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Risa de niño

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Siempre me iba a dormir temprano, mi trabajo así lo demandaba, y cada día despertaba a la misma hora: las tres de la madrugada, como si una mano tirana me arrancara el sueño. Un par de vueltas en la cama y en general volvería a dormirme, pero esta vez no fue así. Mis ojos aunque cansados, no eran capaces de cerrarse al dulce sueño y mi mente dibujaba y maquinaba pensamientos de toda índole, en especial los de culpa.

Opté por comer algo para así ocuparme un poco. No encendí las luces, ni lo haría, porque esto sería reconocer que estaba del todo desvelada. No obstante, mi vista estaba ya acostumbrada a la penumbra y podía moverme sin tropezarme con nada.
Sin incidentes llegué a mi heladera, ésta me ofrecía un panorama poco grato: un par de panes durísimos y un guiso frío serían todo mi refrigerio nocturno. Para colmo el guiso mostraba una fina capa azul y verde, por lo tanto desistí en mi tarea de comer.

Cerré la puerta decepcionada; ésta hizo un ruido extraño, que me puso la piel de gallina. Era como una risa ahogada, me tranquilicé pensando que el gozne estuviera roto capaz, pero casi al segundo oí de nuevo, ese sonido que era como la risa de un niño pequeño. ¡No venía de la heladera! La respiración se fue por un momento, a duras penas moví la cabeza a un lado y al otro para buscar a mi alrededor, pero la luz del refrigerador había desacostumbrado mi vista. La risa volvió a hacerse escuchar, golpeó en mi nuca como una llamada. Parecía venir de arriba, de abajo, y de mi alrededor, cada vez más intensa y cercana.

El recuerdo de la vida que debió ser y no fue me invadió “Perdón mi niño, perdón, por favor”. Grité repetidas veces, retrocediendo hacia la puerta. “Lo lamento tanto, yo no quise… Mami estaba mal…”

Esas palabras brotaban como pus de mi boca, no claras, si no ahogadas e interrumpidas por tartamudeos y gallos. Los ruidos no cesaban, al contrario, se hacían más intensos.

Ya casi llegaba a mi puerta cuando me tropecé con algo en el piso. Lo último que recuerdo fue el dolor y la negrura, y las risas de mi niño.

El techo se veía gris y derruido, nunca tuve el dinero para poder repararlo. No me podía mover, no veía casi nada. Me dolían las sienes y retumbaban ante aquella risa, aquella risa que se acercaba como una serpiente con veneno de remordimientos y rencores.

“Perdóname, nunca quise” Vociferaba, pero en vano. Sentí un peso trepar a mis muslos, arrastrado por cortas extremidades que se agarraban de mí con fuerza. Quisiera haber podido moverme, pero no lo lograba, estaba pegada al piso y no respondía. Él ya se encaramaba a mi vientre, mientras su risa resonaba en mis oídos. Cerré los ojos, no quería ver. Ya estaba sobre mis pechos, que debieron sustentarle la vida y sin embargo nunca lo hicieron. A cada segundo los párpados se repelían, por más esfuerzo que hiciera en pegarlos, hasta que no lo aguanté más y mis ojos se abrieron…

Como todas las noches, mis ojos se abrieron a las tres de la madrugada. Normalmente me dormiría después de unos momentos de girar en la cama, pero no esta vez. Un regusto amargo del sueño quedaba en mi cabeza, mas no podía recordar el por qué. A oscuras me dirigí a la heladera para comer algo, ésta no ofrecía nada de interés. Cerré su puerta y ésta chilló de una forma extraña, como una risa de niño pequeño.

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