int(1) Relatos de Terror: El síndrome de Estocolmo




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26/06/11
Underhersoles

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El síndrome de Estocolmo
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Aunque ni Abril ni Mayo abrieron la puerta, Alfaro siguió adelante. Cuando algo no salía como se había planeado, había que cancelar cualquier movimiento. Pero la cochera quedaba muy lejos de la ciudad y a Alfaro no le complacía la idea de volver más tarde. Acabaría con aquello de una vez y luego se marcharía a relajarse como se le antojara. Dado que la contraseña -tocar cuatro veces a intervalos regulares- no había servido, Alfaro abrió el batiente y se congratuló de que no hiciera ruido. Entró en un espacio tenebroso. Había cajas por aquí y por allá y era evidente que el suelo no había sido limpiado en mucho tiempo. Lamentó que sus cómplices no hubieran tenido la previsión suficiente como para evitar que las suelas de sus zapatos se mancharan de aceite y mugre. No había que dejar prueba alguna de que alguien más que Sosa había estado ahí.

Sosa había sido la más reciente víctima del clan. Abril, Mayo y Alfaro trabajaban para Enero, el líder de la banda, quien no había conseguido que su eficiente sicario aceptara ser conocido como un mes del año. La familia Sosa era multimillonaria; el hijo menor, un dandy hecho y derecho, representaba una fortuna que no había que dejar pasar. Abril y Mayo lo habían emboscado a las afueras de un spa lujoso pero de dudosa reputación, y lo habían llevado en camioneta a la remota cochera donde lo retendrían hasta que la familia pagara un millón de dólares. El plazo concedido había sido de un mes. La familia del secuestrado fue incapaz de ser discreta. Metió en el asunto a la Agencia Federal de Investigación, y ya planeaba hacer lo propio con el FBI cuando, viendo que le era imposible localizar el paradero de su pariente, reunió el dinero con absoluto sigilo y comisionó a Ugalde -el abogado de la familia- para hacer la transacción que salvaría la vida del desaparecido. Pero, según supo Alfaro, el plazo transcurrió sin que el rescate se pagara. Abril, alegando que seguía órdenes de Enero, se lo comunicó. No tuvo que decir nada más.

Alfaro era el encargado de acabar con las víctimas. Abril y Mayo se las arreglaban para torturar, pero carecían de sangre fría. Jamás llegaban demasiado lejos en sus tormentos. Preferían que otro pusiera el punto final. Habían dejado a tres mujeres y a dos hombres con sendas mutilaciones, pero vivos, y sólo dos ancianos, una niña y tres adolescentes habían tenido que ser sacrificados. Alfaro no perdía tiempo. Desenfundaba, apuntaba a la cabeza y tiraba del gatillo. Haría eso al advertir que sobre un catre percudido yacía un cuerpo con la cabeza encapuchada. Estaba vestido con ropa elástica y tenis, y una cadena lo sujetaba por un tobillo a la cabecera de hierro. Alfaro no se atrevió a encender la bombilla que pendía del techo. La poca, casi nula iluminación que le permitía trabajar provenía de la luz de la luna, que incomprensiblemente lograba entrar a través de la ventana, cuyos cristales habían sido pintados de negro antes de que comenzara la operación “Sosa”. Alfaro desenfundó la automática, la engalanó con un silenciador, reparó en que su víctima respiraba apenas perceptiblemente y, por último, disparó. Un agujero se agregó a la cabeza del hombre yaciente, que no se movió más. Alfaro devolvía el arma a la sobaquera cuando vio que la parca luz que entraba cobraba intensidad.

Le bastó con escuchar más de un motor que se apagaba para salir por piernas. Estaba planeado que, en caso de que alguien llegara ante el sitio, la salida se haría por una puerta trasera, apenas visible porque era de menos de un metro de alto y estaba oculta tras un follaje altísimo. Alfaro se evadió a tiempo. Los agentes que entraron en masa no lo descubrieron. Mientras ellos alumbraban el derredor con linternas y apuntaban sus armas hacia la oscuridad, el sicario se arrastraba sobre el pecho. Se alejó casi cien metros antes de poder incorporarse. Vio que su auto se hallaba a salvo donde lo había dejado. Lo abordó y se alejó a toda prisa.

