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Sangre de lobo.

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Cuando salió del instituto donde estudiaba 4º de la ESO, Bea Dapía pensaba que aquel martes de noviembre iba a ser el día más feliz de su vida. Se equivocaba.

Bea era entonces una chica muy normal: una quinceañera de piel clara, pelo castaño, ojos grises y cuerpo esbelto. En cuanto a su forma de ser, era una chica bastante sana y no le faltaban buenas cualidades: era guapa sin resultar llamativa a primera vista, estudiosa sin llegar a empollona y educada sin pasar por ñoña. Claro que también tenía algún defecto: el más importante era la tendencia al despiste y al olvido inoportuno, especialmente cuando se hallaba emocionada o nerviosa. Y eso fue precisamente lo que acabaría por arruinarle aquel día que se presentaba perfecto. En cuanto a esto, supongo que hace falta una pequeña explicación.

Unos días antes, durante el recreo, Dani González, el chico más guapo de su clase (y el amor platónico de Bea desde que ambos estaban en la escuela primaria), se había acercado a ella con su mejor sonrisa y la había invitado amablemente a asistir a su fiesta de cumpleaños, que se celebraría precisamente el martes por la tarde. Era la primera vez que Dani la invitaba y no hace falta decir que entonces Bea había visto el cielo abierto. Por un lado no quería engañarse: probablemente la invitación respondía más a la gratitud que a otro tipo de interés (ella le había prestado una inestimable ayuda a Dani en un trabajo de Física), pero el hecho de que se la hubiera comunicado en persona y delante de todo el mundo, en vez de hacerlo mediante el móvil o el ordenador, parecía ser una señal prometedora de cara al futuro. Después de todo, Dani no tenía novia, pues, aunque guapo y simpático, solía mostrarse bastante tímido con las chicas.

Cuando llegó el día clave, Bea, al salir del instituto, no cogió el autobús que normalmente la llevaba a su casa (situada en un barrio periférico de la ciudad, lejos del instituto), sino que se encaminó a la céntrica pizzería donde se celebraba la fiesta. Caminaba deprisa, ansiosa por ser la primera en llegar, pero, cuando ya podía ver a lo lejos el llamativo letrero de la pizzería, cayó en la cuenta de que, a causa de la emoción, había sufrido uno de sus inoportunos despistes: ¡se había dejado en su taquilla del instituto el CD de música pop que pensaba regalarle a Dani!

Bea dio la vuelta y empezó a correr hacia el instituto, rezando en silencio para que Marga, la conserje, aún no hubiera cerrado las puertas. Tan alocada era su carrera que estuvo a punto de llevarse por delante a dos jóvenes bien trajeados que, aparentemente, también se dirigían al instituto. La muchacha les dedicó una apresurada petición de disculpas y siguió su camino (o su carrera, para ser más exactos), dejándolos atrás sin prestarles más atención. Cuando llegó al vestíbulo del centro Bea tenía las mejillas encendidas y la frente bañada en sudor, pese a que hacía un frío realmente invernal. Cuando pudo reunir suficiente aliento para hablar, le preguntó a la sorprendida Marga entre profundos jadeos:

-¡Ay, Marga, qué bien que aún no cerraste! ¿Puedo ir arriba a buscar una cosa en mi taquilla? Será un ratito de nada, te lo juro.

-¡Bueno, hija, ni que fuera cuestión de vida o muerte! Pues estás de suerte: a estas horas normalmente ya hubiera cerrado, pero hoy Armando aún está en su despacho, acabando no sé qué rollo de las tutorías. Vamos, te doy dos minutos, ni uno más. ¡Y procura no tirar nada, que luego me echan la bronca a mí!

