int(1) Relatos de Terror: La pequeñez del mundo




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11/05/11
Underhersoles

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La pequeñez del mundo
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Enrique Valero obtuvo un amparo contra una orden de aprehensión que se había girado en su contra. Mientras su abogado se afanaba en tramitar aquel juicio, Valero se había asilado en un hotelucho, donde pensó que permanecería por mucho tiempo. Sin embargo, en pocos días supo que ya no lo podían detener provisionalmente. Entonces, lejos de decidir volver a su casa y esperar el inicio de su proceso, prefirió abandonar la ciudad. Lo último que le dijo a su abogado fue que le agradecía sus buenos oficios para mantenerlo fuera del alcance de la policía. Se marchó sin remunerarlo.

El destino inmediato que eligió fue Querétaro. No estaba dispuesto a soportar un juicio que sin duda perdería. Los cargos que pesaban en su contra no eran pocos; creía que, si se hubiera quedado en la capital, a la larga la gente lo llamaría traficante de influencias, falsificador y un largo etcétera. Y entre ese largo etcétera podría caber la palabra “asesino”. Cruz se había ganado su merecido, pero era difícil de creer que, pese al cuidado que se había puesto para asesinarlo, no quedaría una pista que condujera a los investigadores directamente a la puerta de Valero.

Se fue a Querétaro en su propio automóvil, que vendió a un lotero en cuanto llegó a aquella ciudad. Le dieron una bicoca, pero suficiente como para estar unos días allá, antes de salir con rumbo al norte para, con suerte, cruzar la frontera sin problema alguno. Prefería no pensar en una futura extradición. Tenía ideas tales como cambiar de identidad en cuanto pisara Los Ángeles, así como en casarse y obtener la ciudadanía estadounidense. Algo lo movía a creer que ello bastaría para que nunca lo forzaran a volver a México.

Ciertamente, pudo haberse marchado al país vecino de inmediato, pero durante un instante pensó que si hacía eso jamás tendría la oportunidad de ver nuevamente a Elena, prima suya que décadas atrás fuera una potencial amante. Él había tratado de convertirla en mujer antes de que la perniciosa influencia de su familia la transformara en una fanática. Parecía ser que por pura suerte no se había metido de monja. Con todo, rezaba diariamente, tanto en la iglesia como en su propia casa, donde, según se había enterado el propio Valero por medio de su madre, se había acondicionado una habitación como oratorio.

Elena vivía sola con su madre. Sus tres hermanos se habían casado hacía años y se habían marchado, y su padre, aquejado de una gota fatal y de una cardiopatía, había muerto una noche en medio de terribles dolores. En apariencia, ambas mujeres mataban el tiempo en actitud contemplativa. Normalmente, Magda, la madre, vestía de negro, en señal del luto que se había jurado que le guardaría por siempre a su esposo. En cuanto a Elena, el color de su indumentaria solía variar, pero de todos modos no llegaba a ser festivo ni mucho menos vaporoso. Valero se sintió contrariado cuando la vio con un largo vestido más o menos entallado, que dejaba fuera de la vista incluso la insinuación de partes deliciosas que él estaba dispuesto a no dejar ir en esta ocasión.

Un fuerte sentido de la hospitalidad era típico de aquellas mujeres. Su carácter dadivoso las había llevado en ocasiones a hospedar en su casa a varios menesterosos, quienes al final del día habían tenido que irse por no haber entendido que ahí sólo estaban de paso. Elena no hizo gesto alguno de sorpresa cuando se vio ante Valero, su primo, quien se presentó de improviso un domingo por la tarde. Lo dejó entrar y le permitió darle un beso en la mejilla. Como lo viera cargando dos maletas, supo que tendría que adecentar el cuarto de huéspedes. Por su parte, la tía Magda afectó una suerte de asombro al reconocer a su sobrino. No era para menos; ella y su hermana, la madre de Valero, no se habían dirigido la palabra desde hacía diecisiete años, por motivos que no merece la pena apuntar. Valero fue cortés con ambas mujeres y no perdió tiempo en señalar que había decidido aprovechar unas vacaciones para visitarlas, pues hacía más de una década que ignoraba lo que había sido de ellas.

