int(1) Relatos de Terror: La canícula




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12/12/11
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La canícula
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Suárez dejó la ciudad fronteriza para evadir el matrimonio; ya se había comprometido con Yolanda, hija de don Rafael Atlas Escobedo, exitoso empresario, pero un súbito acceso de temor lo obligó a hacer las maletas y huir, en medio de la noche, con rumbo a la capital.
Con un par de mudas de ropa y algo de dinero se vio en la ciudad inmensa, inseguro respecto de qué hacer para sobrevivir durante más de una semana. Cuando pasó de largo un establecimiento sólo para mujeres, creyó que había encontrado una fuente de trabajo propicia. Dado que su cuerpo revelaba continuas sesiones en el gimnasio y una simetría sin par, pudo colocarse como stripper, auxiliado por un tipo que le ofreció su amistad a cambio de favores homosexuales; Giorgio (así se llamaba) le enseñó algunas rutinas para encantar a las fulanas y enseguida esperó su premio, consistente en acostarse con su alumno; pero éste, propenso a romper compromisos, lo molió a golpes y lo obligó a deslindarlo del ataque, so pena de morir horriblemente. Giorgio contó después, a quien le preguntó por sus heridas, que lo habían asaltado en una calle oscura. Nadie lo dudó, sobre todo porque en las inmediaciones del recinto abundaban los delincuentes.
Suárez debutó una noche, cometiendo diversos errores en virtud de la falta de experiencia; le encantó, sin embargo, ser visto casi desnudo por cientos de tipas que, apiñadas en torno a mesas pequeñas y bebiendo sin moderación, babearon al notar su musculatura e imaginar lo que tenía en la entrepierna. Entre ellas se hallaba Columba, una señora divorciada podrida en dinero que solía ir al sitio, con el mero fin de comprar los favores de cuanto efebo musculoso le interesara. Habló con el capitán y le exigió que mandara a Suárez a una cabina privada. El norteño llegó, practicó una rutina harto sensual y, antes de que pudiera defenderse, se vio sin calzón y con el miembro aferrado entre los labios de Columba. La felación duró más de veinte minutos y al cabo produjo que la chupadora casi se atragantase con el semen. Procedía seguir el encuentro sexual en casa de la fulana, que retribuyó los favores con cantidad de billetes de alta denominación.
Suárez se mudó a casa de Columba, que estaba en Las Lomas; una residencia enorme, con alberca incluida. Ahí, Suárez satisfizo una y otra vez a la vieja, habiendo olvidado ya a Yolanda y todo lo relacionado con su antigua vida. Ignoraba, sin embargo, pormenores de la vida de su amante; Columba había estado casada con un capo de la droga, de ahí su fortuna, un tipo que además destacaba por sus celos enfermizos. De cuando en cuando mandaba emisarias al club de strippers para indagar sobre las andanzas de Columba, a fin de enterarse de si ésta se metía con alguno de los “bailarines”. El caso es que Romina, una fulana que ejercía como guardaespaldas del mafioso, visitó una noche el antro e hizo preguntas; el capitán quiso anteponer la discreción de sus clientas y por ello se ganó una trompada que le rompió la nariz; a la postre confesó que Columba “quizá” se había marchado con un tal Suárez, a quien Giorgio conocía mejor. Romina se ocultó con Giorgio en un privado y lo interrogó sobre el otro; se entenderá que, por despecho, el marica dio santo y seña de Columba y afirmó, casi llorando de rabia, que Suárez se había marchado a casa de ella hacía dos semanas. Por desprecio a los maricas, Romina noqueó a Giorgio de una patada y fue a dar parte de lo descubierto a su jefe.