Algo había salido mal. Era obvio. La ausencia de Abril y Mayo habría bastado para cancelar el proyecto. Siempre había que asegurarse de que todos los implicados continuaban debidamente inmersos en el fango en que se habían metido. Alfaro se dirigía a la ciudad mientras, inevitablemente, la palabra “traición” se apoderaba de sus pensamientos. Encendió un cigarrillo, abrió la ventanilla hasta la mitad y subió el volumen de la radio, seguro de que en cualquier instante escucharía una noticia sobre el malhadado fin de aquella empresa. Efectivamente, una estación transmitía los sucesos más recientes sobre el secuestro de Sosa. Alfaro sintió cómo palidecía al escuchar que Lucio Coello, alias “Enero”, había sido aprehendido por la AFI horas antes, luego de que una llamada anónima informara sobre su paradero. Enero cantó luego de dos minutos de resistirse a ser persuadido. El muy cobarde era el presunto líder del clan y no tardaba en delatar a los otros. Pero más sorpresivo para Alfaro fue escuchar que en la cochera se había hallado el cadáver de alguien que no era Sosa. Los forenses le habían quitado la capucha al cuerpo de un tal Reynaldo Casillas, alias “Mayo”. ¿De quiénes no se sabía nada? De Abril, del mismísimo Sosa y de Alfaro.

El rescate había sido pagado. Muchos billetes sin marcar habían sido puestos dentro de una enorme caja que contuviera un estéreo, y que Ugalde había llevado en su propia camioneta a un tiradero solitario. Dejó la caja junto a un montón de bolsas llenas de desperdicios y, aterrado por el olor que lo circundaba y porque de pronto escuchó un ruido que le puso los pelos de punta, volvió a su vehículo y se alejó a toda prisa. Diez minutos después, el conductor de un camión de basura puso la caja en la parte trasera del camión y se dirigió hacia las afueras del tiradero. Depositó la carga en la cajuela de un taxi de cuatro puertas y sin placas y, luego de que la mujer constatara la presencia del dinero, con increíble velocidad puso una navaja ante los ojos del hombre y enseguida le abrió la garganta.

La familia Sosa estaba consternada. No podía explicarse qué había pasado. Confesaron que habían pagado antes de que alguien denunciara a Enero, pero les resultaba imposible comprender por qué no habían hallado aún al secuestrado. El hecho era que las investigaciones tendrían que continuar. Gracias a la radio, Alfaro supo que se planeaba vigilar celosamente toda terminal de autobuses y todo aeropuerto existente en el país. Enero describió a Abril para que un artista hiciera un retrato, que fue exhibido por televisión junto con el de Sosa. Pero ¿habría dado también una descripción de Alfaro? Nunca hubiera podido. Enero no lo conocía. Alfaro se había cuidado siempre de trabajar para él sin que tuvieran contacto visual. La única persona que podría describirlo era la propia Abril. Ella se había cuidado de verle la cara un día; lo admiraba en secreto por su sangre fría, por ser más valiente que Enero y Mayo, por tener la capacidad de hacer aquello que otros no podrían jamás. Habían conversado algunas veces. Abril miraba candentemente a Alfaro, y éste se afanaba en vano en impedir que aquella mirada lo afectara.

¿Adónde iría Alfaro? Que Enero no lo hubiera descrito físicamente no implicaba que siempre fuera a gozar de impunidad. Abril no se había tentado el corazón para deshacerse de Mayo y traicionar a Enero, de ahí que tal vez dependiera del tiempo que se contactara con la policía para hablarle del sicario. Había que moverse con rapidez. El plan había establecido que, en el evento de una visita de las autoridades, quienes lograran escapar se trasladarían de inmediato a la guarida de Kessler, el viejo cirujano que operaba en la clandestinidad. Él se encargaría de dar nuevos rostros a los fugitivos, preludio a la huida de éstos al extranjero. Nada se había dicho de Kessler en la radio, pero ello no significaba que el cobarde de Enero no lo hubiera mentado.

