int(1) Relatos de Terror: El estudio




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29/01/11
Underhersoles

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El estudio
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La obsesión me había dominado. No tener a Eloísa amenazaba con hacerme enloquecer. Los efectos de la monomanía en mi trabajo habían sido desastrosos. Me preparaba para servir a la patria como agente de la AFI, pero, en la medida en que progresaba el curso, más evidente se volvía no sólo mi desinterés, sino mi propensión a la corruptela. No era culpa mía; la infernal situación política tenía a novicios y agentes graduados con el alma en un hilo, esperando los tiros fatales que nos privaran de la vida. Convenía, al parecer, hacer algún trato con el enemigo, so riesgo de caerles mal y terminar en la lista de las próximas víctimas. En pleno entrenamiento me volví informante de una banda de narcos que operaban en varias cuadras citadinas, donde las escuelas federales y sus potenciales cocainómanos abundaban. Creía que así mantenía mi vida a buen recaudo, requisito indispensable para conquistar a Eloísa.
Llegó a parecerme un mero amor platónico, pero mi afán de lograr cualquier meta me obligaba a esperar que tarde o temprano cayera rendida a mis pies. Los albores de mi empresa de conquista habían sido poco menos que lamentables; no se me daba la verborrea y carecía de recursos para comprar flores y otras banalidades que atraen a la mujer. Para colmo, me parecía contar con un rival, un pretendido artista plástico que, a mi juicio, prefería Solange —la mujer con quien cohabitaba— a Eloísa. Ignoraba si era su madre, su tía o su amante, pero sabía que se había mudado a la colonia con él y se había dedicado a consentirlo de la peor manera. Según algunos informantes que me auxiliaron desde agencias del Ministerio Público, Solange no compartía el apellido de Zavala y provenía de Francia, donde el crápula había estudiado por años. No fue fácil obtener datos más detallados porque ni mi rival ni su acompañante tenían cola que les pisaran en el plano legal. Vivían tranquilos, con fama de reservados y recibiendo pocas visitas. Pero que a cada rato se reunieran con Eloísa fue motivo de continua amargura para mí. No dudé que Zavala, aprovechándose de su estampa de bohemio peleado con todo convencionalismo, había logrado capturar su atención, acaso para siempre.
Zavala y Solange vivían en un estudio de amplias dimensiones, ubicado en la planta baja de un edificio que en su mayoría estaba desierto. Eran dueños de aquel espacio y les gustaba la falta de molestias. Su colonia era más o menos pacífica, de ahí que nunca me tocara visitarla como paladín de la justicia; no obstante, no dejé de hacer algunas rondas por los alrededores, interesado en recabar cualquier información que luego me sirviera para exhibir a mi rival ante Eloísa. Mi perseverancia no dejó de sorprenderme, pero me entristeció que a la postre sirviera para maldita la cosa. Aquel tipo no estaba metido en nada cuestionable; por lo visto, su tren de vida excluía el consumo de drogas y de alcohol. Mientras vigilaba su guarida, no dejaba de preguntarme si una futura entrevista con Eloísa me permitiría convencerla para que me prefiriera. Me había puesto a leer desesperadamente y a tomar lecciones de dicción, con tal de expresarme con fluidez ante ella; creía estar listo para dirigirle un discurso lo bastante convincente para moverla a olvidar al otro. Como vivíamos en la misma cuadra, cabía creer que de pronto coincidiéramos.
En el pasado habíamos llegado a jugar rayuela y otras tonterías; éramos niños entonces, y yo asumía ya que nada me impediría gozar para siempre de su atención. Pero le bastó con volverse púber para dárselas de selectiva en materia amorosa. Se habituó a rechazarme sistemáticamente; acaso me le declaré veinte veces sin éxito antes de que dejáramos de vernos por un tiempo. Por fin, cuando más me inquietaba lo que fuera de mi razón por no tenerla, una mañana me topé con ella en plena calle; yo me dirigía a un antro de mala muerte, donde informaría a unos truhanes que los míos les pisaban los talones. Olvidé la cita cuando divisé a Eloísa viniendo hacia mí. Estaba más hermosa que nunca, vestida con un traje entallado y con una talega bajo el brazo; inferí que la ruta tomada por ella conducía al estudio de Zavala, pero no pude adivinar para qué traía la mochila. Me le acerqué a la carrera, la saludé cortésmente y le pedí que me dejara acompañarla.
—Vas en la otra dirección, ¿no? —dijo.
—Sí, pero no importa.
Encogió los hombros y suspiró, y lamenté que ese suspiro no fuera precisamente de emoción derivada de mi compañía. En fin, echamos a andar y por un minuto no dijimos nada. A la postre empecé a hablar, contando, con tanta ilación como me fue posible, lo que había sido de mi vida a últimas fechas. Ella alzó las cejas no bien empezó mi perorata, y al final me preguntó por qué deseaba convertirme en luchador contra el crimen.
—Quiero que vivas segura —mentí, creyendo que tal respuesta era tan contundente como romántica, digna de producir un excelente efecto.