Para abreviar, sépase que la propia Romina, previas órdenes del capo (cuya iracundia casi lo mató de un infarto), irrumpió en casa de Columba y, tras decirle que su ex marido había decidido escarmentarla por sus lances con “escuincles”, le rompió el cuello. Suárez no estaba en ese momento (había ido a comprar ropa), de modo que cuando llegó se topó con el cadáver y estuvo cerca de desmayarse; Romina salió de alguna parte, dispuesta a torturarlo hasta la muerte, pero Suárez fue más rápido y salió de un salto por la ventana del cuarto, luego avanzó a zancadas hasta los linderos del jardín y, con increíble soltura, escaló un muro y se vio en la calle. Romina lo persiguió tan ágilmente como pudo, pero acabó resbalando y quedando rendida en el piso por media hora, agotada.
Suárez tardó un día en calmarse, encerrado en un hotelucho, sin saber qué hacer. Nunca había amado a Columba, pero se había propuesto quedarse con ella para vivir a cuerpo de rey sine díe, dando a cambio su virilidad y pláticas anodinas; además, quizá con el tiempo obtuviera una herencia. Ahora todo se había ido al carajo por culpa de una asesina. Ni hablar, había que ver hacia delante. Contó el poco dinero que le quedaba y supo que más le valía dejar la ciudad, so riesgo de ser hallado en breve y muerto a saber de qué forma espantosa.
¿A dónde ir? A menos que volviera a su ciudad natal, tendría que andar peregrinando, quién sabía si con la misma suerte obtenida en la capital, donde al punto había hallado trabajo y una mantenedora. Resolvió volver de incógnito a su terruño y esperar que Yolanda se hubiera casado con otro, con tal de no seguir sintiéndose obligado al matrimonio ni forzado a disculparse por haber roto el compromiso sin avisar.
En la ciudad fronteriza las cosas habían ido de mal en peor. El calor se había incrementado como nunca, alcanzando el termómetro 43 grados a la sombra. No pocos habían muerto ya, pese a haber tolerado olas de calor en reiteradas ocasiones. Esto era especial, insospechado. El camión que dejó a Suárez en la terminal iba prácticamente vacío, pues a nadie le apetecía acercarse a esa región dominada por el calor infernal. Desde antes de arribar, Suárez sudaba ya como desesperado y al punto lamentó su decisión de volver. Con todo, mientras gozaba del aire acondicionado en el interior de la terminal vacía, se dijo que soportaría aquella calamidad estoicamente.
Aun cuando había resuelto andar de incógnito, al punto fue abordado por un empleado de don Rafael Atlas Escobedo. El empleado era el chofer y, de ser el caso, el golpeador. Atrajo la atención de Suárez con un carraspeo y le avisó que lo llevaría con don Rafael. Suárez quiso saber cómo diablos se había enterado de su regreso, pero no obtuvo respuesta, sino la reiteración del aviso y el añadido de que una negativa implicaría empujones y brazos retorcidos. Suárez no se hizo rogar, pues ya había tenido suficiente de sobresaltos en casa de Columba, de modo que siguió a Ramos (el empleado) a un auto de lujo, equipado con excelente aire acondicionado.
Llegaron a casa de don Rafael, que Suárez conocía perfectamente. Ramos lo escoltó al despacho de aquél y se quedó cerca, por si algo se le ofrecía a su jefe. Escobedo tardó en mirar a Suárez; se dedicó a leer algo durante tres minutos, bebiendo sangría a la par, y al fin miró a quien hubiera sido su yerno. Lo llamó “basura”, entre otros epítetos no menos despectivos, y demandó no escuchar preguntas sobre cómo se había enterado del regreso de Suárez o dónde había estado. Suárez no dejaba de tragar saliva; los nervios lo traicionaban. Escobedo le espetó que, dado que no se había tentado el corazón para dejar a su hija para vestir santos, ahora tendría que sacarse esa espina.
—Mi hija desapareció —dijo, con voz aguardentosa—. Después de que la abandonaste se deprimió. Casi se suicidó con mi Desert Eagle. La mandé un rato al psiquiátrico, donde conoció a Guzmán, un joven loco que la conquistó y acabó llevándosela. ¿A dónde? Quién sabe. Tú lo descubrirás y la traerás de vuelta. Así pagarás por lo que hiciste. Ramos te vigilará. Intenta largarte otra vez y verás lo que es morir sin que el calor te mate. Fuera.