Eran las dos de la madrugada. Alfaro detuvo su auto a tres cuadras del viejo edificio en cuyo sótano se hallaba el cirujano. Todo parecía estar en calma. El sicario anduvo sigilosamente hacia el edificio, sin dejar de mirar a derecha e izquierda. No se sentía seguro, ni aun teniendo en cuenta que Enero no lo había podido entregar. Cuando llegó ante su destino, vio que no había rastro alguno de patrullas. Sintió confianza, entró, tomó los escalones que conducían al sótano. Tocó a la puerta, que tenía un postigo que se abrió dos segundos después para dejar al descubierto un par de ojos enrojecidos. Era Igor, el asistente de Kessler. Elevó las cejas.

-Abre -dijo Alfaro.
-¿Quién lo pide?
-Él -Alfaro le presentó el cañón de su automática.

Los ojos parpadearon dos veces antes de dirigirse al pestillo. La puerta se abrió. Alfaro cerró tras sí y se encargó de que Igor caminara ante él. Cruzaron un pasillo siniestro, de muros grisáceos e iluminado por largos focos de neón que titilaban incesantemente. Llegaron al “consultorio”, un espacio de cuatro metros cuadrados donde había un par de camillas y un montón de anestésicos e instrumentos cortantes sin esterilizar. Kessler, con la bata cubierta de salpicaduras de sangre y un cubre boca ocultándole la manzana de Adán, bebía cerveza oscura en un tarro. Se atragantó cuando vio llegar a Igor y compañía. Alfaro cerró la puerta a sus espaldas y le ordenó a Igor que se ubicara junto a su jefe.

-¿Me reconoces, Kessler? -preguntó Alfaro.

El cirujano, boquiabierto, miraba extrañamente al recién llegado.

-Claro -contestó.
Alfaro frunció el entrecejo.
-Eso quiere decir que Abril estuvo aquí, ¿cierto?
-¿Abril?
-La chica. Trabajaba con Enero. Lo denunció y ahora está prófuga. No es fácil confiar en las mujeres, ¿no crees?
-Sólo cuando pagan bien -Kessler dio un trago más a su bebida-. ¿No estás satisfecho con el trabajo?
“Qué rara pregunta”, pensó Alfaro.
-Eso quiere decir que estuvo aquí -dijo.
La punta de su índice acariciaba el gatillo.
Kessler asintió.
-Se fue diez minutos antes de que llegaras.
-¿A quién se parece ahora?

El interrogado se relamió los labios. Entretanto, Igor pecó de indiscreto al querer ponerse ante una mesa llena de objetos y tomar un bisturí. Alfaro le disparó en la entrepierna. Igor ahogó un gemido y cayó al suelo en posición fetal; un charco de sangre comenzó a crecer a su alrededor. Kessler estaba otra vez boquiabierto.

-Tendrás más trabajo- dijo Alfaro-. Reconstruirle las pelotas. Ahora, ¿cómo quedó Abril? ¿Te dijo adónde iba?
-¡No entiendo nada! -el tarro temblaba en la mano del cirujano. Había palidecido e instintivamente se había cubierto los genitales con la otra mano.

Alfaro elevó el brazo. Apuntó directamente a la cabeza de Kessler.

