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Palomos del Infierno 2/3

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II
EL HERMANO DE LA SERPIENTE

De nuevo las sombras se alargaban sobre los pinares, y de nuevo dos hombres llegaron por el antiguo camino en un automóvil con matrícula de Nueva Inglaterra.
Buckner conducía. Los nervios de Griswell estaban demasiado alterados para permitirle empuñar el volante. Su rostro estaba aún muy pálido, y todo su aspecto revelaba un gran cansancio.
La tensión del día pasado en la capital del condado había venido a añadirse al horror que planeaba sobre su alma como la sombra de un buitre de alas negras. No había dormido, apenas
había comido.
—Prometí hablarle de los Blassenville —dijo Buckner—. Era una gente orgullosa, altiva, y sin el menor escrúpulo cuando se trataba de imponer su voluntad. No tenían para sus negros las consideraciones que en mayor o menor escala les guardaban los otros plantadores; supongo que seguían aferrados a las costumbres de las Indias Occidentales.
Había una vena de crueldad en todos ellos…, y especialmente en miss Celia, la última de la familia que llegó a esta región. Vino mucho después de que los esclavos fueran declarados hombres libres, pero miss Celia seguía azotando con su látigo a su doncella mulata, lo mismo que cuando era una esclava, según dicen los viejos del lugar…
Los negros decían que cuando moría un Blassenville, el diablo le estaba esperando siempre en los pinares que rodean la casa. ”Una vez terminada la Guerra Civil, los Blassenville fueron desapareciendo con bastante rapidez.
Vivían pobremente de su plantación, que cada día rendía menos. Finalmente, sólo quedaron cuatro muchachas, hermanas, que habitaban en la antigua mansión. La plantación era cultivada por unos cuantos negros que seguían viviendo en sus chozas y trabajaban en calidad de aparceros.
Las muchachas, muy orgullosas, se avergonzaban de su pobreza y no se relacionaban con nadie. A veces pasaban meses enteros sin salir de casa.
Cuando necesitaban provisiones, enviaban a un negro a comprarlas. ”Pero la gente empezó a hablar de los Blassenville cuando miss Celia vino a vivir con ellas. Procedía de algún lugar de las Indias Occidentales, de donde era originaria la familia.
Dicen que era una mujer elegante, bella, de poco más de treinta años. Tampoco ella se relacionó con la gente. Se había traído a una doncella mulata, y la trataba de un modo que hacía honor a la tradicional crueldad de los Blassenville.
Conocí a un viejo negro, hace unos años, que juraba haber visto a miss Celia atar a la doncella a un árbol, completamente desnuda, y azotarla con un látigo. Cuando la mulata desapareció, el hecho no constituyó una sorpresa para nadie.
Todo el mundo imaginó que se había fugado, desde luego. ”Un día de la primavera de 1890, miss Elisabeth, la más joven de las muchachas, se presentó en el pueblo por primera vez en un año, quizás. Iba en busca de provisiones.
Dijo que todos los negros habían abandonado la plantación. Añadió que miss Celia se había marchado también sin decir nada. Sus hermanas creían que había regresado a las Indias Occidentales, pero ella estaba convencida de que su tía estaba aún en la casa.

No aclaró el sentido de estas palabras. Se limitó a coger sus provisiones y regresar a la casa. ”Al cabo de un mes se presentó un negro en el pueblo y dijo que miss Elisabeth vivía
completamente sola en la antigua mansión.
Dijo que sus tres hermanas ya no estaban allí, que se habían marchado una detrás de otra sin dar ninguna explicación. Miss Elisabeth ignoraba adónde se habían marchado, y tenía miedo de vivir sola en la casa, pero no sabía adónde ir.
No tenía parientes ni amigos. Pero estaba mortalmente asustada de algo. El negro dijo que permanecía encerrada continuamente en su habitación, con unas velas encendidas toda la
noche…
”Una noche tormentosa miss Elisabeth se presentó en el pueblo montando el único caballo que poseía, medio muerta de miedo. Al llegar a la plaza se cayó del caballo; cuando pudo hablar,
dijo que había descubierto una habitación secreta en la casa, olvidada durante un centenar de años.
Y dijo que en aquella habitación se encontraban sus tres hermanas, muertas, colgadas del techo por el cuello. Añadió que alguien la persiguió con un hacha, y ella huyó de la casa montando en el único caballo que poseía.
Pero estaba mortalmente asustada, y no sabía quién la había perseguido. Dijo que parecía una mujer con un rostro amarillento. ”Inmediatamente, medio centenar de hombres se presentaron aquí y registraron la casa de arriba abajo.