Esto último no era del todo cierto. Se había enterado oportunamente de las bodas de sus primos y de la muerte de su tío. Sin embargo, de lo relativo a Elena sabía poco; nunca había tenido certeza en cuanto a si, pese a su fanatismo, se había relacionado con algún fulano con quien acaso decidiera casarse. Se sintió tranquilo cuando infirió que ella vivía al amparo de oraciones y una inmerecida castidad. Mientras comían charlaron sobre nimiedades. Valero mintió con naturalidad al referirse al magnífico trabajo que no desempeñaría más; apenas sintió nostalgia cuando indicó que ocupaba un aceptable puesto en el gobierno, y aprovechó un silencio breve para recordar la facilidad con que había perdido tanto la estima de sus colaboradores como un jugoso pago mensual. De no haber sido sensible ante las críticas justas, habría apelado a la honestidad y habría contado lo referente a los documentos que falsificara para obtener el puesto y al tráfico de influencias del que le encantaba hacer gala para recibir favores.

Pero por ninguna circunstancia se hubiera atrevido a mencionar la muerte de Cruz. Nadie sospechaba aún que él había estado involucrado en el asunto. Un estado de emoción violenta -para emplear términos legales- lo había llevado a cometer el crimen. Pero ese fulano se había metido con el orgullo de un hombre para quien su amor propio era sagrado. ¿Qué era el tal Cruz? Un vil provinciano que estudiaba una maestría en la capital, donde había conocido a María, la novia en turno de Valero; si ellos no hubieran cometido el error de acordar salir juntos de la universidad varias veces a la semana, sin importarles que alguien los viera, la tragedia no habría ocurrido. Pero Valero los llegó a ver en el mismo auto, riendo, conversando. ¿Había mucho que inferir? María se ganó dos bofetadas y un discurso hiriente, pero Cruz pagó con la vida.

Después de la comida, la tía Magda se retiró a su habitación a dormir la siesta, costumbre que había mantenido desde hacía más de cincuenta años. Elena y Valero se acomodaron en la sala y procuraron charlar. Ella era lacónica y en esos momentos parecía hallarse algo deprimida, circunstancia que su primo achacó a la falta de diversiones que involucran a la carne. Él se puso a fumar y a beber un digestivo, y al punto advirtió que sería incapaz de repeler la tentación de seducir a aquella chica y hacerla suya durante toda la noche. La precariedad de su situación había empezado a dejar de incomodarlo; estaba demasiado seguro de que no sería sometido al puño de la justicia. Se salvaría y, habida cuenta de las circunstancias actuales, quizá se marcharía acompañado a Estados Unidos.

Algo que le llamó la atención fue que Elena vistiera de negro de pies a cabeza y que tuviera el pelo recogido, cosa esta última que no la favorecía. No había, además, rastro alguno de maquillaje en su rostro, y en sus ojos se percibía cierto enrojecimiento que no era arriesgado atribuir al llanto. Así las cosas, Valero consideró que la estrategia a poner en práctica para su nueva empresa de seducción debía involucrar tanto al sentido del humor como a la dulzura. Trató en vano de hacer reír a su prima y no perdió oportunidad alguna de hacerle comentarios respecto de su belleza. Pero la oyente se abstendría de reír y su semblante se ensombrecería a causa de los numerosos piropos que comenzó a escuchar. No le importó verse ruda cuando le preguntó al visitante cuánto tiempo se quedaría.

-Un par de días -dijo Valero en tono serio.

Elena elevó las cejas y suspiró, indicando que la idea no la había complacido. No era para menos, pues necesitaba la soledad para el recogimiento y, sobre todo, para guardarle luto al amor de su vida. Había vuelto a quedarse sola en el mundo secular, a tener que conformarse con vivir para orar y cuidar a su madre. El hombre que había considerado su príncipe azul ya no existía. Lo podría recordar gracias a algún retrato y los presentes que él le había dado a lo largo del tiempo que pasaron juntos, antes de que él se marchara con la promesa de que volvería al cabo de un año. Entretanto habían seguido en comunicación. Él solía decirle a ella que no debía ponerse triste, pues la distancia que los separaba era poca, y que algún fin de semana sería aprovechado para que se reencontraran y pasaran al menos un día juntos. Pero no había sido posible que ese plan se actualizara. Ella recibió la noticia días antes de la llegada de Valero. Lloró amargamente y, con tal de no dejar sola a su madre, prefirió visitar después la tumba de su perdido amor, cuya familia no había querido que lo sepultaran en Querétaro.