-¿Cuánto pasará antes de que se quite las vendas?
-¡Ella quedó igual!-gritó Kessler, soltando el tarro y llevándose los antebrazos a la cabeza-. ¡No le hice nada! ¡El que cambió fue el tipo! Pensé…

Alfaro describió a Sosa y su interlocutor asintió. Ésa era la respuesta. Abril se había enamorado de Sosa y ambos habían elaborado un segundo plan. Se quedarían con el dinero y de paso apartarían del camino a Enero, Mayo y al propio Alfaro. Meterían en el asunto a Kessler para que no fuera tan sencillo identificarlos. Ahora tenían un millón de dólares y, sin duda, se preparaban para gastarlo en algún lugar. Pero ¿dónde? Además, ¿por qué Abril no se había hecho cirugía? Quizá ignoraba que Enero la había descrito fielmente, quizá no había tenido tiempo para escuchar la radio. Debía de sentirse segura, lista para escapar con Sosa. Sin duda lo amaba, pues nada le hubiera costado eliminarlo una vez que tuviera el dinero pagado por Ugalde.

-Supongo que no dijo adónde iría -acertó Alfaro.
-Claro que no -Kessler no dejaba de temblar-. Sólo la escuché decir algo sobre un molino o algo así.

Alfaro invirtió un segundo en tratar de hallarle sentido a aquello. ¿Qué lugar conocería Abril que tuviera un molino? Igor cometió la torpeza de querer levantarse. Se aferró a uno de los soportes de la camilla y la movió. Un tiro en la cabeza le devolvió la quietud. Kessler dio un respingo y se echó a llorar.

-¿Te pagó bien? -le preguntó Alfaro.
-Muy bien. Hice uno de mis mejores trabajos. No lo creerías…
-Sí. Pero hay cosas que no pueden corregirse.
Kessler elevó las cejas. Entre ellas penetró una bala.

Alfaro tenía hambre y sueño, pero no perdería el tiempo en comer ni mucho menos en dormir. Debía encontrar a Abril y silenciarla antes de que se pusiera a cantar. La hija de puta no se tentaría el corazón para denunciarlo en caso de que la encontraran. Era de esperar que ella y el otro aún estuvieran en la ciudad. Sosa debía de estar con la cabeza envuelta en vendajes, de ahí que no le conviniera andar en público. Lo más probable era que ambos esperarían unos cuantos días antes de largarse a cualquier lugar. Con un millón de dólares podían ir adonde se les antojara. Abril había llegado a comentar algo al respecto. Su máximo sueño radicaba en establecerse un día en un paraíso tropical, debidamente acompañada. Disfrutaría de su fortuna, de una nueva identidad y de un sujeto al que obligaría a satisfacerla el tiempo que fuera necesario. Luego se desharía de él y lo reemplazaría con el que quisiera. El idiota de Sosa había caído en la trampa. Se había dejado utilizar. No tardaría en estar muerto. Seguía siendo extraño que Abril lo hubiera llevado con Kessler. ¿De qué serviría que tuviera un nuevo rostro, si moriría fatalmente?

Un molino. Ella había dicho algo sobre un molino. ¿Dónde diablos había uno? Alfaro se preguntaba esto una y otra vez mientras regresaba a su auto. Se detuvo ante él y tomó la decisión de dejarlo. No había que descartar que Abril hubiera hablado nuevamente con las autoridades, acaso para dar santo y seña del vehículo utilizado por el avezado matón. Siguió de largo, encendió un cigarrillo, advirtió la extrema soledad de la calle. A su derecha había un hotel de paso. Entró, halló dormido al dependiente y, en lugar de despertarlo, tomó una llave y se encaminó a un cuarto. Había ahí una televisión. La encendió y sintonizó un canal de noticias para desvelados. No esperó mucho antes de que hablaran del caso Sosa. Enero fue exhibido ante las cámaras. Su cara de cobarde presentaba cicatrices que antes no tuviera. También se transmitieron los retratos de Abril y de Sosa. La madre de éste apareció llorando ante el locutor y rogó a “esa desalmada” que le devolviera a su hijo, sobre todo teniendo en cuenta que ya le habían pagado el rescate. Lejos de conmoverse, Alfaro celebró en su fuero interno que no se hubiera hecho mención de él.