Pero no encontraron ninguna habitación secreta, ni los cadáveres de las tres hermanas. Lo que sí encontraron fue un hacha en el rellano superior, con algunos cabellos de miss Elisabeth pegados al filo, lo cual confirmaba lo que miss Elisabeth había contado.
Pero ella se negó a regresar a la casa y mostrarles dónde se encontraba la habitación secreta; casi enloqueció cuando se lo sugirieron. ”Cuando estuvo en condiciones de viajar, la gente del pueblo reunió algún dinero y se lo prestaron —era demasiado orgullosa para aceptar limosnas—.
Se marchó a California. No regresó nunca, pero más tarde se supo —cuando envió el dinero que le prestaron— que se había casado. ”Nadie quiso comprar la casa. Quedó tal como
miss Elisabeth la había dejado, y con el paso de los años la gente fue robando los muebles hasta vaciarla del todo.
—¿Qué opinó la gente de la historia que contó miss Elisabeth? —preguntó Griswell.
—La mayoría opinó que el vivir sola en esta casa la había desquiciado. Pero algunos creyeron que la doncella mulata, Joan, no había huido, como se dijo.
Opinaban que estaba oculta en el bosque, y saciaba su odio hacia los Blassenville asesinando a los miembros de la familia.
Dieron una batida por todos los pinares con varios perros, pero no encontraron ni rastro de la mulata. Si había una habitación secreta en la casa, tenía que estar oculta allí…, suponiendo que la teoría fuese cierta.
—No puede haber estado oculta en la casa todos estos años —murmuró Griswell—. Y, de todos modos, lo que ahora hay en la casa no es humano.
Buckner hizo girar el automóvil, para dejar la carretera y adentrarse en un camino vertical que discurría entre los pinos.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Griswell.
—Hay un viejo negro que vive al final de este camino, a unas cuantas millas de aquí. Quiero hablar con él. Nos enfrentamos con algo que requiere algo más que el sentido común de un blanco.
Los negros saben más que nosotros acerca de algunas cosas. El viejo al que vamos a visitar tiene casi cien años, si es que no los ha cumplido ya.
Su dueño le proporcionó cierta educación cuando era un muchacho, y al convertirse en un hombre libre viajó más de lo que suelen viajar la mayoría de blancos. Dicen que es un hombre voodoo, un brujo.
Griswell se estremeció, contemplando con inquietud los verdes árboles que les rodeaban por todas partes. La fragancia de los pinos llegaba a su olfato mezclada con el perfume de plantas desconocidas. Pero, dominándolo todo, se percibía un indefinible hedor de materia en descomposición. Una desagradable sensación puso un nudo en la boca de su estómago.
—¡Un voodoo! —murmuró—. Me había olvidado de eso… Nunca se me había ocurrido relacionar la magia negra con el Sur.
Para mí, la brujería siempre estuvo asociada con antiguas y tortuosas calles de ciudades portuarias, que ya eran antiguas cuando en Salem colgaban a las brujas…
Para mí, la brujería se relacionó siempre con las antiguas ciudades de Nueva Inglaterra…, pero todo esto es más terrible que cualquier leyenda acerca de Nueva Inglaterra.
Esos pinos sombríos, esas antiguas mansiones abandonadas, las plantaciones perdidas, los misteriosos negros, las viejas leyendas de locura y horror… ¡Dios mío! ¡Qué espantosos terrores antiguos hay en este continente que los estúpidos llaman “Nuevo”!
—Ahí está la choza del viejo Jacob —anunció Buckner, deteniendo el automóvil.
Griswell vio un claro y una pequeña cabaña agazapada a la sombra de los enormes árboles. Allí, los pinos daban paso a las encinas y los cipreses, llenos de un musgo grisáceo, y más allá de la cabaña se extendía una ciénaga poblada de una lujurienta vegetación. De la chimenea de barro de la cabaña surgía una leve espiral de humo azulado.
Griswell siguió a Buckner hasta la diminuta vivienda. El sheriff empujó la puerta y penetró en la cabaña. Al encontrarse en la relativa oscuridad del interior, Griswell parpadeó.
Una sola ventana, muy pequeña, daba paso a la luz del día. Un viejo negro estaba agazapado junto al hogar de tierra, contemplando una olla que hervía al fuego.
Miró hacia ellos cuando entraron, pero no se levantó. Parecía increíblemente viejo. Su rostro era una masa de arrugas, y sus ojos, negros y vivaces, se velaban de cuando en cuando como si su mente vacilara.
Buckner hizo un gesto a Griswell para indicarle que se sentara en la única silla que había en la cabaña, mientras él se instalaba junto al fuego en una banqueta toscamente labrada, enfrente del anciano.
