Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

Palomos del Infierno 3/3

Publicado por
|

III
LA LLAMADA DE ZUVEMBIE

Cuando los palomos hubieron desaparecido, los dos hombres permanecieron unos instantes en sus asientos, en silencio.
—Bueno, por fin los he visto —murmuró finalmente Buckner.
—Tal vez los únicos que pueden verlos son los hombres marcados —susurró Griswell—. Aquel trampero los vio…
—Bueno, veremos —replicó el sheriff tranquilamente, mientras se apeaba del automóvil, pero Griswell se dio cuenta de que la mano que empuñaba el revólver temblaba un poco.
Al entrar en el amplio vestíbulo, Griswell vio la hilera de huellas que se extendían por el suelo, señalando el paso de un hombre muerto. Buckner había traído unas mantas. Las extendió delante del lugar.
—Yo me acostaré junto a la puerta —dijo—. Y usted lo hará donde lo hizo anoche. —¿Vamos a encender una fogata? —preguntó Griswell, temblando ante la idea de la
oscuridad que lo invadiría todo cuando se apagara el breve crepúsculo.
—No. Tiene usted una linterna, igual que yo. Nos acostaremos a oscuras, y veremos lo que sucede. ¿Puede usted utilizar el revólver que le he dado?
—Supongo que sí. Nunca he disparado un revólver, pero conozco su funcionamiento. —Bueno, a ser posible deje los disparos de mi cuenta.
El sheriff se sentó con las piernas cruzadas sobre sus mantas y vació el cilindro de su “Colt”, revisando minuciosamente cada uno de los cartuchos antes de volver a colocarlos.
Griswell paseó nerviosamente arriba y abajo, lamentando la lenta desaparición de la luz como un avaro lamenta la desaparición de su oro. Se apoyó con una mano en la repisa del hogar, mirando fijamente las cenizas recubiertas de polvo. El fuego que había producido aquellas cenizas fue encendido por Elisabeth Blassenville, hacía más de cuarenta años. La idea resultaba deprimente. Griswell removió las polvorientas cenizas con el pie. Algo se hizo visible entre los carbonizados restos: un trozo de papel, manchado y amarillento. Griswell se inclinó y lo sacó de las cenizas. Era un cuaderno de notas, con tapas de cartón.
—¿Qué ha encontrado usted? —Preguntó Buckner, inclinando el reluciente cañón de su revólver.
—Un antiguo cuaderno de notas. Parece un diario. Las páginas están cubiertas de escritura, pero la tinta se ha borrado y no puede leerse nada. ¿Cómo supone que fue a parar al fuego, sin que ardiera?
—Lo tirarían ahí cuando el fuego estaba apagado —sugirió Buckner—. Probablemente lo tiró alguien que entró en la casa con el propósito de robar muebles. Alguien que no sabía leer, probablemente.
Griswell hojeó el cuaderno, forzando la vista para distinguir algo a la escasa luz. Súbitamente, su cuerpo se puso rígido.
—¡Aquí hay una anotación que resulta legible! ¡Escuche!
Leyó:
“Sé que en la casa hay alguien, además de mí misma. Puedo oír a alguien que merodea por la noche cuando el sol se ha puesto y en el exterior reina la oscuridad. A menudo, durante la noche, oigo que alguien araña la puerta de mi habitación. ¿Quién es? ¿Una de mis hermanas?
¿Tía Celia? Si es una de ellas, ¿Por qué merodea de ese modo por la casa? ¿Por qué araña la puerta de mi habitación, y huye cuando la llamo? ¡No, no! ¡No me atrevo! Tengo miedo. ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer? No me atrevo a permanecer aquí…, pero, ¿Adónde voy a ir?”
—¡Santo cielo! —exclamó Buckner—. ¡Ese debe de ser el diario de Elisabeth Blassenville! ¡Continúe!
—Las páginas que siguen no son legibles —respondió Griswell—. Pero unas páginas más adelante puedo leer algunas líneas.
Leyó:
“¿Por qué huyeron todos los negros cuando desapareció tía Celia? Mis hermanas están muertas. Sé que están muertas. Y tengo la impresión de que murieron horriblemente, en medio de una espantosa agonía. Pero, ¿Por qué? ¿Por qué? Si alguien asesinó a tía Celia, ¿por qué tenía que asesinar a mis pobres hermanas? Ellas fueron siempre amables con los negros. Joan…”
Griswell interrumpió la lectura.
—Un trozo de página está arrancado. Aquí hay otra anotación con otra fecha… Bueno, supongo que es una fecha, aunque no puedo asegurarlo.
“…La cosa terrible que la vieja sugirió? Citó a Jacob Blount, y a Joan, pero no se atrevió a hablar claramente; quizá temía…”
—Aquí también falta un trozo de página —explicó Griswell. Luego prosiguió la lectura: “¡No, no! ¡Es imposible! Ella está muerta…, o muy lejos de aquí. Sin embargo, nació y se
crió en las Indias Occidentales, y por algunas alusiones que dejó caer, supe que había sido iniciada en los misterios del voodoo. Creo que incluso bailó en una de sus horribles ceremonias… ¿Cómo pudo haber descendido a tal grado de bestialidad? Y este…, este horror. ¡Dios mío! ¿Pueden ser sensibles tales cosas? No sé que pensar. Si es ella la que merodea por la casa, la que araña la puerta de mi habitación, la que silba tan espantosa y dulcemente… ¡No! Me estoy volviendo loca. Si continúo aquí sola, moriré tan horriblemente como debieron morir mis hermanas. Estoy completamente segura de eso.”
La incoherente crónica terminaba tan bruscamente como había empezado. Griswell estaba tan absorto en su tarea de descifrar los borrosos rasgos de aquella escritura que ni siquiera se había dado cuenta de que había anochecido, y Buckner sostenía en alto su linterna a fin de que él pudiera leer. Despertando de su abstracción, dirigió una rápida mirada al oscuro rellano.
—¿Qué conclusión ha sacado usted? —preguntó Griswell.
—Lo que había sospechado desde el primer momento —respondió Buckner—. Aquella doncella mulata, Joan, se convirtió en zuvembie para vengarse de miss Celia. Probablemente
odiaba a toda la familia tanto como a su dueña. Había tomado parte en las ceremonias del voodoo en su tierra natal, y estaba “madura”, como dijo el viejo Jacob. Lo único que necesitaba era el Brebaje Negro…, y el viejo Jacob se lo proporcionó. Asesinó a miss Celia y a las otras tres muchachas, y no asesinó a Elisabeth por pura casualidad. Ha permanecido oculta en esta casa durante todos estos años, como una serpiente en unas ruinas.
—Pero, ¿por qué tenía que asesinar a un desconocido?
—Ya oyó usted lo que dijo el viejo Jacob —le recordó Buckner—. Una zuvembie siente un gran placer al asesinar a un ser humano. Llamó a Branner desde lo alto de la escalera, le abrió la cabeza, colocó el hacha en su mano y le ordenó que bajara a asesinarle a usted. Ningún tribunal creería esto, pero si podemos presentar su cadáver, será una prueba más que suficiente para
demostrar que es usted inocente. Aceptarán mi palabra de que ella asesinó a Branner. Jacob dijo que una zuvembie puede ser asesinada… Desde luego, al informar de este caso no tendré que
mostrarme demasiado exacto en los detalles.
—Vi que nos acechaba por encima de la barandilla de la escalera —murmuró Griswell—. Pero, ¿por qué no encontramos sus huellas en la escalera?
—Tal vez lo soñó usted. Tal vez una zuvembie puede proyectar su espíritu… ¡Diablo! ¿Por qué tratar de razonar acerca de algo que se encuentra más allá de las fronteras de la razón? Vamos a empezar nuestra vela.
—¡No apague la luz! —exclamó Griswell involuntariamente. Luego añadió—: Desde luego. Apáguela. Tenemos que estar a oscuras, como —vaciló—, como estábamos Branner y yo.
Pero, en cuanto la estancia quedó sumida en la oscuridad, el miedo se apoderó de él con fuerza insostenible. Se tumbó sobre sus mantas, temblando, tratando de contener los tumultuosos latidos de su corazón.
