int(1) Relatos de Terror: El bauprés




Documento sin título
Guia Rápida:     
Volver al Inicio
Relato Aleatorio
Panel Autor
Añadir Relato

Documento sin título
Categorías:     

Terror
Asesinos
Fantasmas
Grandes Literatos
Hechos Reales
Leyendas Urbanas
Pesadillas
Vampiros
Terror General
Ficción
Ciencia Ficción
Extraterrestres
Policiacos
Fantásticos
Románticos
Góticos
Poesía
Románticos
Otros Relatos


Buscar Relatos
13/01/11
Underhersoles

0 visitas
El bauprés
 a   A 
Manda este Relato
Añade tu Comentario
La tripulación del Wampyr se había reducido a menos de la mitad. Luego de que el médico muriera, no hubo quien se atreviera a inferir qué clase de enfermedad fatal acometía a los hombres y los reducía inexorablemente, hasta dejarlos exangües e inmóviles. El capitán Ferguson estaba desesperado. Aún no enfermaba, pero ver cómo sus compañeros de tantos y tantos viajes eran acabados por algo desconocido lo irritaba y entristecía. Se limitaba a mantener el curso del navío y a esperar que las fuerzas lo asistieran hasta el fin. Quería contar en persona lo que había ocurrido, en lugar de dejar un testimonio escrito que acaso muchos tomarían por ficción.
No habían salido de un lugar donde privara una epidemia y en el barco se hizo una búsqueda exhaustiva en pos de ratas o de algún animal que pudiera transmitir enfermedades. Estaban solos. Más de cien hombres vigorosos zarparon de aquel puerto oriental, luego de que los empleados de un astillero hicieran algunas reparaciones en la nave. En apariencia, no había nada que permitiera concluir que el germen del azote que los acabaría había procedido de aquel punto. El camino a casa era demasiado amplio. Les llevaría semanas salvar el inmenso océano. Entretanto sabían que las tormentas y otras cuestiones previsibles harían su parte con tal que el barco zozobrara. Pero ellos eran marineros expertos; a lo largo de sus vidas habían aprendido a sortear cualesquiera inconvenientes que el mar les ofreciera. La organización instaurada por el capitán Ferguson había rendido frutos constantemente, pues se destinaba no sólo al trabajo, sino también a la sana convivencia entre los hombres. Jamás se había planeado un motín para derrocar al gran capitán, a quien todos amaban y consideraban su líder.
Pero lo que acontecería no podría ser remediado ni por ese hombre astuto e ingenioso, quien siempre había hallado una vía de escape para cualquier tipo de adversidad. No bien el vigía se desplomó desde su puesto y acabó hecho pedazos a los pies de sus compañeros, con la piel blanca como la leche y los ojos entornados, se esparció el rumor de que alguna calamidad cobraría lentamente la vida de todos los tripulantes. El médico y el capitán examinaron el cuerpo del occiso y no dieron con explicación alguna para el deceso. Había huellas de anemia, pero nada más. Aquel hombre había sido muy sano; no bebía y procuraba ejercitarse todas las mañanas. Consideraron la posibilidad de que en el puerto recién dejado hubiera comido algo exótico cuyo efecto se hubiera notado tardíamente, si bien tal suposición fue inútil para aplacar la extrañeza no sólo del capitán y del médico, sino también de los demás hombres.
El marinero recibió un funeral digno y su cuerpo fue entregado al mar, donde en el acto fue engullido por tiburones. El capitán revisó sus cartas y notó que estaban demasiado lejos de cualquier parte. Sólo esperó que nadie más le diera un sobresalto; si otro hombre caía inexplicablemente, el ánimo de los restantes se minimizaría y ello no sería conveniente para nadie. Sin embargo, las previsiones del capitán permanecieron insatisfechas; dos días después de la muerte del vigía, el contramaestre lo siguió a la tumba. Había pasado una noche turbulenta, no sabía si a causa de media garrafa de vino que bebió o a que el bote estuvo escorando continuamente. Despertó sintiéndose muy débil y, tras beber más de un litro de agua, cayó al suelo en plena cabina y no se movió más. Estaba muerto. El capitán Ferguson sabía que no le serviría de nada ocultar las fatalidades que sobrevinieran. Todos los hombres se enteraron de la muerte del contramaestre y entonces cedieron al nerviosismo. Buscaron y rebuscaron ratas u otras alimañas que pudieran estar escondidas en la carga, pero no hallaron nada. La causa de la muerte del segundo hombre permaneció como un misterio. El médico advirtió otra vez algunos síntomas de anemia, pero de ahí en fuera no dio con una sola pista que le permitiera redondear su diagnóstico.
