int(1) Relatos de Terror: "¡Aléjate de este hombre!"




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22/01/11
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"¡Aléjate de este hombre!"
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Ruperto Ramos se ordenó sacerdote con la idea de escalar deprisa los peldaños de la jerarquía eclesiástica. Soñaba con vestir el atuendo cardenalicio y codearse con el Papa. Pero el paso del tiempo lo ayudó tan sólo a resignarse a permanecer como párroco en una localidad incomparable con Roma. Quienes lo conocían susurraban entre sí que los sueños de poder del sacerdote no se habían materializado por falta de astucia política, mientras que el interesado se contentaba con creer que Dios —por misteriosas razones— había preferido conservarlo como un mero predicador de medio pelo. El hecho es que, diez años después de su ordenación, el padre Ramos seguía liderando un rebaño de fieles a cual más crédulo; entre todos celebraban misa puntualmente, y practicaban variados sacramentos que degeneraban en francachelas donde el lado mundano del sacerdote afluía. En realidad, que el padre Ramos tendiera a someterse a reclamos seculares no era un secreto; cabía creer que algunas imprudencias le habían impedido mudarse al Vaticano. Bebía al presentarse la oportunidad y, alterado por el alcohol, anteponía la lujuria a los votos que debía honrar. En las conversaciones que sostenía con algunas chicas había indicios de un desmedido afán de sexo, pero la disipación de la embriaguez traía consigo a la cordura, y sus avances destinados a procurarse placer cedían a la templanza.
El padre Ramos era querido por sus parroquianos, pero era imposible que éstos acudieran a verlo individualmente al templo, pues se había concluido que el espectro de “Noventa Grados” prefería aparecer en ausencia de muchedumbres. Noventa Grados era el mote que una partida de chiquillos le había endilgado a una anciana que había alcanzado una edad prodigiosa, y cuyos achaques la habían orillado a caminar encorvada, a tal extremo que su cuerpo formaba un ángulo recto. Luego de que su marido la dejara por una haitiana temible, quien la había “embrujado” a tenor de arcanas fórmulas, la anciana había resuelto pasar sus últimos días —que se convertirían en décadas— en silencio, vestida de negro y visitando la parroquia en busca de la gracia de Dios. El padre Ramos la estimaba y respetaba, y jamás pretendió dirigirle la palabra sin que ella se lo pidiera; lo único que le molestaba era inclinarse y alargar el brazo para, a tientas, introducir la hostia en aquella boca desdentada, de la que partía un aliento muy caliente. La mañana de un 31 de octubre, Noventa Grados apareció muerta en el umbral de su casa; aparentemente falleció mientras abría la puerta. La versión oficial indicó que había sido hallada por el lechero, quien dio parte a las autoridades y enseguida se suicidó. La inhumación de la muerta se vio rodeada de misterio, y quienes participaron en ella comenzaron a presentar síntomas de locura, que a la larga los suprimiría de la sociedad. En cuando al padre Ramos, absolvió a Noventa Grados en el funeral, donde estuvo prohibido ver el rostro del cadáver.
A partir de entonces, varios parroquianos aseguraron haber visto al fantasma de Noventa Grados, moviéndose gravemente por la parroquia; tomaba asiento en una banca delantera o se detenía ante el confesionario, quizá en espera de que el padre Ramos la escuchara. Aunque muchos oyentes jamás vieron nada, se negaron a descreer de lo que les dijeron sus conciudadanos, y de inmediato se hizo obligatorio no entrar a solas en la parroquia. El padre Ramos escuchó los temores de la ralea y se limitó a bendecir su centro de trabajo, pero ello no impidió que un escolar confundido sobre su orientación sexual entrara solo en la parroquia y viera lo que supuestamente había sido anulado; la impresión lo condujo a lanzarse bajo las ruedas de un autobús. Nadie cuestionó al padre Ramos de viva voz, de ahí que muchos reprimieran las ganas de acusarlo de sacerdote sin poder divino. Sin embargo, el silencio de la plebe resultó más claro que cualquier anatema no pronunciada. La actitud de los parroquianos varió, a tal grado que la popularidad del padre se fue a pique. Llegó un momento en el que ya no fue invitado a los convivios que sucedían a bodas, bautizos y demás. Sopesó el rechazo con filosofía y se resignó a la monotonía propia de sus actividades.
