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Velaré por ti cada noche, amor mío

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Justo en la zona más apartada, dentro del bosque más oscuro, hermoso y misterioso del mundo, se encontraba una vieja mansión, en la cual residía desde sus 24 años, Andrew, que para esas fechas ya tendría 73.

Teniendo solo 12 años, conoció a una niña, apenas le era menor por un año, una chiquilla delgada, de ojos oscuros como el tronco de un roble, cabello negro como la noche y piel no muy blanca, una apasionada del piano, su nombre: Alessa.
Andrew, un chico un tanto pálido, rubio oscuro y con ojos verdes como la hierba que se cubre de rocío en la mañana, quedó profundamente enamorado de la niña, siendo esta, el primer y único amor de su vida.

Fueron pasando los años y la relación se fortalecía cada vez más, el amor iba creciendo para nunca terminarse, la amaba, la amaba con toda su alma y fuerza tanto humana como espiritual, ella era todo en la vida de Andrew.

Alessa, una joven misteriosa, por completo callada y curiosa, le había entregado a Andrew algo muy especial; le había entregado su corazón.

Teniendo Andrew 24 y Alessa 23, decidieron llevar las cosas más enserio, no sólo porque se amaran, sino porque sabían que ese sería el único amor dentro de sus vidas y que en definitiva querían estar juntos por el resto de sus días; contrajeron matrimonio a esa edad, para luego mudarse a la ya mencionada mansión dentro de aquel hermoso bosque, puesto a que, Alessa amaba los árboles y ese había sido su grande sueño, y Andrew quería verla feliz a costa de todo.

Alessa quedó embarazada a los 25, estaban emocionados e increíblemente felices, pero la desgracia se hizo presente por primera vez ante ellos con la pérdida de aquel ser que crecía dentro del vientre de la chica, ella se deprimió y se volvió aún más silenciosa, Andrew no sabía que hacer para volver a verla feliz.

Transcurrieron los años, Alessa poco a poco superó el dolor, su comportamiento no cambió, pero Andrew la amaba a pesar de todo, nunca tuvieron hijos, y eso no fue impedimento a la felicidad de estos dos seres, puesto a que en ningún momento dudaron de su amor el uno por el otro, y como al principio fue, el amor no dejaba de crecer.

Tras pasar 35 años, Alessa comenzaba a verse cansada, sólo se sentaba junto a la ventana o frente a su piano e interpretaba melodías fúnebres, su talento era inigualable, y Andrew en ningún momento le perdió la admiración.

Cada vez se le veía más débil, la mujer apenas caminaba, disfrutaba de mirar el bosque desde un viejo sillón negro, contemplar la vida que rodeaba su morada y sonreír ante tal belleza, su marido la miraba cada vez más preocupado, temía perderla, su único amor, su única familia, él se destrozaba al verla así, en cambio ella… ella era feliz.

Alessa tenía una imaginación sumamente grande,le gustaba inventar hermosas historias que contaba a Andrew cuando se encontraba aburrida, para ser una mujer mayor, se le veía bastante joven, permanecía su belleza casi intacta, y su inteligencia no la había abandonado un sólo momento.

Un hermoso día, como otros atrás, Alessa salió de la gran casa y caminó hacia el bosque, Andrew aún dormía y no se percató de cuando la mujer se levantó para luego perderse entre los viejos árboles, para cuando abrió los ojos, Alessa no se encontraba por ningún lado, a pesar de la edad, el hombre se encontraba fuerte y, al igual que su esposa, se le veía joven.

Asustado, salió en busca de Alessa, como la mujer apenas caminaba, fue ventaja para Andrew, no habría llegado muy lejos, eso era lo que el suponía, estaba en lo cierto, tras correr desesperado por 43 minutos, encontró el frágil cuerpo de su esposa en el suelo, se arrodilló a su lado y la acostó en su regazo, trató de despertarla, no respondía; alarmado, la tomó entre sus brazos y camino de regreso a casa, la recostó sobre la cama y empezó a llorar, no podía perderla, no a ella, no a su Alessa.
Pasaban los días y ella no despertaba, su piel pálida se hacía cada vez más fría, sus ojos no se abrían, no le hablaba, no le miraba, no sonreía. Llegó el día al que le temía tanto, Alessa dejó de respirar.

Pasaron 12 años desde que ella se fue, desde entonces, Andrew no se levantaba de ese viejo sillón negro, no paraba de contemplar aquel hermoso piano de cola en el que su esposa solía interpretar las más hermosas y melancólicas melodías, no dejaba de exhalar el aroma que despedían sus ropas oscuras y perfectamente cuidadas, Andrew había dejado de ser el mismo, ella le hacía mucha falta, pero esperaría el día de su muerte, cada noche para volver a verla y estar hasta la eternidad a su lado, jamás dejarla, el hombre esperaba ver llegar a la muerte tomando la mano de su esposa para entregársela de nuevo y llevarlos juntos hasta el mundo que no se acaba, la esperaba con ansias.

Una noche, cuando el se encontraba contemplando las fotos de Alessa, una voz comenzó a llamarle, era imposible confundirla, era ella, su Alessa; al darse la vuelta, ahí estaba, sonrió, el momento había llegado, dejó caer la foto al suelo y se dirigió a los brazos de la mujer, se besaron cual si no hubiese mañana, el cuerpo de Andrew quedó inerte, su alma se unió a la de Alessa, recobraron el aspecto de su juventud, se fundieron en uno, las melodías inundaron el aire, desaparecieron en el cielo nocturno, ahora estarían juntos, para siempre jamás…

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