Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

Sueño eterno

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Me encanta verte mientras duermes, no hablas, no te quejas, no me discutes ¡y ya ni siquiera respiras!

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Sueño Eterno

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Luego de un día muy duro y agitado, llegué a la hospitalidad indudable de mi hogar. Tomé un vaso ligero de jugo de manzana, me di un baño de burbujas y, sin pensarlo dos veces, me fui a acostar.
La noche valía por dos: las nubes eran inmensos colchones de nieve que amenizaban el cielo con su ligereza, las estrellas brillaban como nunca antes, el viento llegaba como soplido tierno a mis mejillas a través de mi ventana, en fin. Lo único extraño era mi mente: estaba revuelta, intranquila, quizás perturbada por tanto trabajo: me enfriaba el cuerpo entero y luego lo entibiaba. Me sentía como flotando sobre una capa inmensa de suspiros, que me hizo suspirar a mi también, bostezar luego y, en una leve distracción mia, dormir suavemente.
No pasaron tres minutos, cuando me vi sentado en el columpio de el parque que está a dos cuadras de mi casa. Estaba cuerdo, conciente, como en un día cualqueira. Comencé a columpiarme, entonces. “No entiendo nada”, me dije, pues hace un rato dormía y repentinamente me encontraba en un parque. Cuando decidí pararme, sentí un brazo atajarme por la cintura y, posteriormente, un enorme vacío doloroso envolverme por completo: el desgraciado me había apuñalado. Agarré el cuchillo entonces, se lo arranché de las manos y me distancié unos pasos de él. M e vi a mi mismo al voltear, con ropa distinta, la herida en un costado, la cual no logré hallar en mi cuerpo. No logré encontrar el cuchillo, dóde lo habría dejado?. Mi otro “yo” comenzó a llorar muy debilmente, hasta que desperté.
Me hallé en mi cama, sentado, con el mismo cuchillo de antes. Me levanté muy extrañado. Miré por la ventana, pero no sentía viento. Las estrellas se habían ido; ahora había dos lunas. Derrepente, divisé a una persona entrando a mi casa. Sentí miedo y decidí vertiginosamente cerrar con llave la puerta de mi cuarto. Al voltear lo vi allí, parado, inmóvil, mirándome fijamente a los ojos. Estaba cubierto de sombra, por lo que no pude identificarlo. No podía mover ni un dedo, estaba paralizado por completo!. Entró otro como él a mi cuarto, salió uno de mi ropero, otro de debajo de mi cama, otro entró por la ventana. Cerré los ojos muy fuertemente deseando poder despertar. Cuando los abrí, me encontré delante de mi casa, pudiendo ver a mi “yo” parado en la ventana contemplando el cielo como hacía unos momentos. Se incendiaba mi cuerpo, todo lleno de llamas. Ardía, ardía mi pecho, mi espalda, mi cabeza, hasta que desperté otra vez.
Esta vez sí me encontré tendido en mi cama, sintiendo el viento entrar por la ventana. Me destapé y fui a la cocina a tomar un poco de agua. Me serví un vaso y fui al comedor. La silla hervía, por lo que me levanté agitadamente. En eso, entraron dos personas como las anteriores: totalmente cubiertas de sobra. Ambos tenían cadenas atadas a los brazos; se iban aproximando lentamente hacia mi. No podia moverme; sentía lo mismo que la vez anterior. Intenté concentrarme cerrando los ojos de nuevo: despierta, despierta!, me decía a mi mismo, pero era inútil. Abrí los ojos y logré verme nuevamente: estaba allí, sentado en la mesa, con un racimo de uvas en una mano, con sangre cayendo de la cabeza por la frente y mejillas, llorando, llorando otra vez, pero esta vez no lo hacía suavemente, sino a gritos. Cada grito que emitía ese “yo” me iba quitando el aire. Volví a sentir el mismo brazo de antes apachurarme por la cintura. Las sombras comenzaron a atarme con sus cadenas intentando asfixiarme. Ese “yo” no paraba de llorar, sus cabellos iban cayendo uno tras uno, mis cabellos también comenzaban a hacerlo. Ya casi no podía respirar por las cadenas, mi cintura estaba toda apuñalada, mi “yo” continuaba llorando, y yo ya había perdido toda esperanza. pero mi entorno se puso confuso, con niebla, espamto. Me sentí caer y, son el alma llena de terror, me di cuenta que volvía a despertar una vez más…