—Las Indias Occidentales deben de ser el lugar más horrible del mundo —murmuró Buckner, una mancha borrosa sobre sus mantas—. Había oído hablar de los zombies, pero ignoraba lo que era una zuvembie. Evidentemente, alguna droga preparada por los voodoos para provocar la locura en las mujeres. Aunque esto no explica las otras cosas: los poderes hipnóticos, la anormal longevidad, la capacidad de controlar cadáveres… No, una zuvembie no puede ser una simple loca. Es un monstruo, algo que está por encima y por debajo de un ser humano, creado por la magia que brota en los pantanos y las selvas negras… Bueno, veremos.
Su voz cesó de sonar, y en el silencio que siguió, Griswell oyó los latidos de su propio corazón. En el exterior, en los negros bosques, un lobo aulló y las lechuzas sisearon. Luego, el
silencio volvió a caer como una niebla negra.
Griswell se obligó a sí mismo a permanecer inmóvil sobre sus mantas. El tiempo parecía haberse detenido. Y la espera se estaba haciendo insoportable. El esfuerzo que hacía para
dominar sus alterados nervios bañaba en sudor todos sus miembros. Apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas, y clavó las uñas en las palmas de sus manos.
No sabía lo que estaba esperando. El espantoso ser volvería a atacar. Pero, ¿cómo? ¿Sería un horrible y melodioso silbido, unos pies descalzos deslizándose por los crujientes peldaños, o un repentino hachazo en la oscuridad? ¿Le escogería a él, o a Buckner? Tal vez Buckner estaba muerto ya… En la oscuridad que le rodeaba no podía ver nada, pero oía la respiración regular del
hombre. El meridional tenía unos nervios de acero. ¿Era que Buckner respiraba junto a él, separado por una angosta franja de oscuridad? ¿O acaso el monstruo había atacado ya en silencio, y ocupado el lugar del sheriff?
Así de descabelladas eran las ideas que cruzaban rápidamente por el cerebro de Griswell. Experimentaba la sensación de que iba a volverse loco si no se ponía en pie de un salto,
gritando, y huía frenéticamente de aquella maldita casa. Ni siquiera el temor a la horca podía retenerle tendido allí en la oscuridad por más tiempo. De repente, el ritmo de la respiración de Buckner se rompió, y Griswell se sintió como si acabaran de echarle un cubo de agua helada. Desde algún lugar situado encima de ellos empezó a oírse un melodioso silbido…
Griswell notó que le faltaban las fuerzas, que su cerebro se hundía en una oscuridad más profunda que la negrura física que le rodeaba. Siguió un período de absoluta confusión mental, pasado el cual su primera sensación fue la de movimiento. Estaba corriendo por un camino increíblemente escabroso. A su alrededor todo era oscuridad, y corría ciegamente. Se dijo a sí mismo que debió de huir de la casa y haber corrido varias millas, quizás, antes de que su agotado
cerebro empezara a funcionar. No le importaba; morir en la horca por un asesinato que no había cometido no le aterrorizaba ni la mitad que la idea de regresar a aquella mansión de horror. Estaba dominado por el ansia de correr…, correr…, correr como estaba haciendo ahora, ciegamente, hasta agotar sus fuerzas.
La niebla no se había disipado del todo de su cerebro, pero tenía conciencia de que no podía ver las estrellas a través de las negras ramas de los árboles. Deseó vagamente saber hacia dónde se dirigía. Supuso que estaba trepando por una colina, y el hecho le extrañó, ya que sabía que no había ninguna colina en un radio de varias millas alrededor de la casa de los Blassenville. Luego, encima y delante de él, notó un leve resplandor.
Avanzó hacia aquel resplandor como si le empujara una fuerza irresistible. Luego se estremeció al darse cuenta de que un extraño sonido chocaba contra sus oídos: un silbido melodioso y burlón al mismo tiempo. El silbido borró todas las nieblas. ¿Qué significaba
