int(1) Relatos de Terror: Volverán las Oscuras Golondrinas...




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13/12/10
Oscuridad

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Volverán las Oscuras Golondrinas...
Amanda está perdida en un callejón, con una herida mortal en su estómago. En su mente se forman los versos de aquel poema de Bécquer. Y entonces, de la oscuridad surge una figura dispuesta a ofrecerle un trato. Inspirado en el poema de Bécquer.
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La chica se tambaleó en aquel callejón. Sus ojos azul eléctrico lucían opacos y vacíos; daba la sensación de que los mismos perdían la fuerza vital que les otorgaba resplandor vivaz.

La temblorosa mano de Amanda se colocó en su estómago, tratando de cubrir vanamente su herida mortal. Notó cómo la calidez de aquel líquido que se escapaba de su piel se escurría en churretones por los espacios que tenía entre sus dedos.

El olor de la sangre le provocó unas náuseas difíciles de reprimir.

Trató de tomar una bocanada de aire capaz de otorgarle unos cuantos instantes más de vida.

En sus pulmones no entró el oxígeno suficiente para satisfacer sus necesidades respiratorias. Su nariz estaba repleta de mucosa y la parte superior de sus labios también.

Un hilo de saliva repleto de sangre goteó de su boca al mugriento suelo del callejón en el que estaba.

La mano con la que no intentaba cubrirse la herida para impedir que se le escapara el líquido de la vida, se encargaba de sostenerla, puesto que con ella se apoyaba en una grasienta y húmeda pared de ladrillo.

Desgraciadamente en su garganta se produjo una arcada y, como consecuencia de ello, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Su cabeza terminó utilizando un extremo de un contenedor para mantenerse firme.

Los anteriormente brillantes cabellos castaño oscuro de Amanda en aquellos instantes estaban sucios, lacios y pegados a su sudoroso rostro agraciado.

«Volverán las oscuras golondrinas —por alguna extraña razón aquel poema de Bécquer vino a su mente embotada—, de tu balcón sus nidos a colgar».

La dirección de sus pensamientos se modificó cuando se dio cuenta de que los diminutos y dificultosos jadeos con los cuales probaba de llenar sus vías respiratorias no eran suficientes.

Empezó a toser descontroladamente, lo cual provocó que la falta de oxígeno fuera más sentida. Gimió de manera casi inaudible.

Su cabeza cayó al suelo. No apreció el dolor del impacto, puesto que su maltrecho cuerpo estaba demasiado ocupado con la brecha de su estomago, la cual estaba a punto de terminar con su vida.

«Y otra vez, con el ala a sus cristales jugando llamarán —los llorosos ojos le escocían—, pero aquellas que el vuelo refrenaban, tu hermosura y mi dicha a contemplar…»

Una sombra apareció del fondo del callejón. Los ojos de Amanda no podían distinguir el rostro del hombre que se plantó en unos escasos segundos ante ella.

—El calor se escapa de tu cuerpo —dijo el hombre, observando con vehemencia el inmenso lago de sangre que rodeaba el ente de la chica.

Amanda sacó su lengua y lamió la sangre y mucosa de su boca.

El tipo se agachó, clavando sus rodillas en el charco escarlata. Un dedo suyo se hundió en el mismo, para después emerger y entrar en su boca. Se relamió, observando con excitación a la chica.

—¿Te gustaría vivir más tiempo? —quiso saber él con aparente indiferencia.

Amanda no dijo nada, de hecho, ella estaba segura de haber perdido la habilidad de hablar.

«¿A cambio de qué?» pensó ella, de manera incoherente. Si había algo que aprender en la vida, era que nada se le es regalado a nadie.

El hombre sonrió con un deje siniestro. Acarició los sudorosos cabellos de Amanda con lo que parecía ser frívolo cariño.

El rostro de él se aproximó al de Amanda. Retiró el cabello de la chica de su cara y besó su mejilla, dejando reposar sus labios en ella un corto periodo de tiempo.

—A cambio de tu alma —le susurró él al oído con aire erótico.

Amanda se quiso reír, pensando que todo aquello era un amargo delirio provocado por la pérdida de sangre.

«Pero aquellas que aprendieron nuestros nombres…» volvió a pensar en el poema.

Los labios de él tocaron los de Amanda, para que, instantes después la lengua de aquel morboso desconocido entrara en la boca de la chica.

—¿Aceptarías mi oferta? —quiso saber, habló con su boca aún rozando la de ella.

«…¡Ésas, no volverán!» la estrofa del poema terminó.

El tipo acarició lentamente la garganta de Amanda justo en el mismo instante en el que el corazón de la chica dejó de latir.
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