La soledad, sin embargo, comenzó a mellar su disposición. Ni siquiera con los acólitos podía platicar, pues ellos salían disparados cuando la parroquia se vaciaba, no fuera a ser que Noventa Grados apareciera sin avisar. Sólo en algunas escuelas se suspendían las amargas reflexiones del sacerdote; lo invitaban para dar conferencias a los alumnos del catecismo, quienes reaccionaban con aburrimiento. No sin exagerar, el padre exaltaba la gloria de Dios, acaso esperando que más de un escuincle resolviera convertirse en su colega; pero aquellos mocosos tenían en mente un futuro distinto, caracterizado por el esparcimiento y la anarquía. Los profesores habían notado un paulatino incremento tanto en los estudiantes díscolos como en los francamente malévolos; consideraciones sobre hiperactividad, problemas domésticos y enfermedades mentales, hechas por pasantes en psicología cuya única preocupación era ser remunerados, fueron a la postre rebasadas por la creencia de que el mal era de raíz diabólica.
Una delegación de padres de familia se entrevistó con el padre Ramos para solicitarle que tomara cartas en el asunto, en el sentido de interceder por ellos ante la arquidiócesis y solicitar la ayuda de un prelado con facultades para exorcizar. Ramos se sintió denostado y replicó de un modo sin precedentes; claramente furibundo, señaló que el exorcismo había sido relegado por la psiquiatría, y añadió que, en todo caso, para realizar uno era preciso el permiso de la Iglesia, que podía recaer hasta en el sacerdote más humilde. La audiencia palideció y tragó saliva; como pasaran cinco minutos sin contrarréplicas, el padre Ramos se extendió en su perorata. Afirmó que, si bien el permiso se imponía, nada impedía que un hombre de Dios, asistido por su propia investidura, enfrentara al Maligno sin tomar en cuenta el ritual romano.
—¡En efecto, hijos! —remató a gritos—. Soy capaz de enfrentarme a cualquiera cuya conducta revele un influjo perverso, y ordenar: “¡Demonio, aléjate de este hombre!”
La concurrencia tembló. Pasado un rato de silencio, el adalid de los padres de familia se puso en pie, ofreció disculpas y aseguró que ellos confiarían en su amado padre Ramos para sofocar el mal.
La popularidad del sacerdote repuntó. Comenzó a ser requerido en varias casas, cuyos ocupantes eran tenidos en jaque por las maneras anticristianas de chicos y chicas que, en realidad, sufrían el embate de la adolescencia. Un fulano de quince años pasó dos horas charlando con Ramos, quien, horrorizado por las fantasías inmorales que oyó, expulsó —en puntas de pie y con la diestra en alto— al demonio que sin duda se ocultaba en el cuerpo de aquel joven. Lo que tuvo efecto fue el espectáculo; el “exorcizado” se asustó tanto que comenzó a comportarse con increíble mansedumbre. ¿Era el padre Ramos un santo? Pocos se negaron a creerlo, pero que no se hubiera deshecho de Noventa Grados generaba dudas. De cualquier modo, el sacerdote tomó muy en serio su papel de exorcista, y por meses fue de casa en casa, batallando con demonios que alteraban la idiosincrasia de adolescentes reprimidos.
Se esparcía la fama de Ramos cuando Zita Lombardo y Gastón, su amante, se instalaron en la ciudad. Eran prófugos de la justicia. Se había ordenado aprehenderlos por su presunta responsabilidad en la muerte del marido de ella, producida por un lubricante envenenado que el difunto recibió en salva sea la parte a instancias de Gastón, quien había inducido a su querida a destruir a su rival con fines económicos. Zita y su esposo actualizaron la fantasía sodomítica y los resultados fueron tremendos. Pruebas periciales revelaron que aquello había sido un homicidio; antes de figurarse qué jugarreta jurídica podrían emplear para eludir las rejas, la pareja criminal se dio a la fuga, previo retiro de una fortuna que Zita había amasado por años, consistente en el ahorro de los “gastos” recibidos de su esposo. Tras practicarse leves cirugías plásticas, teñirse el pelo y cambiar de identidad, adquirieron una casa cercana a la parroquia del padre Ramos. Se presentaron como “señor Paniagua y señora” y socializaron con rapidez, para lo que fue preciso organizar un par de fiestas donde el invitado de honor fue el famoso sacerdote.
