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20/01/07
RavenHeart

Nota 6.57
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EL CANTO DE NÌNIVE. (Aves del paraíso)
"El cuervo se adormece con el canto de las aves del paraiso y sus miedos desaparecen como los vampiros en la alborada"
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El encanto, la tragedia y el horror se han hecho presentes en todas las edades de la humanidad, siendo así, ¿Por qué tendría que suponerle fecha a los acontecimientos que me dispongo a relatar?. Suficiente con saber que la época donde transcurren los hechos reinaba el oscurantismo, la iglesia católica dominaba y la sociedad era tan obstinada como ignorante. Cabe destacar que en este tiempo tuvo una monumental acogida la religión en la música. El apogeo de las misas, los conciertos de órgano y los oratorios con poéticos pasajes del evangelio marco una nueva inspiración y una nueva influencia para todos los músicos de Europa y los artistas de los tiempos venideros.

En tierras frías y alejadas se ubica el poblado de Concordia celebre por su insignia arquitectónica, la catedral de nuestra señora de Concordia que no por ser antigua deja de ser alargadamente bella, de acabado post-románico, un impulsivo arte vertical cuya osadía parece desafiar las leyes de la gravedad, y por supuesto, el órgano de la catedral, de fúnebre y solemne sonido.

En aquella catedral aconteció una espantosa tragedia que aun sigue siendo recordada amargamente por los abuelos de Concordia, el pueblo aun esta dolido por la pérdida del ser con la más bella voz que haya nacido.

Los viejos habitantes recuerdan con repugnancia la tortura a la que fue sometida la joven de celestial canto, ninguna mujer podría soportar tan abominable tormento, aun peor, con el impacto de la muerte de su primer y único amante. La joven se lanzo desde el altísimo tejado de la catedral y durmió el sueño profundo del que ningún mortal despierta.

Cuenta la historia que el nombre de la exuberante golondrina de las mañanas era Nìnive, la joven vivía enclaustrada en su morada, el oscuro y encumbrado campanario de la catedral. Poco o nada se sabia de ella pues raramente hablaba, una doncella taciturna y muy tímida. El padre de la iglesia, el reverendo Samuel contó al pueblo que la recogió del abandono en la puerta de la catedral con apenas unos instantes de nacida hacia ya barios años. La crió bajo las buenas costumbres de la fe católica, un trabajo verdaderamente difícil ya que Nìnive padecía de problemas mentales. Sus afecciones le impedían llevar una vida normal en el pueblo y por ende, vivió aislada desde niña.

El inolvidable encanto de esta mujer radicaba en su voz, era ahí donde no mostraba tener patología mental alguna. Nìnive tenia el canto más bello y sublime que garganta alguna lograría jamás –todo un pueblo entero lo afirma con indudable convicción –. Nunca se había escuchado tan virtuosa voz, una tesitura aguda como las radiantes nereidas, sombría, flexible y también expresiva asemejándose a la melancolía de una viola divina. Muchos eran los mitos acerca de su voz, se decía que penetraba la disonancia de la lluvia, adormecía a las bestias y dominaba y poseía a los vientos fatuos. Muy pocas las veces que se le pudo ver pero todo el pueblo acordaba de que tenia un candor inocente y una beldad inigualable, la mas linda de toda Concordia.

Las noches de Concordia eran las más hermosas sin lugar a duda. Ni un alma por sus calles, los andenes desiertos y los solitarios faroles daban una atmósfera de quietud, en esos momentos bajaban del campanario los cantos nocturnos de Nìnive, el viento embriagado y sumiso llevaba su voz a todos los rincones del pueblo sumiendo a sus habitantes en visiones oníricas al paraíso lejano.

A menudo las canciones de Nìnive hablaban de la noche, historias tristes y de frustraciones pero también; del ansia de vivir y de amar. Que se podía esperar de la inspiración de una joven solitaria cuya única compañía eran simples palomas y Ordás de gárgolas grostecas.

Un ave del paraíso capturado en un campanario.

Habían noches de serenidad y belleza en Concordia pero también; noches de estrépito y horror. Se oían gritos lastimeros que rasgaban el cielo a media noche. Nìnive lloraba y gemía fuertemente ¡como si fuera torturada por un demonio!, el pueblo entero se embargaba de estupor, compasión y duda. Los quejidos de Nìnive se prolongaban hasta la alborada y ocurrían barias veces al mes.

