—. Hay que subir despacio. Tenemos que fijarnos bien en lo que vemos, ya que al subir borraremos estas huellas.
Hay un rastro de pisadas que suben y otras que bajan. Del mismo hombre. Y no son de usted. Branner era un hombre mucho más alto que usted.
Hay gotas de sangre en todo el camino…, sangre en la barandilla, como si un hombre hubiera posado en ella su mano ensangrentada…, una mancha de algo que parecen…,sesos. Me pregunto…
—Bajaba la escalera, y estaba muerto —se estremeció Griswell—. Agarrándose con una mano a la barandilla, y empuñando con la otra el hacha que le mató.
—Pudieron transportarle —murmuró el sheriff—. Pero, si alguien le transportó, ¿dónde están sus huellas?
Llegaron al rellano superior, un amplio y vacío espacio de polvo y sombras donde las ennegrecidas ventanas rechazaban la claridad de la luna y el haz luminoso de la linterna de Buckner parecía inadecuado.
Griswell temblaba como una hoja. Aquí, en la oscuridad y el horror, había muerto John Branner.
—Alguien silbaba aquí arriba —murmuró—. Igual que las de la escalera; unas van y otras vienen. Las mismas huellas… ¡Judas!
Detrás de él, Griswell ahogó un grito, ya que acababa de ver lo que había provocado la exclamación de Buckner. A unos pies de distancia del último peldaño, las huellas de las pisadas de Branner se detenían bruscamente y luego daban la vuelta, casi pisando las huellas anteriores. Y en el lugar donde se había detenido había una gran mancha de sangre en el polvoriento suelo…, y otras huellas que llegaban hasta allí, huellas de pies descalzos, pequeños pero de pulgares muy anchos. También aquellas huellas retrocedían a partir de aquel punto. Buckner se inclinó sobre ellas, gruñendo.
—¡ Las huellas se encuentran! ¡Y en el lugar donde se encuentran hay sangre y sesos en el suelo! Aquí mataron a Branner, descargándole un hachazo.
Unos pies descalzos procedentes de la oscuridad se encuentran con unos pies calzados; luego, ambos dan la vuelta. Los pies calzados bajan la escalera, los descalzos retroceden por el
rellano.
Proyectó la luz de su linterna a lo largo del rellano; las pisadas se desvanecían en la oscuridad, más allá del alcance de la luz. A un lado y a otro, las cerradas puertas de otras tantas estancias eran secretos portales de misterio.
—Supongamos que su descabellada historia fuera cierta —murmuró Buckner, medio para sí mismo—. Esas huellas no son de usted. Parecen las de una mujer.
Supongamos que alguien silbó, y Branner subió aquí a investigar. Supongamos que alguien le atacó aquí, en la oscuridad, abriéndole la cabeza.
En tal caso, las huellas hubieran sido tal como son, en realidad. Pero, suponiendo que fuera eso lo que hubiera ocurrido, ¿por qué no se quedó Branner tendido aquí, donde encontró la muerte?
¿Pudo haber vivido el tiempo suficiente para arrancar el hacha de manos del que le asesinó, y bajar la escalera con ella?
—¡No, no! —exclamó Griswell—. Yo le vi en la escalera. Estaba muerto. Ningún hombre podría vivir un minuto después de recibir tal herida.
—Lo creo —murmuró Buckner—. Pero es una locura. O un plan diabólicamente hábil… Sin embargo, ningún hombre en su sano juicio elaboraría un plan tan descabellado para escapar al castigo de su crimen, cuando un simple alegato de defensa propia sería mucho más eficaz.
Ningún tribunal aceptaría esa historia. Bueno, vamos a seguir esas otras huellas. Avanzan por el rellano… ¡Un momento! ¿Qué es esto?
Con un estremecimiento de terror, Griswell vio que la luz de la linterna empezaba a amortiguarse.
—Esta batería es nueva —murmuró Buckner, y por primera vez Griswell captó una nota de temor en su voz—. ¡Vamos! ¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente!
La luz se había amortiguado hasta quedar reducida a un débil brillo rojizo. La oscuridad parecía acercarse a ellos, deslizándose con el paso silencioso de un gato. Buckner retrocedió, hacia la escalera, llevando a Griswell pegado a sus talones.
En la creciente oscuridad, Griswell oyó un sonido como el de una puerta que se abría lentamente, y al mismo tiempo las negruras que les rodeaban vibraron con una oculta amenaza.
Griswell supo que Buckner experimentaba la misma sensación que le había invadido a él, ya que el cuerpo del sheriff se tensó como el de una pantera dispuesta a saltar.
Pero continuó retrocediendo, sin prisas, luchando contra el pánico que le impulsaba a gritar y a emprender una loca huida. Una terrible idea hizo brotar un sudor helado de su frente.
¿Y si el muerto se estaba deslizando detrás de ellos en la oscuridad, empuñando el hacha ensangrentada presto a descargarla sobre ellos?
Aquella posibilidad le abrumó hasta el punto de que apenas se dio cuenta de que sus pies alcanzaban el vestíbulo inferior, y sólo entonces descendían, hasta recobrar toda su fuerza.
Pero cuando Buckner proyectó el haz luminoso hacia la parte superior de la escalera, no consiguió iluminar más que oscuridad que colgaba como una tangible niebla sobre el rellano superior.