Lo llevaron a la casa paterna, donde supo que sus padres habían muerto de calor. Eulalia, la criada, había sobrevivido gracias al aire acondicionado, que sus patrones habían mandado instalar poco antes de quedar inconscientes para siempre. Suárez se instaló en su viejo cuarto y, fumando, masculló imprecaciones contra medio mundo y rezó por despertar de aquella pesadilla. Al rato, sin embargo, se resignó a jugar al detective privado y se dispuso a iniciar las pesquisas.
Esperó a que llegara la noche para que el calor disminuyera, pero notó que el termómetro marcaba treinta grados a pesar de la ausencia del sol. Bañado en sudor, pero contento por no tolerar la luz del día, se encaminó al Willis Bar, que antaño solía estar lleno a esas horas. Ahora había un puñado de clientes abúlicos, diseminados en las mesas, lamentando a media voz que la canícula estuviera matando a todos. En una esquina figuraba Roberts, un viejo de Chicago que desde hacía décadas vivía en la ciudad, tras haberse estrellado cerca la avioneta en que viajaba, cargado de droga que no pudo vender a capos locales, pues éstos la tomaron con tranquilidad del sitio del accidente y dieron al piloto por muerto. Como no fue así, se internó en la ciudad, alteró su apariencia y, como hablaba español mal que bien, decidió quedarse. Encantado por lo que los más viejos residentes le contaban, se autonombró cronista y empezó a publicar sus “crónicas” en el diario citadino que, por cierto, pertenecía a Escobedo. Vio a Suárez e hizo una mueca acaso de gusto.
Suárez no vio a Juanjo tras la barra; en su lugar había una señora regordeta, con gesto displicente. Suárez preguntó por aquél y se enteró de que había muerto de calor, mientras volvía de Texas; perdió al sentido al ingresar en la ciudad y se estrelló contra un poste. Se determinó que ya estaba muerto por culpa de la maldita canícula. Suárez se limpió el sudor de la cara (que volvió a empaparse) con una servilleta y ordenó una cerveza, agregando que nunca sabría por dónde empezar a buscar a Yolanda. Lo dijo porque Juanjo se enteraba de todo, tanto por ser un chismoso como porque todo el mundo le contaba lo que ocurría y dejaba de ocurrir en la ciudad. La regordeta encogió los hombros, cumplió la orden y se alejó.
—Yo te puedo ayudar —oyó Suárez.
Era Roberts, que se había colocado junto a aquél, sonriendo.
—¿No te acuerdas de mí? —preguntó Roberts—. Te conozco desde que eras niño, igual que a Yolanda. Buy me a beer y te contaré cosas.
—¿Qué cosas? —dijo Suárez—. ¿Quién diablos es usted?
—El cronista. Todos me conocen. Tú también, pero no te acuerdas.
—Ha de ser el calor.
Llamó a la tabernera y le ordenó una cerveza para Roberts. La mujer miró con desprecio a “ese gringo” y, de mala gana, llenó un tarro con cerveza de barril y, de peor modo, lo puso ante el cronista, que bebió un largo sorbo antes de continuar.
—Esta canícula es culpa de Guzmán, el brujo que conoció Yolanda en el manicomio.
—Nadie me dijo que era brujo.
—Pero ¿has oído de él?
—Sí, por don Rafael. Me dijo que ese cabrón se llevó a Yolanda y quiere que yo la recupere. Hágame el favor.
—Yolanda está en la ciudad. ¿Dónde? Quién sabe. Antes de que todos los policías murieran de calor o huyeran, investigaron en la aduana y se supo que ella no había cruzado la frontera. Además, aquí la buscaron casa por casa y tienda por tienda, y no la hallaron.
—Pero está en la ciudad.
—Todavía no termino.
Sobrevino el silencio. Roberts veía extrañamente el tarro vacío. Suárez entendió y pidió que se lo rellenaran. Otra vez aprovisionado, el cronista prosiguió:
—Investigué en el manicomio y descubrí que Guzmán is fuckin’ crazy, man! Se siente la reencarnación de Adolfo Constanzo, de quien habrás oído.