aquello? ¿Dónde estaba? El despertar llegó como el golpe aturdidor de una maza de matarife. No estaba corriendo a lo largo de un camino, ni trepando por una colina; estaba subiendo una escalera. ¡Se encontraba aún en Blassenville Manor! ¡Y estaba subiendo la escalera!
Un grito inhumano brotó de sus labios. Y, dominando aquel grito, el fantasmal silbido adquirió un tono de diabólico triunfo. Griswell intentó detenerse…, retroceder…, incluso arrojarse por encima de la barandilla. Pero su fuerza de voluntad estaba reducida a jirones. No existía ya. Griswell no tenía voluntad. Había dejado caer su linterna, y había olvidado el revólver en su bolsillo. No podía dominar a su propio cuerpo. Sus piernas, moviéndose rígidamente, funcionaban como piezas de un mecanismo independiente de su cerebro, obedeciendo a una voluntad exterior. Subiendo metódicamente, le transportaban al rellano superior, hacia el resplandor que ardía encima de él.
—¡Buckner! —gritó—. ¡Buckner! ¡Por el amor de Dios! Su voz se estranguló en su garganta. Había llegado al último peldaño. Empezó a avanzar por el rellano. El silbido había cesado, pero su impulso seguía conduciéndole hacia adelante. No podía ver la fuente de la que procedía el resplandor. No parecía emanar de ningún foco central. Pero Griswell vio una vaga figura que avanzaba hacia él. Parecía una mujer, pero ninguna mujer humana era capaz de andar con aquel paso ingrávido, ninguna mujer humana había tenido nunca aquel rostro de horror, aquella borrosa expresión demencial… Griswell intentó gritar a la vista de aquél rostro, al brillo del acero que esgrimía la mano en forma de garra, pero su lengua estaba helada. Luego oyó un sonido que parecía arrastrarse silenciosamente detrás de él; las sombras fueron hendidas por una lengua de fuego que iluminó una espantosa figura que caía hacia atrás. Al mismo tiempo resonó un aullido inhumano.
En medio de la oscuridad que siguió al inesperado fogonazo, Griswell cayó de rodillas y se cubrió el rostro con las manos. No oyó la voz de Buckner. La mano del meridional sobre su hombro le despertó de su estupor.
Una luz proyectada directamente sobre sus ojos le cegó. Parpadeó, sombreó sus ojos con una mano y alzó la mirada hacia el rostro de Buckner, que se encontraba en el mismo borde del círculo de luz. El sheriff estaba pálido.
—¿Está usted herido? —preguntó ansiosamente Buckner—. ¿Está usted herido? En el suelo hay un cuchillo de matarife…
—No estoy herido —murmuró Griswell—. Ha disparado usted en el momento preciso… ¡El monstruo! ¿Dónde está? ¿Adónde ha ido?
—¡Escuche!
En alguna parte de la casa resonaba un horrible aleteo, como de alguien que se arrastrara y luchara en medio de las convulsiones de la muerte.
—Jacob estaba en lo cierto —dijo Buckner en tono sombrío—. El plomo puede matarlas. La acerté de lleno, desde luego. No me atreví a encender la linterna, pero había suficiente claridad. Cuando empezó aquel fantasmal silbido, casi tropezó usted conmigo. Andaba usted como si estuviera hipnotizado. Le seguí por la escalera. Iba detrás de usted, aunque muy agachado para que ella no pudiera verme y huir. Estuve a punto de disparar demasiado tarde, pero confieso que el verla me dejó casi paralizado… ¡Mire! Proyectó el haz luminoso de su linterna a lo largo del rellano, hasta detenerlo en una abertura visible en la pared, en un lugar donde antes no había ninguna puerta.
—¡La entrada secreta que descubrió miss Elisabeth! —exclamó Buckner—. ¡Vamos!
