int(1) Relatos de Terror: La sombra creciente




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21/01/11
Underhersoles

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La sombra creciente
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El lugar estaba compuesto por un par de casas de una sola planta, una alberca circular más o menos grande y mucho jardín, amén de una especie de bodega con techo de lámina y puerta de hierro. Sebastián, el cuidador, se limitaba a limpiar la alberca, podar el césped y apresurar a Lola, su mujer, para que aseara las casas.
No era común recibir visitantes. Más de un rumor se había esparcido a propósito del lugar. No faltó quien comentara que, supuestamente, una maldición oculta moraba en alguna parte de él. Era falso que los visitantes pudieran conformarse sólo con darse chapuzones, jugar fútbol o hacer cochinadas en las habitaciones. A algún gato, la curiosidad le había rendido resultados fatales alguna vez. Se decía que un punto existente cerca de las casas representaba un misterio que valía la pena dejar en paz.
Pero el carácter juvenil es enemigo de las prohibiciones. La temeridad conduce a los jóvenes a realizar cosas de las que se arrepentirán por el resto de sus días. Ojalá que todos sobrevivieran siempre para contar el porqué de su trágico destino. Fernando, Diego, Sonia y Leonela habían decidido pasar un fin de semana en aquel sitio apartado, indudablemente para disiparse.
Diego era más fogoso que Fernando, y había ido allí con tal de tener a Sonia, su novia, cuantas veces fuera posible. Fernando, en cambio, era un tipo para quien el sexo no lo era todo. Se había aficionado a lo paranormal y desde hacía años andaba a la caza de fantasmas, chupacabras y demás patrañas. Leonela no lo censuraba por esos intereses porque estaba enamorada de él; también por ello lo había acompañado a un par de residencias que, lejos de estar embrujadas, resultaron ser nidos de ratas, así como pasar más de una noche helándose en el Ajusco, a fin de atestiguar el descenso de un ovni, acontecimiento que jamás se produjo. Pero Fernando tenía fe en que, tarde o temprano, sería testigo de un fenómeno paranormal; tras documentarlo, acaso se haría famoso y se consagraría en cuerpo y alma a vagar por el mundo para esclarecer misterios.
Las habladurías que los condujeron a las casitas veraniegas tenían que ver con la posible existencia de un espectro. Parecía ser que, en determinado punto del terreno, podía afrontarse a un ser de identidad indefinible y nefastas intenciones. Era tan chocarrero el espíritu, que en el transcurso de diez años había sido el responsable de doce muertes. El caso era que jamás se habían encontrado los cadáveres de doce chicos que habían ido a divertirse a las casas; en lugar de regresar terminado el fin de semana, su ausencia se había prolongado. En consecuencia, sus familias lograron que la policía registrara el lugar de cabo a rabo. Del cobertizo con techo de lámina y puerta de hierro, el policía que lo registró señaló que “ahí no había nada”, y le creyeron, pese a que la palidez no volvió a desaparecer de su rostro y, al día siguiente de la búsqueda, renunció a su cargo y se refugió en la bebida, que acabaría matándolo.
Fernando no pudo entrevistar a ese policía por razones obvias. No obstante, no bien llegó al lugar de los hechos, sentó ante sí a Sebastián y lo sometió a un extenso interrogatorio.
—¿Qué me puede decir sobre el cobertizo?
—Pos na’a —confesó Sebastián.
—¿Qué hay dentro de él?
—Pos… ¡Pos na’a!
—¿Nada? Entonces, ¿por qué desaparecieron aquellos jóvenes?
Sebastián encogió los hombros.
—¿Usted no los vio abrir el cobertizo?
Sebastián asintió.
—¿Y no hizo nada por impedírselo?
—Na’a. Yo ya había cumplido.
—¿Cómo?
—Pos les recomendé que no lo abrieran.
—¿Por qué no, si no hay nada?
—Porque, si se abre la puerta, entra la luz y se ve la sombra.
—¿Qué sombra?
—La del hombre sentado.
—¡Ah! —exclamó Fernando—. De modo que alguien vive ahí.
Sebastián encogió los hombros.
Fernando empezaba a desesperarse. No podía entender que le fuera tan difícil hablar con ese hombre.
—Mire —dijo—. Según sé, dentro del cobertizo hay un fantasma. ¿Es eso cierto?
—Puede. Quién sabe si sea fantasma o qué. Es malo.
—¿Usted lo ha visto?
—Líbreme Dios. Sólo una vez vi la sombra, y no la dejé crecer.
—¿Crecer?
—La sombra del hombre sentado es pequeña. Luego, cuando el hombre se levanta, la sombra se va haciendo grande, porque el hombre camina.
—¿Hacia dónde?
—Hacia el que abre.
—¿Cómo sabe usted eso?
—Yo cerré la puerta cuando lo vi levantarse. No dejé que la sombra creciera.
—Ya.
Fernando hubiera querido seguir con el juego de preguntas y respuestas. Sin embargo, Leonela quería tenerlo entre sus brazos. En cuanto a Sebastián, ya estaba harto de platicar con aquel joven. Como tenía hambre, quería irse a su cuarto, a cenar las tortillas de harina que cada noche preparaba su mujer. Leonela, en bikini y descalza, llamó a gritos a su novio, quien tuvo que suspender la entrevista, no sin antes pedirle al entrevistado que la continuaran al día siguiente. Sebastián asintió, dándole por su lado, y acto seguido se alejó.
Mientras Fernando se aproximaba a Leonela, se preguntó por qué el viejo no le había recomendado que “no abrieran la puerta del cobertizo”. Cosas así pasaban en las películas y los cuentos. ¿Por qué no iban a suceder en la realidad? Fernando se reunió con Leonela a un costado de la piscina. Se pusieron a intercambiar besos y caricias. Dentro del agua, Diego y Sonia fingían que nadaban, pero en realidad se cachondeaban y no tardaron en buscar un orgasmo submarino. La temperatura era de treinta grados centígrados, magnífica para acabar con la piel tostada y, por tanto, bastante sexy. Leonela se apropió de una tumbona y le pidió a Fernando que le pusiera bloqueador en la espalda; Fernando obedeció y cumplió deprisa la tarea, pues el ansia de darse una vuelta por el cobertizo no lo dejaba en paz. Cuando Leonela se limitó a asolearse, Fernando se escabulló, pretextando que iba por una cerveza.
Pasó de largo la casa y, a medio camino entre ésta y la otra —que no había rentado nadie—, se topó con el cobertizo. Era una estructura de unos seis metros cuadrados, hecha de cemento encalado y poco resistente a los embates del tiempo; los muros estaban cuarteados y el techo de lámina vibraba gracias al viento. La puerta de hierro estaba asegurada por un cincel, que alguien —quizá Sebastián— había puesto ahí a falta de un candado. Tras mirar por encima del hombro y asegurarse de que nadie espiaba sus movimientos, Fernando se acercó a la puerta, batalló un poco con el cincel y, finalmente, lo sacó del lugar donde lo habían insertado. Jubiloso, apartó el pestillo, tragó saliva y empezó a abrir lentamente la puerta. La curiosidad le impidió cerrarla.