Se dejó caer de espaldas en la cama y al punto se incorporó otra vez. Sintió que algo había manchado su gabán. Se acercó a un espejo y como pudo se vio la parte trasera del hombro izquierdo. Una pequeña mancha pegajosa. Ni siquiera había mucamas en ese lugarejo. Se dedicaría a dar vueltas en diagonal, a la par tratando de concluir dónde podía hallarse la pareja. Se puso un cigarrillo entre los labios y sacó la cajita de cerillos desprendibles. Sólo le quedaba uno. Lo encendió y se quedó con él en la mano. Comenzó a extinguirse lentamente, amenazando con quemar las yemas de los dedos que lo sostenían. Alfaro se había quedado de una pieza. El interior de la cajita contenía la respuesta a su duda. Evocó fugazmente la última vez que había charlado con Abril. Habían fumado. Habían encendido los cigarrillos gracias a ella. Sus cerillos terminarían en el bolsillo de él. Lo había hecho a propósito, pues en ellos figuraban los datos de localización del sitio donde se ocultaría con Sosa.

La llama tocó las yemas de los dedos. Alfaro reaccionó. El cerillo apagado cayó al piso. El cigarrillo no encendido volvió a la cajetilla. Alfaro leyó y releyó aquel domicilio, escrito con letra menuda y clara, típica de una mujer. Ahí lo estaban esperando Abril y Sosa. No se molestó en apagar la televisión. Se encaminó a la puerta y la abrió. Halló en el umbral al dependiente, sujeto alto, corpulento, de grueso bigote y ropa vaporosa que no le favorecía. Sostenía un bate entre las manos.

-¿Te metiste como si nada, cabrón? -preguntó.
-No quise interrumpir tu sueño.
-O apoquinas o te parto la madre.

Fue soberbio el juego de manos de Alfaro. En menos de dos segundos se apropió del bate y lo impactó contra la cabeza del dependiente, quien cayó de espaldas y empezó a convulsionarse. Alfaro le tiró el bate encima y se marchó.

El molino pertenecía a un viejo casco de hacienda ubicado fuera de la ciudad. Era un sitio abandonado. La mejor referencia para dar con él era el famoso molino, que podía ser considerado una atracción. En las afueras del hotelucho, Alfaro se adueñó de un taxi que dejaba a una puta. El taxista quedó en la banqueta con el cráneo agujereado.

Amanecía cuando Alfaro distinguió su destino. El follaje circundante había crecido notablemente. Parecía una pequeña selva. Apenas era discernible el remate de la construcción, mientras que del molino sólo se veía la punta de su enorme rueda de madera. Alfaro bajó del taxi y se encargó de que anduviera solo hasta hundirse en una cuneta donde quizá nadie lo buscaría. Se acercó entonces al lugar, abriéndose paso entre el follaje y el silencio. Hacía frío, pero Alfaro estaba demasiado emocionado para sentirlo. Se detuvo bajo una ventana y dejó pasar dos minutos antes de hacer otro movimiento. Llegó a escuchar ruido de pasos. En definitiva, alguien se movía por el interior. Se asomó al fin. En el recinto, que en otro tiempo tal vez fuera la habitación principal, se encontraban Abril y un sujeto echado en un camastro y con la cabeza cubierta de vendajes. Ella se había cortado y teñido el pelo, y unos lentes de contacto le habían cambiado el color de los ojos. Junto al camastro figuraba una enorme caja de cartón que identificaba a un estéreo y que sostenía un surtido de ampolletas y tabletas. Abril, vestida sólo con un pantalón de mezclilla y una ombliguera, andaba de acá para allá, fumando y con la mirada baja. Era claro que reflexionaba. En cuanto a Sosa, se movía apenas; debía de sentir dolor a causa de la transformación a que lo había sometido Kessler.

No había tiempo que perder. Alfaro se escurrió hasta una puerta y la encontró sin cerrojo. Crujió un poco al abrirse. Entró cuidadosamente, con la automática en la mano, listo para sorprender a aquellos miserables. Anduvo hacia la habitación y se quedó quieto al notar que Abril empezaba a quitar los vendajes de la cabeza de Sosa. Éste gemía como una mujer mientras la húmeda gasa se desprendía de su rostro reconstruido. Abril no se andaba con rodeos. Quitaba aquello sin importarle la reacción del paciente. Al fin terminó. Alfaro tragó saliva y en un instante evocó la reacción que tuviera Kessler al verlo, así como una de las preguntas que éste le hiciera.