El padre Samuel calmaba el nerviosismo del pueblo hablando de las espantosas pesadillas que sorprendían a Nìnive en las noches y terminaban en incalmable delirio. ¿Qué clases de males atacaban la salud mental de Nìnive?. Samuel solía decir que a pesar de su melodioso canto Nìnive no tenia coherencia al hablar, no sabia lo que decía y las pocas frases que emitía carecían de toda semántica, es decir, la asombrosa coordinación que tenia al cantar era nula al momento de expresarse en una conversación normal y si era mas bien extremadamente susceptible a toda clase de palabras.

Nadie sabia, nadie se imaginaba, nadie tenia idea de lo que en verdad pasaba en el campanario ¡pobre mujer!, el padre Samuel callaba una terrible verdad que solo saldría a la luz hasta el día de su muerte. A nadie se le tenia permitido subir hasta el campanario salvo uno o dos feligreses encargados de tañar las campanas y por supuesto, el reverendo Samuel que estaba al tanto de todas las necesidades de Nìnive , podía pisar libremente el campanario y era el único que se atrevía a subir en las noches.

Muy pocas veces se podía ver a la bella Nìnive. En determinadas fechas al año bajaba Nìnive de su morada en las alturas a participar en ciertas festividades como las misas de la semana mayor. Cantaba complejos oratorios seguida por coros gregorianos o hacia el imposible dueto de su prodigiosa voz y el portentoso órgano de la catedral. Año tras año como si fuera una importantísima tradición el pueblo entero acudía el domingo de ramos a la iglesia a escuchar el seráfico canto de la santa asunción por Nìnive, ningún otro evento convocaba a tantas personas como el domingo de resurrección en Concordia. La regia nave central del palacio de nuestra señora de Concordia se colmaba de centenares de almas, todas alzando sus ramos de palma y siguiendo la gloriosa alabanza de Nìnive que se alzaba con júbilo hasta los oídos del todopoderoso. Con lagrimas en los ojos los feligreses mas longevos, los que tuvieron la dicha de cantar al lado de Nìnive me aseguran que la beatísima voz de aquella joven esta muy lejos de toda comparación terrena, si alguna vez, alguien logra escuchar el canto de los serafines de seguro los escuchara cantar como Nìnive.

Cuentan los Concordenses que en algún momento una familia pobre se asentó en cercanías a la catedral, la familia Orador. Una pareja de ancianos con un único hijo, un joven enfermizo con aspecto lóbrego pero con un asombroso talento para tocar el violín. Las sonatas del joven Orador captaron la atención de todo los habitantes e incluso… la de Nìnive.

En una misa que ofreció la legendaria soprano el violinista atisbo el amor en su forma más pura y bella, se enamoro irremediablemente de la ninfacea voz y de su intérprete. Una noche mientras cantaba Nìnive una hermosa cantata escandinava el violinista rindió culto a la cantante devanándose en melodías calidas y dulces que se elevaron como hilos de plata hasta tocar el campanario. Nìnive enmudeció por un instante, sorprendida, elogiada y ruborizada tomo aire y respondióle con una voz de lino y seda, embriagada de un sentimiento desconocido canto toda la noche aquella vez en compañía del violinista. Esa vez los concordenses fueron testigos de una declaración de amor jamás vista, el premier y ultimo amor de Nìnive. Desde aquella vez, los amantes se dieron cita todas las noches, el joven Orador subía al tejado de su casa frente a la inmensurable fachada este de la catedral y tocaba las partituras mas románticas de su repertorio, las improvisadas eran las mas bonitas.

Infortunadamente el joven artista sufrió mucho cuando en repetidas ocasiones Nìnive callaba o peor aun, cuando gritaba y lloraba. El violinista la oía claramente y se llenaba de horror, se atacaba a llorar y ahogado en su desesperación salía a golpear la puerta de la catedral a patadas ¡¿Qué le hacen?1, ¡déjenla en paz!. Gritaba tan fuerte que todos le oían pero nadie le ayudaba. Cuando le explicaron las dolencias de Nìnive el joven Orador no creyó nada y lleno de angustia les decía a todos que algo extraño ocurría allá arriba y exigía que lo dejaran subir. El joven violinista era tal vez, el único cuerdo en un pueblo engañado, sabia que Nìnive estaba siendo hostigada en las noches y nadie hacia algo al respecto. Nada se podía hacer, en innumerables ocasiones se le vio visitar al padre Samuel para que lo autorizara subir hasta el campanario pero nunca se lo permitió. Asistía puntualmente a todas las misas de la iglesia y se gano la confianza de todos los feligreses pero también, la aprensión y el rechazo del reverendo Samuel, de nada le sirvieron sus participaciones de poesía y violín ni las cuantiosas ofrendas que tanto esfuerzo le costaron.