—Jamás.
—Un bastard que se creía hechicero, pero en realidad era serial killer y drug dealer. Sembró el terror en esta ciudad, formando un culto de drogotas que empezaron a realizar sacrificios humanos. El problema comenzó cuando se les ocurrió matar a un american. La policía de aquí se movió porque los presionó Texas, así que se largaron a Mexico City, donde lo mataron a tiros. Guzmán cree que Constanzo reencarnó en él, así que comenzó a formar su culto y sedujo a Yolanda.
Suárez se había preocupado.
—¿Y han matado gente?
—Claro, desatando la canícula. Así evitan que los declaren culpables.
—¿Qué pendejada es ésa?
—Chill out. ¡Otra cerveza, woman!
—¿Se la invita? —preguntó la fulana a Suárez, que asintió.
Roberts bebió medio tarro antes de proseguir.
—Guzmán es un brujo de verdad, sabe de ocultismo como no te imaginas, buddy. Halló libros que le enseñaron a dominar el clima de la ciudad. El problema fue que desapareció en cuanto trajo el calor del infierno.
Suárez se había rascado una sien.
—O sea —balbuceó—, o sea que este calor fue provocado por él.
—Right.
—Ya bebiste mucho —Suárez se levantó—. Me voy, friend. Tengo una chica que encontrar.
—Yo no había terminado.
Suárez arrojó dinero a la barra y se encaminó a la salida.
—Wait! —gritó Roberts y corrió tras él, al tiempo que decía: —El hechizo tuvo éxito. Al principio se creyó que todo era causa del cambio climático, pero después resultó que no. Then, alguien pensó que los dueños de las maquiladoras, siguiendo un plan de los americans, se habían aliado con el government para probar en este sitio un arma de destrucción masiva, que alterara el clima para matar a todos de calor. Mr. President se enteró de esto y se burló de todo México por creer tal patraña. Al final no hubo más remedio que creerme.
Recorrían la calle vacía, ebrios de calor. Se metieron a una tienda de helados para sentir un poco de frío. Nadie atendía el local. Roberts abrió un refrigerador y tomó una paleta; le dio una mordida y prosiguió:
—Publiqué una crónica donde hablé de Guzmán y sus aficiones; los libros que encontró son originales; desaparecieron del manicomio donde estaba. ¿Sabes quién los había ocultado ahí? Yo tampoco, por lo que mi crónica quedó incompleta. Anyway, sin duda por esos libros supo cómo provocar este calor y dónde refugiarse para evitarlo.
Suárez encendió un cigarrillo. Todavía nadie aparecía para atenderlos. Miraron la calle vacía un rato.
—Si lo que dices es cierto —dijo Suárez—, sólo tengo que saber dónde chingados se refugiaron, ¿no? Ahí estará la puta de Yolanda; la voy a agarrar de los pelos para llevarla con su papi. ¡A ver si así dejan de chingarme!
—Easy —dijo Roberts—. ¿Dónde te esconderías para evitar este calor?
—No me escondería. ¡Me largaría!
—Pero ya te dije que no se probó que ellos se hubieran ido. Además, han de querer ser testigos de su maldad.
—No estoy para adivinanzas. ¿Sabes dónde se escondieron o no?
—¿Conoces el taller de Manolo?
—Sí, pero no recuerdo dónde queda. ¿Ahí se ocultaron?
—Let me finish! —manoteó Roberts—. Lo que te voy a decir te pondrá los pelos de punta. Debajo de esta ciudad hay otra, más antigua de lo que te imaginas. Lo supe porque, antes de la canícula, la policía y la DEA le cayeron de sorpresa a Manolo; les habían avisado que en su taller había un túnel que llevaba al otro lado…
—La ciudad está llena de esos túneles, friend.
—Chill out! Éste no era túnel de narcos, buddy, sino la entrada a la otra ciudad. Piensa en Agartha, en Shamballa…
—¿Qué?