—Jacob —dijo bruscamente—, ha llegado el momento de que hables. Sé que conoces el secreto de Blassenville Manor. Nunca te interrogué acerca de ello, porque no era de mi
competencia. Pero anoche fue asesinado un hombre allí, y pueden colgar al hombre que me acompaña por el asesinato, a menos que me digas qué es lo que alberga la antigua casa de los Blassenville.
Los ojos del anciano brillaron para volver a apagarse inmediatamente, como si los achaques de la edad le impidieran concentrarse durante mucho tiempo en una idea.
—Los Blassenville —murmuró, y su voz era suave y cultivada. Se expresaba en un inglés perfecto, que no recordaba en nada las formas dialectales de los de su raza—. Eran una gente orgullosa, caballeros…, orgullosa y cruel. Algunos murieron en la guerra…, otros resultaron muertos en duelos… Algunos murieron en la antigua casa… Sus palabras se convirtieron en una serie de ininteligibles murmullos.
—¿Qué ocurrió en la casa? —preguntó Buckner pacientemente.
—Miss Celia era la más orgullosa de todos —murmuró el anciano—. La más orgullosa y la más cruel. Los negros la odiaban; especialmente Joan. Joan llevaba sangre blanca en sus venas, y también era orgullosa. Miss Celia la azotaba como a una esclava.
—¿Cuál es el secreto de Blassenville Manor? —insistió Buckner.
La niebla se desvaneció de los ojos del anciano; unos ojos tan oscuros como pozos iluminados por la luna.
—¿Qué secreto, caballero? No comprendo.
—Sí, me comprendes perfectamente. Durante años y años, la casa se ha erguido allí, solitaria, con su misterio. Tú conoces la clave para descifrarlo.
El anciano removió el contenido de la olla. Ahora parecía en posesión de todas sus facultades mentales.
—Caballero, la vida es dulce, incluso para un viejo negro. —¿Significa eso que alguien te mataría si me revelaras el secreto? Pero el anciano estaba murmurando de nuevo, con los ojos cerrados.
—Alguien, no. Ningún humano. Ningún ser humano. Los dioses negros de la ciénaga. Mi secreto permanece inviolado, guardado por la Gran Serpiente, el dios que está por encima de todos los dioses. Enviaría a un pequeño hermano para que me besara con sus fríos labios…, un pequeño hermano con un cuarto creciente en la cabeza. Le vendí mi alma a la Gran Serpiente, cuando me convirtió en creador de zuvembies…
Buckner se puso rígido.
—He oído esa palabra antes de ahora —dijo suavemente— de labios de un negro moribundo, cuando yo era un niño. ¿Qué significa?
El miedo llenó los ojos del viejo Jacob.
—¿Qué es lo que he dicho? No, no he dicho nada. —Zuvembies —le apremió Buckner.
—Zuvembies —repitió maquinalmente el anciano, con los ojos inexpresivos—. Una zuvembie es una mujer…, en la Costa de los Esclavos las conocían. Los tambores que susurran por la noche en las colinas de Haití hablan de ellas. Los creadores de zuvembies son honrados por la gente de Damballah. Hablar de ello a un hombre blanco significa la muerte…, es uno de los secretos prohibidos del dios Serpiente.
—Estabas hablando de las zuvembies —dijo Buckner suavemente.
—No debía hablar de ellas —murmuró el anciano, y Griswell se dio cuenta de que estaba pensando en voz alta—. Ningún hombre blanco debe saber que yo bailé en la Ceremonia Negra del voodoo, y fui convertido en creador de zombies y zuvembies. La Gran Serpiente castiga con la muerte a las lenguas que hablan demasiado.
—¿Una zuvembie es una mujer? —le apremió Buckner.
—Era una mujer —murmuró el anciano—. Ella sabía que yo era un creador de zuvembies… Se presentó en mi choza y me pidió el horrible brebaje…, el brebaje compuesto con huesos de serpientes, y sangre de murciélago, y garras de esparavel, y otros elementos que no pueden ser
nombrados. Ella había danzado en la Ceremonia Negra…, estaba madura para convertirse en una zuvembie…, lo único que necesitaba era el Brebaje Negro…, era muy hermosa…, no podía negárselo. —¿A quién? —preguntó Buckner ansiosamente, pero el anciano hundió la cabeza en
su pecho y no respondió.
Parecía dormitar. Buckner le sacudió—. Le diste un brebaje a una mujer para convertirla en una zuvembie… ¿Qué es una zuvembie?