Oído esto, Bea no perdió ni un segundo y, tras darle las gracias a Marga, subió con renovados bríos las escaleras que la llevarían al pasillo de la segunda planta, donde estaban las taquillas de 4º. Hay que decir que Armando era el profesor de Historia de la muchacha y el vicedirector del centro. Se trataba de un hombre todavía joven, de unos treinta y pocos años, alto, delgado y de piel pálida. Podía decirse que era bastante apuesto, pero ofrecía un aspecto un tanto desaliñado, pues casi siempre iba mal peinado y peor afeitado, como si no le importara demasiado su aspecto. Aunque a primera vista ofrecía un aspecto un tanto inquietante, con sus greñas oscuras, su barba de dos días y sus huidizos ojos castaños, normalmente se mostraba amable y comprensivo en su trato personal, de modo que tanto sus compañeros como sus alumnos le tenían bastante aprecio. De hecho, si hubiera sido otro profesor el que se hubiera quedado en el centro, Marga no se habría atrevido a dejar entrar a una alumna fuera de horario, pero, tratándose de Armando, seguramente no le diría nada. Además, si Bea era rápida y un poco discreta, a lo mejor ni siquiera llegaba a enterarse. Aunque su despacho también estaba en la segunda planta, se hallaba al final del pasillo y Bea no tendría por qué pasar delante de él para llegar a las taquillas.

Apenas hubo subido Bea, dos nuevos visitantes inesperados hicieron su aparición en el vestíbulo. A estos la buena de Marga no los conocía de nada y, de hecho, le parecieron unos individuos un tanto extraños. Eran dos jóvenes de unos veinticinco años, tan parecidos entre sí tanto en su aspecto general como en su vestimenta que de lejos casi parecían clones. Los dos eran altos y apuestos, de tez pálida, pelo castaño claro y facciones un tanto inexpresivas, aunque no desagradables. Ambos iban muy bien vestidos, con trajes oscuros y corbatas a juego, calzaban elegantes zapatos de cuero y ocultaban sus ojos con sendas gafas de sol que no se quitaron al entrar en el edificio. Algo molesta por aquella avalancha de intrusiones inesperadas, pero sobre todo sorprendida y curiosa, Marga les preguntó qué deseaban. Uno de ellos, el que parecía ligeramente más alto, le dedicó una rápida mueca que quizás pretendía ser una sonrisa y le dijo, con una voz tan inexpresiva y enigmática como su rostro:

-Buenos días, nos gustaría saber si podemos hablar con don Armando Estrada.

-¡Vaya, pues están de suerte (al parecer, todo el mundo “estaba de suerte”•aquella tarde)! Ahora mismo aún se encuentra en su despacho, al final del pasillo de la segunda planta. Aunque si prefieren esperar aquí, no creo que tarde mucho en bajar.

-No importa -dijo el desconocido, con una nueva pseudosonrisa en su rostro-, creo que iremos a su despacho.

Mientras decía esto, extrajo un cigarrillo del bolsillo de su chaqueta y se lo llevó a los labios con toda naturalidad. Marga puso los ojos en blanco y le dijo con cierta brusquedad:

-En ese caso, debo advertirle que aquí está terminantemente prohibido fumar.

-No se preocupe. No vamos a fumar.

Entonces Marga sintió un picotazo en su cuello. Y luego un mareo fulminante. No tuvo tiempo ni de proferir una sola palabra de queja, perdió la conciencia en un instante y se hubiera estrellado contra el suelo si uno de los desconocidos no la hubiera agarrado cuando empezó a tambalearse. A continuación, los hombres depositaron a la inconsciente Marga en la conserjería y empezaron a subir las escaleras con toda tranquilidad. Mientras subían ambos extrajeron pequeñas pero temibles pistolas automáticas de sus bolsillos. Para anular a la conserje había bastado un dardo tranquilizante, disparado mediante una pequeña cerbatana semejante a un cigarro, pero para reducir a Armando serían necesarios medios más contundentes.

Mientras tanto, la pobre Bea estaba desesperada. Había registrado a fondo su taquilla sin encontrar el maldito regalo. Y había vuelto a examinar el contenido de su mochila con idéntico resultado. Y no se lo había dejado en casa, estaba segura de ello porque en el recreo se lo había enseñado a sus amigas. Entonces tenía que habérselo dejado en el aula. Por suerte, Bea era la delegada y tenía la llave, por lo que podría ir a buscarlo. Pero tenía que hacerlo en silencio para que ni Marga ni mucho menos Armando se enteraran, pues aquello era algo totalmente irregular y si la pillaban podría costarle un disgusto. Sin pensárselo demasiado, Bea entró en el aula de 4ºB, un segundo antes de que los dos desconocidos llegaran a la segunda planta. Ni ella los vio a ellos ni viceversa. Quien sí los vio fue Armando, que en ese preciso momento salía de su despacho, tras haber terminado su tarea. Y se quedó clavado al verlos, paralizado por el miedo antes incluso de fijarse en las pistolas que lo amenazaban. Uno de los intrusos, el mismo que había anestesiado a Marga, le dijo, con el tono frío e impasible que parecía habitual en él:

-Don Armando, creo que sobran preámbulos. Usted sabe quiénes somos, para qué hemos venido aquí y qué estamos dispuestos a hacer para alcanzar nuestro objetivo. Entréguenos lo que queremos o aténgase a las consecuencias.

Pasado el primer momento de terror, Armando consiguió sobreponerse a su miedo y contestar con una voz relativamente firme:

-No lo tengo aquí, está en mi casa.

-Hemos pasado por allí esta mañana y no lo hemos encontrado.

-Lo he guardado bien.

-Puede ser, supongo que deberemos volver a su domicilio y reiniciar la búsqueda. Pero esta vez usted vendrá con nosotros. Y no intente engañarnos ni hacer ninguna tontería, pues en ambos casos lo pasaría usted muy mal, se lo advertimos.

Mientras tanto, Bea, cuya presencia hasta entonces nadie había advertido, ya tenía el dichoso CD en sus manos, pero había oído voces en el pasillo y, por tanto, había decidido quedarse en el aula hasta que no hubiera moros en la costa. Pero no pudo evitar escuchar lo que se decía y llegar a la conclusión de que aquellos eran unos moros sumamente extraños e inquietantes. Ella era una chica bastante valiente, pero no sabía qué hacer para ayudar a Armando y la incertidumbre le restaba coraje. No podría enfrentarse a dos hombres armados y, si intentaba llamar a la policía con su móvil, ellos podrían oírla y silenciarla. Además, en su casa siempre decían que la policía de la ciudad tardaba eras geológicas en acudir a una llamada y no le sobraba tiempo. Finalmente, optó por una salida desesperada, quizás no la más prudente, pero sí la única que se le ocurrió en aquellos momentos críticos. Cogió con las manos su mochila, que pesaba mucho porque estaba llena de libros, y la arrojó con todas sus fuerzas contra una de las ventanas del aula. El cristal se rompió estrepitosamente y casi simultáneamente empezó a retumbar en todo el instituto el aullido de la alarma. Bea esperaba que entonces los intrusos se asustaran y huyeran, dejando en paz a Armando. Los hombres no se asustaron, pero sí se quedaron paralizados por la sorpresa. Y Armando decidió aprovechar la situación para reaccionar. En un arrebato de valor que lo sorprendió a él tanto como a sus enemigos, se arrojó sobre estos como un tigre furioso y derribó al que tenía más cerca mediante un demoledor puñetazo en la mandíbula. Hay que decir que, aunque de complexión delgada, Armando era un hombre fuerte y atlético. Además no era la primera vez que se veía obligado a luchar por su vida.

El otro hombre hubiera tenido tiempo de disparar contra el profesor de haber sido esa su intención, pero no quería matarlo sin antes haberle extraído cierto secreto, por lo que no apretó el gatillo y simplemente intentó golpearle en la frente con la culata de su pistola. Armando esquivó el golpe y respondió con un codazo en la boca del estómago que dejó al individuo doblado de dolor, mientras su compañero permanecía en el suelo, medio inconsciente y con la boca bañada en sangre.

Armando se apartó de ellos corriendo, agarró fuertemente a Bea, que había salido del aula para ver qué efectos había tenido su intervención, y se la llevó consigo escaleras abajo. No le dijo nada, ni siquiera que corriera, pues dadas las circunstancias era totalmente innecesario. Ninguno de los dos se atrevió a detenerse ni a despegar los labios hasta que llegaron al vestíbulo. Pero entonces Bea se detuvo, obligando a Armando a detenerse con ella, y dijo:

-¿Y Marga? ¡No podemos dejarla aquí sola con esos tíos!