Ramos deseó a Zita inmediatamente. La falta de fiestas lo había mantenido pasivo en cuestiones lujuriosas. Ni siquiera su reputación como exorcista lo había salvado de ciertos pensamientos. Zita era hermosa, decididamente superior a cualquier otra fulana circundante. La presencia de Gastón le parecía superflua, pues sabía por experiencia que la seducción en el confesionario tendía a mantener en silencio a sus potenciales novias. Otrora había logrado atemperar su afán licencioso, pero ahora, quizá para desquitarse del desdoro que sufriera sin merecerlo hacía no mucho, estaba dispuesto a llegar hasta el final en su empresa de conquista.
No bien terminó la segunda fiesta en casa de los Paniagua, el padre Ramos volvió a la parroquia y notó que lo abrasaba una terrible ansiedad. Al rato sintió que no evitaría salir corriendo a casa de Zita para hacerla suya, aun cuando de paso tuviera que deshacerse de Gastón. En su fuero interno hubo un encontronazo entre esa urgencia y la de apelar al auxilio divino para depurar su mente de semejantes ideas. En apariencia, nadie lo contempló con las manos en la cabeza y las piernas semiflexionadas, andando de aquí para allá y rezando entrecortadamente por que sus pretensiones ilícitas remitieran. Sin embargo, quizá fue visto —o al menos escuchado— por Noventa Grados, a quien halló casi a sus espaldas, horriblemente encorvada y sin dejar de caminar. Ramos se apartó para dejarla pasar, y horrorizado la vio llegar ante el altar y empezar a girar hacia la izquierda; no bien su rostro estuvo a punto de hacerse visible, el sacerdote huyó a la carrera y terminó en una plaza, donde la casualidad lo hizo toparse con Zita y compañía. Se reunieron en una cafetería y, al amor de capuchinos, Ramos deseó a Zita con la mirada y olvidó lo que le había pasado. Las intenciones del sacerdote fueron percibidas por Gastón. Más adelante abordaron el tema de Novena Grados. Ramos trató de calmar a sus amigos, asegurándoles que él mismo había comprobado que aquello era una patraña, dado que jamás había atendido a un alma en pena. Sus mentiras no tuvieron el efecto deseado; Zita no sintió miedo ni le dio mayor importancia al asunto, pero Gastón, cuya crianza había transcurrido en barrios bravos donde la superstición imperaba, estimó posible que la presencia fantasmal se debiera a un tesoro enterrado bajo la parroquia. Cuando dejaron al sacerdote, los amantes se encerraron en casa y Gastón convenció a Zita para que lo auxiliara a corroborar su sospecha.
Ramos regresó a la parroquia y suspiró de alivio al notar la ausencia de Noventa Grados. Se tiró en la cama y soñó con Zita. Al día siguiente, luego de terminada la misa de las once, notó que Zita permanecía en su lugar. Se le acercó al punto y le preguntó si podía ayudarla en algo. La actitud de la mujer era prometedora; miró al hombre a los ojos y se valió de cortas pero contundentes frases para manifestarse lista para el “adulterio”. El deseo dominó a Ramos; se dejó llevar por Zita luego de colgar en la puerta un anuncio donde se declaraba enfermo, de ahí que por el resto del día no habría servicio. La pareja se trasladó a casa de Zita y lo primero que hizo Ramos fue preguntar dónde estaba el cornudo.
—Fue a la capital —mintió Zita—. Tardará una semana en volver.
Ramos se tragó aquello y no escatimó en docilidad para cumplir todos los caprichos de la fulana. Perder la virginidad lo hizo sentirse revigorizado; nunca creyó que los deleites recibidos de una mujer pudieran ser tan benéficos. Durante un intermedio que fijaron para sus cópulas, pormenorizó sus hazañas como exorcista, actuando convincentemente; Zita se carcajeó al verlo exclamar “¡Demonio, aléjate de este hombre!”, pero se disculpó enseguida, no fuera a ser que el actor se marchara indignado. Y es que no convenía que Ramos volviera de inmediato a la parroquia, pues allá estaba Gastón, armado de herramientas para excavar la nave central. Seguro de que hallaría una fortuna, había persuadido a Zita para mantener ocupado al sacerdote hasta la medianoche, momento en que se las arreglaría para anularlo por completo e ir a recoger al buscador de tesoros. Si algo se encontraba, huirían de nuevo, quizá a Hawai; pero, si la excavación probaba ser inútil, volverían a casa, Gastón denunciaría al sacerdote y ambos lo verían morir de rabia por haber perdido para siempre su reputación.