Echo a correr a través del rellano y Griswell le siguió con aire aturdido. Los sonidos que acababan de oír procedían de algún lugar situado más allá de aquella misteriosa puerta, y ahora habían cesado. La luz reveló un angosto pasadizo en forma de túnel que evidentemente conducía a través de una de las recias paredes de la casa. Buckner penetró en el pasadizo sin la menor vacilación.
—Tal vez no fuera capaz de pensar como un ser humano —murmuró, iluminando el camino delante de él—, pero tuvo la astucia suficiente para borrar sus huellas, a fin de que no
pudiéramos seguirlas y descubrir, quizá, la abertura secreta. Allí hay una habitación… ¡La estancia secreta de los Blassenville!
Y Griswell exclamó:
—¡Santo cielo! ¡Es la cámara sin ventanas que anoche vi en mi sueño, con los tres cadáveres colgados del techo!
La luz que Buckner paseaba por la estancia de forma circular se inmovilizó repentinamente. Dentro del amplio anillo luminoso aparecieron tres figuras, tres formas resecas, encogidas, momificadas, ataviadas con unos vestidos muy antiguos. Sus pies no tocaban el suelo, ya que estaban colgadas del cuello a unas cadenas suspendidas en el techo.
—¡Las tres hermanas Blassenville! —murmuró Buckner—. Miss Elisabeth no estaba loca, después de todo.
—¡Mire! —susurró Griswell con voz apenas audible—. ¡Allí, en aquel rincón! La luz se movió, volvió a detenerse.
—¿Fue aquello una mujer en otros tiempos? —inquirió Griswell, como si se interrogara a sí mismo—. ¡Dios mío! Mire ese rostro, incluso en la muerte. Mire esas manos en forma de garras,
con las uñas renegridas como las de una fiera. Sí, era humana… Lleva aún los harapos de un antiguo vestido de baile, muy lujoso. ¿Por qué llevaría una doncella mulata un vestido como ése?
—Éste ha sido su cubil durante más de cuarenta años —murmuró Buckner, sin responder a la pregunta, inclinándose sobre el horrible cadáver tendido en el rincón de la estancia—. Bueno, Griswell, esto le exonera a usted: una mujer loca con un hacha… Es lo único que las autoridades necesitan saber. ¡Dios mío! ¡Qué venganza! ¡Qué horrible venganza! Aunque, pensándolo bien, tuvo que tener una naturaleza bestial. Lo prueba el hecho de que se iniciara en los misterios del voodoo cuando no era más que una jovencita…
—¿Se refiere usted a la mulata? —susurró Griswell. Un escalofrío recorrió su cuerpo, como si intuyera un horror que superaba a todos los horrores que había experimentado hasta entonces.
—Interpretamos equivocadamente las palabras del viejo Jacob y lo que miss Elisabeth escribió en su diario —dijo—. Ella debía de estar enterada, pero el orgullo familiar selló sus
labios. Ahora veo claro, Griswell; la mulata se vengó, aunque no del modo que suponíamos. No ingirió el Brebaje Negro que el viejo Jacob le había preparado. Lo quería para suministrárselo subrepticiamente a otra persona, mezclándolo en su comida o en su café. Luego, Joan huyó de esta casa, dejando sembrada en ella la semilla del infierno.
—¿Ese cadáver no… no es el de la mulata? —susurró Griswell.
—Cuando la vi allá afuera, en el rellano, supe que no era mulata. Y aquellos rasgos contraídos seguían reflejando un parecido familiar. He visto su retrato y no puedo equivocarme.
Ese cadáver es el del ser que en otros tiempos fue Celia Blassenville.

FIN

Publicar un comentario

Usted debe estar conectado para publicar un comentario.

Relatos de Terror

Todos los relatos que publicamos han sido enviados por nuestros usuarios, en muchos casos no podemos verificar que sean de su autoría por lo que te rogamos que si alguno de los escritos que aquí aparecen vulnera tu propiedad intelectual nos lo hagas saber por medio de este formulario.
Síguenos: Twitter | Facebook
Escalofrio.com - El portal del miedo y el terror Copyright © 2015 Escalofrio.com All rights reserved.