Como Valero notara que no obtendría mucha simpatía por parte de Elena, y como se sintiera muy cansado a causa del viaje y de la tensión que acumulara últimamente, decidió irse a dormir. Su prima lo condujo a la habitación de huéspedes, situada en el segundo piso, a un lado del oratorio, donde él no pretendía entrar, pues su ateísmo era sólido. En la habitación hizo un nuevo intento por predisponer a Elena en su favor. Fue inútil. Ella no estaba dispuesta a dejarse apresar fácilmente por la verborrea de su pariente, por no hablar de que le parecía indecente que un hombre al que no había visto desde hacía años, y con quien nunca había tenido precisamente nada concreto que ver, se comportara como si diera por hecho que sería complacido.

Valero se quedó a solas. El cansancio no bastó para ponerlo a dormir. La idea de tener a Elena había crecido sin proporción en su mente. En otros tiempos, el insomnio le sobrevenía por causas que normalmente se referían al trabajo o a alguna relación pasajera con jovenzuelas hipócritas y traicioneras. Ahora respondía al deseo incontrolable de terminar lo que había empezado hacía años, de hacer suya a Elena con calma y largamente y, de ser posible, de convencerla para que se fuera con él a los Estados Unidos. Dio vueltas en la cama durante una hora, luego se levantó y anduvo de acá para allá, fumando y reflexionando. Veía la puerta de refilón, ansiando que de pronto no pudiera contener ya el afán de salir desbocado para abordar a su prima, tumbarla al suelo y hacerle lo que le placiera. Terminó por ubicarse en un sillón que había junto a la ventana, donde siguió fumando y reflexionando. A la larga recordaría involuntariamente su situación. Trataba en vano de imaginar lo que estaría pasando en México; los preparativos de su proceso debían seguir su curso y, sin duda, su abogado se devanaba los sesos imaginando dónde se encontraba su cliente, a quien le convenía no evadirse de la acción de la justicia. Por otra parte, quiso creer que aún no se le involucraba en la muerte de Cruz. El taxista que lo había ayudado en la faena había jurado que mantendría la boca cerrada; una considerable cantidad de dinero y su propia falta de escrúpulos lo moverían a no decirle a nadie lo que había pasado aquella noche.

Fue una magnífica puesta en escena. María había sido ya regañada por Valero, de ahí que decidiera no volver a estar con Cruz. Así, éste comenzó a verse en la necesidad de usar el transporte público para regresar a la casa de asistencia donde vivía. Una noche salió tarde de la universidad y vio casualmente un taxi a la mano. Preferiría utilizarlo en vez de andar de microbús en microbús. Valero no olvidaría nunca la suerte que tuvo en ese momento. Él esperaba en una esquina, donde el taxi se detuvo sin que la luz del semáforo estuviera en rojo. Abordó el taxi pistola en mano y le recomendó al pasajero que no intentara nada audaz, pues estaba siendo víctima de un atraco. Lo pasearon un buen rato. Valero lo golpeaba en la cara y el pecho sin cansarse, y no fingía que asaltar no era su fin. En ningún instante le ordenó a Cruz que le diera su dinero, su celular o cualquier otra cosa. Se limitó a golpearlo y a recriminarle que se hubiera metido con una niña que ya estaba apartada. Cruz no abrió la boca en ningún momento. Rezaba en su fuero interno y esperaba que la pesadilla terminara pronto, que en cualquier instante sus captores lo abandonaran en una oscura calle de las afueras de la ciudad. Conservó hasta el final la esperanza de que no lo lastimaran letalmente. Pero sus previsiones no serían satisfechas. En efecto, Valero y su cómplice llevaron a su invitado a una zona despoblada e iluminada sólo por la luz de la luna. Valero bajó del vehículo llevando a rastras a su víctima y, mientras le espetaba insultos y le propinaba puntapiés, lo arrodilló y sin contemplaciones le voló la cabeza de un tiro. El taxista tragó saliva al ver aquello. Jamás creyó que aquel probo funcionario tendría tanta sangre fría como para cometer un asesinato sin pestañear. Se fueron de ahí. El taxista llegó a creer que el estado de su acompañante podría impulsarlo a cobrarse una segunda víctima tan sólo para desahogarse, pero afortunadamente las intenciones asesinas de Valero habían cedido. Luego de que el taxista recibiera su jugosa recompensa y jurara que nunca había visto nada de lo sucedido, desapareció.