“Mucho tiempo para ir por una cerveza”, pensó Leonela antes de levantarse de la tumbona e ir a la cocina. Se extrañó de no hallar a Fernando. Lo buscó en las habitaciones y lo llamó a voces antes de explorar los baños. Fue inútil. Volvió a la piscina. Diego se había dormido mientras Sonia le daba un masaje.
—No lo he visto —dijo Sonia cuando su amiga le preguntó por Fernando.
—¿Me acompañas a buscarlo?
Sonia accedió. Ambas volvieron a explorar inútilmente la casa y luego recorrieron el jardín. Se detuvieron ante el cobertizo. Fernando les había hablado sobre el misterio que rodeaba la existencia de ese lugar, y ellas se habían limitado a darle por su lado. Ahora creyeron que Fernando había decidido descubrir si, en efecto, había algo en el interior del cobertizo, algo que no convenía ver. Escépticas empedernidas, resolvieron entrar y pedirle a Fernando que dejara para después sus absurdas investigaciones. Abrieron la puerta, notaron que la luz del exterior iluminaba un trozo amplio de pared, y que en esa región iluminada se notaba algo más. No cerraron.

Diego abrió los ojos para hallarse solo y sumido en el silencio. El sol se había ocultado, pero el calor seguía rayando en lo sofocante. Se extrañó de no ver cerca de sí ni a Sonia ni a sus amigos. Ni por error dudó que los encontrara en la cocina, preparando la cena. Moría de hambre. Se levantó, se desperezó, advirtió que se había asoleado la espalda de más y, arrastrando los pies, fue primero a su cuarto, en pos de una crema para prevenir ampollas. Frasco de crema en mano, fue a la cocina y la encontró vacía. Se preguntó dónde podrían estar los otros. ¿Acaso habrían ido al pueblo más cercano a comprar vituallas? Fue al estacionamiento y vio que ahí seguía el auto. En fin, decidió buscarlos por los alrededores de la casa. Probablemente habían salido a caminar.
Salió al jardín fumando un cigarrillo y esperando ver a Sonia, con quien deseaba volver a fornicar. El jardín estaba iluminado por un sofisticado sistema que, automáticamente, encendía doce potentes focos. El silencio era sepulcral. Diego se extrañó de no escuchar ni una palabra ni un paso. El jardín no era tan grande como para que sus amigos se hubieran escondido en algún lugar.
Con gesto de fastidio se plantó ante el cobertizo. Vio que ningún candado aseguraba la puerta cerrada. No dudó que ahí adentro se hallaban Sonia, Leonela y Fernando.
—¿Qué hacen ahí? —preguntó mientras abría.
Los goznes rechinaron. La puerta se abrió lo suficiente como para que una cascada de luz artificial cayera dentro del cobertizo, iluminando gran parte de una pared. Diego aguzó la mirada sobre esa región y discernió una sombra antropomorfa. Parecía ser la de un hombre sentado en el piso, con las piernas flexionadas y los antebrazos sobre las rodillas. Intrigado, Diego pensó en quién podría ser. ¿Fernando? No tuvo tiempo de preguntar. Claramente, la sombra se puso en pie, revelando un tamaño de unos cuarenta centímetros. Luego empezó a caminar y, conforme lo hacía, fue creciendo, hasta alcanzar un tamaño que movió a Diego a levantar la mirada.

Llegó el día y el canto de un gallo despertó a Sebastián. Las tortillas de harina le habían caído de maravilla. Su mujer le preparó un café. Ambos desayunaron con parsimonia, sin comentar el profundo silencio que gobernaba la zona. Con todo, ninguno de los dos imaginó que los inquilinos dormían a pierna suelta. Terminado el desayuno, Lola tomó sus enseres para asear las casas, mientras que Sebastián se armó con unas tijeras para podar.
La mujer entró en la casa, suspiró al verla vacía y se dedicó a reunir la ropa y otras cosas que habían dejado ahí los inquilinos. En cuanto a Sebastián, fue directamente hacia el cobertizo. Vio el cincel tirado en el suelo. Lo recogió y volvió a asegurar la gran puerta de hierro. Moviendo negativamente la cabeza, se alejó hacia una zona donde el césped había crecido mucho.
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