El tiempo pasó y con él se fueron varias vidas más. En un principio, las víctimas habían caído a razón de una por día, pero ahora llegaban a ser incluso tres los cuerpos pálidos que, aquí y allá, exhalaban su último suspiro, normalmente tras una noche sin descanso y a merced de los vaivenes de la embarcación. Era de esperar que los centinelas apostados en la proa y la popa pudieran informar que habían visto algo durante su recorrido, pero no ocurría así. Aquellos hombres se limitaban a confesar que habían estado en vigilia todo el tiempo, con los ojos bien abiertos y procurando no calentarse ni con una gota de whisky, con tal de permanecer despiertos. ¿Qué era lo que mataba a los hombres?
El capitán Ferguson ordenó que la exploración del mar fuera continua, a fin de dar con otro barco que pudiera rescatar a los sobrevivientes. Había decidido abandonar el Wampyr por creer que en él había una especie de virus desconocido, que mejor sería dejar atrás antes de que matara a toda la tripulación. Catalejo en mano, los vigías pasaron muchas horas oteando la inmensidad azul que rodeaba a la nave, pero no vieron más que un albatros y nubes solitarias que derivaban por encima del horizonte. Entretanto, el capitán Ferguson y el médico trataron de hallar un patrón relativo a las muertes, sobre la base de que tal vez así se prevendrían futuras eventualidades nefastas. Sin mucho esfuerzo advirtieron que los muertos habían caído siempre por la mañana, de modo que cabía inferir que el motivo de su fallecimiento había tenido lugar durante la noche. ¿Qué podrían haber hecho entonces? Aparte de dormir, fumar algo de tabaco exótico y acaso beber whisky o ron traído de casa. Aun cuando revisaron el tabaco de los sobrevivientes y cataron el poco licor que restaba en la nave, no pudieron creer que debían ser culpados de las muertes.
Faltaban semanas para llegar a casa y la tripulación seguía reduciéndose. Los esfuerzos del capitán y del médico fueron insuficientes para descubrir la causa de las pérdidas. Los hombres siguieron pereciendo con regularidad. A la larga se omitiría la celebración de funerales dignos de marineros profesionales; el cuerpo que caía era tomado con rapidez y echado al mar sin mayor contemplación. Con gesto de temor, los sobrevivientes veían cómo los tiburones disponían de los cadáveres.
Por primera vez en veinticinco años, el capitán Ferguson notó que sus hombres tomaban en cuenta la idea de amotinarse. Era lógico que hubieran terminado por considerarlo incapaz de detener el mal que los eliminaba poco a poco. Comenzó a advertir cómo se reunían en puntos apartados de la cabina, donde al ritmo de extraños gestos parecían gritarse y susurrarse cosas unos a otros. Luego echaban furtivas miradas a la ventana de ojo de buey desde la que su capitán podría estar espiándolos. Tenían miedo. No tardarían en creer que el propio capitán era el responsable, dado que, a pesar de que los subalternos morían, él seguía rubicundo, luciendo la excelente salud que había contribuido tanto a cimentar su reputación como lobo de mar. Ignoraban que él compartía sus temores. Hablaron en secreto con el médico y procuraron sumarlo a la rebelión, pero aquel hombre de ciencia se molestó y los retribuyó con un discurso relativo al honor y la lealtad, discurso que tendría un efecto pasajero. Los hombres dijeron a la postre que no se amotinarían si los vacunaban. El médico trató el punto con el capitán Ferguson, quien se mostró de acuerdo con el fin de evitar que una negativa encendiera la cólera de sus restantes subordinados. El médico apenas pudo darse abasto para vacunar a los marineros contra la malaria.