Armando aún no había tenido tiempo de responder nada cuando se fijó en un tercer individuo que se dirigía hacia el instituto, con una pistola en la mano. Si hubieran hecho lo que parecía más prudente -es decir, salir corriendo del edificio sin preocuparse por nadie más que por ellos mismos- aquel hombre los habría acribillado en un santiamén. Sintiéndose entre la espada y la pared, Armando tuvo un instante de duda, pero al oír pasos que descendían las escaleras tomó una decisión, la menos mala que se podía tomar en aquella coyuntura. Agarró de nuevo a Bea y la arrastró consigo por el pasillo de la planta baja, sin molestarse en darle explicaciones. Al final de aquel pasillo había otras escaleras que también llevaban a la segunda planta. La idea de Armando era volver a su despacho y encerrarse en él para despistar a sus enemigos. Si estos desconocían la existencia de las otras escaleras, podrían llegar a tiempo. Si no, todo estaría perdido.

Por suerte, los intrusos no conocían los planos del centro, así que Armando y Bea pudieron llegar al despacho a tiempo. El profesor cerró la puerta con llave y ambos se sentaron en el suelo, procurando no hacer ruido ni siquiera para tomar aliento. De fuera llegaban los ecos mortecinos de pasos: sin duda, los tres hombres estaban registrando el instituto en su busca. Sabían que no habían podido abandonar el centro, pero ignoraban dónde se habían escondido. Antes o después lo averiguarían, pero por lo menos tardarían un par de minutos. Armando esperaba que estos fueran suficientes. Algo repuesta, Bea le preguntó con un susurro casi inaudible:

-¿Por qué no llamamos a la policía? Tengo mi móvil.

Armando le contestó en el mismo tono:

-No, podrían oírnos. Además, no merece la pena. La alarma del centro está conectada con la jefatura de la policía local. Ya sabrán que aquí ha pasado algo y llegarán pronto, no te preocupes.

Armando era demasiado optimista. A aquellas horas del mediodía la jefatura apenas contaba con agentes disponibles, pues casi todos estaban comiendo en sus casas, y el que hubiera sonado la alarma del instituto (seguramente porque algún gamberro había entrado para romper sillas o robar un ordenador portátil) no era algo tan grave como para preparar un dispositivo especial de urgencia. Los policías pasarían por allí para echar un vistazo, sí, pero se lo tomarían con calma. Y los intrusos contaban con eso. Además, estaban dispuestos a enfrentarse a la policía si era necesario.

Bea, algo calmada por las falsas esperanzas que le había transmitido Armando, hizo una nueva pregunta, siempre con un tono de voz prudentemente bajo:

-¿Quiénes son esos hombres? Les oí decir que querían algo de ti.

Armando no quería hablar del tema, pero tampoco se sentía con derecho a escatimarle información a Bea después de que esta hubiera arriesgado su vida por él:

-Son… gente muy mala. Y muy poderosa también. En cuanto a lo que quieren de mí… Verás, hace bastantes años (yo aún era muy pequeño por aquel entonces), mi padre, que era médico, asistió en su lecho de muerte a un anciano de origen alemán llamado Klaus Nessler… uno de esos oficiales nazis que hallaron refugio en la España franquista tras la caída del III Reich. Nessler había pasado los últimos años de su vida en la soledad y la pobreza más absolutas, doblemente atormentado por los remordimientos de sus crímenes y por un enigmático miedo. Muchos pensaban que estaba loco, y quizás su mente estuviera verdaderamente enferma, pero aun en tal caso su terror era la causa, y no la consecuencia, de su locura, pues esta se debía a circunstancias muy reales. Según le confesó a mi padre antes de morir, durante todos aquellos años había sido el depositario de un secreto terrible, que él mismo le había arrebatado a un ocultista judío antes de ordenar su ejecución en un campo de exterminio. Nessler, no sé muy bien por qué, quizás porque su mente ya había perdido toda lucidez y sólo deseaba confesar sus secretos para exorcizar de ese modo los fantasmas del pasado, se lo reveló todo a mi padre. Y le entregó cierto objeto. Al principio mi padre no se lo creía, pero luego… bueno, empezaron a pasar cosas. Mi madre y mi hermano mayor murieron en un extraño accidente de tráfico. Entonces mi padre empezó a pensar que había algo de verdad en los temores obsesivos que habían atormentado a Nessler durante tantos años. Y si eso era cierto, lo demás también podía serlo. Decidió huir: se cambió de nombre y se vino aquí conmigo, que aún era un crío. Incluso cambió de trabajo: dejó la medicina y montó un pequeño negocio. Murió hace pocos años y, antes de irse, me lo contó todo. Además me entregó dos cosas. Una era…