Cuentan los viejos ujieres de la catedral que antes de morir el violinista cumplió su cometido. Una noche se escucho tocar un violinista con Nìnive en el campanario la obra más hermosa y perfecta que se esculpiría a fuego en la memoria de la música. El joven Orador toco como un Orfeo enamorado una indecible melodía de cristal, apasionada, lánguida y serena mientras su amada se superaba asimisma cantando inauditos matices que lápiz y papel están imposibilitados a describir. La noche inspirada por el canto de estos dos, mostró a Concordia un cielo jamás visto por una velada de amor, ni descrito en las poesías de una Safo enamorada o en el ensueño de un Anacreonte. Los limites del manto nocturno estaban delimitados por un halo de nubes heladas del mismo color de los cisnes en las madrugadas, en el cielo se vieron estrellas de fulgor perenne que invocaban siluetas de todos los tesoros prometidos y ensoñados, luceros desconocidos por los astrólogos de Arabia y el disco lunar se vio mas cerca a la tierra de lo que esperarían las náyades en los ríos, de proporciones increíbles, brillo fascinante y del color del crisantemo. Esa noche todos los concordenses tuvieron un mismo sueño: soñaron con la libertad de las aves del paraíso que se perdieron en el cielo y entonaron cánticos de amor que adormecieron a los moradores de la tierra.

Llena de belleza y encanto la noche termino y con el primer rayo de luz todo se transformo en horror y fatalidad.

En la mañana, muy temprano, en el interior del confesionario se encontró el cuerpo de un joven, golpeado y una herida de puñal en la espalda la cual le segó la vida, junto a el, un trozo de madera hecho añicos, una caja de resonancia de algún instrumento de cuerda frotada tal vez… …¡Dios mío, el cuerpo del violinista Orador!, dijo uno de los feligreses. En instantes todo el pueblo se sumergió en un solo miedo: ¡hay un asesino en la catedral!. En el campanario todo era silencio, ni un ruido, hasta horas bien entradas en la tarde que se escucho una voz, Nìnive canta de nuevo y esta vez ¡camina sobre el tejado!. Nìnive parecía un alma en pena, caminaba descalza y llevaba un vestido largísimo de lino negro, cantaba una triste poesía elevada a su máxima expresión: Un fúnebre réquiem. Todos la miraban en las alturas, caminaba por el peligroso tejado cantando su última canción con el rostro bañado en lágrimas. Su canto penetro en todos los rincones de la memoria, la mente y el corazón de quien la escucho.

Todos abrieron los ojos, cayeron lágrimas, después el llanto y luego un solo grito de centenares de almas al ver caer a Nìnive de allí arriba.

Levantaron el cuerpo del suelo y la llevaron ese mismo día al monte de los tuliperos donde fue enterrada sin exequias ni padre. ¿Dónde esta el reverendo Samuel?.

En la noche Concordia se lleno de un caos de horror tremendo, sobre todo de odio contra una sola persona. El reverendo Samuel fue encontrado en sus aposentos colgando de la orca, hubo odio de parte de todo el pueblo e injurias contra su nombre al leer su caco demoníaca confesión:

“Desde que se hizo mujer, Nìnive fue mi tentación y mi pecado, a pesar de que me lastimaban sus gritos… contra su voluntad mis dedos saborearon el dulce de su útero y bebí del aliento de su boca. Mi sucio y oscuro pecado. Me vanaglorio al pensar que fui el único que logro probar su cuerpo.
Y el violinista, si… fui yo quien lo asesino, no tenia derecho a usurpármela, el precio por su osadía fue la muerte, Nìnive era mía, yo era su único dueño.
Si es necesario,¡ me arrastrare del infierno hasta el cielo por poseerla una vez mas!”

En el monte de los tuliperos yace el cuerpo de Nìnive y junto a ella la tumba del joven violinista, es un monte bellísimo, allí se dan toda clase de flores y se escuchan el canto de gran variedad de aves como silvanos, ruiseñores, golondrinas y gorriones pero ninguno con la voz de la fallecida. El monte de los tuliperos es ahora un cementerio pues allí quien duerma puede escuchar el canto de Nìnive y soñara con la libertad de las aves del paraíso que se perdieron en el cielo y entonaron cánticos de amor que adormecieron a los moradores de la tierra.
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