Ramos se hartó de sexo y se quedó profundamente dormido. Mientras se vestía, Zita lo observaba inexpresivamente. Esperaba tener la oportunidad de echarle en cara su impericia sexual. Salió silenciosamente de la casa y enfiló a la parroquia. Entró por una puerta trasera y vio a Gastón sin camisa, bañado en sudor y mugre y pala en mano. Sus esfuerzos habían producido un agujero de respetables dimensiones, que amenazaba con alcanzar una profundidad de seis metros. Del tesoro no había rastro alguno. Zita se aproximó a su amante y le preguntó cómo iba todo.
—¿Ves el tesoro? —preguntó él con furia.
—No.
—¡Pues nada va bien, entonces!
Gastón retomó su labor. Zita se arrodilló junto al agujero y suspiró; al rato se hartó de eludir paletadas de tierra y se puso en pie. Percibió algo por el rabo del ojo y miró hacia la izquierda. No pudo explicarse por dónde podía haber entrado aquella anciana, habida cuenta que Ramos había cerrado con candado la puerta principal. Justo antes de advertirle a Gastón que alguien los había pillado, reconoció a Noventa Grados, quien gravemente se aproximaba, sin mostrar la cara y con los brazos colgando a los costados. Sintió terror y pretendió escapar, pero al girar sobre los talones pisó el borde del agujero, se tambaleó y se precipitó sobre Gastón.
—¡Imbécil! —gritó él, apartándola a manotazos y obligándola a empujones a salir.
Ella balbuceaba incoherencias y cooperaba con tal de abandonar el agujero. No bien volvió a la superficie, miró hacia atrás y halló a Noventa Grados junto al hoyo, con la cabeza oscilando justo encima de Gastón. Empezó a gritar desaforadamente. El excavador se disponía a abalanzarse sobre ella para callarla a golpes cuando advirtió la presencia sobre él. La miró a la cara.
Los gritos de Zita atrajeron la atención de los vecinos. Sospechando que la vida del padre Ramos podría estar en peligro, acudieron en tropel a la parroquia y forzaron la entrada. Hallaron un cadáver putrefacto en el fondo de un hoyo, así como a una loca encanecida y de ojos desorbitados que, ovillada en una esquina y con el brazo derecho extendido en demanda de atención, combinaba sus horrendos alaridos con una frase: “¡Aléjate de este hombre!” Mientras se determinaba qué papel había jugado en la destrucción parcial de la parroquia, fue internada en un psiquiátrico, donde se descubrió su verdadera identidad y se esperó su pronta recuperación para juzgarla por el asesinato de su marido.
El padre Ramos corrió con suerte. Despertó en casa de Zita y, al verse solo, sospechó que algo andaba mal. Se vistió mientras hallaba la salida y tomó un camino poco concurrido para regresar a la parroquia. Vio desde lejos a la turbamulta y se preguntó qué podría haber pasado. Entró en la parroquia afectando extrañeza y lo que vio le produjo un colapso nervioso. Se recuperó al rato y alegó que se había ausentado para adquirir unos medicamentos. Nadie puso en duda su palabra, y fue cuidado amorosamente hasta que se recuperó y pudo seguir jugando al exorcista. Nunca contó cómo había matado el tiempo aquel día funesto. Hoy, estando solo en la parroquia, se aparta cuando Noventa Grados aparece, y espera cabizbajo y sin hablar el momento en que ella se vaya.
Más de una vez ha visitado a Zita en el psiquiátrico. Le permiten el paso por deferencia y lo dejan solo en la celda de la infeliz, cuya belleza no es sino un recuerdo. Sujeta para que no se lastime ni lastime a otros, yace en un rincón, perdida la mirada, y al ver al sacerdote se agita y empieza a repetir: “¡Aléjate de este hombre!” “¡Aléjate de este hombre!”
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