—Esta maldita linterna estaba embrujada —murmuró Buckner—. La cosa no tiene otra explicación. No puede atribuirse a causas naturales.
—Ilumine la habitación —suplicó Griswell—. Vea si John…, si John está…
No consiguió traducir en palabras su horrible idea, pero Buckner comprendió.
Griswell no habría sospechado nunca que la vista del espantoso cadáver de un hombre asesinado pudiera inspirarle tal sensación de alivio.
—Todavía está ahí —gruñó Buckner—. Si anduvo después de ser asesinado, no ha vuelto a hacerlo desde entonces. Pero, aquella cosa…
Proyectó de nuevo la luz de la linterna hacia la parte superior de la escalera, mordiéndose el labio y rezongando en voz baja. Por tres veces había levantado su revólver.
Griswell leyó en su pensamiento. El sheriff se sentía tentado de volver a subir aquella escalera, de medir sus fuerzas con lo desconocido. Pero el sentido común le retenía.
—A oscuras, no tendría ninguna posibilidad —murmuró—. Y, si subo, la luz volverá a apagarse.
Se volvió hacia Griswell.
—Sería inútil intentar nada. En esta casa hay algo diabólico, y creo que puedo adivinar lo que es. No creo que asesinara usted a Branner. Lo que le asesinó está ahí arriba…, ahora.
En su historia hay muchos puntos que resultan descabellados; pero, ¿acaso no es descabellado que una linterna se apague sin más ni más? No creo que lo que haya allá arriba sea humano.
Hasta ahora, nunca me había asustado la oscuridad, pero no voy a subir a ese piso hasta que se haga de día. No tardará en amanecer. Esperaremos fuera, en aquella galería.
Las estrellas empezaban a palidecer cuando salieron al amplio porche. Buckner se sentó en la barandilla, de cara a la puerta de la casa, empuñando su revólver. Griswell tomó asiento junto a él y se reclinó contra los restos de una columna.
Cerró los ojos, acogiendo con placer la leve brisa que parecía refrescar su enfebrecido cerebro. Experimentaba una extraña sensación de irrealidad. Era un forastero en una región desconocida, una región que parecía haberse llenado repentinamente de negro horror.
La sombra del patíbulo planeaba encima de él, y en aquella sombría mansión yacía John Branner, con la cabeza destrozada…
Como las ficciones de un sueño, aquellos hechos giraban en su cerebro hasta que se fundieron en un crepúsculo gris mientras el sueño se apoderaba compasivamente de su alma.
Despertó a un frío amanecer y al recuerdo de los horrores de la noche. La niebla se arrastraba en jirones por las copas de los pinos. Buckner le estaba sacudiendo.
—¡Despierte! Ya es de día.
Griswell se puso en pie, frotándose los ojos. Su rostro aparecía viejo y gris. —Estoy dispuesto. Vamos arriba.
—¡Ya he estado allí! —dijo Buckner, con ojos llameantes—. No quise despertarle. Subí en cuanto amaneció. No encontré nada.
—Pero, las huellas de los pies descalzos… —Han desaparecido.
—¿Desaparecido?
—Sí, desaparecido. El polvo del rellano ha sido removido, desde el punto donde terminaban las huellas de los pasos de Branner; ha sido barrido hacia los rincones.
Ahora no existe ninguna posibilidad de seguir las huellas de nadie. Alguien barrió el polvo mientras estábamos aquí sentados, y no oí ningún sonido.
He recorrido toda la casa. No he visto absolutamente nada.
Griswell se estremeció al imaginarse a sí mismo durmiendo solo en el porche mientras Buckner llevaba a cabo su exploración.
—¿Qué haremos ahora? Aquellas huellas eran mi única posibilidad de demostrar la veracidad de mi historia.
—Llevaremos el cadáver de Branner al Ayuntamiento del condado —respondió Buckner—. Yo explicaré los hechos. Si las autoridades se enteran de la versión que usted puede darles, insistirán en acusarle de asesinato.
Yo no creo que usted matara a Branner…, pero ningún fiscal de distrito, ningún juez ni ningún jurado creería lo que usted me ha contado, ni lo que nos sucedió anoche.
Déjeme manejar este asunto a mi modo. No pienso detenerle a usted hasta que haya agotado todas las demás posibilidades. ”Cuando lleguemos a la ciudad, no diga nada de lo que ha
ocurrido aquí.
Yo me limitaré a informar al fiscal del distrito que John Branner fue asesinado por una persona o personas desconocidas, y que estoy trabajando en el caso.
”¿Está usted dispuesto a regresar conmigo a esta casa y a pasar la noche aquí, en la habitación en la que usted y Branner durmieron anoche?
Griswell palideció, pero respondió con la misma obstinación con que sus antepasados habían expresado su decisión de plantar sus cabañas en las tierras de los pequots:
—Estoy dispuesto.
—Entonces, vámonos; ayúdeme a trasladar el cadáver de Branner a su automóvil.
Griswell se estremeció a la vista del ensangrentado rostro de su amigo a la luz grisácea del amanecer. La niebla extendía unos viscosos tentáculos alrededor de sus pies mientras transportaban su macabra carga a través de la maleza.

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