En aquel preciso instante sonó el móvil de Bea. Era Dani quien la llamaba, seguramente preocupado por su tardanza en llegar a la pizzería. Por una de esas paradojas de la vida, Bea, que durante años enteros hubiera dado cualquier cosa por una sola mirada de Dani, por una vez que él se preocupaba por ella le hubiera dado un buen sopapo en las narices: el timbre del móvil había delatado su presencia a sus enemigos. Y de la policía ni rastro, así que, si la puerta del despacho no resistía, podían darse por perdidos. Armando y ella oyeron en silencio cómo los pasos de sus perseguidores se acercaban rápidamente. Alguien intentó forzar la cerradura, pero esta resistió. Entonces los tres hombres que los perseguían empezaron a golpear la puerta, que se estremeció y crujió al recibir los primeros embates. Sin duda, no tardarían mucho en derribarla. Bea se había quedado completamente pálida y sin saliva en la boca. Estaba inmóvil como una muerta, pero el temblor de sus labios delataba el miedo que se había apoderado de ella. Armando tuvo unos momentos de duda, pero no tardó en tomar una determinación, una realmente desesperada pero que era la única que les quedaba para sobrevivir.

Sin alzar la voz, le dijo a Bea, que apenas podía entender sus palabras:

-Escucha, Bea, tienes que ser valiente hasta el final y hacer lo que yo te diga sin preguntar ni intentar comprender nada. Coge esto… ¡y, por favor, no lo sueltes por nada del mundo! Te va la vida en ello.

Dicho esto, Armando extrajo de su bolsillo un pequeño crucifijo de plata y lo depositó sobre la rígida mano de Bea. Ella lo agarró con todas sus fuerzas, aunque no entendía nada. ¿Acaso Armando esperaba que un milagro divino los salvara? Ella era católica, pero no creía demasiado en los milagros. Sin embargo, el contacto de la cruz la reconfortó un poco… pero sólo un poco. Ellos seguían golpeando la puerta y esta empezaba a tambalearse sobre sus goznes. Un par de embestidas más y caería al suelo.

Armando no le prestó atención a la puerta. Se sacó del bolsillo otro pequeño objeto, un frasquito de cristal lleno hasta los bordes de un líquido rojo y oscuro. Era el mismo objeto que Nessler le había entregado a su padre y también lo que estaban buscando sus agresores. Él, para ganar tiempo, les había dicho que no lo llevaba encima y ellos se habían creído su embuste. Sin detenerse para replantearse la terrible decisión que había tomado, Armando le quitó la tapa y se bebió de un trago todo su contenido. No dejó ni una gota. Al menos aquel extraño líquido ya no caería en poder de sus enemigos. Aunque, si las últimas palabras de Nessler habían sido algo más que un mero delirio, eso no supondría el fin de sus problemas.