Valero despertó de súbito cuando en sueños se repitió el momento fatal en que jaló el gatillo. Sudaba y jadeaba. Acto seguido se puso en pie de un salto y trató de persuadirse de que no había dejado pista alguna que eventualmente lo entregara a la policía. La policía, que de por sí quería que lo acompañara para enfrentar un juicio y, seguramente, unos cuantos años en la cárcel. Intentaba tranquilizarse cuando escuchó sollozos. Dejó de respirar un momento para asegurarse de que no había alucinado. En efecto, alguien sollozaba muy cerca de donde él estaba. Eran sollozos femeninos. Infirió que se trataba de Elena. Cautamente salió de la habitación y al punto observó que la puerta del oratorio estaba entornada y que del interior brotaba una parca luz. Se acercó en puntas de pie y asomó un ojo al interior de aquel recinto. Vio entonces que Elena estaba arrodillada en un reclinatorio, flanqueada por dos candeleros adornados con velas rojas. Tenía las manos juntas y los ojos cerrados. Ante ella, colgando del techo, había un retrato cubierto por un crespón negro. ¿Sería ése el momento del consuelo?

Antes de determinar si debía aprovecharse del pésimo estado anímico de su prima, Valero se dio tiempo para imaginar por quién rezaba ella. A la postre concluyó que por su fallecido padre. Iba a entrar en el sitio cuando vio cómo Elena se ponía en pie y, tras persignarse, emprendía la retirada. Valero no se movió. Cuando Elena lo vio dio un respingo, pues lo había creído dormido desde hacía rato.

-Te escuché llorar -dijo él.
-Estoy bien.
Ella intentó alejarse, pero Valero no lo permitió.
-¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
-Quiero estar sola.
Valero la tomó por los brazos.
-Quizá no sea el momento más adecuado para que estés sola.
-Déjame pasar, por favor.

La patológica impulsividad de Valero lo llevó de vuelta a la senda del delito. Abrazó a Elena, le cubrió la boca con una mano y la arrastró a su habitación. Necesitaba a una mujer y no estaba de humor para recibir respuestas negativas, no digamos para rogar. Dos bofetadas atontaron a la víctima, quien tuvo tiempo de encomendarse a Dios antes de que su atacante la ultrajara sin prescindir de la violencia. La tomó a discreción hasta que rompió el alba. El cansancio lo anuló. Empezó a cabecear, pero aún se dio tiempo para impedir que Elena fuera a denunciarlo. La sujetó a la cama antes de dormirse. Lo despertó un alarido de su tía, quien había entrado en la habitación tras buscar inútilmente a su hija. Valero supo que tendría que encargarse también de esa anciana. Emprendió su persecución. La edad de la señora no la privó de llegar con cierta rapidez a la escalera. Ahora bien, como trató de bajarlas a trompicones, tropezó y rodó escaleras abajo. Acabó inmóvil y con los ojos cerrados. Valero no se tomó la molestia de comprobar si había muerto.

Volvió a su habitación y notó que Elena había recuperado el sentido. La ignoró para empacar sus maletas a toda prisa. Entonces, justo cuando se despidió de Elena con un beso en la frente y le aseguró que le hubiera encantado que lo acompañara a Estados Unidos, oyó que tocaban a la puerta principal. Desde la ventana que había en su cuarto no era visible la calle, de modo que tuvo que trasladarse al oratorio, donde había una primorosa ventana de ojo de buey. Desde ahí vio a dos tipos que habían descendido de un auto típico, adornado con el nombre de una instancia con la que él se negaba a tratar. ¿Cómo había sido posible que lo localizaran? ¿Quién les había dicho que acaso podrían hallarlo en esa ciudad y precisamente en la casa de sus parientas? Pensaba en qué hacer para fugarse cuando oyó que la puerta principal se abría. ¿Acaso su tía no había muerto? Como un bólido se asomó a las escaleras y ya no vio el cuerpo de doña Magda.