¿Por qué Abril había hecho aquello? El cirujano alemán había hecho de Sosa una reproducción de Alfaro.
Abril encendió un nuevo cigarrillo y miró a Sosa con autosuficiencia.
-¿Y bien? -preguntó el sujeto-. ¿Cómo quedé?
-Nada mal -dijo Alfaro, entrando con la pistola en ristre.

Abril sonrió extrañamente, pero Sosa se puso en pie de un salto y afectó temor.

-Sabía que encontrarías la respuesta -dijo la mujer.
-Casualidad.
-¿Quién es éste? -terció Sosa.
-Quien debía matarte -le contó Abril.
-¡Qué!
-Y nunca dejo un trabajo sin terminar -dijo Alfaro.
Tiró del gatillo. Su doble cayó sobre el camastro con un hoyo en la frente y los ojos abiertos.
Alfaro no guardó el arma. Se aproximó a Abril, la tomó por el pelo y le puso el cañón bajo la barbilla.
-Habla.
-¿Qué quieres que diga?
-Lo sabes.
-No puedes negar que no te traicioné. Sólo yo te conocía en persona.
-Alguna razón habrás tenido para no denunciarme.
-Claro.
Silencio.
-Estoy escuchando.
-Quiero tener con quién compartir mi dinero.
-Ahora te pones romántica.
-Soy sincera. Te amo. Me aproveché del estado de Sosa para cambiar el plan. ¿Sabes lo que es el “síndrome de Estocolmo”?
-Sé que me lo vas a decir.
-El estado en que el secuestrado termina poniéndose de parte del secuestrador.
-Ya.
-Sosa se enamoró de mí y estuvo de acuerdo en que huyéramos. En cuanto pagaron el rescate, volví por él, anulé a Mayo y lo dejé en su lugar. Llamé a Enero para decirle que no habían pagado nada. Ahí entrarías tú. Llegarías, matarías a quien hallaras en el catre y te irías, ¿cierto?
-Vas bien.
-Justo después de llamar a Enero, lo denuncié. No pensé que llegarían tan rápido a la cochera, pero no dudé que escaparías. Llevé a Sosa con Kessler para que lo transformara en tu mellizo.
-¿Tenías fotos mías?
-No. Soy muy buena para las descripciones.
-En fin, ¿para qué fue todo eso? ¿Qué ganabas con hacer que Sosa se pareciera a mí?
-Tu muerte. Ya no habrá nadie que dé razón de lo que ocurrió con Sosa. A la larga se creerá que escapó conmigo. Buscarán a un tipo con las características de él, no con las tuyas.
-¿Qué pasará cuándo encuentren “mi cadáver”?
-¿Quién sabe? Ahora debemos preocuparnos por nosotros. Ha llegado el momento de hacer realidad mi sueño.
-Irte a un paraíso tropical con un tipo, vivir como reina, hartarte al rato…

-Exacto.

Ella abrazó a Alfaro por la cintura y adelantó el rostro, pero él no quitaba el arma de su lugar.

-Llevo veinte años en este negocio -dijo Alfaro.
-¿Ya es hora de jubilarte?
-Sí. Siempre he querido pasar mi vejez con calma.
-Mejor conmigo, ¿no? ¿Vas a quitar ese cañón de ahí?

Lo quitó tras disparar. La coronilla de Abril voló en pedazos. Un segundo cadáver cayó sobre el camastro.

-Lo siento, amor -dijo mientras enfundaba el arma-. Me conviene que toda la banda haya caído. Pasará un rato antes de que los encuentren a ustedes. Mientras tanto escucharé música a solas. Así me gusta más.

Se inclinó sobre la caja de cartón y la abrió mientras sonreía.
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