El anciano murmuró, con voz soñolienta:
—Una zuvembie deja de ser humana. No reconoce ni a parientes ni a amigos. Es un miembro más del Mundo Negro. Tiene a su mando los demonios naturales:lechuzas, murciélagos, serpientes y hombres—lobo, y puede manejar la oscuridad de modo que apague una pequeña luz. Puede ser asesinada por medio del plomo o del acero, pero a menos que muera así, vive eternamente, y no come el alimento que comen los humanos. Mora como un murciélago en una caverna o en una casa antigua. El tiempo no significa nada para la zuvembie; una hora, un día, un año, todo es lo mismo. No puede hablar palabras humanas, ni pensar como piensa un
humano, pero puede hipnotizar a un ser viviente con el sonido de su voz, y cuando mata a un hombre, puede dar órdenes a su cuerpo sin vida hasta que la carne está fría. Mientras fluye la
sangre, el cadáver es esclavo suyo. Su mayor placer consiste en asesinar seres humanos.
—¿Y por qué quería ella convertirse en una zuvembie? —preguntó Buckner suavemente. —Odio —susurró el anciano—. ¡Odio! ¡Venganza!
—¿Se llamaba Joan? —murmuró Buckner.
El nombre pareció desvanecer las nieblas de senilidad que envolvían la mente del voodoo. Sus ojos se aclararon una vez más, convirtiéndose en dos círculos duros y brillantes como húmedo mármol negro.
—¿Joan? —dijo lentamente—. No he oído ese nombre por espacio de una generación. Al parecer me he quedado dormido, caballeros; no recuerdo nada…, les ruego que me perdonen. Los hombres viejos se quedan dormidos ante el fuego, como los perros viejos. ¿Me preguntaban por Blassenville Manor? Caballeros, si les dijera por qué no puedo contestar a su pregunta, atribuirían mi actitud a simple superstición. Sin embargo, pongo al Dios del hombre blanco por testigo de que…
Mientras hablaba, extendió el brazo hacia un montón de leña que había junto al hogar, con la intención de añadir un tronco al fuego. Pero inmediatamente contrajo el brazo, profiriendo un horrible grito. Cuando el reflejo de las llamas iluminó el brazo del voodoo, los dos hombres blancos vieron que tenía enrollada una pequeña serpiente, que dejaba caer su puntiaguda cabeza sobre la carne negra, una y otra vez, con silencioso furor.
El anciano se desplomó, gritando, al tiempo que Buckner entraba en acción. Poniéndose de pie de un salto, cogió un tronco y aplastó con él la cabeza del reptil. El viejo Jacob, entretanto,
había cesado de gritar y estaba tendido en el suelo, boca arriba, completamente inmóvil. —¿Está muerto? —susurró Griswell.
—Tan muerto como Judas Iscariote —respondió secamente Buckner contemplando al reptil, que continuaba retorciéndose en el suelo—. Esa infernal serpiente le inyectó en las venas
el veneno suficiente para matar a una docena de hombres de su edad. Pero creo que lo que en realidad le mató fue la impresión.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó Griswell, estremeciéndose.
—Dejaremos el cadáver en aquel catre. Nadie entrará aquí, si tenemos la precaución de cerrar la puerta de modo que no pueda entrar ningún cerdo salvaje, ni ningún gato. Mañana lo llevaremos al pueblo. Esta noche tenemos trabajo. Manos a la obra.
A Griswell le repugnaba la idea de tener que tocar el cadáver, pero ayudó a Buckner a instalarlo en el catre y luego salió apresuradamente de la choza. El sol estaba hundiéndose en el horizonte, y las llamas rojas del crepúsculo encendían las negras copas de los árboles.
Subieron al automóvil en silencio y regresaron por el mismo camino que habían seguido al venir.
—El viejo dijo que la Gran Serpiente enviaría a uno de sus hermanos —murmuró Griswell. —¡Tonterías! —replicó Buckner—. A las serpientes les gusta el calor, y esta región
pantanosa está infestada de ellas. La que mordió al viejo estaba oculta entre la leña, al calor del fuego. El viejo Jacob la importunó, y el animal se defendió. No hay nada de sobrenatural en esto.
Permaneció unos instantes en silencio y luego añadió, en tono distinto:
—Ha sido la primera vez que veo una serpiente que ataca sin silbar; y la primera vez que veo a una serpiente con una cresta blanca en forma de cuarto creciente.
Al cabo de un rato, Griswell preguntó:
—¿Cree usted que la mulata Joan ha permanecido oculta en la casa durante todos estos años?
—Ya oyó lo que dijo el viejo Jacob —respondió Buckner—. El tiempo no significa nada para una zuvembie.
Cuando llegaron a la vista de la casa, Griswell se mordió el labio superior para reprimir un estremecimiento. Volvió a sentirse poseído por una indescriptible sensación de horror.
—¡Mire! —susurró, en el preciso instante en que Buckner detenía el automóvil. Buckner gruñó.
Desde las balaustradas de la galería se alzó una nube de palomos que emprendieron un rápido vuelo, recortándose contra la roja claridad del crepúsculo.

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