No había muerto. Sólo se había roto una pierna. El miedo la impulsó a sobreponerse al dolor y arrastrarse patéticamente para abrir. En medio de lágrimas contó a los visitantes lo que había visto y no defendió a su sobrino por ninguna circunstancia.

-¡Creo que mató a mi hija! -gritó antes de desvanecerse.

Uno de los policías desenfundó el arma y cuidadosamente se encaminó escaleras arriba, mientras el otro iba a avisar que habían dado con el prófugo y que requerían con urgencia una ambulancia. Entretanto, Valero desesperó de buscar alternativas para salir del problema en que se había metido. Se vio en el oratorio y se le ocurrió por un momento que ahí nadie le haría nada. Creyó que sus perseguidores respetarían aquel santuario. En cuestión de segundos odió aquella idea y prefirió usar a Elena como rehén para que lo dejaran marcharse. Iba a salir del oratorio cuando oyó los pasos del policía. Se encerró con llave y se puso a orar sin lamentar su hipocresía. El policía, desde el otro lado de la puerta, comenzó a gritarle que saliera con las manos en alto.

-¡Estoy amparado! -gritó Valero.
-¡Y yo nací ayer!

El policía se puso a aporrear la puerta, empresa en que lo ayudó su compañero momentos más tarde. Valero, tras notar que la ventana de ojo de buey era demasiado pequeña como para escapar por ella, acabó por ocupar el reclinatorio y rogarle a Dios que algo pasara, que obrara un milagro para sacarlo de aquel predicamento. Empezó a llorar.

-¡Abra, Valero! -gritó uno de los policías-. ¡El amparo aquel no le servirá de nada para el delito por el que lo estamos arrestando!

¿A qué delito se referían? Lo embistió una locura momentánea. Se puso a tirar todo lo que había a su alrededor. El reclinatorio, los candeleros y una especie de altar acabaron en el piso. Sólo faltaba el retrato que colgaba del muro. Se acercó a él con los dientes apretados y de un manotazo lo liberó del crespón. Se vio ante Cruz. Cayó de rodillas, pálido, trémulo, con los ojos inyectados en sangre. ¿Qué hacía ahí su rival, su víctima?

Los policías tiraron la puerta y se abalanzaron sobre Valero. Elena había sido liberada. En lugar de correr escaleras abajo para procurar a su madre, siguió a los investigadores y los vio someter a su primo.

-¿Qué hace ahí ese tipo? -gritó Valero furiosamente, mientras se debatía-. ¿Lo conocías, perra?

La interrogada se persignó antes de responder:
-Era el hombre de mi vida. Lo mataron en la capital.
Llegaron nuevos elementos que contribuyeron a aplacar a Valero.
-Caray -le dijo uno de los detectives-. Qué pequeño es el mundo, ¿no? Ayer tomé un taxi cerca de la casa y el chofer creyó que usted le había jugado una broma para que lo atrapáramos. Fíjese que cantó. Y en el occiso hallamos una carta que le había enviado esta damita. Le contaba cosas personales, pero las tuvimos que leer. ¿Y qué cree? Recabamos nuevos datos sobre su tendencia al crimen. ¿Ya olvidó lo que quiso hacerle cuando eran niños? Ella no lo ha olvidado. Se lo contó a Cruz y él lo comprobó con uno de sus compañeros de la maestría, quien trabajaba con usted.
-¡Quiero a mi abogado!
-Ya no lo va a representar. Odia que no le paguen sus honorarios.

Lo metieron en una patrulla y lo durmieron a puñetazos. Despertó en la capital, en una enfermería donde le maquillaron los moretones. Compareció rápidamente ante un juez, quien le asignó un defensor de oficio que con trabajos sabía escribir su propio nombre. Lo recluyeron en una celda oscura, última parada antes de un viaje al reclusorio, que lo albergaría hasta que culminara su proceso. Advirtió que estaría acompañado. El otro interno se puso en pie y encendió un cigarrillo. La llama del cerillo permitió que Valero lo identificara. Era el taxista.

-Quihubo, jefe –dijo-. Qué pequeño es el mundo, ¿verdad?
Valero retrocedió hasta que una reja lo detuvo.
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