Las vacunas fueron inútiles. Las muertes continuaron. Y la agitación y el horror de los sobrevivientes se incrementaron cuando el médico también se fue. El capitán lo descubrió en su camarote, echado semidesnudo en la cama, pálido y con los ojos abiertos. Algo raro fue que tenía la ventana abierta, costumbre que jamás había observado. Echaron su cuerpo a los tiburones. El capitán Ferguson notó entonces que se hallaba rodeado de unos cuantos enemigos. Para nada dudó que en cualquier instante pudieran desquitarse con él. No les importaba morir, pero ciertamente no partirían sin haber aplacado su rabia contra el presunto culpable. Después de todo, ellos no estaban obligados a morir en el navío. Eso era privativo del capitán. Había mujeres y niños que los esperaban en casa. Debían de estar felices, sin imaginar que sus maridos, padres, hermanos o amigos ya habían muerto o estaban por morir.
El capitán Ferguson se habituó a pasar la mayor parte del tiempo en su camarote, redactando en su bitácora las incidencias de cada jornada. No le preocupaba que el rumbo se perdiera o que un temporal destruyera su barco. Sabía que los pocos que quedaban desoirían sus órdenes, y él prefería dejar un testimonio de los acontecimientos a ocuparse a solas de la buena marcha del Wampyr. Había registrado todas las peripecias sufridas desde que llegaron a aquel puerto oriental. Últimamente, sus entradas se referían a las muertes. Apuntaba el nombre de la víctima de lo desconocido y las circunstancias en que había sido encontrado, y a cada rato se preguntaba por qué él permanecía indemne.
Una medianoche fue despertado por alaridos horrísonos. Despertó y se tambaleó rumbo a la proa, y ahí atinó a ver a un marinero que, con el rostro descompuesto de terror, se arrastraba bañado en sangre. Se acercó para auxiliarlo, pero el otro, al verlo, reanudó sus alaridos y luego gritó:
¡Está en el barco! ¡Lo trajimos de allá por su culpa! ¡Y va a matarnos a todos!
Acto seguido se tiró por la borda y enseguida fue descoyuntado por un par de tiburones. El capitán vio aquello a la luz de la luna. Regresó a su cabina y se encerró. Caviló sobre lo que había escuchado de labios de aquel marinero. ¿Qué era lo que estaba en el barco? ¿De dónde lo habían traído? Sobre todo, ¿por qué afirmar que había sido culpa de él? También recordó que aquel hombre se hallaba ensangrentado y en vano trató de explicarse por qué. Salió a recorrer todo el barco y entendió que se había quedado solo. Una especie de rumor venido de muy lejos lo obligó a tomar un catalejo y explorar el sur; vio entonces que una partida de diez cobardes se había marchado en el único bote salvavidas de que disponía el Wampyr. Dejó de contemplarlos cuando el embate de un par de tiburones hambrientos produjo que el bote zozobrara. Se dispuso a mantenerse a salvo hasta que, con el favor de Dios, pudiera divisar tierra. Desesperadamente juntó cuantas provisiones pudo y se asiló en su camarote. Por tres días hizo apuntes en su bitácora y bebió ron en cantidades moderadas. En cuanto a la esperanza, se afanó en no perderla.
Pero pronto cedería al temor. Estaba indefenso contra algo desconocido. Se le habían terminado las opciones que tal vez pudieran explicar lo que había ocurrido con su tripulación en los últimos tiempos, desde que dejaran atrás el puerto oriental. Releyó con calma la bitácora y entonces evocó lo que había hecho mientras el Wampyr estuvo en manos de los empleados del astillero. Se habían hecho algunas reparaciones necesarias, pero también mejoras destinadas exclusivamente a incrementar la imponencia de aquella nave sin igual, que, al servicio del Imperio, por más de dos décadas había surcado todos los mares conocidos. ¡Las mejoras!