—Algunos policías fueron a investigar, pero nunca volvieron; un american agent también fue, pero en lugar de regresar mandó un mensaje por radio: que nadie más intentara bajar a la otra ciudad.
—Buen cuento.
—¿Cuál cuento? —se indignó Roberts—. Es obvio que ese agent fue tomado como rehén. La única explicación es que Guzmán y Yolanda están allá abajo. ¡Sólo tienes que ir!
Suárez creyó que ya había oído suficiente. Se alejó sin decir esta boca es mía, y celebró en su fuero interno que el cronista no lo siguiera esta vez. Las calles vacías no parecían un lugar digno para morir; cada vez que sentía que el calor lo haría desmayarse, se metía en cualquier local para que el aire acondicionado lo reanimara. Había decidido continuar la búsqueda al día siguiente; de momento quería volver a casa y dormir, al amparo del aire acondicionado y sin pensar en las tonterías que acababa de escuchar.
Iba a pasar de una esquina a otra cuando se quedó inmóvil, con la vista fija en un zaguán abierto, cuyo interior estaba débilmente iluminado por un foco amarillento. Abundaba la parafernalia de los mecánicos y el aceite manchaba toda pared y el techo y el suelo. Era el taller de Manolo. Suárez apretó el paso porque el calor se empeñaba en aniquilarlo; cruzó el umbral y pasó un cuarto de hora ante dos viejos ventiladores, lo cual suponía que el local no tenía aire acondicionado. No había rastro de Manolo. Suárez lo llamó a voces, se acercó a una puerta estrecha que parecía dar a una vivienda; entró, seguro de que ahí vivía el mecánico. El calor era infernal, máxime que no había aire acondicionado. Además, hedía a putrefacción. Suárez se hubiera largado de no ser porque vio de refilón algo que yacía al pie de un baño: era el cadáver de Manolo, con un orificio de bala en la sien.
Tanto daba que lo hubieran matado o se hubiera suicidado. Suárez sólo pensó en irse. Sin embargo, advirtió varias cosas: en lugar de tina había un boquete, en la mano derecha de Manolo destacaba un revólver y junto al excusado figuraba una linterna. Suárez no perdió el tiempo en conjeturas; tomó el arma y la linterna y se acercó al boquete, iluminando una especie de escalera cuyos peldaños se perdían en la oscuridad. Decidió actuar deprisa; andar hasta toparse con Guzmán y Yolanda, amagar o matar al primero y llevarse a la segunda de regreso a casa.
Emprendió la marcha, sin entender de dónde diablos provenía el aire que respiraba; iba por una galería de roca perfectamente tallada y de más de dos metros de altura y lo bastante ancha para que cupieran dos personas hombro con hombro. Ciudad o no, aquella profundidad contenía una serie de cámaras, que Suárez examinó a la débil luz de su linterna para pillar a los desaparecidos. Lo único que encontró fueron estructuras estrambóticas, que parecían púlpitos o altares, así como extraños caracteres en los muros. Tras haber recorrido medio kilómetro divisó luminosidad a lo lejos; apretó el paso y no dudó que más allá había fuego, sin duda de antorchas. La locura de Guzmán lo habría llevado a escenificar a saber qué ritual para dementes.
Cuál no sería su sorpresa cuando, después de salvar un pasadizo muy estrecho, desembocó en una gran cámara circular, donde había mucha gente, así como antorchas en anillas adosadas al muro. Identificó de inmediato caras conocidas: Escobedo, Ramos y Yolanda. Ellos y muchos otros formaban un semicírculo en torno a un raro atril, donde había un libro desplegado y, ante él, un tipo flaco, de pelo largo, gesto alelado, boca entornada y ojos vivaces. Guzmán, sin duda. También se estremeció al ver, entre él y la muchedumbre, el cadáver mutilado de Romina, aquella asesina que había tratado de matarlo en la capital. ¿Cómo diablos había llegado ahí?
