int(1) Relatos de Terror: Los pulgares




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27/11/10
Underhersoles

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Los pulgares
Un hombre que no pudo salvar a dos compañeros se ve de frente ante el fuego del Infierno
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Izazaga estaba seguro de que no dormía y, al mismo tiempo, tenía la sensación de que no se hallaba del todo consciente. De haberlo estado, quizá se habría opuesto a la repentina agresión de que fue víctima. Se encontraba tumbado en la cama, demasiado cansado como para desvestirse y dormir con cierta comodidad. El día había sido durísimo en la fábrica. Rejón y Colunga no habían sido encontrados y nadie sabía dónde estaban. En principio, Izazaga atribuyó la visión al cansancio; mientras las dos criaturas ennegrecidas y descarnadas, surgidas aparentemente de la cama, le tenían abrazadas las piernas y, no sin fruición, le mordían los pulgares con sus bocas semidesdentadas, él se afanaba en convencerse de que aquello no estaba pasando.
No reparó en el instante en que se vio nuevamente solo. No había criatura alguna mordiéndole algún dedo. En apariencia, todo había sido una pesadilla vívida. No llegó a calmarse porque, al verse los pulgares, los halló enrojecidos y decididamente lastimados. El sueño había escapado. Se levantó, entró en el baño y se empapó el rostro de agua helada. Con temor volvió a verse los pulgares y constató que la evidencia de que algo había sucedido seguía ahí. Se untó una pomada en las heridas y las cubrió con curitas. Descartó la idea de dormir y prefirió respirar aire fresco.
Fue a casa de Flor y trató de convencerla para ir al cine, pero ella no pretendía jugar a la cortejada, de modo que le pidió que la dejara descansar. Izazaga se refugió en una cantina; sentado a la barra y con una cerveza ante sí, se abstrajo. Volvió en sí cuando notó que las criaturas ennegrecidas y descarnadas, salidas al parecer de las entrañas de la barra, le mordían los pulgares. Izazaga lanzó un alarido que alertó a los parroquianos y al cantinero; éste, creyendo que el cliente se había pasado de copas, le pidió que se largara sin hacer escándalo. Izazaga no advirtió el momento en que las criaturas habían dejado de morderlo, pero sí se fijó en que los curitas estaban hechos trizas y que la piel de sus pulgares se había lacerado.
Volvía arrastrando los pies a su mísero departamento cuando tres tipos se le pusieron enfrente. Eran malencarados y a todas luces tenían malas intenciones. Deseoso de no ser asesinado por oponer resistencia, Izazaga se llevó la mano al bolsillo para sacar la cartera, pero se vio obligado a sofocar el ataque de los contrincantes. No iban a asaltarlo, sino a saldar una cuenta con él. El tamaño de los gorilas bastó para que Izazaga se abstuviera de dárselas de héroe; nada pudo hacer contra los puñetazos que le sobrevinieron. Mientras su cabeza iba de un lado a otro a causa de los golpes, le pareció escuchar que alguien mentaba a Rejón y a Colunga. Perdió el sentido.
Despertó en un lugar umbrío. Cuando su vista se habituó a la penumbra, reconoció la maquinaria que lo rodeaba. Lo habían llevado a la fábrica. Le costó trabajo incorporarse porque tenía ambas piernas rotas. Cerró fuertemente los ojos y procuró serenarse para que el dolor pasara; entretanto sintió escalofríos al tocar torpemente el suelo y sentirlo húmedo y viscoso. Alzó las manos hasta sus ojos y en ese momento se hizo la luz; alguien había encendido la fragua, y la luz de las llamas iluminó las manos incompletas de Izazaga. Faltaban los pulgares. Se veía los muñones con estupor y terror cuando los tres tipos que lo habían vapuleado se colocaron ante él.
—Ésos no te los quitamos —dijo uno—. Quién sabe quién fue.
Izazaga los vio con cara de idiota. Otro de los matones habló:
—Rejón y Colunga eran nuestros. Nos vale por qué los arrojaste a la fragua, pero tienes que reunirte con ellos. Son nuestras reglas.
—¡Fue un accidente! —bramó Izazaga mientras lo levantaban por las axilas—. ¡Fue un accidente! ¡Yo quería salvarlos!
—Te hubieras esforzado más —le dijeron.
Izazaga quiso patalear, se contorsionó de dolor y maldijo inútilmente. Nada lo hubiera salvado. El calor ardiente de la fragua le arañó la nuca. Recordó fugazmente el desesperado intento de sus víctimas por evadir la caída en la fragua. Ambos se habían aferrado a los pulgares de su asesino, casi hasta arrancárselos.
—¡Mis pulgares! —gritó Izazaga cuando estaban a punto de lanzarlo al fuego.
—Te digo que no fuimos nosotros —replicó alguien—. Quién sabe quién te los quitó. A lo mejor fuiste tú. ¡Adiós!
De haber sobrevivido, el sacrificado habría jurado ver a dos figuras ennegrecidas y descarnadas esperándolo en el fuego.
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