Mientras dormía se vio de vuelta en las estrechas, sucias y silenciosas calles de la pequeña ciudad portuaria. Lo trataron bien, hospitalariamente. Se metió con varias mujeres jóvenes. Conoció también a viejos comerciantes de mirada sagaz que no perdieron tiempo en ofrecerle bártulos que presuntamente sólo un marinero debe adquirir. Entró en un taller muy amplio, en cuyo centro se hallaba esa figura divina que no vaciló en comprar. Era muy grande, sí, pero ello no lo privaría de un lugar en la embarcación. Entonces advirtió que nunca antes había engalanado el amplio palo de proa con nada. Ése era el momento para reparar ese error. Era una figura bella, perfecta, digna de ser lo primero que se viera del imponente Wampyr. La adquirió e hizo que la llevaran al astillero, donde cuatro hombres que no hicieron advertencia alguna la montaron en su lugar. Antes de despertar, recordó vagamente los extraños semblantes de quienes les hacían adiós con la mano.
Despertó sobresaltadamente. Había escuchado algo donde no debía escucharse nada, salvo los ruidos que él mismo hiciera o el rumor infinito del mar. Se trataba de ruidos secos y aun así sedosos, como de alguien que anduviera descalzo por las afueras de los camarotes. ¿De quién podría tratarse? ¿No lo habían abandonado los demás? ¿No había estado solo recientemente? Lamentó no estar borracho. Le hubiera encantado atribuir el fenómeno a la excitación de sus sentidos. Pero los mantenía todos, y era definitivo que alguien se desplazaba más allá de la puerta que él vio con pavor durante unos instantes, hasta que no escuchó nada más. Tardó varios minutos en decidir moverse. Se quedó de pie en medio del camarote, bañado por la luz del plenilunio, que entraba por la ventana de ojo de buey. Por fin avanzó.
Se había armado con una pistola. Contaría con un solo tiro para abatir a quienquiera que tanto lo había asustado. Se aproximó a la puerta y con exasperante lentitud le quitó el pestillo. Abrió y apuntó el arma al aire. No había nada ahí. Suspiró. Se recriminó en su fuero interno haber sido víctima del miedo. No iba con su temperamento que una serie de simples ruidos lo atemorizara. Por más de dos décadas había escuchado los atronadores rugidos del mar y había aprendido a no temerles. ¿Cómo, pues, era posible que unos supuestos pasos le hubieran puesto los pelos de punta? Decidió que le convendría tomar un poco de aire fresco. Vagaría por la proa hasta que la brisa marina lo reanimara por completo. Entonces se ubicaría en la cabina y se apoderaría del timón hasta que viera tierra firme. Llegaría a la patria y, como tantas otras veces, lo vitorearían. Sería nuevamente el héroe de las multitudes. Quizá entonces lo nombraran caballero del Imperio.
Se acercó a la proa y gozó brevemente del céfiro. No bien se llenó los pulmones de ese aire exquisito, vio algo que le devolvió el temor. ¿A qué se debía que ese palo estuviera desnudo? ¿No se habían encargado de él en el astillero? Recordó su sueño, las experiencias que había tenido en la ciudad portuaria. Él había comprado aquel artefacto y había estado presente cuando los hombres lo colocaron en su sitio. Y ahora no había nada ahí. Comenzó a escuchar otra vez los ruidos secos y sedosos. Detrás de él.
Ahora no estaba armado. Se volvió bruscamente. Era su turno.

El Wampyr llegó a la costa de Inglaterra. Era evidente que había sido abandonado. La carga estaba intacta y no había daños visibles ni en el casco ni en las velas. ¿Qué había ocurrido con la tripulación? Los rumores empezaron a correr y hasta la fecha no han concluido. De haber sido encontrada, la bitácora del capitán Ferguson acaso habría arrojado luz sobre el misterio. Sin embargo, lo que más llamó la atención del público fue el bauprés que en otro tiempo no tuviera la nave. Un raro bauprés, representando a una mujer y un hombre unidos por siempre en un abrazo que no alude al amor, sino a la lucha inútil y encarnizada entre el celo heroico y la sutil maldad.
Vota este relato:
0 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10
LEER COMENTARIOS ( 2 ) , AÑADIR COMENTARIO

MANDA ESTE RELATO A UN AMIGO



Si deseas contactar con el webmaster de esta web, enviar una noticia, foto, sugerencia, realizar un intercambio con tu pagina web
o cualquier imagen o enlace no funciona o crees que vulnera alguna propiedad intelectual o copyright informanoslo
en el mail que encuentras encima de esta advertencia.