Pamplinas. Eloísa reprimió una sonrisa y bajó la cabeza. Evité molestarme, pero comencé a sospechar que la influencia de mi rival en ella era cada vez mayor, pues claramente la había convertido en una apática en cuanto a los principales problemas del país. Llegamos a su casa y en vano esperé que me invitara a pasar. Se permitió agradecerme la compañía y entró sin despedirse como me hubiera gustado que lo hiciera, es decir, con un beso, así fuera en la mejilla. Me deprimió tanto aquel episodio que volví a casa para ahogar el pesar en alcohol. Me dormí a la larga, aquejado de dolor de cabeza, que persistió cuando el ruido de cristales rotos me obligó a despertar. Los fulanos con quienes había quedado de verme me habían visitado; irrumpieron en la casa y me encañonaron con escopetas de cañón corto. El alias del que habló era El Chacho.
—¿Por qué nos plantaste, cabrón? —preguntó—. ¿Quieres que nos claven?
—No —repliqué restregándome los ojos—. Tuve un contratiempo.
—Esos no sirven en este negocio —me acarició la frente con el cañón de la escopeta.
Eran dos tipos enclenques; me bastó con notar cómo les temblaban las manos para privarlos de que siguieran molestándome. De una entrega les propiné sendos puñetazos en la boca del estómago y enseguida los arrastré al baño; aún tosían cuando los metí en la bañera y, sin permitirles pronunciar últimas palabras, les volé la cabeza de un par de tiros. Como esos rufianes nunca salen sin avisar a dónde van ni carentes de séquitos, me asomé apenas por una ventana y vi un auto sospechoso, del que descendieron dos tipos con gesto de extrañeza. Al igual que mis vecinos, sin duda habían escuchado el estruendo de los escopetazos. Huí por la puerta trasera, armado con una de las escopetas y resignado a no volver. Salté un par de bardas y corrí hasta que me creí fuera de peligro. Llamé a la Agencia para contar lo que me había pasado, y como respuesta escuché que los trámites para amonestarme administrativamente estaban listos. Se habían descubierto mis nexos con la banda de El Chacho.
—Te va a llevar… —empezó aquel granuja.
Colgué. Mi carrera como agente había terminado antes de comenzar. Ahora debía esconderme para evadir una orden de aprehensión. Visité a mi tío Erasmo, quien me odiaba, y lo hice cambiar de opinión sobre dejarme vivir con él mediante un culatazo y la amenaza de volarle los sesos. El golpe lo dejó tan aturdido que, no bien llegó la noche, tuvo una apoplejía fulminante. Lo encerré en su cuarto, seguro de que me marcharía antes de que su pestilencia me molestara. Curiosamente, en semejantes circunstancias sólo pude pensar en Eloísa; la extrañaba, quería tenerla de una buena vez. Examinaba la escopeta cuando resolví hacerla mía por las malas. Sólo tenía que pillarla en el estudio de Zavala, quien sin duda moriría durante mi faena.
Dormí a pierna suelta y desperté cansado. Exploré cuidadosamente las afueras antes de poner un pie en la calle. Al parecer, la búsqueda de mi paradero comenzaba con lentitud. Me puse un gabán para ocultar la escopeta y me dirigí a pie al estudio de Zavala; tomé una ruta que antes me fuera indiferente, con tal de evadir cualquier encuentro no deseado con mis antiguos colegas. Subrepticiamente me acerqué al edificio y, en lugar de espiar por las ventanas, utilicé una llave maestra que me regalaran en la academia y entré en el lugar. Pegué una oreja a la puerta de Zavala, y no dudé que Eloísa estuviera adentro porque su perfume era inconfundible. Desató mi ira escuchar una serie de gemidos característicos, típicos de hembras que gozan de favores masculinos. La escopeta salió a relucir, así como la llave maestra, con la que abrí sin hacer ruido. Entré en el lugarejo y un muro me impidió ver con claridad lo que hacía la pareja. Avancé cautamente, listo para disparar, y finalmente advertí la causa de los gemidos. Eloísa gozaba, en efecto, pero no gracias a Zavala, sino a Solange. Yacían en una cama, desnudas y abrazadas, satisfaciéndose mutuamente, mientras Zavala las fotografiaba. Eché un breve vistazo alrededor y comprendí que aquellas fulanas eran modelos asiduas; el entorno estaba infestado de esculturas, pinturas y fotografías donde figuraban, celebrando su lesbianismo sin pudor. Entendí que Zavala no era mi “rival”; en todo caso, tal epíteto le correspondía a la otra.
Desilusionado, indignado a más no poder, supe por qué Eloísa no se prestaría nunca a satisfacerme. Ni Zavala ni yo le interesábamos. Que mis intentonas por conquistarla hubieran sido inútiles fue el detonante de la carnicería; me sentí como un imbécil, máxime que ella no había tenido la amabilidad de confiarme su orientación sexual con miras a deshacerse de mis galanteos. Avancé decididamente y entonces fui escuchado. Zavala fue el primero en mirarme, y se disponía a abrir la boca cuando una carga de postas le destrozó el tórax y lo hizo volar dos metros hacia atrás; mientras él rompía una especie de cómoda llena de utensilios de pintor, enfrenté a las mujeres. No me conmovió su palidez. Sus cabezas volaron casi al mismo tiempo; de haber sido tan simétricas y encantadoras, se convirtieron en pulpas sanguinolentas desparramadas por todos lados.
Me alejé deprisa, de vuelta a la casa del tío Erasmo. Adentro me esperaba un escuadrón de agentes. Huir no era una opción, pero quise pelear. Excuso decir cómo me dejó la paliza. Cumplo una condena extensa no tanto por mis hábitos corruptos, sino por haber aniquilado a tres homosexuales, según testimonió un imbécil que se presentó como amante de Zavala. Los ignorantes me llaman intolerante. Si supieran por qué hice aquello…
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