Relatos de Terror, Cuentos de Miedo, Leyendas Urbanas

Tres minicuentos fantásticos.

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NUESTRA DESPEDIDA

Cuando comprendí que un absurdo accidente de circulación nos había separado de una forma tan definitiva como irremediable, mi alma se sumergió en las negruras de la desesperación. Pero, como soy fuerte, el marasmo pronto fue superado y sustituido por algo que se parecía, ya que no lo era, a la aceptación. A su vez, este sentimiento fue sustituido por… una especie de melancolía serenamente desesperada, mientras me dirigía en un coche ajeno al tanatorio donde iba a despedirme de ti para siempre. Cierto que ya nunca más podrías percibir el eco de mis palabras enamoradas en tus oídos ni sentir el tacto de mis dedos sobre tu piel, pero al menos podríamos vernos una vez más, la última de todas. Y eso era mucho para mí, aunque no fuera suficiente. En efecto, allí estabas tú… terriblemente pálida e irremediablemente sola, en medio de la multitud afectadamente compungida que nos rodeaba y que giraba en torno al féretro como los cangilones de una noria. Y a pesar de todo, te vi entonces tan bella y dulce como siempre. Sé que tú no te diste cuenta, de hecho no podías darte cuenta en aquellas circunstancias… pero la verdad es que, cuando te vi por última vez, sentí cómo unas lágrimas furtivas resbalaban sobre las macilentas mejillas de mi cadáver.

EL OPTIMISTA

Tras recorrer a tientas las infinitas sinuosidades de la galería, se coló por la rendija que le pareció más ancha. Pocos segundos después pudo, por fin, respirar una bocanada de aire puro, mientras la caricia de un rayo solar sobre su frente sudorosa coronaba su salvación. Sorprendido por el súbito derrumbe del túnel, un terrible sarcasmo del azar lo había salvado milagrosamente de morir aplastado por las rocas, sólo para condenarlo a una muerte mucho más lenta e inmisericorde en las tinieblas de aquel infierno subterráneo. Pero él, hombre de espíritu fuerte y optimista hasta el final, no se resignó a su suerte y luchó por la vida en aquellas circunstancias atroces, que hubieran anulado a cualquier individuo más débil. Arrancó los cristales resquebrajados del parabrisas con sus manos ensangrentadas, se arrastró como pudo en medio de una nube de polvo asfixiante y, cuando pudo levantarse, palpó ansioso las rendijas de las piedras que bloqueaban la salida, hasta que creyó sentir una leve corriente de aire en las yemas de sus dedos. Luego, tras ingratos y casi infinitos esfuerzos, pudo acceder a la angosta galería que acabaría llevándolo de vuelta a la libertad, a la luz y a la vida. Y ahora la bóveda celeste se extendía de nuevo sobre él, inmaculada y radiante como un reflejo material de su alma triunfadora. El optimista dirigió una mirada al Sol, en un gesto exaltado, donde un sentimiento de gratitud cósmica se mezclaba con un desafío al Destino que había intentado en vano destruirlo. Y luego miró al suelo… Entonces descubrió que su cuerpo no proyectaba ninguna sombra. Y comprendió la verdad: que había muerto en el túnel y que su épica huida había sido una mera ensoñación de su alma moribunda. Comprendido esto, se echó a llorar (como hubiera dicho José Bergamín, él era optimista hasta el final… ¡pero ni un paso más!).

CHARLIE

El pobre Charlie tiene mucha hambre. Y no lo sé porque él se haya esforzado en comunicármelo de ninguna manera (su discreción y su estoicismo resultan francamente encomiables), sino porque yo también siento con fuerza los embates del estómago vacío. Ni él ni yo hemos ingerido ningún alimento desde que el barco se fue a pique. Y ya ha pasado mucho tiempo desde entonces (ignoro cuánto exactamente, pero, cuando tu universo se reduce a un bote a la deriva en medio de una desesperante inmensidad azul, la medida del tiempo no importa tanto como el peso que ejerce sobre ti). Perdida ya toda esperanza de salvación para mí, supongo que, cuando me aburra de yacer inútilmente sobre esta cáscara de nuez, me arrojaré al mar y le haré un favor a Charlie. Bueno, será algo bilateral, pues al mismo tiempo él también me prestará un último servicio a mí. En definitiva, pienso realizar una especie de martirio interesado (valga el oxímoron): yo lo salvaré a él del hambre que lo atenaza y Charlie me redimirá a mí de todos mis sufrimientos… incluyendo esta soledad enloquecedora y este tedio agónico que me han llevado a ponerle nombre a un gran tiburón blanco.

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