—Era necesario que descubrieras por tu cuenta el túnel —dijo Escobedo—. Esa que ves ahí —señaló el cadáver con el mentón— te buscó por todos lados y por casualidad encontró la entrada al túnel. Supongo que Manolo está muerto, porque sólo así la hubiera dejado pasar.
—Yo creo que Manolo se suicidó —dijo Suárez, para notar que aún podía hablar.
—Nah —mencionó alguien a sus espaldas—. Ella lo mató mientras forcejeaban para que él soltara el revolver ese que traes.
Era Roberts, que pasó de largo a Suárez y se acomodó junto a Guzmán.
—¿Qué carajos pasa? —dijo Suárez, temblando sin querer.
—Ni te molestes en usar la pistola —dijo Ramos—. Está descargada. Durante el forcejeo se disparó hasta quedar vacía.
Suárez vio la pistola, examinó el cilindro, corroboró la información. La tiró al suelo.
—¿Alguien puede explicarme…? —empezó.
—Yo lo haré —dijo Yolanda, avanzando hacia él cruzada de brazos y con cara de pocos amigos.
¡Cómo había cambiado! Seguía tan atractiva y excitante como antes, pero ya no era la misma. Algo en su semblante, en su mirada, delataba una transformación interior, la pérdida de la pureza que había mostrado antaño, cuando había aceptado ser la esposa de Suárez. Quedó muy cerca de él y lo fulminó con la mirada.
—El libro no puede equivocarse —dijo—. Al principio pudimos desencadenar la canícula para acelerar los sacrificios a nuestro dios, pero la ciudad comenzó a vaciarse. No podemos repetir la fórmula en ningún otro lado, así que debemos contener el calor para repoblar; ya sacrificaremos a otros, cuando se crea que esto fue sólo un golpe de calor.
Suárez había estado tragando saliva.
—¿Qué…? —balbuceó—. ¿Qué es toda esta locura? ¿De qué hablas? Tu padre me pidió que te hallara…
—Nunca estuvo perdida —dijo Escobedo—, como ves. Te lo hice creer para que la culpa te obligara a llegar hasta aquí.
—¿La culpa?
—¿Ya olvidaste que desapareciste justo antes de nuestra boda? —preguntó Yolanda.
—No, pero…
—Claro que no te sentías culpable —dijo Guzmán, cuya voz tiraba a gangosa—. ¡Qué te ibas a sentir así! Pero dejaste un sacramento en suspenso, y ése es el requisito que demanda el libro. Tú eres la clave para resolver nuestros problemas.
—Think about it —dijo Roberts con aire docto—. ¡Te sacrificarás por tu gente! Piensa en que así pagarás por lo que le hiciste a Yolanda.
—La verdad, Yolanda —dijo Suárez, pésimo actor, tomándola por los hombros—, me fui sin pensar… No me sentía preparado para casarme. Pero puedo demostrarte…
Yolanda lo apartó con asco y retrocedió al tiempo que Ramos, a zancadas, se acercaba a Suárez para propinarle un puñetazo. Lo tiró al suelo, donde se agitó un poco, tomándose la cara y gimiendo. Entonces sintió que el suelo se movía, y supo que no era debido al golpe recién recibido: el suelo de la cámara giraba; se detuvo en cierto momento.
—¡No está en posición! —alegó Guzmán.
—Me encargaré —dijo Yolanda, acercándose a Suárez —aún tirado— y empujándolo por brazos y espalda para hacerlo rodar y quedar tendido sobre un espacio oblongo, al tiempo que le susurraba toda clase de reclamos por haberla dejado plantada antes de la boda; hizo mucho hincapié en el “ridículo” que había hecho ante sus amigas.
Suárez acabó de espaldas sobre una trampa de piedra; iba a incorporarse cuando ésta cedió, abriéndose por uno de sus extremos para que el infeliz cayera de cabeza, entre alaridos pavorosos, en un mar de fuego que lo quemaría vivo para siempre.
Los sectarios repitieron una suerte de oración después de Guzmán y se fueron en paz. En la calle notaron que el calor empezaba a ceder.
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