Después de haber apurado el contenido del frasco hasta la última gota, Armando empezó a temblar como un azogado, mientras su rostro perdía todo atisbo de color y una espuma blanquecina empezaba a acumularse en las comisuras de sus labios. Bea gritó de miedo, pensando que había tomado un veneno para suicidarse, y aferró instintivamente la cruz que sostenía su mano, en una muda petición de auxilio a Dios. Pero lo que pasó luego fue algo tan increíble, y también tan rápido en su desarrollo, que la pobre muchacha estuvo a punto de perder la conciencia de puro terror. Vio con los ojos desorbitados cómo la ropa de Armando se rasgaba, cómo sus dientes y su vello corporal crecían vertiginosamente, cómo sus uñas se alargaban hasta convertirse en garras bestiales y cómo sus ojos marrones adquirían un siniestro brillo rojizo. El proceso fue mucho más rápido que en las películas, pero no por ello menor terrorífico. La bestia bípeda en la que se había convertido Armando se levantó con un aullido desafiante en el mismo momento en el que la puerta del despacho caía al suelo, derribada por una nueva embestida de sus perseguidores. Estos también aullaron al ver lo que los aguardaba dentro, pero los suyos fueron aullidos de terror. Sus misteriosos amos les habían dicho algo sobre el frasco con “sangre de licántropo” que debían arrebatarle a Armando a cualquier precio, pero no se lo habían tomado demasiado en serio. Aunque eran hombres tan valientes como crueles, ninguno de los tres estaba preparado para el horror que se les vino encima desde la penumbra del despacho.

Uno de ellos, el más valeroso o el más desesperado, llegó a disparar una vez, pero la bala impactó contra el cuerpo del monstruo sin causarle aparentemente demasiado daño: apenas una herida superficial que cicatrizó casi al instante. Mucho más letales fueron las garras y los colmillos del licántropo, que despedazaron a dos de los hombres allí mismo, antes de que hubieran podido dar ni un paso para huir. El tercer hombre, el mismo que había disparado, soltó su pistola e intentó huir presa de un paroxismo de terror, pero un solo salto del monstruo valía por diez pasos suyos y la bestia se arrojó sobre su espalda antes de que hubiera podido alcanzar las escaleras. Su muerte, aunque bastante rápida, fue más cruel y dolorosa que las de sus camaradas. Después de todo, el licántropo había sentido algún dolor a causa de su disparo y, aunque toda inteligencia humana había desaparecido de su mente, aún conservaba el instinto de la venganza. Tras convertir a su tercera víctima en una ruina sangrienta, la bestia se volvió hacia Bea, con el rostro convulsionado por el odio, los ojos centelleantes de ira y piltrafas humanas colgándole de los colmillos enrojecidos. La pobre muchacha, lívida e indefensa, casi desmayada, sólo era consciente a medias del peligro que la amenazaba y eso fue lo que salvó su mente. Pero nada hubiera salvado su cuerpo de las garras del monstruo si las pupilas de este no se hubieran posado sobre el crucifijo de plata que la niña aún sostenía en una mano trémula. El ser que un minuto antes se había llamado Armando Estrada aulló nuevamente y se fue, saltando por una ventana y atravesando estrepitosamente los cristales mientras se oía el eco lejano de unas sirenas. Al parecer, por fin venía la policía, quizás alertada por el único disparo que había sonado en aquella sangrienta refriega más bien que por la alarma.
Cuando dos agentes de la policía local penetraron en el instituto, Armando (o el monstruo que se había apoderado de su carne) había desaparecido para siempre, sin haber dejado a su paso más rastro que una ventana rota… y tres cadáveres destrozados. Marga, que aún estaba inconsciente cuando llegaron los agentes, no podría decirles nada al respecto, pues a causa de la droga que le habían inyectado ni siquiera podía recordar con claridad a los intrusos que la habían agredido. En cuanto a Bea, simplemente no quiso decir nada. Se fingió más afectada de lo que estaba realmente, que no era poco, para que los policías la creyeran bajo los efectos de un fuerte trauma psicológico que había borrado aquellos terribles momentos de su memoria. A fin de cuentas, nadie la iba a creer y en todo caso, ¿de qué serviría? Armando nunca volvió al instituto ni a su casa, nadie volvió a saber de él en la ciudad ni en ningún otro sitio. Se había perdido para siempre. Pero lo había hecho por ella.

Cuando sus padres fueron a buscarla a la jefatura de policía, Bea aún conservaba en su mano derecha la reliquia que la había salvado del licántropo. Y estaba dispuesta a conservarla para siempre, pero no como una protección, sino como un recuerdo. Armando había renunciado a todo, incluso a su humanidad, para salvarla y, dado que ella ya no podía hacer nada por él al menos lo recordaría para siempre. Mientras sus padres se la llevaban a casa, Bea pensó que, al menos para ella, la pesadilla había terminado. Se equivocaba.

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